Sebastián, un huérfano de 16 años rechazado por su heterocromía, solo encontraba consuelo en las novelas BL… especialmente en el villano, a quien siempre admiró.
Tras morir de hambre en un orfanato, despierta en un mundo imposible:
ha reencarnado como el hijo del villano.
Ahora llamado Sirio, con recuerdos intactos y una mente adulta atrapada en un cuerpo de bebé, decide cambiar el destino después del final de la historia.
Su objetivo es claro: hacer feliz a su papá villano.
¿El candidato perfecto para ser su mamá?
El asistente omega serio, elegante y demasiado ignorado por el destino original.
Entre escenas tiernas, momentos ridículamente graciosos y un bebé que claramente sabe demasiado, comienza una comedia BL de reencarnación donde el más pequeño… es quien manda.
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Capítulo 9 — Días pequeños, cambios grandes
El resfriado de Sirio no fue grave, pero dejó una estela de cambios en el castillo que nadie supo fechar con exactitud.
El médico fue claro: reposo, calor constante, vigilancia durante la noche. Nada que implicara alarma… y, aun así, la rutina del castillo se ajustó como si una amenaza invisible hubiera pasado rozando los muros. Los pasillos cercanos a la habitación del heredero se mantuvieron más silenciosos. Las antorchas ardían un poco más bajas. El té caliente aparecía sin que nadie lo pidiera.
☁️ Efecto secundario del resfriado: castillo en modo cuidado colectivo.
Lucien no ordenó nada de eso.
Simplemente ocurrió.
Sirio, envuelto en mantas, dormía a ratos y despertaba a ratos. Su respiración era más regular, pero su cuerpo pequeño aún reclamaba presencia. No lloraba; buscaba. Un dedo, una tela, una voz baja. En su vida pasada, el hambre le había enseñado a no pedir. En esta, aprendía a permitirse recibir.
☁️ Aprendizaje activo: aceptar cuidado no es debilidad.
Noctis se convirtió en el eje silencioso de esa pequeña habitación.
No imponía su presencia. Se quedaba cerca, cambiaba las compresas tibias con un cuidado meticuloso, murmuraba palabras que no eran arrullos, sino recordatorios prácticos: “el agua está a la temperatura correcta”, “la manta no debe apretarle el pecho”, “si vuelve a toser, avísame”.
☁️ Registro: omega eficiente. Probabilidad de apego: en aumento.
Lucien observaba.
Noctis no se lo enseñaba directamente; Lucien aprendía mirando. El gesto con el que el omega acomodaba la tela, la forma de sostener la nuca del bebé, el ritmo al que se retiraba cuando Sirio finalmente conciliaba el sueño.
—¿Así? —preguntó una tarde, sosteniendo la compresa con demasiada rigidez.
Noctis se acercó, dudó un segundo antes de tocar la mano de Lucien para guiarla.
—Más suave —indicó—. No es una herida. Es calor constante. Si aprieta, se incomoda.
Lucien asintió y repitió el movimiento. La compresa quedó mejor colocada. Sirio suspiró en sueños.
Lucien soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
☁️ Respiración sincronizada: papá empieza a relajarse.
Desde la cuna, Sirio pensó con una calma nueva:
☁️ Papá no sabe cuidar… todavía.
☁️ Pero está aprendiendo. Eso cuenta.
Las horas se volvieron una secuencia de pequeñas escenas que, sin ser espectaculares, cambiaban la forma en que el castillo respiraba.
Noctis traía informes y los dejaba en la mesa baja para no perturbar el sueño del bebé. Lucien los leía en silencio, de pie, sin abandonar la habitación. A veces, el omega se quedaba de más; otras, Lucien era quien alargaba el momento con una pregunta práctica que no necesitaba respuesta urgente.
—¿Cuánto tiempo debe mantenerse el calor?
—Hasta que la temperatura se normalice —respondía Noctis—. Y aun después, un poco más.
—¿Y si despierta de nuevo?
—No suele hacerlo si hay alguien cerca.
Lucien miraba la cuna.
—Entonces… me quedaré.
☁️ Frase clave desbloqueada: “me quedaré”.
Noctis levantaba la vista, sorprendido por la naturalidad de la frase. No discutía. No corregía. Simplemente aceptaba que ese “me quedaré” era, en sí mismo, un paso que Lucien no sabía nombrar.
Sirio abría un ojo a veces, los dos colores reflejando la luz tenue.
☁️ Quedarse. Eso es nuevo para ti.
☁️ Para mí también lo fue, en otra vida.
Al tercer día, Sirio estaba notablemente mejor.
Ya no buscaba con tanta insistencia el calor; se movía con más energía, estiraba los dedos al ver a Noctis, intentaba aferrarse a la manga de Lucien cuando su padre se inclinaba demasiado cerca. El castillo retomó su ritmo, pero algo del ajuste permaneció: los sirvientes hablaban más bajo en ese ala, el mayordomo preguntaba si el heredero necesitaba algo antes de cerrar la noche, la niñera sonreía con un alivio que no disimulaba.
☁️ Efecto residual del cuidado: entorno más amable.
Lucien, en cambio, no volvió del todo a su rutina anterior.
—Puedes irte —le dijo a Noctis una noche—. Yo me encargo del resto.
Noctis dudó.
—El heredero aún está tibio.
—Lo vigilaré.
No era una promesa heroica. Era una decisión simple.
☁️ Decisión simple, impacto grande.
Noctis asintió, acomodó la manta una vez más y se retiró con pasos suaves.
Lucien se quedó solo con la cuna.
Se inclinó un poco, torpe, para acomodar la tela que se había corrido. Sirio abrió los ojos y buscó el dedo grande que ya reconocía.
Lucien se lo ofreció.
El agarre fue firme. Cálido.
Lucien cerró los ojos un instante.
No sé cómo se hace esto, pensó, con una honestidad que no se permitía en otros ámbitos.
Pero no voy a irme.
☁️ Promesa interna aceptada.
Desde la cuna, Sirio pensó:
☁️ Nadie te enseñó a quedarte.
☁️ Pero estás aprendiendo igual.
Cuando Noctis regresó a la mañana siguiente, encontró a Lucien aún allí.
Noctis no comentó nada.
Preparó el té. Abrió la ventana apenas para que entrara aire limpio. Se movió con la naturalidad de alguien que entiende que ciertas presencias no necesitan palabras.
☁️ Silencio cómodo: relación en construcción.
Sirio, ya despierto del todo, los miró a ambos con un cansancio que ya no era físico, sino antiguo.
☁️ En mi vida pasada, enfermar era desaparecer un poco más.
☁️ Aquí… enfermar significa que alguien se queda.
Cerró los ojos por un segundo, no para dormir, sino para guardar esa diferencia en un lugar que no se olvidara.