Dentro de nosotros hay una batalla entre dos fuerzas. Unos le llaman el bien contra el mal. Otros en cambio le llaman destino. Pero para Saulo Di Ángelo de Abner esa eterna contienda estaba en las páginas gastadas de un antiguo libro. De pronto sentía el peso de todos sus ancestros a sus espaldas. Pedían sin voz que escuchará y estuviera quieto porque era el resultado del amor de miles antes que él.
¿Podrá cambiar lo que está escrito? ¿Quién triunfará en su alma? El bien, el mal... Acompañame en esta nueva obra y descubrirás si el destino puede torcerse.
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En Delta Adhara
El Príncipe Ian fingía mostrar interés en la conversación de su hermana Alicia. Estaban en el comedor y con ellos en la mesa se encontraban Clara y Caden Flamme. De cierta manera esto es lo que se esperaba y pretendía después de todo de ellos. Que se acercaran y consolidaran alianzas ventajosas con los futuros personajes importantes de los Reinos. Pues era evidente según la disposición tanto en las habitaciones como en los grupos que no era para nada casual. Aunque se aceptaban plebeyos en la Academia existía una línea invisible y leyes no escritas en ninguna parte, pero que se respetaban y cumplían.
No se permitía humillar a estos últimos, al contrario, los plebeyos aceptados en la Academia eran sumamente talentosos en diferentes áreas y esperaban con ansias ser escogidos por los nobles. Razón por la cual resultaban casi siempre mejores estudiantes. No se hacía distinción de género. Las muchachas plebeyas también tenían oportunidad de ingresar a la institución, pero muy pocas lo hacían. Ian jugaba con su comida. No tenía realmente hambre. Pensaba en la información que recibió ayer por parte de Samuel Del Alba.
Miró en el comedor el joven Marqués estaba en compañía de los chicos Costa Rivera y de alguien que no conocía. Un plebeyo quizás. Parecía que tenían un agradable almuerzo. Su mesa rebozaba de una alegría que no se podía ocultar. Miró a Caden disimuladamente. Este también observaba a la mesa de los otros. Esto ponía a Ian en un problema inesperado. Suspiró frustrado y respondió cualquier cosa a Alicia. Clara distraía a Caden. Ian volvió a refugiarse en los recuerdos.
Desde el día que vio a su preciosa Camila en la cima del acantilado no volvió a verla por parte alguna. La chica parecía haberse esfumado. La primera semana no se percató de eso porque estaba adaptándose a eso de no tener sirvientes y hacer cosas solo. Como eso de vestirse y tender la cama. Él y Caden eran muy malos en esto. Sus pertenencias se negaban a caber en los lugares que se suponían debían ocupar y tuvieron que aprender a encender las velas y respetar los rígidos horarios. Se sentían verdaderamente aplastados ante la montaña de deberes escolares.
Gracias a Dios el heredero del Ducado Flamme y él se llevaron bien desde el primer momento. Caden era un joven culto, agradable, ingenioso y sorprendentemente bello. Tenía ese falso aire de fragilidad que engaña y para cuando te das cuenta de tu error, es demasiado tarde, porque has chocado con un núcleo de hierro sólido. La mejor comparación para Caden Flamme era la de ángel caído. En el fondo de su alma habitaba una oscuridad que a veces asomaba aterradoramente a sus ojos. Además poseía el aura de una persona que guarda un secreto. Y claro que lo tenía. Si lo sabía él de primera mano y a las malas. En fin con tantas cosas nuevas esa semana no tuvo tiempo para pensar en Camila. Las novedades y adaptaciones en su vida se impusieron reclamando absoluta atención.
La segunda semana fue un poco más fácil. Iba cogiéndole el truco a todo esto y ya había establecido nuevas rutinas y de pronto se encontró con tiempo para comenzar a notar otras cosas más allá de las aulas y su propia habitación. Según le habían informado, la joven Señorita todavía no ingresaría a la Academia porque no contaba con la edad requerida, pero eso no era impedimento para verla, pues se decía que Camila entraba y salía a menudo de la Institución, pero Ian comenzó a notar que o no coincidían cuando eso sucedía, o el informe mentía. No obstante, todavía no se preocupó había tiempo de sobra. El curso recién estaba comenzando.
