Anne nunca fue la chica que pedía ayuda. Y esa noche tampoco lo hizo. Lo que ocurrió cambió algo dentro de ella. No fue un accidente. No fue un malentendido. Fue una decisión tomada con los ojos abiertos… y con la certeza de que después nada volvería a ser igual.
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Infortunio
...05 ...
...ANNE MORETI ...
Caminaba por el pasillo del hotel sintiendo que las alfombras eran demasiado rojas y las luces demasiado blancas. Sky, la hermana mayor de Tristán, había reservado la habitación a su nombre para evitar rastros; ese nivel de secretismo me hacía sentir importante y, al mismo tiempo, profundamente pequeña.
Cuando cerré la puerta de la habitación tras de sí, no hubo palabras de bienvenida. Tristán se lanzó sobre mí con una urgencia que me quitó el aliento, acorralándome contra la madera. Sus besos eran pesados, marcando su territorio, y de inmediato sus manos bajaron a mis costados.
Sus dedos presionaron con fuerza justo encima de los hematomas que aún me quemaban la piel.
—¡Ah! —solté un quejido agudo, encogiéndome instintivamente mientras el dolor punzante me recorría la columna.
Me quedé tiesa, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada. Tristán se separó apenas unos milímetros, mirándome con una mezcla de fastidio y curiosidad.
—¿Qué te pasa ahora, Anne? —preguntó, con la voz cargada de esa impaciencia que intentaba camuflar.
—Me... me estás lastimando un poco —susurré, tratando de recuperar el aire—. Todavía me duele ahí.
Él suspiró, suavizando la expresión de golpe, como si recordara el guion que debía seguir.
—Lo siento, de verdad. Es que me vuelves loco, ratoncita —dijo, relajando la presión de sus manos pero sin soltarme—. Olvido mi propia fuerza cuando te tengo cerca.
Me quedé mirándolo, buscando en sus ojos alguna señal de la crueldad de la otra noche, pero solo veía al chico guapo que me prometía el cielo por mensaje. Necesitaba oírlo. Necesitaba que las palabras borraran el miedo que Nate había intentado sembrar en mí horas antes.
—Tristán... —hice una pausa, mi voz temblando ligeramente—. ¿Es cierto lo que me escribiste? ¿Es verdad que no dejabas de pensar en mí?
Él sonrió, una sonrisa lenta que me hizo sentir que el mundo volvía a tener sentido.
—Cada segundo, Anne —murmuró, volviendo a acortar la distancia.
Empezó a besarme de nuevo, pero esta vez con una lentitud calculada, dándome caricias suaves que bajaban por mis brazos, evitando las zonas heridas. Me sentí flotar. Quería creer que lo de la fiesta había sido, como él dijo, un "juego de roles" mal interpretado por mi inexperiencia. Bajo sus besos, el recuerdo de Nate y de su advertencia empezó a desvanecerse, sustituido por la necesidad de sentirme querida, aunque ese cariño viniera envuelto en sombras.
—Te quiero mucho —me susurró al oído mientras sus manos volvían a subir con delicadeza—. Y hoy te lo voy a demostrar de verdad.
Esa noche en el hotel, mientras sus labios recorrían mi cuello, no podía evitar que mi mente viajara atrás, a ese vacío insoportable de las últimas cuarenta y ocho horas.
Después de lo que pasó en la fiesta, después de que él me llevara a casa y me convenciera de que todo había sido un error de comunicación, yo me había quedado enganchada a la pantalla de mi celular. Le escribí una docena de mensajes, algunos preguntándole cómo estaba, otros simplemente diciéndole que no podía dejar de pensar en lo que habíamos compartido.
Pero él... él desapareció.
Pasaron dos días de silencio absoluto. Dos días en los que cada vez que mi teléfono vibraba, mi corazón daba un vuelco, solo para hundirse al ver que era un mensaje de un grupo de la academia o una notificación de Instagram. Me puse mal, realmente mal. Empecé a cuestionarme todo: si lo había hecho mal, si se había arrepentido, si Maxine se había enterado y lo había alejado de mí. El silencio de Tristán era como un ácido que me carcomía por dentro, haciéndome sentir más sola y patética de lo que jamás me había sentido en la finca Moretti.
