En el poderoso reino de Valdoria, la belleza es poder… y el amor, una condena.
Lady Anya Naville, segunda hija de un influyente archiduque, ha sido admirada toda su vida como el diamante del reino. Prometida desde la infancia al príncipe heredero, Maxime Iker Lindberg, Anya creció creyendo que su destino era convertirse en reina… y esposa del único hombre que había amado.
Pero todo se derrumba cuando una noble extranjera cautiva el corazón del príncipe.
Consumida por los celos y la humillación, Anya comete un acto imperdonable usando la magia prohibida que corre por su sangre. Su crimen la convierte en la villana del reino y la lleva a enfrentar la ejecución pública.
Sin aliados. Sin amor. Sin esperanza.
Hasta que, en su última hora de vida, lanza un hechizo imposible.
Anya despierta años en el pasado, atrapada nuevamente en su cuerpo de cinco años, pero conservando todos los recuerdos de su trágico futuro.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
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Capítulo 5 | Ecos del futuro
La mañana en la mansión Naville tenía una calma distinta a la del palacio real. Allí todo parecía más silencioso, más íntimo, como si las paredes de piedra guardaran los secretos de generaciones enteras. Cuando abrí los ojos, la luz del amanecer apenas comenzaba a filtrarse por las cortinas de mi habitación. Era una luz pálida, casi azulada, que hacía que todo pareciera más frío de lo que realmente era.
Permanecí acostada unos minutos, escuchando.
El canto de los pájaros en los árboles del jardín. El suave crujido de la madera en los pasillos mientras los sirvientes comenzaban sus tareas diarias. El aroma tenue de la lavanda que siempre impregnaba mi habitación.
Todo parecía tranquilo, pero mi mente no lo estaba.
La imagen del palacio, de Maxime y de Ian seguía rondando mis pensamientos. No era nostalgia exactamente. Era más bien una sensación extraña, como si estuviera caminando por un lugar que conocía demasiado bien, sabiendo exactamente dónde estaban las trampas.
Suspiré en silencio y me incorporé.
Había tomado una decisión la noche anterior, y no tenía intención de romperla.
Si quería cambiar mi destino, debía empezar ahora. No dentro de unos años. No cuando los eventos ya estuvieran en marcha.
Ahora.
Me vestí sin llamar a las sirvientas. El vestido que elegí era simple, de tela ligera, perfecto para moverme sin demasiadas restricciones. Después de atarme el cabello con una cinta oscura, salí de la habitación con pasos suaves, procurando no llamar demasiado la atención.
Los pasillos de la mansión estaban casi vacíos a esa hora.
El suelo de mármol estaba frío bajo mis pies mientras avanzaba hacia la puerta que daba al jardín trasero. Cuando la abrí, el aire fresco de la mañana me envolvió de inmediato.
El jardín todavía estaba cubierto de rocío.
Las gotas de agua brillaban sobre la hierba como pequeños cristales, reflejando la luz del sol que comenzaba a elevarse sobre los árboles. El aroma de la tierra húmeda era fuerte, mezclado con el perfume de las flores que crecían cerca de los senderos.
Caminé hasta un pequeño espacio despejado cerca de los rosales.
Era un lugar tranquilo. Lo suficientemente apartado para que nadie interrumpiera.
Respiré hondo.
La magia siempre había sido algo natural para mí. Incluso en mi vida pasada, antes de que todo se desmoronara, había tenido una afinidad extraordinaria con el maná.
Pero ahora era diferente. Ahora conocía los caminos que antes había tardado años en descubrir.
Cerré los ojos. Podía sentirlo.
El maná flotando en el aire, invisible pero presente, como un río silencioso que atravesaba el mundo entero. Era una sensación difícil de describir. No era exactamente calor ni frío, pero tenía una textura propia, una vibración suave que se deslizaba por la piel.
Extendí una mano. El maná respondió de inmediato y una pequeña chispa apareció sobre la punta de mis dedos.
