*PRÓLOGO*
*Sonya Smith*
El “lo siento” de Noa sonó a disparo antes que el disparo.
Sonya no bajó el arma. No por él. Por Lucía, que estaba detrás, llorando como si no fuera ella quien había puesto el veneno en su café esa mañana. Amigas. Amantes. Traidores.
“Eran los mejores diez años de mi vida,” dijo Noa. Tenía el dedo en el gatillo. No le temblaba. A Sonya siempre le gustó eso de él.
“Fueron,” corrigió ella.
El estruendo reventó la habitación. Dolió menos de lo que pensó. El suelo estaba frío. El techo, blanco. Lucía se arrodilló y le sostuvo la mano mientras se iba. Qué detalle.
Sonya Smith, 30 años, la mujer que desarmó carteles y tumbó gobiernos, murió en el piso de su cocina por confiar en dos personas.
Lo último que pensó no fue en venganza. Fue en silencio.
Por fin, silencio.
Y luego, luz.
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*CAPÍTULO 5* *Lección de Veneno*
Sonya Smith nunca confiaba.
Elira Valemot iba a tener que aprender.
Porque para matar a Darian necesitaba ojos en cada pasillo. Y para sobrevivir a Cassian Ashford Thorne, necesitaba alguien que le cuidara la espalda cuando ella no pudiera.
La encontró en la cocina.
No por casualidad. Sonya llevaba tres días estudiando a la servidumbre. Quién miraba al suelo cuando Andrew pasaba. Quién apretaba los puños cuando Samantha insultaba. Quién tenía moretones escondidos bajo las mangas.
Mira. Diecisiete años. Flaca, con el cabello castaño siempre cubierto y quemaduras viejas en los antebrazos. La hija del cocinero. La que servía el té cuando Sofía Lauren venía “de visita”. La que bajaba la mirada cuando Darian le rozaba la mano “sin querer”.
La que ayer, después de que Sofía vomitara sangre, limpió el suelo sin hacer preguntas. Y cuando Elira pasó a su lado fingiendo llorar, Mira no la miró con pena. La miró con _entendimiento_.
_Esa_, decidió Sonya. _Esa sirve._
Era de noche. La cocina estaba vacía. Mira fregaba ollas con la cabeza gacha, tarareando algo tan bajo que no era ni canción. Era supervivencia.
Elira entró sin hacer ruido. Descalza. Con el vestido gris. Las manos ya sin vendas, pero con costras nuevas de entrenar.
Mira no se asustó. Solo levantó la vista medio segundo y volvió a su olla. Pero sus hombros se tensaron. _Me vio. Me escuchó. Buena chica._
“Señorita,” murmuró Mira. “La cocina está cerrada. Si la duquesa se entera...”
“La duquesa no mira,” cortó Elira. Su voz no era la de la niña rota. Era neutra. La de Sonya evaluando un recluta. “Y si mirara, no vería.”
Dejó algo sobre la mesa de madera. Un paquetito de tela. Dentro, raíz de _sangreazul_ molida. La misma que usó con Sofía.
Mira dejó de fregar. No tocó el paquete. No preguntó qué era. Solo miró las manos de Elira. Las costras. Las cicatrices nuevas. Luego miró sus propias quemaduras.
“Mi padre dice que las Valemot son buenas,” dijo Mira al fin. “Que el duque es justo. Que la duquesa está enferma de tristeza. Que los jóvenes... bueno. Los jóvenes son jóvenes.”
_Mentira piadosa_, pensó Sonya. _Lealtad de sirviente. Pero hay rabia debajo._
“El conde Montclair,” dijo Elira, probándola. “Te toca la mano cuando te sirve la taza. ¿Te gusta?”
Mira se quedó blanca. El trapo cayó al agua sucia con un _plaf_.
“No, señorita.” La voz le tembló. “Yo no... él no...”
“Tranquila.” Elira dio un paso. No amenazante. No aún. “No te acuso. Te pregunto porque ayer vi cómo lo miraste cuando Sofía vomitó sangre. No estabas asustada. Estabas... aliviada.”
Silencio. Solo el goteo del agua.
Mira tragó saliva. “Mi hermana trabajaba para la casa Laurent. Hace dos años. Se cayó por la ventana. Dijeron que fue un accidente. La señora Sofía lloró mucho en el funeral. Llevaba mi collar. El que le regalé a mi hermana por su cumpleaños.”
Ahí estaba. La deuda. La rabia. La razón.
Sonya Smith sonrió dentro de Elira. _Perfecto. Los leales no se compran con oro. Se compran con venganza._
Empujó el paquetito hacia Mira.
“Sangreazul,” dijo. “Una pizca en el vino y arde. Dos pizcas y vomita sangre. Tres y no se levanta. No deja rastro. El médico dirá que fue picante. Que fue alergia. Que fue el destino.”
Mira no lo tocó. Pero tampoco apartó la mirada.
“¿Por qué me da esto, señorita?” Su voz era apenas un hilo. “Si me descubren, me cuelgan. A mi padre también.”