A la tercera semana ya no pudo ignorar que algo no estaba bien. Fue entonces que trató de investigar por su cuenta. Los conserjes fueron su fuente esta vez. Esas personas pasan por invisibles a los ojos, pero lo saben y ven todo. Sin embargo, lo único que sacó en claro es que la Señorita Camila no había venido en tres semanas a la Academia, lo que era raro, pues ella venía todos los días siempre. Fuera de eso no sabían nada más. Ese tercer fin de semana decidió salir de la Academia a la ciudad. Invitó a Caden y este aceptó. Ian iba con la esperanza de ver a su futura Princesa en una exposición de arte.
Le habían comentado los conserjes que ella adoraba esas actividades y que se paseaba por la ciudad a sus anchas, pues era muy querida por todos. Las personas la describían como gentil y bondadosa. Ian vagó casi todas las mañanas de aquí para allá, arrastrando a Caden y de Camila ni la sombra. Agotado y sediento entró con el joven Duque a un bar. Era su primera vez en este tipo de sitio. Concluyó que era agradable e inusual. Pidió una jarra de cerveza. Estaba sediento, pero le llamó la atención que su acompañante solicitó para sí té helado.
- ¿No te gusta la bebida?- preguntó curioso.
- Últimamente me hace daño. Las cervezas de aquí son muy fuertes alteza.- respondió Caden. Ian se encogió de hombros, en definitiva cada cual con sus preferencias, pero cuando probó su pedido tuvo que admitir que Caden tenía razón. Esa bebida era bien fuerte. Cualquiera que no tuviera cuidado terminaría en muy malas condiciones. Estaban casi por irse cuando vio entrar al futuro Marqués Del Alba y una idea cruzó por su cabeza. Quizás este chico supiera de Camila. Sabía que eran muy unidos. Lo invitó a la mesa. Notó que Samuel se debatió entre declinar o aceptar la oferta, pero terminó por sentarse.
Ian lo comprendía. Quizás el chico tenía planes que él acababa de interrumpir por puro egoísmo, hasta sintió empatía, pero era el Príncipe heredero y nadie en su sano juicio lo rechazaba. Así que Samuel debió resignarse y posponer esos planes. Eso es lo que pensaba Ian. La realidad era otra. Samuel no quería sentarse junto a Caden. En cambio Caden estaba super encantado con la situación y adoraba en este momento a Ian por concederle tan precioso regalo. Cuando Samuel se sentó lo hizo lo más lejos que pudo de él y pidió una jarra de té helado. Ian se sintió nuevamente curioso. Ese té debía ser excelente.
- ¿No toma joven Marqués?
- Sí, pero últimamente la bebida no me sienta bien.
Ian miró ya preocupado su jarra de cerveza 🍺. Caden había dicho algo parecido. Tendría esta bebida algo raro. Con disimulo hizo a un lado el recipiente y preguntó a Samuel como para ir rompiendo el hielo y después dirigir la conversación a donde quería.
-¿Es bueno ese té helado?
- Es refrescante Alteza. Es de limón. ¿Por qué lo pregunta?
- Por curiosidad. El joven Duque ha pedido antes lo mismo.- Samuel miró a Caden que ahogaba una sonrisa detrás de su jarra.- ¿Por lo que me preguntaba si la cerveza de este lugar tiene algún problema? - Samuel se puso rojo como un tomate, mientras Caden intentaba sin mucho éxito no soltar una carcajada.
- No alteza. La cerveza de este local es excelente. Solo soy yo el que no le sienta bien. Se me sube a la cabeza y termino cometiendo errores imperdonables que lamento profundamente después. - Eso último lo dijo mirando fijamente a Caden quien ya no reía. Se veía verdaderamente dolido, pero replicó en cambio.
- No se preocupe Alteza. Como ha dicho el joven Marqués no hay nada malo con la bebida. El problema lo tienen las personas que luego de disfrutar de la diversión se acobardan ante las consecuencias. - sus ojos estaban fijos en los de Sami. Ian sabía de la legendaria rivalidad entre estos dos, pero vivirlo tan de cerca era otro nivel. Poco faltaba para que saltaran chispas. Decidió intervenir antes de que aquello se saliera de control.