La llama era diminuta, apenas del tamaño de una luciérnaga, pero danzaba con una intensidad viva. La observé durante unos segundos, sintiendo cómo el flujo de energía se acomodaba bajo mi control.
En mi vida pasada, me había tomado meses lograr algo así. Ahora había sido casi instintivo.
La chispa creció ligeramente cuando concentré más energía. El aire alrededor de mi mano se volvió tibio y el olor tenue de la combustión comenzó a mezclarse con el perfume de las flores.
La llama parpadeó. Luego la dejé desaparecer.
Abrí los ojos lentamente.
—Eso es impresionante.
La voz llegó desde detrás de mí. Me giré con calma.
Mi padre estaba de pie a pocos metros de distancia, observándome con los brazos cruzados.
El Archiduque Ekhan Naville era un hombre alto, de presencia imponente incluso cuando no intentaba serlo. Su cabello oscuro estaba ligeramente despeinado por el viento de la mañana y su capa descansaba sobre sus hombros con la naturalidad de alguien acostumbrado a la autoridad.
Pero en ese momento no parecía un líder temido por nobles y políticos. Sólo parecía un padre curioso.
—Buenos días, padre —dije con tranquilidad.
Él caminó hacia mí con pasos lentos, observando el lugar donde había estado la llama segundos antes.
—¿Desde cuándo sabes hacer eso?
Su tono no era severo, era más bien sorprendido.
Me encogí ligeramente de hombros.
—Solo estaba practicando.
Él arqueó una ceja.
—¿Practicando?
—Sí.
Se agachó frente a mí para quedar a mi altura, apoyando una mano sobre su rodilla.
Podía oler el perfume suave de su ropa, mezclado con el aroma del cuero de su cinturón.
—Anya —dijo con una sonrisa leve—. La mayoría de los niños de tu edad apenas pueden sentir el maná.
—He estado leyendo mucho sobre el tema.
Era una excusa simple, pero no del todo falsa. Padre soltó una pequeña risa.
—Eso no me sorprende.
Extendió una mano y revolvió suavemente mi cabello, desordenándolo un poco. El gesto era tan natural que por un instante algo cálido se movió en mi pecho.
En mi vida pasada… no había tenido muchos momentos tranquilos con él. La política, las responsabilidades, la tragedia final. Todo había consumido demasiado tiempo.
—¿Sabes? —continuó él mientras se incorporaba—. Si sigues así, podrías convertirte en una maga extraordinaria algún día.
Lo miré en silencio.
Algún día.
Si supiera.
Él estiró los brazos como si estuviera disfrutando del aire fresco de la mañana.
—Pero no te exijas demasiado —añadió con un tono relajado—. Todavía eres una niña.
No respondí, solo asentí.
Durante unos segundos permanecimos allí, observando el jardín mientras la luz del sol se volvía más cálida.
El viento movía suavemente las ramas de los árboles y el sonido de las hojas era como un murmullo constante.
Entonces algo apareció en mi memoria. Un recuerdo preciso.
En mi vida pasada, dentro de pocos días, ocurriría un pequeño incidente en la capital. Un carruaje descontrolado chocaría contra un puesto del mercado. Varias personas resultarían heridas.
Nada que cambiara el curso de la historia del reino. Pero aun así… era un evento que podía evitar.
Y si podía cambiar algo pequeño, tal vez también podría cambiar cosas más grandes.
Sentí un leve cosquilleo en la piel.
La sensación apareció tan rápido que casi fue imposible ignorarla. Era sutil, pero estaba allí. Una presencia, como si alguien estuviera observando.
Giré la cabeza lentamente, el jardín seguía igual. Los árboles, los rosales, la luz del sol cayendo sobre la hierba húmeda.
Nada fuera de lugar. Y, sin embargo… la sensación persistía.
Permanecí mirando el jardín durante unos segundos más, tratando de identificar la fuente de aquella sensación extraña. No era miedo exactamente. Tampoco peligro inmediato. Era más bien una intuición vaga, una presión ligera en la piel, como cuando alguien te observa fijamente desde algún lugar del que aún no te has dado cuenta.
