En el mundo de Avatar: La Leyenda de Aang, donde la paz parecía finalmente establecida, una amenaza resurge desde las sombras: el temido Loto Rojo. Mientras tanto, en la era moderna, una joven fanática revive por milésima vez la historia del Avatar en su tableta, completamente enamorada del príncipe Zuko. Lo que no imagina es que su destino cambiará para siempre cuando una misteriosa luz azul la transporta a ese mismo universo… pero no como espectadora, sino como una poderosa maestra agua.
Ahora, atrapada en Ciudad República, en un cuerpo que no es el suyo y con una nueva vida rodeada de secretos, descubre una conspiración que amenaza con destruir al Avatar Aang y romper el equilibrio del mundo. Al advertir al Equipo Avatar, se ve envuelta en una batalla peligrosa contra enemigos implacables, donde el honor, la lealtad y el amor serán puestos a prueba.
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Despertar en el templo
El primer latido de conciencia llegó como una ola suave.
Su cuerpo se sentía pesado. Un leve dolor recorría sus brazos y piernas, acompañado de un frío persistente en la piel, como si aún estuviera sumergida en agua.
Sereya frunció el ceño.
—…ugh…
Sus párpados se abrieron lentamente.
El techo que vio no era el de su habitación en Ciudad República. Era alto, curvo, de madera clara y con vigas expuestas que dejaban pasar la luz del sol en delicadas franjas doradas. Cortinas blancas se movían con la brisa, y el sonido del viento —suave, constante— llenaba el ambiente con una calma extraña.
No olía a humedad ni a calle.
Olía a incienso, a aire limpio… a tranquilidad.
Parpadeó un par de veces.
—¿Dónde…?
Se incorporó con dificultad, apoyándose en los codos. Estaba sobre una cama sencilla, con sábanas limpias y una manta ligera cubriéndola hasta la cintura. Su ropa había sido cambiada por una más cómoda y de tela suave.
Su mente comenzó a reconstruir lo ocurrido.
El callejón.
Los hombres.
La bóveda.
El Loto Rojo.
La persecución.
El agua.
El salto.
El muelle…
Sus ojos se abrieron de golpe.
—¡El templo!
Giró la cabeza hacia una ventana.
Y ahí estaba.
El Templo Aire.
Su respiración se aceleró.
—Estoy en el templo…
Se llevó una mano al pecho.
—Estoy… en el templo del Avatar.
Un sonido suave la sacó de sus pensamientos.
La puerta se abrió.
Y alguien entró.
Sereya se quedó completamente inmóvil.
Era una mujer de mirada firme y cálida, con cabello castaño recogido en una trenza y vestimenta de la Tribu Agua. Sus ojos azules la observaban con atención, evaluándola con calma.
—…Katara —susurró, apenas audible.
Katara alzó una ceja ligeramente.
—Veo que ya estás despierta.
Sereya tragó saliva.
—S-sí…
Katara se acercó despacio, cruzándose de brazos.
—Te encontramos inconsciente en el puerto. Estabas agotada… y con señales claras de haber peleado.
Hubo un pequeño momento de silencio.
—¿Quieres explicarme qué pasó?
Sereya dudó.
Su corazón empezó a latir con fuerza.
“Este es el momento.”
Respiró hondo.
—Yo… —comenzó—. Necesito hablar con el Avatar.
Katara entrecerró los ojos.
—¿Con Aang?
Sereya asintió.
—Es importante. Muy importante.
La expresión de Katara no cambió mucho, pero su postura se volvió más alerta.
—Primero me lo tienes que decir a mí.
Sereya bajó la mirada un instante.
—Es sobre… el Loto Rojo.
El silencio que siguió fue pesado.
Katara no reaccionó de inmediato.
Pero algo en sus ojos cambió.
—¿El qué?
—El Loto Rojo —repitió Sereya—. Están aquí. En Ciudad República. Y… quieren matar al Avatar.
Katara la observó fijamente.
—Eso es una acusación muy seria —dijo finalmente.
Sereya asintió.
—Lo sé. Pero es verdad. Yo los vi. Estaban en una bóveda subterránea. Estaban planeando… atacar el templo.
Katara no respondió de inmediato.
Se giró ligeramente.
—Quédate aquí.
Salió de la habitación.
Sereya se quedó sola.
—Genial… —murmuró—. Seguro piensa que estoy loca.
Pasaron unos minutos que se sintieron eternos.
