Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.
NovelToon tiene autorización de Maicol Castañeda para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL CORAZON DEL INVIERNO - EL OSO
El primer aliento de Gael en el monte helado fue como tragar cuchillas invisibles. El aire le quemó los pulmones, la nieve se hundía bajo sus pies descalzos y el viento aullaba con una furia constante que no daba descanso. El paisaje era blanco e infinito, cubierto por nubes pesadas que no dejaban pasar el sol. El guía se detuvo a su lado, apoyó una mano firme sobre su hombro y, sin elevar la voz, le dijo:
—Aquí comienza tu desafío.
Gael apenas tuvo tiempo de girarse.
—¿Y qué se supone que—?
El guía ya no estaba. Solo la ventisca.
Gael miró a su alrededor esperando ver una cueva, un refugio, algo. No había nada. Solo hielo, árboles retorcidos y una montaña que parecía no tener fin. Empezó a caminar. Al principio con rabia, pateando la nieve, avanzando sin rumbo claro. Pero el frío no tardó en imponer su ley. Se le entumecieron los dedos, le dolían los oídos, el rostro ardía como si le hubieran lanzado agujas diminutas.
Cuando cayó la noche, el mundo se volvió más cruel. El viento aumentó. La temperatura descendió hasta doler. Gael se acurrucó contra una roca, intentando cubrirse del viento con su propio cuerpo. Tiritaba sin control.
—¿Por qué aquí…? —murmuró entre dientes—. Ni siquiera sé qué tengo que hacer.
El silencio no respondió.
Las primeras jornadas fueron una pelea constante contra el frío. Descubrió rápido que quedarse quieto era morir. Empezó a moverse sin parar: corría cuesta arriba, bajaba resbalando, golpeaba troncos con los puños para mantener la sangre en circulación. Intentó encender fuego con ramas húmedas y falló más de una vez, maldiciendo entre dientes. El hambre apareció pronto. Cazaba lo que podía, pequeños animales que apenas le daban fuerzas para el día siguiente.
Hubo noches en que estuvo a punto de rendirse. El sueño era una tentación peligrosa. Se sentaba, agotado, con la espalda contra el hielo, y los párpados se le cerraban solos.
—No… no te duermas —se decía golpeándose el rostro—. Muévete.
Con el tiempo, su cuerpo empezó a cambiar. Los músculos se endurecieron. La piel se volvió más resistente al frío. Aprendió a leer las huellas en la nieve, a detectar grietas bajo el hielo, a reconocer cuándo una tormenta estaba por desatarse horas antes de que el cielo se oscureciera por completo. El niño impulsivo que corría sin pensar empezó a medir sus movimientos.
Pero el invierno no había mostrado aún su verdadero desafío.
Una mañana, mientras seguía el rastro de algo que podría ser comida, escuchó un rugido profundo que hizo vibrar el aire. A lo lejos, un pez enorme se agitaba atrapado bajo una capa delgada de hielo. Gael corrió hacia él, sin pensar demasiado, pero antes de alcanzarlo el bosque se abrió y una figura blanca emergió entre los árboles.
El lobo era colosal. Más alto que cualquier hombre. Su pelaje se confundía con la nieve y sus ojos rojizos lo observaban con una inteligencia inquietante.
Gael se quedó quieto apenas un segundo.
El lobo atacó.
La zarpa lo golpeó en el pecho y lo lanzó varios metros. El hielo le raspó la piel del rostro. El impacto le sacó el aire de los pulmones. Intentó levantarse, pero la bestia ya estaba encima. Rodó hacia un lado por puro instinto y logró ponerse de pie antes de que la mandíbula se cerrara sobre su cuello.
—¡No soy tu presa! —gruñó, más para darse valor que para intimidar.
El combate fue breve y desigual. El lobo era más fuerte, más pesado, más rápido en terreno helado. Otro golpe lo dejó tendido. Esta vez no pudo responder. El animal lo observó unos segundos y, como si lo considerara indigno aún, se dio la vuelta y desapareció entre los árboles.
Gael se arrastró hasta su refugio improvisado, una grieta entre rocas cubierta con ramas y nieve. Sangraba. Le dolían las costillas al respirar. Allí, solo, dejó que la rabia saliera en silencio. Recordó a su madre riendo cuando él volvía lleno de barro. Recordó a su padre enseñándole disciplina.
—La fuerza sin control se desperdicia —había dicho Albiel.
Gael apretó los dientes.
—No vuelvo a caer así.
A la mañana siguiente se levantó antes del amanecer. El dolor seguía ahí, pero ya no era excusa. Empezó a entrenar con intención. Golpeaba bloques de hielo hasta que los nudillos se abrían. Se sumergía en agua helada contando la respiración. Permanecía de pie frente a la ventisca sin cubrirse, obligando a su cuerpo a resistir.
Pasaron los meses. Luego más tiempo. Su cuerpo creció, se ensanchó. Sus movimientos se volvieron más firmes, menos impulsivos. Aprendió a esperar. A observar antes de atacar. El frío dejó de ser enemigo; se convirtió en elemento.
Una tarde encontró huellas grandes y frescas en la nieve. Las siguió sin titubear. Llegó a un claro donde el viento soplaba con fuerza. El lobo estaba allí, inmóvil, mirándolo.
Esta vez no hubo sorpresa.
Gael avanzó despacio.
—Ahora sí.
El lobo rugió y se lanzó. Gael esquivó la primera embestida y respondió con un golpe al costado. Sintió el impacto en los huesos, pero no retrocedió. La batalla sacudió la nieve a su alrededor. Zarpazos, golpes, respiraciones entrecortadas. Gael cayó una vez, se levantó. Cayó de nuevo, volvió a ponerse de pie.
El lobo lo embistió con todo su peso y lo lanzó contra una pared de hielo. La espalda chocó con fuerza. El aire abandonó sus pulmones. Cayó de rodillas, con la vista borrosa, Podía quedarse allí.
Podía cerrar los ojos.
El lobo avanzaba lentamente.
Gael apretó el puño.
—No… todavía no.
Entonces lo sintió. No era el frío exterior. Era algo más profundo, más pesado. Una energía densa recorrió su brazo, extendiéndose hasta los hombros. La piel se cubrió de una escarcha azulada que no lo entumecía; lo fortalecía.
Se puso de pie.
Cuando el lobo saltó para el golpe final, Gael avanzó en lugar de retroceder y descargó un puñetazo directo al pecho de la bestia.
El sonido fue seco, poderoso, como un bloque de hielo quebrándose en dos. El lobo cayó pesadamente sobre la nieve, aturdido. Intentó incorporarse, pero sus patas cedieron. Finalmente bajó la cabeza, reconociendo la derrota.
Gael permaneció inmóvil, respirando con dificultad, el puño aún cubierto de hielo azul. El viento seguía soplando, pero ya no lo empujaba. Se sentía firme, anclado al suelo como una montaña.
Desde lo alto, el guía observaba en silencio.
—Has despertado —dijo finalmente—. El espíritu del oso camina contigo.
Gael bajó lentamente el puño. Miró el paisaje blanco que antes lo intimidaba.
Ya no era un niño perdido en la nieve.
Era parte del invierno.