- Joven Marqués tengo entendido que se lleva muy bien con su sobrina. ¿Ha podido verla? - como aquellos dos estaban tan enfrascados en su pulso de miradas no encontraron nada raro en el brusco cambio de conversación. Más bien lo atribuyeron a que el Príncipe preguntó lo primero que le pasó por la cabeza para suavisar la tensión del momento. Samuel respondió agradecido.
- Me llevo bien con Camila Alteza, pero no voy a poder verla hasta después de un año. Ella ha ido a Abner.
- ¿A Abner has dicho? ¿Y porqué?- preguntó Ian sin cautela. Conmocionado con la inesperada noticia.
- Bueno mi sobrina se fue para inscribirse en la Academia de Música y baile de mi hermano.
- ¿Es decir, que ella no va a matricularse en la Academia Delta Adhara?
- No. Por ahora no tiene la edad requerida. Quiso aprovechar este año que le falta en aprender la cultura de Abner. Camila es muy curiosa y no soporta estar sin hacer nada. Es por eso que se ha ido este período hasta que llegue el año que viene y entonces sí se matriculará aquí. Ese es su mayor sueño.
-¿Y cuál es el sueño del joven Marqués? - Preguntó Caden con un codo afincado en la mesa y el puño cerrado en su mejilla. Era la imagen de la tentación viva. Samuel se puso pálido de furia. ¿Qué es lo que pretendía? Contestó con suficiente acidez como para correr metal.
- Joven Duque parece que el té también le hace daño. Yo que usted no tomaría nada.
- ¿Tiene miedo de contestar? ¿Acaso no tiene un sueño?- lo retó maliciosamente Caden. Ian pensaba que no había sido muy inteligente de su parte juntar a aquellos dos. Estos chicos necesitaban estar en extremos opuestos del Reino o las consecuencias serían desastrosas. Lo tendría en cuenta para el futuro. Samuel respondió contundente.
- No temo nada. Solo no quería ser descortés, pero ya que insiste. Mi sueño es perderlo a usted de vista para siempre. -Ian ya se veía en medio de estos dos para evitar que se fueran a las manos, pero Caden se estaba riendo. No parecía alterado, pero sus siguientes palabras aumentaron la tensión varios niveles.
-¿Y cómo exactamente piensas lograr eso? Yo no pienso alejarme. Al contrario, planeo estar delante de ti el resto de tu vida. Incluso hasta cuando abras los ojos por lo mañana quiero que lo primero que vean sea a mí. - Samuel se había puesto rojo como si toda la sangre de su cuerpo hubiese subido a su cabeza. Ian al contrario se había puesto tan pálido que parecía haber perdido la suya y Caden parecía un hermoso ángel caído. Sorbió un poco de té. Sus ojos miraban a los de Sami en todo momento retadores, oscuros y obsesionados por encima del borde de la jarra. La colocó nuevamente en la mesa y dijo sin apartar la mirada.- Delicioso.
Ian acababa de comprender de golpe y plumazo porque aquellos dos parecían querer matarse. Recuperó la compostura y dio por terminado aquel enfrentamiento de voluntades con rápidez.
- Bueno ha sido una mañana sofocante. Gracias por aceptar mi invitación joven Marqués. No lo retengo más. Seguro tiene asuntos que atender.
- Gracias Alteza. Si me disculpa me retiro.
Ya Samuel había salido del local. El silencio en la mesa era espeso, pero Ian lo rompió.
- ¿Por qué lo provocas?
- Porque es divertido. Es tan serio que no puedo evitarlo.
- Estás loco. Lo sabes.
- Eso me han dicho. - ya en la expresión de Caden no había nada juguetón. Ian sintió un escalofrío. Este tipo era peligroso. Hasta compadecía al joven Marqués. Empezaba a sospechar de qué iba la historia entre esos dos. No era raro, pero sí sería muy inconveniente. Ambos eran herederos. No obstante, eso no era su asunto. Su problema era otro. Camila no estaba en Sugey. La ciudad perdió de pronto su encanto. Volvió de sus recuerdos cuando Clara le preguntó algo.
Ian de Castela (Príncipe heredero)