Elira se inclinó sobre la mesa. Sus ojos grises, los de Sonya, clavados en los de Mira.
“Porque Darian Montclair va a matarme antes de la boda,” dijo. Sin adornos. Sin mentiras. La verdad era el mejor arma. “Y cuando esté muerta, Sofía Lauren será condesa. Y luego duquesa. Y tu padre seguirá quemándose las manos para servirle té a la mujer que tiró a tu hermana por una ventana.”
Mira respiró hondo. Temblaba. Pero no de miedo. De furia guardada dos años.
“¿Y si la mato?” preguntó. “¿Qué gano yo?”
_Inteligente. Pregunta el precio. No es una fanática. Es una soldado._
“No vas a matarla,” dijo Elira. “Todavía. Hoy vas a aprender.”
Abrió otro paquetito. Hojas secas. _Dulcesueño_. Inofensivo. Da sueño profundo, nada más.
“Vas a poner esto en la leche de Samantha mañana. Una pizca. Se dormirá en el desayuno. Delante de padre. Delante de Andrew. Hará el ridículo. Y cuando despierte, no recordará nada. Solo que se durmió.”
Mira frunció el ceño. “¿Eso qué...?”
“Eso,” interrumpió Elira, “es una lección. Uno: aprendes a moverte sin que te vean. Dos: aprendes que puedes tocar a los nobles y ellos ni se enteran. Tres: Samantha deja de ser un problema por un día, y yo puedo entrar en su cuarto sin que grite.”
Se acercó más. Bajó la voz.
“Y cuatro, Mira. Si lo haces bien, y no me traicionas, te juro por la sangre que vomitó Sofía que cuando yo sea duquesa, o emperatriz, o lo que sea que tenga que ser para quemar esta casa hasta los cimientos... tú estarás a mi lado. No fregando ollas. Dando órdenes.”
El silencio fue largo.
Mira miró el _sangreazul_. Luego el _dulcesueño_. Luego las manos de Elira. Luego sus propios antebrazos quemados.
Tomó el _dulcesueño_.
“¿Solo una pizca?” preguntó.
Elira sonrió. Esta vez, la sonrisa llegó a sus ojos. A los de Sonya. A los de las dos.
“Solo una pizca. Hoy.”
*A la mañana siguiente.*
El desayuno era tenso. Roderick leía cartas con el ceño fruncido. Cristal no había bajado. Andrew miraba a Elira como si esperara que le salieran colmillos.
Samantha hablaba sin parar. De Sofía. De lo “terrible” que fue todo. De cómo “pobrecita Elira se desmayó del susto”.
Mira sirvió la leche. Con la cabeza gacha. Con manos firmes. Nadie la miró.
Samantha bebió.
Diez minutos después, a mitad de una frase sobre lo “preocupado que estaba Darian”, su cabeza cayó sobre el plato de huevos con un golpe sordo.
El caos fue delicioso.
Andrew gritó. Roderick tiró la carta. Los sirvientes corrieron.
Elira no se movió. Se llevó la taza a los labios y bebió agua. Por encima del borde, miró a Mira.
La chica estaba pálida, contra la pared. Pero cuando sus ojos se cruzaron con los de Elira, no había miedo.
Había poder.
_Lo hiciste_, decían los ojos de Elira. _Y nadie murió. Hoy._
El médico dijo que era “fatiga”. Que la señorita Valemont estaba “muy afectada por lo de su amiga”. La llevaron a su cama.
Elira subió una hora después. Con excusa de “ver si mi hermana está bien”.
Cerró la puerta. Samantha roncaba, babeando. _Dulcesueño_ de calidad.
Revisó el cuarto en dos minutos. Cartas. Joyas. Y en el cajón del tocador, atadas con una cinta rosa, cartas de Darian. Para Samantha.
_“Paciencia, mi dulce. Pronto tu hermana tendrá un accidente. Y tú serás la única Valemot que quede. Entonces hablaremos de nuestro futuro.”_
Elira las guardó en su corpiño. Pruebas. Munición.
Cuando bajó, Mira estaba limpiando el comedor.
Elira pasó a su lado. No se detuvo. No le habló.
Solo dejó caer algo en el bolsillo del delantal de Mira.
Un cuchillo pequeño. De fruta. Igual al suyo.
Y un susurro tan bajo que solo Sonya y Mira lo oyeron:
“Lección dos: mañana.”
*Esa tarde, llegó un paquete a la finca Valemot.*
Sin remitente. Sin sello. Solo un lazo negro.
Dentro, un libro. _Venenos del Imperio, Volumen III: Los que no dejan huella._
Y una nota, con letra afilada que Elira reconoció aunque nunca la había visto.
_“Para que no falles la próxima vez. Tienes treinta y siete muescas. Haz que la treinta y nueve cuente. -C.A.T.”_
Cassian Ashford Thorne.
Elira cerró el libro. Lo apretó contra el pecho.
Sonya Smith habría matado por un aliado así.
Elira Valemot sonrió.
La caza ya no era sola.
Quién se atraviese primero y por qué... Montclair o el trono.🤨😈😏😈🙎♀️