Por eso, cuando finalmente me respondió hoy, sentí que volvía a la vida. Por eso le abrí la puerta a Nate de esa forma tan grosera; no podía permitir que nadie, ni siquiera mi hermano, interrumpiera el hilo de esperanza al que me estaba aferrando.
—Pensé que te habías olvidado de mí —le susurré contra el hombro, mientras él seguía con sus caricias—. Estuve dos días esperando un mensaje tuyo... me puse muy mal, Tristán.
Él se detuvo un segundo y me miró con esa chispa de control en los ojos que yo confundía con adoración.
—No seas tonta, ratoncita. Estuve ocupado con cosas de la familia y de la academia —mintió con una naturalidad pasmosa, acariciándome el cabello—. Jamás me olvidaría de ti. Solo quería que me extrañaras un poquito, para que este momento fuera más especial. ¿Ves que valió la pena la espera?
Quise decirle que no, que la espera me había destrozado los nervios y me había hecho llorar hasta quedarme dormida, pero el calor de su cuerpo y la forma en que me miraba me hicieron callar. Me sentía tan hambrienta de afecto que estaba dispuesta a perdonarle cualquier ausencia con tal de que no se volviera a ir.
—Sí —mentí yo también, cerrando los ojos para perderme en su tacto—. Valió la pena.
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El ambiente en el pasillo de la academia se volvió denso, como si estuviera caminando bajo el agua. Podía sentir las miradas clavándose en mi nuca como alfileres. Algunos se tapaban la boca para susurrar, otros soltaban risitas cortas al verme pasar, y un grupo de tercer año simplemente negaba con la cabeza, con esa mezcla de lástima y asco que te hace querer desaparecer.
Mantuve la cabeza baja, esquivando los pasillos donde sabía que Nate solía estar. No podía enfrentarlo, no después de cómo le grité ayer. Me sentía culpable, pero sobre todo, me sentía eufórica por lo que había pasado con Tristán en el hotel. Al menos eso creía.
Al entrar al salón, me sorprendió ver a Gianna levantándose de su asiento. Ella nunca me dirigía la palabra en público; siempre cuidaba que nadie nos asociara para no manchar su imagen con la "rareza" de los Moretti. Pero esta vez, su rostro estaba pálido y sus ojos reflejaban algo parecido a la angustia.
—Anne... —me llamó en voz baja, acercándose rápidamente.
—¿Qué pasa, Gianna? ¿Ahora sí quieres hablar conmigo? —le dije con un resto de la amargura de estos días.
—Prima, por favor, no te pongas así. Tienes que ver esto. No quería ser yo quien te lo dijera, pero todo el mundo lo está viendo.
Sacó su teléfono y me lo extendió. Tomé el celular. El video ya tenía cientos de visualizaciones. Eran 45 segundos. La iluminación era tenue, pero reconocería esa habitación de hotel en cualquier lugar. En la pantalla, yo aparecía de espaldas, en una pose sugerente, completamente vulnerable, mientras Tristán... se veía claramente que era él por el tatuaje de su brazo. Era un video sexual. Mi intimidad, el momento que él llamó "un momento especial", estaba siendo consumido por toda la escuela.
Sentí que la sangre se me escapaba del cuerpo. Me llevé las manos a la boca, ahogando un grito de puro horror, mientras el mundo empezaba a dar vueltas. Las risitas del pasillo cobraron sentido de repente. Me habían convertido en un espectáculo.
—Dios mío... —susurré, sintiendo que las lágrimas me quemaban los ojos—. ¿Cómo...? ¿Cuándo grabó eso?
—Anne, escúchame bien —Gianna me tomó de los hombros, y por primera vez sentí que su preocupación era real—. Esto es ciberacoso. La persona que publicó esto es un monstruo. Lo más seguro es que fuera el mismo Tristán quien lo subió para jactarse con sus amigos. Tienes que ir a dirección, ahora mismo. Tienes que denunciarlo.
Me quedé helada. Las palabras de Tristán anoche ("Te quiero mucho", "Solo estaba ocupado") empezaron a sonar como cenizas en mi boca. Me había usado. No solo me había roto físicamente en la fiesta, sino que ahora estaba destruyendo lo poco que quedaba de mi dignidad.
