La tarea del príncipe elfo es sencilla; debe preparar una humana para sellar el pacto entre el mundo de ella y el de él. La conoce desde niña, y cuando descubre que el ritual es un sacrificio y lo empiezan a presionar para que la entregue, hará lo que sea necesario para salvarla.
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CAPÍTULO 14 El ejército de los olvidados
El amanecer en el bosque negro era silencioso.
Angrod lo supo antes de abrir los ojos: el cambio en la luz, el canto de los pájaros nocturnos retirándose, el aroma de la tierra húmeda mezclándose con el humo de las fogatas apagadas. Pero sobre todo, lo supo por el peso de Leila sobre su pecho.
Dormía con la mejilla apoyada en su corazón, el cabello dorado derramado sobre su brazo, la respiración acompasada y profunda. Había estado agotada después de la batalla, después del rescate, después de enfrentarse a Malakor y hacerlo retroceder.
Merecía descansar.
Pero él no podía.
Algo lo mantenía en vela, una inquietud antigua que no sabía nombrar. No era la maldición —esa había estado extrañamente tranquila desde que Leila lo había curado—, era algo más profundo. Algo que tenía que ver con la niña de ojos de luna y su profecía.
Mi abuela decía que vendrías. Decía que nos salvarías.
¿Y si no podía? ¿Y si toda esa esperanza depositada en Leila era un error? ¿Y si la luz, por más brillante que fuera, no era suficiente contra la oscuridad milenaria de Malakor?
—Deja de pensar —murmuró Leila contra su pecho.
—No estaba pensando.
—Mientes.
—Siempre miento.
—Conmigo intentas no hacerlo.
Él sonrió a pesar de sí mismo.
—¿Cómo sabes que estaba pensando?
—Porque respiras diferente. Más rápido. Más superficial.
—¿Eres médico ahora?
—Soy una mujer que duerme sobre tu pecho. Noto esas cosas.
Abrió los ojos y lo miró. Sus pupilas aún estaban empañadas por el sueño, pero su mirada era clara, directa.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En Aria. En la profecía. En si podremos estar a la altura.
—¿Tú crees en profecías?
—No lo sé. Mi madre creía. Maldijo mi vida por una.
—Tu madre te salvó la vida por una.
Él guardó silencio.
—No sé qué creer —dijo al fin—. Solo sé que no quiero fallarte.
—No vas a fallarme.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque estoy aquí. Porque te elegí. Porque no pienso irme a ningún lado.
Lo besó en la mandíbula, un roce suave, casi distraído.
—Y porque eres el hombre más testarudo que conozco. La testarudez también cuenta como cualidad heroica.
Él rió. Era una risa ronca, poco acostumbrada, pero real.
—¿Eso lo has leído en algún libro?
—No, lo estoy inventando ahora mismo.
—Eres terrible.
—Lo sé.
—Y te quiero.
—Yo también te quiero. Ahora deja de preocuparte y descansa un poco más.
—No puedo.
—Inténtalo.
Cerró los ojos. No porque creyera que iba a dormir, sino porque ella se lo pedía.
Y por alguna razón, eso era suficiente.
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Círdan convocó al consejo al mediodía.
Los líderes de los olvidados se reunieron alrededor de una fogata apagada: elfos ancianos que recordaban Hassan antes de Thranduil, humanos escapados de las minas, soldados jóvenes que habían jurado lealtad a un rey y ahora la entregaban a un príncipe.
—Malakor sabe que estamos aquí —dijo Círdan—. No pasará mucho tiempo antes de que ataque.
—Entonces ataquemos primero —respondió Angrod.
—¿Con qué ejército? Somos cincuenta. Él tiene miles.
—No necesitamos miles. Necesitamos un plan.
—¿Tienes uno?
Angrod dudó. Miró a Leila, sentada a su derecha. Miró a Círdan, a los soldados, a los ancianos. Todos lo miraban con esa mezcla de esperanza y desesperación que había visto en los ojos de Aria.
—Sí —dijo—. Pero necesito algo a cambio.
—¿Qué?
—La historia completa de los Aelindel.
Círdan enmudeció.
—¿Para qué?
—Para entender qué es Leila. Para saber cómo usar su poder. Para encontrar la forma de derrotar a Malakor sin que nadie tenga que morir.
—Ese conocimiento está perdido.
—No lo está. Usted lo sabe.
El anciano lo miró largamente. Luego, lentamente, asintió.
—Tienes razón —dijo—. Lo sé. Pero no es mi historia para contarla.
—¿De quién es, entonces?
—De ella.
Todos se volvieron hacia Leila.
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Yo? —preguntó—. No sé nada de los Aelindel. Solo lo que leí en la biblioteca.
—Sabes más de lo que crees —dijo Círdan—. No con la mente. Con la sangre.
—No entiendo.
