Alma Rivera jamás imaginó que una beca cambiaría su vida. Al ingresar a la prestigiosa Academia Blackwood, descubre que algunos estudiantes desaparecen sin dejar rastro... y que nadie se atreve a mencionarlos. Junto a Adrián Lancaster, el alumno más brillante y distante de la escuela, comenzará una investigación que desenterrará secretos ocultos durante años. Pero en Blackwood, conocer la verdad tiene un precio, y alguien está dispuesto a matar para mantenerla enterrada.
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El cuadro de honor
Una semana.
Ese era todo el tiempo que Alma llevaba en la Academia Blackwood.
Y ya había entendido algo muy importante.
Si quería conservar la beca, no podía permitirse bajar el ritmo.
Mientras muchos estudiantes aprovechaban las tardes para descansar en los jardines o reunirse en la cafetería, ella seguía una rutina que había construido desde el primer día.
Clases.
Entrenamiento.
Cena.
Tres horas de estudio.
Dormir.
Y repetir.
No era la vida universitaria que muchos imaginaban.
Pero para Alma, estudiar nunca había sido una obligación.
Era la razón por la que estaba allí.
—¿Otra vez a la biblioteca? —preguntó Olivia mientras se dejaba caer sobre la cama.
Alma guardó dos cuadernos en su mochila.
—Mañana tenemos examen de Historia.
—Es un examen diagnóstico.
Ni siquiera cuenta para la nota.
—Precisamente. Quiero saber si voy al ritmo de los demás.
Olivia negó con la cabeza riéndose.
—Eres increíble.
—No.
Solo tengo miedo de quedarme atrás.
Aquella confesión hizo que Olivia dejara de sonreír.
Por primera vez comprendió que, para Alma, perder la beca significaba perderlo todo.
—Vas a hacerlo bien.
—Eso espero.
La biblioteca estaba casi vacía.
La lluvia golpeaba los enormes ventanales y el silencio era tan profundo que solo se escuchaba el pasar de las páginas.
Alma eligió una mesa junto a una ventana.
Durante dos horas resolvió ejercicios, tomó apuntes y revisó libros hasta que sintió la cabeza completamente saturada.
—Cinco minutos de descanso…
Murmuró para sí.
Se levantó y comenzó a caminar entre las estanterías.
Le encantaba perderse entre los libros.
Cada pasillo parecía esconder historias diferentes.
Mientras observaba los títulos, algo llamó su atención.
En un rincón apartado había una pared decorada con fotografías antiguas y placas doradas.
Encima podía leerse una inscripción.
CUADRO DE HONOR
LOS MEJORES ESTUDIANTES DE BLACKWOOD
Alma se acercó con curiosidad.
Había decenas de fotografías organizadas por año.
Cada una mostraba al estudiante con el mejor promedio académico.
—Vaya…
Los nombres se repetían una y otra vez.
Algunas familias aparecían durante generaciones enteras.
Beaumont.
Ashford.
Montgomery.
Lancaster.
Lancaster…
Alma se detuvo.
En la fotografía del año anterior aparecía un joven de cabello negro y expresión seria.
No sonreía.
Ni siquiera para la foto oficial.
Debajo podía leerse:
Adrián Lancaster.
Promedio: 9,98
—Con razón todos hablan de él…
Continuó observando.
El mismo nombre aparecía el año anterior.
Y el anterior.
Tres años consecutivos.
—¿Eso es siquiera posible?
—Sí.
La voz apareció detrás de ella.
Alma giró.
La señora Evans, la bibliotecaria, sostenía varios libros entre los brazos.
—Adrián ha sido el mejor estudiante desde que ingresó.
—Debe estudiar muchísimo.
La mujer sonrió con cierta nostalgia.
—Más de lo que imaginas.
Alma volvió a mirar la fotografía.
Ahora entendía por qué todos parecían admirarlo.
O respetarlo.
O ambas cosas.
Sin embargo…
Había algo que seguía llamándole la atención.
Los ojos.
Incluso en aquella fotografía oficial, Adrián parecía triste.
Como si la cámara hubiera captado un peso que llevaba encima desde hacía mucho tiempo.
Siguió recorriendo el cuadro de honor.
Entonces encontró otra fotografía.
Cinco años atrás.
Isabella Lancaster.
Mejor estudiante de Blackwood.
Alma frunció el ceño.
—¿También era de su familia?
La bibliotecaria dejó escapar un pequeño suspiro.
—Era su hermana mayor.
—¿También estudiaba aquí?
La sonrisa de la señora Evans desapareció por completo.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Luego tomó los libros con más fuerza.
—Ya es tarde.
Tengo que seguir trabajando.
Y se marchó.
Alma la observó alejarse.
No había respondido realmente la pregunta.
Había escapado de ella.
Otra vez.
Alma volvió la vista hacia la fotografía de Isabella.
Era muy distinta a Adrián.
Sonreía con naturalidad.
Parecía alguien alegre.
Abajo solo figuraba el año en que había sido reconocida.
Nada más.
No decía que se había graduado.
Ni en qué universidad continuó sus estudios.
Ni ningún otro dato.
Era extraño.
Muy extraño.
Sin darse cuenta, Alma apoyó suavemente la mano sobre la placa de bronce.
—¿Qué fue lo que pasó contigo…?
No sabía que, desde el segundo piso de la biblioteca, unos ojos grises observaban la escena en absoluto silencio.
Adrián acababa de llegar para devolver unos libros.
Y al verla detenida frente a la fotografía de Isabella, sintió un nudo en el estómago.
Porque Alma estaba empezando a seguir exactamente el mismo camino que él había recorrido años atrás.
Y ese camino nunca terminaba bien.