—No puede ser él... —dije en un arranque de negación desesperada, aunque las pruebas estaban frente a mis ojos—. Él dijo que me quería...
—¡Despierta, Anne! —Gianna me sacudió por los hombros—. Te grabó sin tu consentimiento y lo subió para que todos lo vieran. Tienes que actuar antes de que Nate vea esto, porque si Nate ve ese video... alguien va a terminar herido.
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Había intentado salir de la academia antes de que el mundo terminara de colapsar. Tenía los audífonos puestos a todo volumen, intentando bloquear las risas y los susurros que me perseguían desde que Gianna me mostró aquel video. Solo quería desaparecer, llegar a casa y despertar de esta pesadilla, cuando sentí el tirón.
Un dolor seco, brutal.
Mi cabeza se fue hacia atrás y mi cuero cabelludo ardió como si me lo arrancaran. Justo ahí, donde Tristán me había sujetado con violencia hacía unos días.
—¡Zorra! ¡Hija de puta! —escuché.
Era Maxine.
Sentí su mano en mi cabello, enredada, firme, violenta. El mundo se volvió ruido y gritos.
—¡Suéltame! —grité, llevándome las manos a la cabeza mientras las lágrimas de humillación brotaban solas— ¡¿Qué te pasa?!
—¿Qué me pasa? —escupió ella, empujándome contra los casilleros con una fuerza que me hizo perder el aire—. ¡Vi el video, Moretti! ¡Todos lo vimos!
La miré, aturdida. La negación era lo único que me mantenía en pie.
—Maxine, yo... yo no quería que esto pasara, él me prometió que...
—¡Cállate! —me sacudió con fuerza, golpeando mi cabeza contra el metal—. Te metiste en mi relación, en mi lugar. Te hacías la puritana, la "niña que no mata ni una mosca", pero en el video te ves bastante cómoda disfrutando de mi novio.
Mi espalda chocó contra el metal frío. Me dolía respirar, y el efecto residual de la angustia me hacía temblar las rodillas.
—Él me dijo que te iba a dejar —susurré, y en cuanto las palabras salieron de mi boca, supe que había cometido un error fatal.
Eso fue peor.
Las otras aparecieron. El "grupito" de Maxine, esas que Nate tanto odiaba porque disfrutaban destruyendo a los becados y a los débiles. Dos chicas me sujetaron los brazos, clavando sus uñas en las marcas que Tristán me había dejado en las muñecas.
—Llévenla —ordenó Maxine, con los ojos inyectados en odio—. Que aprenda que ser una Moretti no la protege de ser una puta.
—¡Déjenme! —pataleé— ¡Sueltenme!
Pero no escuchaban. Nunca escuchaban a alguien que ya consideraban basura. Me arrastraron detrás de la escuela, hacia esa zona donde los profesores no miraban, donde las cámaras no alcanzaban, donde el apellido de mi padre era lo único que la gente recordaba de mí.
Me empujaron al suelo. La grava se me clavó en las palmas, justo sobre las heridas que apenas estaban cerrando.
—Sujétenla bien —dijo una de ellas.
Sentí manos en mis hombros, presionándome contra la tierra. Mi corazón golpeaba tan fuerte que el zumbido en mis oídos me recordaba al viaje del LSD. Estaba reviviendo la pesadilla, pero esta vez no había música dulce ni promesas de amor.
—Por favor… —susurré—. Él me engañó, Maxine. Me grabó sin que yo supiera...
Maxine se agachó frente a mí. Su cara estaba roja, distorsionada por una rabia que parecía querer devorarme viva.
—Siempre te haces la víctima —me dijo—. La pobre huerfanita, la protegida de Nathaniel. ¿Crees que me importa si te grabó? Lo que me importa es que te lo cogiste.
Sacó unas tijeras del bolsillo de su chaqueta. El sonido metálico al abrirse me heló la sangre.
—No —dije, tratando de retroceder, pero las otras me mantuvieron firme—. No, por favor ¡Nate te va a lastimar!
—Nate no está aquí para salvarte, "ratoncita" —se burló ella, usando el apodo que Tristán me había dado.
