Catalina es la primogénita de la familia Bloemen, un ducado de gran importancia en el imperio de Blodau, pero a pesar de eso su vida siempre estuvo lejos de ser la de una dama noble, por lo que desde que recuerda su mayor deseo es huir de su disque familia, algo que logra de la mano de un desconocido que llego a su puerta sin avisar y del que se enamoró perdidamente.
La pareja enamorada hizo su vida lejos de los lujos de la nobleza, felices simplemente con estar el uno al lado del otro, pero algo empañaba esa felicidad y eso eran las preguntas que existían alrededor de Jared, Jared no recuerda nada de su pasado, solo su nombre y descubrir quién es él y encontrar a sus padres es algo que desea hacer, pero Jared no es quien él cree que es, y su verdadera identidad sumergirá a la pareja en un mundo lleno de peligros del que creían que eran ajenos.
¿Podrán Catalina y Jared superar los obstáculos que los esperan y ser felices?
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Capítulo 5
—Es un descarado, sus intenciones son más que obvias, ese maldito —se queja la emperatriz con su esposo y es que la mujer se encuentra muy molesta con lo ocurrido en la sala del consejo.
—A pesar de que sea mi hermano, estoy totalmente de acuerdo contigo, no entiendo por qué insiste en algo que claramente no está a su alcance —le responde el emperador.
A pesar de que Elm Lulet era el emperador, en realidad él solo era parte de la familia imperial por matrimonio, ya que era su esposa quien llevaba la sangre imperial en sus venas.
Al anterior emperador solo había tenido dos hijas, y fue durante el nacimiento de la segunda princesa que la antigua emperatriz perdió la vida, y a pesar de no tener ni un solo heredero varón, el emperador se negó a casarse de nuevo, por lo que busco matrimonios convenientes para sus dos hijas, fue así como Elm junto a Zahar, tras pasar todas las pruebas que el emperador había realizado para conceder la mano de sus hijas en matrimonio, lograron unirse a la familia imperial, siendo Elm quien se casó con la mayor de la hermanas, Hana Lilled, volviéndose emperador, por su lado la segunda princesa se volvió la archiduquesa de Kukat, un título muy importante en el imperio, uniendo así al archiducado Kukat con la familia imperial.
Hana se dejó caer en uno de los sillones que había en la habitación y, al verla, Elm no pudo dejar de admirar lo bella que era su esposa. Su cabello rubio brillaba con el sol, y sus ojos de color magenta, un color característico en la familia imperial, relucían como dos piedras preciosas, y al verla tan hermosa no pudo evitar pensar en lo afortunado que era por tenerla en su vida.
Para Elm fue amor a primera vista, y es que desde el primer instante en que vio a Hana se enamoró de ella. Fue por eso que se esforzó con todo su ser para ser el elegido para casarse con ella y el día de su matrimonio fue uno de los más felices de su vida, solo igualado por el día en que nació su pequeño, su hijo, al que no había visto desde hacía siete largos años.
Elm se sentó a lado de su esposa, quien sin dudarlo acomodo su cabeza sobre el hombro de su esposo, y alzo la mirada para verlo, Elm sin duda seguía siendo un hombre apuesto, sus cabellos verde olivo hacían juego con sus ojos amarillos de una manera preciosa, fue esa combinación lo que llamo su atención hacia ya varios años, aún recuerda lo mucho que rezo en su habitación para que fuera Elm quien ganara su mano, y cuando fue así su corazón estalló de dicha, tras su matrimonio creyó todo seria felicidad, ya que había unido su vida a la de la persona que amaba.
Pero toda esa felicidad había desaparecido casi por completo tras la desaparición de su hijo y por algunos años creyó que se había ido para siempre, pero a pesar de que todo parecía decirle que nunca más vería a su hijo, ella no perdía la esperanza de que un día Basil volviera a su lado.
—¿Qué haremos? Ya no solo el idiota de mi hermano está presionando con ese tema; ya varios nobles lo hacen, debemos nombrar a otro heredero —le dice Elm a su esposa, aunque a él tampoco le agrada la idea.
—Nombremos a Oliver, mi sobrino, sin duda es la mejor opción, pero no ahora, esperemos un poco más, sé que Basil está cerca —responde Hana.
- Se hará como tú lo pidas, ya que yo pienso lo mismo que tú, nuestro hijo volverá, estoy seguro de eso.
La pareja estuvo junta solo un rato más, ya que debían continuar con sus deberes, por lo que cada uno se dirigió a su oficina; fue allí donde Rosalina encontró a su señora, la cual lucía abatida.
—¿Qué sucedió en la reunión de hoy? —le preguntó Rosalina a Hana, quien sin dudarlo le contó lo ocurrido. Hana confiaba plenamente en Rosalina y sabía que, dijera lo que dijera, nunca saldría de esa habitación.
—Sé que el duque Lulet está relacionado con la desaparición de mi hijo, y no solo yo lo creo; Elm me apoya, pero hasta ahora no hemos encontrado nada en su contra.
Cuando Basil había desaparecido, el duque Lulet intento convencer a todo el consejo y a los emperadores de que su hijo era la mejor opción para ocupar el puesto de príncipe heredero, afirmando que Basil ya estaba muerto y que alguien más debía de tomar ese puesto, sus afirmaciones lo pusieron como uno de los sospechosos principales sobre la desaparición de Basil, pero lamentablemente no se encontró nada que lo relacionara con el delito, y es que Basil había sido emboscado solo, sin ningún testigo a su alrededor, y al no saber que era lo que había pasado, no tenían indicios de donde comenzar a investigar, y si bien no encontraron nada en contra del duque Lulet, la investigación si lo había mantenido callado hasta hace unos meses que volvió a insistir con poner a su hijo en el trono, algo que claramente nunca pasara.
—Cuando el príncipe regrese, sabremos la verdad y si de verdad el duque Lulet es culpable, pagará por sus crímenes —le responde Rosalina a la emperatriz.
Al ver a su señora tan abatida, Rosalina prefiere guardar silencio sobre el niño que vio el día de hoy, el cual era idéntico a Basil cuando este era un niño. Lo mejor es no ilusionarla. Mañana iría al restaurante en donde la mujer trabaja y hablaría con ella; si de verdad ese niño tenía alguna relación con Basil, debía asegurarse primero de que así fuera, antes de decirle algo a los emperadores.