Pero cuando recorrí el jardín con la mirada, no vi nada fuera de lo normal.
El viento movía lentamente las ramas de los árboles. Las hojas brillaban con el rocío de la mañana y algunas gotas caían sobre la hierba con pequeños sonidos casi imperceptibles. Un par de pájaros saltaron entre los rosales cercanos, indiferentes a cualquier inquietud que pudiera tener.
Nada.
Tal vez solo estaba siendo demasiado cautelosa. O tal vez no.
—¿Ocurre algo?
La voz de mi padre me hizo volver al presente.
Me giré hacia él con calma.
—No, padre.
Él me observó durante un momento, como si intentara descubrir si estaba ocultando algo. Sus ojos eran agudos, acostumbrados a leer a las personas en reuniones políticas y negociaciones complicadas. Pero después de unos segundos su expresión se relajó.
—Bien —dijo finalmente.
Se llevó una mano al cuello, estirando un poco los músculos como si recién se hubiera despertado.
—De todos modos, no esperaba encontrarte aquí tan temprano.
—Me desperté antes de lo habitual.
—Eso explica mucho.
Su tono era ligero, casi divertido.
Se inclinó para recoger una pequeña rama caída del suelo y comenzó a girarla entre sus dedos distraídamente mientras caminaba unos pasos por el jardín.
—Tu madre solía hacer lo mismo cuando era niña —comentó—. Salía al jardín al amanecer para leer o practicar hechizos simples. Me lo contó después de casarnos.
Me sorprendió un poco escuchar eso. Sobre todo, porque él estaba sonriendo, casi nunca lo hacía.
—¿De verdad?
Él asintió.
—Tenía un talento natural para la magia.
Durante un instante su mirada se perdió en algún recuerdo distante. Luego volvió a mirarme y sonrió suavemente.
—Creo que heredaste más cosas de ella de las que imaginas.
Sentí algo extraño al escuchar esas palabras.
No tristeza exactamente.
Más bien una sensación de vacío suave, como un eco de algo que había desaparecido hace mucho tiempo.
Mi madre había muerto cuando yo era muy pequeña. En mi vida anterior nunca habíamos hablado demasiado de ella. Tal vez porque para mi padre era un recuerdo demasiado doloroso.
Dejó caer la ramita sobre la hierba y dijo:
—Bueno —empezó con un tono más animado—. Será mejor que entre antes de que empiecen a buscarme. Hoy tengo reuniones desde temprano.
—Lo entiendo.
Él comenzó a caminar hacia la casa, pero después de unos pasos se detuvo y se volvió hacia mí.
—Anya.
—¿Sí?
Me miró con una expresión tranquila, casi orgullosa.
—Sigue practicando si te gusta. Pero no olvides divertirte también.
La frase me tomó por sorpresa.
Asentí.
—Lo intentaré.
Mi padre sonrió una vez más y finalmente regresó al interior de la mansión. Cuando desapareció tras la puerta, el jardín volvió a quedar en silencio.
Me quedé de pie unos momentos, observando el lugar donde había estado. Luego respiré hondo, tenía cosas que hacer.
El recuerdo del incidente en la capital seguía fresco en mi mente.
En mi vida pasada, aquel accidente había ocurrido en el mercado central. Un caballo asustado, un carruaje descontrolado y un conductor que perdió el control en una curva demasiado cerrada. Todo había pasado muy rápido.
Pero ahora yo sabía exactamente cuándo y dónde ocurriría. Si intervenía en el momento correcto, podía evitarlo. No era un evento grande. No cambiaría el destino del reino ni alteraría las alianzas entre nobles.
Pero era un comienzo, un pequeño cambio. Y los pequeños cambios podían convertirse en algo mucho más grande.
Pasé el resto de la mañana pensando en los detalles. En los horarios. En la mejor forma de intervenir sin llamar demasiado la atención.
La capital estaba a poca distancia de la mansión Naville. Con una excusa adecuada, no sería difícil convencer a los sirvientes de llevarme al mercado.