El primer mechón cayó al suelo.
No dolió físicamente, pero sentí cómo el último gramo de dignidad que me quedaba se desprendía de mi cuerpo. Sentí las lágrimas correr, mezclándose con la tierra. Sentí la traición de Tristán ardiéndome en el pecho como ácido. Mientras las tijeras cortaban de forma irregular, mi mente solo repetía una cosa: Nate tenía razón. El abuelo tenía razón. Soy una desgracia.
Las risas de ellas me perforaban los oídos mientras me dejaban trasquilada, rodeada de mi propio cabello en el suelo.
—Mírenla —se burlaban—. Ahora sí pareces lo que eres: una basura.
Cuando terminaron, me soltaron como si fuera un trapo sucio.
—Si le dices una palabra a tu hermano o al director —me advirtió Maxine, guardando las tijeras—, subiré el video completo a todos los sitios porno que encuentre. Desaparece, Moretti.
Se fueron riendo, dejándome en el silencio más absoluto. Me quedé ahí, sentada en la grava, con las manos temblando y el cabello destrozado cayéndome por el rostro. No grité. No corrí. Solo me quedé ahí, respirando como podía, dándome cuenta de que Tristán no solo me había usado, sino que me había entregado directamente al matadero.
Entré en la finca como una sombra, tratando de que nadie me viera, con la cabeza gacha y los mechones de cabello trasquilados cubriéndome el rostro. Pero no tuve suerte. Dominik estaba en la entrada, y en cuanto levantó la vista de unos papeles, su expresión pasó de la calma al horror más absoluto.
—¿Anne? —su voz salió como un latigazo. Se acercó a mí en dos zancadas, tomándome de los hombros—. Pero ¿qué carajos te pasó? ¿Quién te hizo eso en el cabello? ¡Mírame!
—No es nada, Dom... me caí —mentí, pero mi voz rota me traicionó.
—¡No me vengas con eso! ¿Te están molestando en la academia? ¿Desde cuándo está pasando esto y por qué no habías dicho nada? —Dominik estaba furioso, pero era una furia cargada de preocupación. Me soltó para sacar su teléfono—Nate no está, Anne. Se fue con su padre, por fin se decidió a retomar lo de la Fórmula 1 y no regresan hasta el domingo. Pero no te vas a quedar así.
Sentí un vacío en el estómago. Nate no estaba. El único que me habría defendido a sangre y fuego estaba a kilómetros de distancia.
—Voy a llamar a mi madre —sentenció Dom, marcando a Eleonora—. Ella tiene que cancelar lo que esté haciendo y venir ahora mismo. Esto es inaceptable.
Mientras escuchaba a Dominik hablar atropelladamente con la tía Eleonora, algo dentro de mí hizo crack. Me cansé de los sermones, de la lástima, de ser la víctima que todos tienen que rescatar. Si Nate no estaba, y si mi vida se había convertido en este infierno, solo había una persona en esta finca que sabía cómo lidiar con el odio del mundo.
Di media vuelta ignorando los gritos de Dominik y caminé con paso firme hacia la casa principal. Crucé el jardín que separaba los anexos de la mansión del abuelo Manuelle. El aire se sentía más frío allí, más pesado.
Entré en su despacho sin tocar. Manuelle estaba sentado tras su escritorio de madera oscura, con un vaso de whisky y un libro de cuentas. Levantó la vista, escaneó mi cabello destrozado, mis ojos hinchados y mi uniforme sucio. No se inmutó. No hubo lástima en su mirada, solo una confirmación de lo que siempre había esperado de mí.
—Mírate —dijo con voz gélida—. Te dije que el mundo te devoraría si seguías siendo blanda. La sangre de tu padre no sirve de nada si el recipiente es de cristal.
—Tienes razón —le interrumpí, y mi propia voz me sorprendió por lo fría que sonaba—. Tenías razón en todo, abuelo. Fui una idiota. Fui débil y dejé que jugaran conmigo porque quería creer que era alguien más.
Me acerqué al escritorio, apoyando mis manos temblorosas pero decididas sobre la madera.
