Entre secretos prohibidos y un vínculo imposible, ¿será el amor su única salida… o la razón de su caída eterna?
NovelToon tiene autorización de Elizabeth Moore para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El Testigo Inesperado
El detective Ian Vance permaneció inmóvil durante unos segundos después de que Caleb abandonara el automóvil policial.
A través del parabrisas, observó cómo el joven se alejaba por el sendero principal del campus con una tranquilidad desconcertante. Llevaba los libros abrazados contra el pecho, el suéter blanco moviéndose con la brisa de la mañana y las gafas ligeramente resbaladas sobre el puente de la nariz. Cualquiera que lo viera habría pensado que era un estudiante común camino a su siguiente clase.
Sin embargo, la intuición de Ian se negaba a aceptar aquella imagen.
Había algo en Caleb que no encajaba.
No era una prueba concreta ni una evidencia física. Era una sensación persistente, como si cada palabra pronunciada por el universitario hubiera sido cuidadosamente calculada.
El golpe en la ventanilla lo sacó de sus pensamientos.
—Detective, debemos irnos —insistió el agente—. El testigo dice que solo hablará con usted.
Ian arrancó el vehículo y abandonó el campus.
Durante todo el trayecto, repasó mentalmente la conversación. Ninguna contradicción. Ningún gesto de nerviosismo. Ninguna reacción propia de alguien relacionado con un crimen.
Eso era precisamente lo que más le preocupaba.
En la comisaría, el supuesto testigo esperaba en una sala de entrevistas.
Era un hombre de unos cincuenta años, empleado de mantenimiento del estacionamiento donde había ocurrido el ataque. Sus manos temblaban mientras sostenía un vaso de agua.
Ian tomó asiento frente a él.
—Soy el detective Ian Vance. Me dijeron que vio algo.
El hombre tragó saliva.
—No... no vi todo.
—Cuénteme lo que recuerde.
El empleado respiró profundamente antes de hablar.
—Escuché gritos. Pensé que era otra pelea de pandillas y fui a mirar desde lejos.
Hizo una pausa.
—Había tres hombres rodeando a un estudiante.
Ian abrió su libreta.
—¿Reconoce al estudiante?
El hombre observó una fotografía de Caleb.
Asintió lentamente.
—Era él.
Ian continuó escribiendo.
—¿Qué ocurrió después?
El empleado cerró los ojos unos segundos, como si intentara ordenar un recuerdo demasiado confuso.
—No sé explicarlo... Los tres parecían muy seguros al principio.
—¿Y luego?
—De repente... dejaron de moverse.
El detective levantó la vista.
—¿Cómo que dejaron de moverse?
—Fue como si algo invisible hubiera caído sobre ellos. No escuché disparos. No vi armas. Solo... miedo.
La sala quedó en silencio.
—¿Está diciendo que el estudiante los atacó?
El hombre negó con fuerza.
—Eso es lo extraño. Apenas pude verlo moverse.
Ian frunció el ceño.
—¿Está completamente seguro?
—Sí.
El empleado bajó la voz.
—Detective... esos hombres no parecían estar peleando contra una persona.
Ian sintió un escalofrío.
—¿Entonces contra qué peleaban?
El hombre tardó varios segundos en responder.
—Parecía que estaban luchando contra su propio miedo.
Ian cerró lentamente la libreta.
Aquella declaración coincidía con los informes médicos.
Pero seguía sin explicar cómo un estudiante universitario había sido capaz de provocar semejante reacción.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Caleb entró en la biblioteca de la universidad.
Saludó con amabilidad a la bibliotecaria y caminó hasta el rincón más silencioso del edificio.
Dejó sus libros sobre una mesa junto a la ventana.
Abrió uno de ellos.
Sin embargo, antes de leer la primera página, levantó lentamente la mirada.
Tuvo la clara sensación de que alguien lo observaba.
No vio a nadie.
Solo el reflejo de la lluvia que comenzaba a golpear los cristales.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
Con voz apenas audible, dijo:
—Pregunta número cuatro...
Sus dedos pasaron lentamente la página del libro.
—¿Quién será el primero en descubrir que las apariencias pueden ser el engaño más peligroso?
Continuará...