Aun así, debía ser cuidadosa. Demasiados cambios bruscos podrían levantar sospechas.
...****************...
Los días pasaron con una calma casi engañosa.
El sol brillaba sobre la ciudad, las calles estaban llenas de comerciantes y el aire del mercado olía a especias, pan recién horneado y fruta madura.
Era exactamente como lo recordaba.
Cuando llegamos en el carruaje familiar, bajé con calma mientras el cochero se encargaba de los caballos. Los sonidos del mercado me envolvieron de inmediato: voces de vendedores anunciando sus productos, el tintinear de monedas, el murmullo constante de la multitud.
Caminé entre los puestos observando todo con atención.
En mi memoria, el accidente había ocurrido cerca de un puesto de telas, justo donde la calle se estrechaba un poco antes de girar hacia la plaza principal. Lo sabía porque en ese accidente había resultado herido un ministro del reino vecino y ese inconveniente casi nos cuesta una guerra.
Avancé hacia ese lugar lentamente. Mi corazón latía con más fuerza de lo habitual, no por miedo, sino por anticipación.
Entonces lo escuché. Un relincho fuerte, un sonido de ruedas golpeando contra las piedras del camino. El carruaje.
Todo estaba ocurriendo.
Giré la cabeza justo cuando el caballo dobló la esquina a toda velocidad. Sus ojos estaban abiertos de par en par y la espuma salía de su boca mientras tiraba desesperadamente del carruaje.
Varias personas gritaron. Algunas comenzaron a apartarse.
En mi vida pasada, el conductor perdería el control en ese mismo instante.
Cerré los ojos por una fracción de segundo, extendí una mano. El maná respondió al instante, era como si el aire mismo se moviera bajo mi voluntad.
Una ráfaga suave, casi invisible, se deslizó por la calle y golpeó las ruedas del carruaje en el momento preciso. No fue una fuerza suficiente para detenerlo por completo, pero sí lo bastante fuerte como para desviarlo ligeramente.
Las ruedas chocaron contra un pequeño montón de sacos que estaban apoyados contra una pared. El impacto fue brusco, pero el carruaje se detuvo.
El caballo resopló con fuerza mientras el conductor lograba recuperar el control de las riendas.
Durante unos segundos todo quedó en silencio. Luego comenzaron los murmullos.
—¡Por poco!
—Creí que iba a aplastar a alguien.
—Ese caballo estaba fuera de control.
Nadie parecía haber notado lo que realmente había pasado.
Me permití respirar con normalidad otra vez. Había funcionado, había cambiado el evento. El accidente no ocurrió.
Las personas seguían caminando, hablando, comerciando como si nada hubiera pasado. Pero para mí significaba algo enorme… el futuro podía cambiar. No estaba escrito en piedra.
Sin embargo, mientras regresaba al carruaje de la familia Naville, la misma sensación que había tenido en el jardín volvió a aparecer.
Esa presión leve en la piel, esa intuición silenciosa. Alguien me observaba, giré la cabeza rápidamente. La multitud llenaba la calle. Comerciantes, clientes, niños corriendo entre los puestos. Ningún rostro destacaba entre todos ellos.
Y aun así… la sensación persistía.
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Muy lejos de allí, en una torre oscura en las afueras de la capital, una figura observaba una superficie de cristal negro.
Dentro del cristal, la imagen de una niña pelirroja caminando entre los puestos del mercado se desvanecía lentamente.
El hombre apoyó una mano sobre la mesa de piedra. Sus ojos brillaban con un interés inquietante.
—Así que empezaste a cambiar el flujo del destino —murmuró con una voz baja y tranquila.
Una sonrisa apenas visible apareció en su rostro.
—Esto será… mucho más interesante de lo que esperaba.
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Espero les guste esta nueva historia.
Después de que termine esta novela y otra que tengo pendiente, subiré el libro 2 de la serie "Linaje" .
Un beso grande. 😊✨️
La que la llama es ella del futuro o quien puede ser!?