—Ya no quiero ser débil. No quiero que nadie vuelva a ponerme una mano encima ni a reírse de mí. Quiero que me enseñes, abuelo. Todo lo que intentaste enseñarme de niña y que yo rechacé... enséñame a no sentir. Enséñame a ser como tú. Enséñame a ser una Moretti de verdad.
Manuelle dejó el vaso sobre la mesa y, por primera vez en años, vi un destello de algo parecido a la satisfacción en sus ojos severos.
—Eso implica dejar de llorar, Anne. Implica que la niña que buscaba amor ha muerto hoy. ¿Estás lista para eso?
—Esa niña murió en un cuarto de hotel y en la grava de la academia —respondí con firmeza—Ahora solo queda lo que tú quieras construir.
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...NATHANIEL DEVERAUX ...
El viaje de regreso desde Francia fue una tortura silenciosa. Mi padre, Liam, estaba convencido de que alejarme de la ciudad por un fin de semana me "limpiaría" la cabeza de las peleas callejeras y de esa "obsesión protectora", como él la llamaba, que tengo con Anne. Me había quitado el celular el jueves por la noche tras una discusión monumental donde me dejó claro que no quería que fuera el "niñero" de mi hermana ni el matón de la academia.
Pero lo que él no entendía es que mi instinto no era un capricho; era una alarma que no dejaba de sonar.
En cuanto cruzamos el arco de entrada de la finca D’Amato el domingo por la tarde, la ansiedad me estaba carcomiendo. Mi padre suspiró y, con un gesto de tregua, me extendió el teléfono.
—Tómalo. Espero que este tiempo te haya servido para entender que Anne necesita espacio y tú necesitas una carrera, Nathaniel —dijo Liam, bajando del auto.
No le respondí. Encendí el aparato y, de inmediato, empezó a vibrar como si fuera a explotar. Cientos de notificaciones, mensajes directos y etiquetas en redes sociales inundaron la pantalla. Entre todo el caos, vi un enlace que se repetía en los grupos de la academia.
Sin pensarlo, le di a reproducir.
El volumen estaba al máximo. El sonido de un jadeo, un gemido y la voz de mi hermana susurrando un nombre llenaron el aire denso de la tarde.
Mi padre se detuvo en seco, volteando con el ceño fruncido.
—¿Qué carajos estás viendo en ese teléfono, Nathaniel? —preguntó con severidad, acercándose a mí.
Yo no podía hablar. Sentía que el oxígeno se había convertido en vidrio molido en mis pulmones. En la pantalla, vi la espalda de mi hermana, su vulnerabilidad expuesta ante una cámara que ella no sabía que existía, y ese tatuaje en el brazo del tipo... Tristán Holmes.
Mis ojos se llenaron de lágrimas de pura rabia, una presión volcánica que me hacía temblar las manos. Mi padre me arrebató el teléfono, horrorizado, y en cuanto identificó a Anne, su rostro se puso de un color ceniza cadavérico.
—Dios mío... Anne... —susurró Liam, en shock.
Esa fue la chispa que hizo estallar la bomba.
—¡Hijo de puta! —rugí.
Arranqué el celular de las manos de mi padre y lo azoté contra el suelo de mármol con todas mis fuerzas. El aparato estalló en mil pedazos, igual que mi paciencia. Me di la vuelta y eché a correr hacia el garaje.
—¡Nathaniel, detente! —gritó Liam, tratando de alcanzarme y sujetarme del brazo—. ¡No puedes irte así! ¡Tenemos que hablar con ella primero, llamar a la policía!
—¡Suéltame! —le grité, zafándome con una fuerza que ni yo sabía que tenía. Mi mirada era la de un animal herido—. ¡Ese malnacido la destruyó! ¡Y tú me tuviste encerrado en un avión mientras esto pasaba!
Me subí al primer auto que encontré con las llaves puestas, un deportivo que rugió como una bestia cuando encendí el motor. Liam golpeó el cristal, gritando que me detuviera, pero yo ya no escuchaba nada más que el eco del video y el nombre de Tristán Holmes repitiéndose en mi cabeza como una sentencia de muerte.
Aceleré a fondo, dejando atrás la finca y los gritos de mi padre.
