Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.
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Capítulo 5
Capítulo 5
"No es mi novio"
Salió al pasillo antes de que amaneciera, con la camisa manchada, la bolsa negra de Valentina en la mano y una orden imposible clavada en la garganta: que ella despertara sin saber cuánto acababa de deberle.
Valentina despertó con la boca seca y una luz blanca clavada en los párpados.
Lo primero que sintió fue dolor.
No un dolor elegante, de esos que una podía soportar apretando los dientes y caminando derecha. Era un dolor feo, profundo, que le subía desde la rodilla hasta la cadera y le recordaba, sin misericordia, que había corrido contra un coche como una idiota.
Abrió los ojos.
Hospital.
Sábana limpia. Suero. Venda en la pierna. Una máquina pitando con paciencia.
Valentina giró la cabeza demasiado rápido y el cuarto se movió. La enfermera que revisaba el expediente levantó la vista.
—Con cuidado, señorita Estrada. No tiene fracturas, pero sí contusiones fuertes. La tomografía salió bien. Tuvo suerte.
Suerte.
Valentina soltó una risa rasposa.
—Claro. Muchísima.
Intentó incorporarse. La enfermera la ayudó a acomodar las almohadas.
—¿Quiere agua?
—Quiero saber cuánto debo.
La enfermera hizo una pausa mínima.
—La cuenta está cubierta.
Valentina parpadeó.
—¿Cubierta por quién?
—El señor que la trajo.
El corazón le dio un golpe seco.
Santiago.
La imagen volvió por partes: faros blancos, pavimento húmedo, el lunar en su mano, la voz rota exigiéndole que lo mirara. Luego el pecho de él contra su mejilla. La palabra Vale, dicha como si todavía tuviera derecho.
Valentina apretó la sábana.
—¿Dónde está mi bolsa?
—Creo que él la tiene. Dijo que se la devolvería personalmente.
—Perfecto —murmuró—. Hasta mis cosas secuestró.
La enfermera la miró con una mezcla de curiosidad y cansancio profesional.
—Su novio estuvo muy preocupado.
—No es mi novio.
La respuesta salió demasiado rápido.
La enfermera levantó una ceja.
—Bueno, el señor que no es su novio pasó toda la noche en la silla de afuera. Cada vez que usted hacía un ruido, venía corriendo a preguntar si estaba despierta.
Valentina sintió que algo se le atoraba detrás de las costillas.
No.
No quería imaginarlo sentado en el pasillo, con esa cara de piedra y los ojos rojos. No quería saber que había pagado, llamado, esperado. No quería que la ternura le moviera una sola pieza del enojo que había usado para sobrevivir desde anoche.
—No es mi novio —repitió, más bajo.
—Como diga.
La puerta se abrió.
Santiago Reyes entró sin pedir permiso.
Valentina tuvo que hacer un esfuerzo absurdo para no tocarse el cabello. Él, en cambio, parecía recién salido de una junta: traje oscuro, camisa limpia, rostro frío. Solo había una señal de la noche anterior: una sombra leve bajo los ojos y la bolsa negra de ella en la mano.
La dejó sobre la mesa auxiliar.
—Tus cosas.
Valentina la tomó de inmediato, revisó la foto de su madre, la tarjeta del metro, los dos billetes doblados. Todo estaba ahí.
—Gracias —dijo, porque su madre la había educado incluso para agradecer cuando le hervía la sangre.
Santiago miró la venda de su rodilla.
—¿Qué dijo el médico?
—Nada grave.
—Te quedarás en observación hasta la tarde.
—No te pregunté.
Él guardó silencio.
Eso la irritó más. La calma de Santiago siempre había sido una forma de poder. Él no necesitaba discutir para hacer que una se sintiera desordenada.
Valentina abrió la aplicación del banco con dedos rígidos.
Saldo disponible: 842.70 MXN.
Seguía ahí, como una burla.
La palabra treinta mil le brilló detrás de los ojos.
Alzó la cara.
—Necesito una compensación.
Santiago no movió ni una ceja.
—¿Compensación?
—Tu coche me golpeó.
—Te lanzaste frente a mi coche.