—Los Aelindel no escribían su historia. La transmitían de madre a hija, de abuela a nieta, a través de la luz. Cada generación añadía su propio conocimiento, su propia memoria, su propia verdad. Todo eso sigue ahí, dentro de ti. Solo tienes que aprender a escucharlo.
Leila sintió un escalofrío.
—¿Cómo?
—Cerrando los ojos. Dejando de pensar. Sintiendo.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
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Esa noche, sola en la tienda, Leila intentó lo que Círdan le había sugerido.
Cerró los ojos. Dejó de pensar. Intentó sentir.
Nada.
Solo el latido de su corazón. Solo el rumor del viento en los árboles. Solo la respiración de Angrod, que la esperaba fuera, respetando su necesidad de intimidad.
No sé cómo hacer esto, pensó. No sé cómo ser lo que todos esperan que sea.
No sé cómo encontrar algo que ni siquiera sé que estoy buscando.
Y entonces, en la oscuridad de sus párpados cerrados, apareció una luz.
No era la suya. Era más antigua, más profunda, más sabia. Una luz que había atravesado siglos de silencio y olvido para llegar hasta ella.
Hija, susurró una voz que no era una voz. Hija de mi sangre, heredera de mi luz.
¿Abuela? pensó Leila.
He esperado tanto tiempo. He esperado a través de guerras y exterminios y mundos que se separaban. He esperado a que nacieras, a que crecieras, a que despertaras.
No entiendo.
No necesitas entender. Solo necesitas recordar.
Y entonces las imágenes llegaron.
Mujeres de cabello dorado que sanaban heridas con solo tocar la piel. Guerreras que cegaban ejércitos enteros con la luz de sus manos. Madres que transmitían su poder a sus hijas en el momento del parto, un hilo luminoso que nunca se rompía.
Vio la caza. Los hechiceros llegando en la noche, con sus sombras y sus cuchillos. Vio a las Aelindel caer una tras otra, sus luces extinguiéndose en charcos de sangre.
Vio a su abuela —joven, aterrada, embarazada— huyendo a través de un umbral hacia un mundo sin magia. Vio a su abuela escondiendo su luz tan profundo que ni ella misma podía encontrarla. Vio a su abuela morir vieja y apagada, pero con una sonrisa en los labios porque su hija —la madre de Leila— nunca sabría el peso de lo que llevaba en la sangre.
Te escondí para protegerte, dijo la voz. Te escondí para que vivieras.
Pero ahora te necesitan. Y tú necesitas saberlo.
Eres la última, Leila. La última de las Aelindel.
La última luz en un mundo que se ahoga en oscuridad.
No podemos ganar esta guerra. Es demasiado antigua, demasiado cruel, demasiado desigual.
Pero podemos dejar una marca. Podemos plantar una semilla. Podemos demostrar que la luz no se rinde.
¿Y tú? pensó Leila. ¿Qué pasa contigo?
Yo ya he cumplido mi misión. Te encontré. Te hablé. Te entregué mi memoria.
Ahora me toca descansar.
Pero tú, Leila. Tú tienes que vivir.
Vive por nosotras. Vive por todas las que no pudieron.
Vive.
La luz se apagó.
Leila abrió los ojos.
Tenía las mejillas húmedas. No recordaba haber llorado.
—¿Leila?
Angrod estaba en la entrada de la tienda, con el rostro tenso por la preocupación.
—¿Qué pasó? —preguntó—. Sentí tu luz. Fue como una explosión, pero silenciosa, y luego...
—Hablé con mi abuela —dijo ella.
Él enmudeció.
—¿Qué?
—Mi abuela. La Aelindel que escapó a mi mundo. Me contó su historia. Me contó nuestra historia.
—¿Y qué te dijo?
Leila lo miró largamente.
—Me dijo que viviera —respondió—. Me dijo que viviera por todas ellas.
—¿Y qué vas a hacer?
Ella se puso de pie. Secó sus lágrimas con el dorso de la mano.
—Vivir —dijo—. Pelear. Ganar.
—¿Estás segura?
—Nunca lo he estado más.
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Al día siguiente, Leila se convirtió en comandante.
No pidió el puesto. No lo reclamó. Simplemente, los olvidados comenzaron a mirarla de otra manera. Como si algo hubiera cambiado durante la noche, algo que no podían nombrar pero que todos sentían.
—Hoy empezamos el entrenamiento —anunció—. Todos. Elfos y humanos, soldados y civiles, hombres y mujeres y niños. Si Malakor viene a por nosotros, que nos encuentre preparados.
—¿Y usted? —preguntó un soldado—. ¿Nos entrenará?
—No. Él lo hará.
Señaló a Angrod.
El príncipe la miró, sorprendido.
—¿Yo?
—Tú has luchado en más batallas que nadie aquí. Sabes de estrategia, de armas, de cómo sobrevivir cuando todo está perdido. Nadie mejor que tú.
