Premisa: Él es un hombre de negocios muy exitoso pero solitario, que necesita una pareja para cumplir con las expectativas familiares y cerrar un trato importante. Le propone a ella, una chica creativa y libre, fingir que sean esposos por un año a cambio de resolverle todos sus problemas económicos.
El problema: Las reglas eran claras: "prohibido enamorarse". Pero cuanto más fingen, más real se siente.
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Capítulo 24: Lo que también duele en casa
(Narra Katerine)
Ese día llegué del trabajo más cansada de lo normal.
Había sido un turno largo, lleno de gente, de pedidos, de correr de un lado a otro. Lo único que quería era llegar, quitarme los zapatos y sentarme un rato.
Abrí la puerta de la casa… y algo se sintió raro.
Silencio… pero no un silencio tranquilo.
Un silencio pesado.
Caminé hacia la sala… y ahí lo vi.
Mi hermano.
Sentado… con una botella en la mano.
Me quedé quieta.
—¿Qué…? —murmuré.
Él no era de hacer eso.
Antes sí, pero había cambiado. Había dejado ese hábito… se había enfocado en salir adelante.
Pero ahí estaba otra vez.
—Oiga… —le dije acercándome—. ¿y usted por qué está tomando?
Él levantó la mirada, medio perdido.
—Nada… —respondió.
Negué con la cabeza.
—No me diga “nada”… yo lo conozco.
Me senté a su lado.
—¿Qué pasó? Cuénteme pues…
Él suspiró.
—No es nada importante…
—Deje así —le dije—. ¿usted cree que yo no me doy cuenta?
Se quedó en silencio unos segundos.
—Vea… —le dije más suave—. crecimos juntos… yo sé que usted es dos años mayor, pero aquí estoy… pa’ lo que sea.
Lo miré.
—Cuando usted quiera… ¿me oyó?
Él bajó la mirada… y ahí supe que sí había algo.
Pasaron unos segundos… hasta que habló.
—Le vi unos mensajes… —dijo.
Fruncí el ceño.
—¿A quién?
—A ella…
Sentí ese vacío en el estómago.
—¿Qué mensajes?
Apretó la botella.
—Con otro man… —dijo—. hablando cosas… que no debería.
Respiré hondo.
—¿Seguro?
—Sí… —respondió—. no fue una duda… fue claro.
Se hizo un silencio incómodo.
—Hermano… —le dije.
—Me está viendo la cara… —añadió—. y yo aquí… como un bobo.
Negó con la cabeza.
—Yo cambié por ella… dejé muchas cosas… y vea.
Lo miré con tristeza.
—¿Y ella qué dijo?
—Nada… lo negó todo —respondió—. pero ahí estaban los mensajes.
Suspiré.
—Ay, hermano…
Me acerqué un poco más.
—Pero vea… —le dije—. usted no se va a poner así por esa mujer.
Él soltó una risa amarga.
—Fácil decirlo…
—No… —respondí—. fácil no es, pero es lo que toca.
Le quité la botella suavemente.
—Las cosas pasaron así por algo —añadí—. pa’ que usted abra los ojos.
Él se quedó callado.
—No se ponga a tomar por ninguna mujer —le dije—. ¿sí me entiende?
Me miró.
—No vale la pena.
—Es que duele… —dijo.
—Claro que duele —respondí—. pero eso no se arregla así.
Señalé la botella.
—Eso solo lo hunde más.
Se pasó la mano por la cara.
—Yo pensé que era diferente…
—Yo también pensé muchas cosas… —le dije bajito—. y vea.
Se quedó en silencio.
—Hermano… —añadí—. mujeres hay muchas… pero usted solo hay uno.
Él levantó la mirada.
—No se me dañe por alguien que no lo valoró.
Se quedó pensando.
—Usted es buen hombre… trabajador… juicioso… —seguí—. no se merece eso.
Respiró profundo.
—¿Y ahora qué hago?
—Pararse firme —le dije—. hablar claro… y si no hay respeto… pues chao.
Se hizo un silencio.
—Así como usted defendió lo mío… ahora defienda lo suyo.
Eso lo dejó pensando más.
—Tiene razón… —dijo al final.
Le sonreí un poquito.
—Siempre la tengo… ¿o qué?
Él soltó una risa leve.
—Tan creída…
—Obvio —le respondí.
Nos quedamos ahí un momento.
Más tranquilos.
—Pero en serio… —le dije—. no más de esto.
Le quité la botella del todo.
—Listo —dijo—. ya.
Asentí.
—Así me gusta.
Me apoyé en el respaldo.
—La vida ya es complicada pa’ uno… como pa’ dañarse más solo.
Él asintió.
—Gracias…
—Pa’ eso estoy —le dije.
Y en ese momento entendí algo.
Que no solo yo estaba sanando.
Que en esa casa… todos teníamos algo que aprender.
Y que a veces…
El dolor también une.
Pero lo importante…
Es no dejar que nos destruya.