Frené el auto frente a la finca haciendo chirriar los neumáticos, dejando una marca negra sobre el pavimento. Entré en la casa como un animal herido, derribando la puerta de un golpe que resonó en cada rincón de la mansión. El video seguía reproduciéndose en un bucle de odio dentro de mi cabeza.
Iba a gritar su nombre, iba a exigir una explicación, pero la imagen que encontré me congeló los pulmones.
Anne estaba sentada en la escalera, atándose las botas con una calma que me resultó aterradora. Levantó la vista y, por un segundo, no la reconocí.
—Anne… —mi voz salió como un hilo roto.
Mis ojos se fueron directo a su cabeza. El cabello largo y rubio que tanto cuidaba había desaparecido. En su lugar, había un corte irregular, tosco, casi militar, que dejaba al descubierto su rostro pálido y unas ojeras profundas.
—¿Qué carajos te hiciste? —pregunté, dando un paso hacia ella.
—Me lo corté —respondió sin emoción, sin mirarme—. Me gusta así. Es más práctico.
Fruncí el ceño, sintiendo un escalofrío. Me acerqué lo suficiente para ver los trasquilones, las zonas donde el cuero cabelludo se asomaba de forma violenta.
—¡Anne, por Dios! ¡No mientas! —le puse las manos en los hombros, sacudiéndola apenas—. ¡Eso no es un corte normal, son trasquilones! ¿Estás bien? ¡Vi el video, Anne! ¡Vi a ese video que ese malnacido de Tristán grabó! Te juro que ese infeliz va a pagar por lo que te hizo. ¡Así que, dime la verdad ahora mismo!
—¡Suéltame, Nathaniel! —ella me empujó con una fuerza que no le conocía, plantándose frente a mí, desafiante—. ¡Deja de actuar así conmigo! ¡Deja de gritar en mi casa!
—¡Soy tu hermano mayor, maldita sea! —le espeté, con las venas del cuello a punto de estallar—¡Solo intento protegerte porque eres mi hermana y ese tipo te ha humillado frente a toda la academia! ¡¿O es que no quieres que te proteja porque te gustó lo que te hizo ese malnacido?!
El silencio que siguió fue denso, venenoso. Anne no bajó la mirada; al contrario, sus ojos se volvieron dos rendijas de acero.
—¡Dime de una vez! —seguí gritando, fuera de mí—. ¡¿Qué más te hizo ese hijo de puta, Anne?!
—Lo que pasó es que por fin me di cuenta de que estar bajo tu ala no sirve para nada —escupió ella, acercándose a mi rostro hasta que nuestras frentes casi se tocaron—. ¿Quieres saber qué más me hizo? Me hizo darme cuenta de que el mundo es una mierda y que tú no vas a estar ahí siempre para recibir los golpes por mí. Así que deja de jugar al héroe, Nate. Ya llegaste tarde.
Me quedé estático, con el puño levantado pero sin saber contra qué golpearlo. El dolor en su voz estaba oculto tras una coraza tan gruesa que ni yo podía atravesarla. No podía creerlo. No podía aceptar que mi hermana pequeña se hubiera transformado en esta extraña en solo dos días.
—Te veo diferente, hermana... no tienes que cambiar así para que te respeten —le dije, sintiendo que el corazón se me partía—. No tienes que convertirte en esto. Tú ya eras suficiente, Anne.
Sentí algo apretarme el pecho, una necesidad desesperada de abrazarla y pedirle perdón por haberme ido a Francia, por haberla dejado sola. Pero ella no me dejó espacio.
—No entiendes nada —respondió, levantándose con una elegancia gélida y pasando a mi lado como si yo fuera un mueble más—. Y no quiero explicarlo. Los consejos de "niño bueno" guárdatelos para tu carrera de coches.
Se detuvo un momento en el escalón superior, dándome la espalda.
—Nunca entenderías lo que es estar en mis zapatos, Nate. Ni lo que es decidir dejar de ser la presa.
Se alejó hacia el despacho del abuelo, dejándome allí, solo en medio del pasillo, con el eco de los gemidos del video todavía en mis oídos y la certeza de que, aunque matara a Tristán hoy mismo, a mi hermana ya la había perdido.