Luego, la puerta se abrió nuevamente.
Y esta vez…
No estaba sola.
Sereya contuvo el aliento.
Frente a ella estaba Aang.
Más alto.
Más maduro.
Pero con la misma energía tranquila, casi luminosa.
Sus ojos grises la observaron con curiosidad… y una leve preocupación.
—Hola —dijo con suavidad.
Sereya sintió que el corazón se le detenía.
—…Hola…
“Estoy hablando con Aang.”
“Estoy hablando con el Avatar.”
“Estoy hablando con Aang.”
Su mente repitió eso tres veces antes de procesarlo.
—Katara me dijo que tienes algo importante que decir —continuó él, acercándose un poco—. ¿Te sientes mejor?
Sereya asintió rápidamente.
—Sí… bueno… un poco.
Aang sonrió levemente.
—Eso es bueno.
Hubo un silencio breve.
Luego, Sereya respiró hondo.
—El Loto Rojo está en Ciudad República.
Katara cruzó los brazos.
—Es verdad —insistió Sereya—. Yo los vi. Estaban en una bóveda. Hablaban de destruir al Avatar… de romper el equilibrio.
Aang frunció ligeramente el ceño.
—Nunca hemos escuchado de un grupo llamado así.
Sereya sintió un pequeño golpe en el pecho.
—Lo sé… pero existen.
Katara la miró fijamente.
—¿Y cómo sabes tanto sobre ellos?
Sereya dudó.
No podía decir la verdad.
No completamente.
—Solo… lo sé.
Katara no parecía convencida.
—Eso no es suficiente.
Sereya apretó las manos sobre la manta.
—Por favor… tienen que creerme.
Aang dio un paso adelante.
—No es que no queramos creerte —dijo con calma—. Pero necesitamos más que palabras.
Sereya bajó la mirada.
—Ellos… usan bloqueadores de chi —añadió—. No todos son maestros. Pero están entrenados.
Katara y Aang intercambiaron una mirada.
Aang suspiró suavemente.
—Aun así… no podemos actuar sin pruebas.
Sereya sintió la frustración crecer.
—Para cuando tengan pruebas, podría ser demasiado tarde.
Katara dio un paso adelante.
—Y para cuando confiemos en alguien sin pruebas… podría ser un error.
El aire se tensó.
Sereya no respondió.
Aang intervino.
—Por ahora… te quedarás aquí.
Sereya parpadeó.
—¿Aquí?
—En el templo —asintió Aang—. Es el lugar más seguro.
Katara añadió inmediatamente:
—Y también el lugar donde podemos vigilarte.
Sereya sintió el golpe de esas palabras.
—…¿Vigilarme?
Katara no suavizó su tono.
—No sabemos quién eres realmente. Ni por qué sabes lo que sabes.
Seraya solo se quedó callada.
—Así que sí. Te vigilaremos.
Sereya bajó la mirada.
—Entiendo…
Aang intervino con una sonrisa leve.
—No es personal. Solo… precaución.
Sereya asintió.
—Está bien.
Katara observó sus manos.
—Eres maestra agua.
No era una pregunta.
Sereya levantó la vista.
—Sí.
Katara dio un pequeño asentimiento.
—Lo noté cuando te trajimos. Tu energía… tu control… pero estaba inestable.
Sereya hizo una pequeña mueca.
—Sigo… aprendiendo.
Katara cruzó los brazos.
—Entonces entrenarás conmigo.
Sereya parpadeó.
—¿Entrenar?
—Sí —respondió Katara—. Si vas a quedarte aquí, no serás una carga.
Sereya abrió ligeramente los ojos.
—¿Y eso también es parte de vigilarme?
Katara no dudó.
—Sí.
Sereya soltó una pequeña risa.
—Bueno… al menos es una buena forma de hacerlo.
Aang sonrió.
—Katara es una excelente maestra.
Sereya lo miró.
—Lo sé…
Ambos la observaron.
—Quiero decir… —corrigió rápido—. Se nota.
Katara no dijo nada.
—Descansa hoy —añadió finalmente—. Mañana empezamos.
Sereya asintió.
—Está bien.
Aang dio un paso atrás.
—Nos vemos luego.
Salieron de la habitación.
Sereya se dejó caer lentamente sobre la cama.
—Estoy en el templo… —murmuró—. Katara me va a entrenar… y me están vigilando…
Se llevó una mano a la cara.
—Esto es demasiado…
Pero una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Demasiado increíble.