—Pero yo...
—Confío en ti —dijo Leila—. Y ellos también aprenderán a hacerlo.
Angrod la miró largamente. Luego asintió.
—Empezamos ahora —dijo—. Formen grupos de cinco.
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El entrenamiento fue brutal.
Angrod no tenía paciencia para principiantes; había aprendido a pelear en el campo de batalla, donde los errores se pagan con sangre. Exigía, corregía, repetía una y otra vez los mismos movimientos hasta que los músculos memorizaban lo que la mente aún no comprendía.
Pero también enseñaba con una dedicación que nadie le había visto antes.
—No bajes la guardia —decía a un joven soldado—. El enemigo no espera a que estés listo.
—Más rápido con el pie izquierdo —decía a una humana—. La espada es una extensión de tu cuerpo, no un instrumento separado.
—Respira —decía a todos—. El miedo te paraliza. La respiración te libera.
Leila lo observaba desde el borde del claro, practicando su propia magia. Pequeños destellos, esferas luminosas, rayos controlados. Su abuela le había enseñado más de lo que creía; solo necesitaba recordarlo.
—Estás mejorando —dijo Aria, apareciendo a su lado.
—¿No deberías estar entrenando con los demás?
—Ya sé pelear. Mi abuela me enseñó.
—Tu abuela debía ser muy sabia.
—Lo era. Pero tú eres más fuerte.
Leila sonrió.
—¿Por qué lo dices?
—Porque mi abuela tenía miedo. Tú no.
—Sí tengo miedo.
—Pero no lo demuestras. Eso es lo mismo que no tenerlo.
Leila la miró largamente.
—Eres muy lista para tener siete años —dijo.
—Ocho. Cumplí ocho la semana pasada.
—Ocho, entonces. Feliz cumpleaños atrasado.
Aria sonrió. Era una sonrisa pequeña, tímida, pero iluminaba su rostro como un amanecer.
—¿Crees que ganaremos? —preguntó.
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tenemos algo que Malakor no tiene.
—¿Qué?
—Amor. Esperanza. Ganas de vivir.
Aria asintió lentamente.
—Mi abuela decía que eso era suficiente —dijo—. Pero yo nunca terminé de creerle.
—¿Y ahora?
—Ahora empiezo.
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La noche cayó sobre el campamento como un manto violeta.
Leila encontró a Angrod sentado junto a la fogata, solo, mirando las llamas con expresión ausente. Se sentó a su lado sin decir nada, apoyando la cabeza en su hombro.
—Estás agotado —dijo.
—No es nada.
—Has entrenado a cincuenta personas durante ocho horas seguidas. Eso no es nada.
—Sobreviviré.
—No he dicho lo contrario.
Él sonrió cansadamente.
—Aria cree que vamos a ganar —dijo Leila.
—Aria tiene ocho años.
—Y mucha fe.
—La fe no gana guerras.
—No. Pero ayuda a sobrellevarlas.
Él guardó silencio.
—¿Tú crees que ganaremos? —preguntó Leila.
—No lo sé.
—Yo sí.
—¿Por qué?
—Porque te tengo a ti.
Él la miró largamente. Sus ojos azules brillaban con la luz de la fogata, pero también con algo más profundo. Algo que ella no sabía nombrar.
—¿Y eso es suficiente? —preguntó.
—Sí.
—¿Solo yo?
—Solo tú. Siempre solo tú.
Él desvió la mirada.
—No sé si merezco eso —dijo.
—No es cuestión de merecer. Es cuestión de elegir. Y yo te elijo a ti.
—¿Incluso sabiendo lo que soy?
—¿Qué eres?
—Un maldito. Un monstruo. El hijo no amado de un rey cruel.
—Eres Angrod —dijo ella—. Eres el hombre que me salvó la vida cuando yo ni siquiera sabía que existía. Eres el que me enseñó a pelear, a creer en mí misma, a no rendirme. Eres el que me mira como si yo fuera un milagro. Eso es lo que eres. Todo lo demás es ruido.
Él no respondió. Pero su mano encontró la de ella bajo la manta y la apretó con fuerza.
Y por primera vez en doce años, Angrod Caranthir creyó que quizá —solo quizá— no era el monstruo que siempre había pensado.
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Ella dice que me elige.
Ella dice que soy suficiente.
Ella dice que el ruido no importa.
Y yo, que he pasado toda mi vida creyendo que el amor era algo que había que ganar, algo que había que merecer, algo que siempre estaba fuera de mi alcance...
Empiezo a entender que no es así.
El amor no se gana. No se merece. No se conquista.
El amor se recibe. Se acepta. Se agradece.
Y yo, por primera vez, estoy aprendiendo a hacer las tres cosas.
Gracias a ella.
Siempre gracias a ella.