La enfermera, que intentaba fingir que no escuchaba, encontró de pronto muchísimo interés en el dispensador de guantes.
Valentina sostuvo la mirada de Santiago.
—No hay cámaras en esa esquina.
Por primera vez, algo cruzó su rostro. No sorpresa. Dolor, quizá. O rabia.
—¿Eso pensaste antes de correr?
—Pensé que necesitaba dinero.
La frase quedó desnuda entre los dos.
Santiago bajó la mirada un segundo. Cuando volvió a mirarla, la máscara ya estaba puesta.
—¿Cuánto?
Valentina tragó saliva.
Pedirlo era humillante. No pedirlo era peor.
—Treinta mil pesos. Por daños y perjuicios.
La enfermera dejó caer una gasita.
Santiago sacó el teléfono.
—Dame tu cuenta.
Valentina lo miró, desconfiada.
—¿Así nada más?
—¿Quieres el dinero o quieres discutir?
Quería ambas cosas.
Le dictó la CLABE con la voz más firme que pudo. Santiago no preguntó dos veces. Tecleó, confirmó con reconocimiento facial y guardó el teléfono.
Un segundo después, el celular de Valentina vibró.
"Transferencia recibida: 30,000.00 MXN."
La pantalla se le nubló.
No por lágrimas. Por rabia.
Porque él había pagado sin pestañear lo que a ella la había llevado a lanzarse contra un auto.
También porque esa cantidad ya tenía destino antes de tocar su cuenta. No era ropa, no era renta, no era comida caliente después de un turno doble. Eran medicamentos de mantenimiento, terapia respiratoria, pañales clínicos, una enfermera que no mirara a Isabel como un expediente vencido. Treinta mil pesos eran un mes más de su madre en una cama limpia.
Y Santiago acababa de soltarlos como quien paga estacionamiento.
Valentina abrió la conversación de la clínica y escribió con los pulgares rígidos:
"Hoy hago el pago. No suspendan nada."
No envió el mensaje.
No todavía.
—Listo, señorita Estrada.
El golpe no estuvo en el dinero. Estuvo en el señorita.
Frío. Correcto. A una distancia impecable.
Valentina levantó el mentón.
—Muy amable, señor Reyes.
Santiago asintió apenas.
—El hospital también está cubierto. Puedes irte cuando el médico lo autorice.
—No necesitaba que pagaras eso.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
La pregunta salió antes de que pudiera tragársela.
Santiago la miró como si la respuesta estuviera en una habitación cerrada con llave dentro de él.
—Porque mi coche te golpeó.
—Ya te dije que yo...
—Lo sé.
Valentina se quedó muda.
Él sabía.
Claro que sabía. Santiago Reyes no era un hombre al que se le pudiera vender una escena mal actuada bajo un semáforo descompuesto. La vergüenza le subió al cuello, caliente y amarga.
—Entonces no finjas que eres bueno.
Santiago recibió la frase sin parpadear.
—Nunca he fingido eso.
La enfermera decidió que era un excelente momento para salir.
La puerta se cerró con suavidad.
Valentina y Santiago quedaron solos.
Durante unos segundos, solo se oyó la máquina junto a la cama. Bip. Bip. Bip. Como si el cuarto contara todo lo que ninguno decía.
Santiago metió una mano al bolsillo.
—Descansa.
—No necesito tus órdenes.
—No fue una orden.
—Contigo todo suena a orden.
Su boca se movió apenas. No llegó a ser sonrisa.
—Entonces lo diré de otra forma. Por favor, no te levantes hasta que el médico vuelva.
El por favor la desarmó más de lo que habría querido admitir.
Valentina apartó la mirada.
—Vete.
Santiago caminó hacia la puerta.
Ella pensó que obedecería sin más. Que esa sería la última vez que lo vería si el orgullo de ambos hacía bien su trabajo.
Se equivocó.
Él se detuvo con la mano en la perilla.
—Una cosa más.
Valentina cerró los ojos.
—¿Qué?
Santiago volvió apenas el rostro. La luz del pasillo le partía la cara en dos: una mitad hombre, una mitad sombra.
—Mi abogado se pondrá en contacto.