Camila Naranjo estaba a tres meses de casarse con Diego Cárdenas, el hombre al que amó toda su vida. Pero Diego se enamoró de su secretaria y creyó que Camila aceptaría una boda sin amor con tal de conservar su lugar en la familia Cárdenas.
Se equivocó.
Después de una humillación pública y de descubrir que su propia familia siempre elegirá a otra mujer antes que a ella, Camila cancela la boda y toma una decisión que nadie vio venir: se casa con Sebastián Cárdenas, el tío de Diego y el hombre más poderoso de la familia.
Ahora Diego tendrá que verla en cada cena familiar como la esposa de su tío.
Lo que empezó como una venganza elegante se convierte en un matrimonio lleno de secretos, deseo y una protección que Camila nunca había conocido.
Esta vez, ella no va a rogar por amor.
Esta vez, todos tendrán que verla ganar.
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Capítulo 5
Capítulo 5
Camila salió del hospital con una venda discreta y un plan que todavía le parecía irreal.
El Registro Civil fue sobrio. Sebastián llegó puntual, con documentos, testigos y una calma que la hizo sentirse más nerviosa. Camila firmó el acta de matrimonio con una mano firme solo porque se obligó a no pensar demasiado.
Cuando el juez los declaró casados, ella miró el papel.
Camila Naranjo.
Sebastián Cárdenas.
Parecía una broma escrita con tinta oficial.
—¿Te arrepentiste? —preguntó Sebastián al salir.
—No. Solo estoy verificando que no sea un sueño raro.
Él la llevó después a elegir anillos. Camila había pensado comprar algo sencillo, pagar ella y no deberle más. Sebastián no la dejó.
En la joyería, una pareja de anillos con diseño de abrazo le llamó la atención. La asesora explicó que el significado era "abrazarte es abrazar el mundo". Camila se sintió cursi por conmoverse, pero no apartó la mirada.
Sebastián tomó su mano y le puso el anillo.
—Me gusta este. Te queda bien.
El calor de su palma le subió por el brazo. Camila bajó los ojos para esconder el rubor.
—A ti también.
Él se puso el anillo masculino y levantó la mano.
—¿Entonces este?
—Este.
En el auto, Sebastián preguntó qué tipo de boda quería.
Camila pensó en algo grandioso, algo que aplastara a Diego y Daniela. Pero se contuvo. Ella había estado a punto de ser sobrina política de Sebastián. Si hacían una boda ahora, los cuchillos irían contra él.
—Por ahora no quiero ceremonia.
Sebastián no discutió.
—Te respeto.
Camila se armó de valor.
—También quisiera que el matrimonio sea secreto por ahora.
Él levantó una ceja.
—¿Matrimonio oculto?
—Temporal. Hasta que Diego y Daniela se casen. Si lo decimos antes, dirán que tú y yo ya teníamos algo.
Y cuando Diego se casara, ella aparecería en la cena familiar como esposa de Sebastián. El golpe sería perfecto.
Sebastián la vio sonreír sola.
—¿Qué estás imaginando?
—Nada. Cosas sanas.
Él no le creyó, pero tampoco preguntó.
Sebastián volvió a Grupo Cárdenas y llamó a Pablo.
—Camila y yo nos casamos.
Pablo casi dejó caer la libreta.
—¿Hoy?
—Hoy.
Sebastián le dio una dirección en Lomas de Chapultepec. Una casa recién remodelada, sin estrenar.
—Será nuestra casa. No hagas cambios grandes. Ella debe decidir. Pero prepara un cuarto oscuro para fotografía y un estudio para ella.
Pablo entendió algo más que una instrucción logística. Sebastián no estaba pensando en una deuda. Estaba pensando en una vida.
Esa noche, Sebastián llegó a un club privado con dos botellas de vino carísimo. Bruno las reconoció y casi se atragantó.
—¿Qué celebras?
Sebastián encendió un cigarro.
—Me casé hoy. Estoy contento.
Bruno soltó una maldición y Sebastián le tapó la boca.
—Secreto.
—¿Con Camila?
—Sí.
Bruno lo miró largo rato.
—Admítelo. Todavía te gusta.
Sebastián no respondió de inmediato. Después habló con una serenidad que hizo que Bruno dejara de bromear.
—El día que vino a pedirme ayuda, tenía la cara hinchada y los ojos muertos. En ese momento pensé que quería casarme con ella para protegerla con derecho. Antes no podía acercarme. Diego y su madre habrían descargado su odio sobre ella. Ahora es mi esposa. Puedo sostenerla sin pedir permiso.
Bruno se quedó callado.
—Si me preguntas qué siento —continuó Sebastián—, basta con que ella me mire herida para que quiera darle todo. Si me pidiera la vida, también.
Mientras tanto, Camila trataba de acostumbrarse a la palabra esposo.
No sonaba real.
Pero el anillo en su mano sí pesaba.
Y por primera vez, ese peso no le parecía una cadena.
Al volver a su departamento, Camila dejó el acta sobre la mesa y se sentó frente a ella como si esperara que cambiara de nombre cuando parpadeara. No cambió. Seguía diciendo Sebastián Cárdenas.
Le tomó una foto y abrió el chat de Dulce sin escribir durante un minuto entero. Al final mandó la imagen.
Dulce llamó de inmediato.
—¿Ya eres tía política de Diego?
—Legalmente.
—Dilo otra vez, necesito escucharlo.
Camila se cubrió la cara con la mano izquierda. El anillo brilló bajo la luz.
—Soy tía política de Diego.
Del otro lado se oyó un grito ahogado con risa. Camila también rio. No era felicidad pura. Era alivio, era venganza, era miedo y una pizca ridícula de orgullo.
Cuando colgó, se quedó mirando el anillo. Diego nunca llegó a ponerle uno con esa calma. Todo con él había sido lucha: por una fecha, por una casa, por una palabra de seguridad.
Sebastián le había puesto el anillo como si su mano no tuviera que pelear por caber en la suya. Ese detalle, más que el acta, la dejó sin defensa.