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AMAR LO PROHIBIDO

AMAR LO PROHIBIDO

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: RENE TELLO

🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.

No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.

Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.

Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.

NovelToon tiene autorización de RENE TELLO para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 11

El sol de la mañana se filtraba por los altos ventanales del comedor, cortando el aire en franjas doradas que caían sobre el mármol frío del piso. Kassandra apoyó los dedos en el borde de la mesa, sintiendo la dureza pulida de la madera bajo sus yemas, como si necesitara comprobar que algo en esa casa aún respondía a su tacto. Había elegido ese lugar a propósito: la mesa larga de caoba, el centro exacto del poder doméstico de Fabián, donde él se sentaba cada mañana como si el resto del mundo girara en torno a su silencio calculado.

Él ya estaba allí. Espalda recta, corbata impecable, los dedos deslizándose con parsimonia sobre el periódico desplegado. El aroma del café recién hecho se mezclaba con su colonia cítrica—Eau Sauvage, ahora le quemaba las fosas nasales como un recordatorio de cuánto había normalizado su propia sumisión. El crujido del papel al doblarse fue el único sonido en la habitación, hasta que ella rompió el silencio.

—Fabián… —empezó ella.

Su voz salió menos firme de lo que había ensayado mentalmente durante horas. No se corrigió. No retrocedió.

Él no levantó la vista de inmediato. Siguió leyendo una línea más, como si el retraso fuera un recordatorio deliberado de quién marcaba el ritmo en ese espacio. Solo entonces, con lentitud plegó el periódico sobre la mesa y alzó los ojos hacia ella. La luz de la mañana resaltaba las sombras bajo sus pómulos, dando a su rostro un aire esculpido, frío.

—Si es sobre lo mismo de siempre, no empieces —dijo, la voz tan controlada que sonaba casi aburrida.

Kassandra sintió el calor subirle por el cuello, pero esta vez no era vergüenza. Era algo más oscuro, más denso, como lava bajo piel fina.

—No es lo mismo de siempre —insistió ella.

Un silencio breve. Fabián apoyó el codo en la mesa, los dedos entrelazados bajo su barbilla, y la estudió con la misma atención con la que examinaría un informe financiero defectuoso.

—Entonces dilo rápido —dijo él.

Esa frase, simple y despectiva, fue la chispa. Kassandra exhaló por la nariz, los dedos apretándose contra la madera hasta que los nudillos palidecieron.

—Quiero el divorcio —exigió ella.

Fabián no parpadeó. No frunció el ceño. Simplemente la miró durante un segundo demasiado largo, como si la solicitud fuera un error de sintaxis en una conversación que ya tenía guionizada.

—No —respondió, sin elevar la voz, sin tensar un solo músculo del rostro.

Solo eso. Una negación absoluta, pronunciada con la misma indiferencia con la que rechazaría un segundo café.

Kassandra sintió el latido en sus sienes, pero no retrocedió.

—No puedes decidir eso por mí —insistió ella.

Fabián inclinó ligeramente la cabeza, como si su insolencia fuera un fenómeno curioso, digno de estudio pero no de preocupación.

—Ya lo has intentado antes, de maneras menos dramáticas —dijo, pasando el pulgar por el borde de su taza de café—. Esto también se te va a pasar.

Algo en su pecho se quebró, no con estruendo, sino con la precisión silenciosa de un hueso al fisurarse. Sacó el teléfono del bolso con un movimiento brusco, los dedos temblando apenas al desbloquearlo. Abrió la galería. Luego las carpetas ocultas donde había guardado las capturas de pantalla la noche anterior, pero estaban vacías.

Parpadeó. Volvió a revisar. Nada. Solo el fondo de pantalla negro, impoluto, como si nunca hubiera existido prueba alguna de su traición.

Levantó la mirada. Fabián ya la observaba, los ojos oscuros y tranquilos, como un depredador seguro de que su presa no tiene adónde huir.

—Revisas cosas que no deberías guardar —comentó, con un tono que oscilaba entre la corrección paternal y el desdén—. Te hace perder tiempo.

El estómago de Kassandra se retorció.

—Tú borraste todo —dijo ella.

—No —Fabián tomó un sorbo de café, lento, deliberado—. Yo mantengo el orden.

No había orgullo en su voz. Ni culpa. Solo la convicción absoluta de un hombre acostumbrado a que el mundo se pliegue a su voluntad.

Kassandra dejó el teléfono sobre la mesa con un golpe seco. El sonido resonó en el comedor como un disparo.

—No puedes seguir haciéndome esto —insistió ella.

Fabián apoyó los antebrazos en la mesa, acercándose apenas, lo suficiente para que ella sintiera el peso de su presencia como una losa.

—No te estoy haciendo nada —dijo, cada sílaba medida—. Solo te estoy evitando errores.

El aire entre ellos se espesó, cargado con algo más que oxígeno: era la electricidad estática antes de la tormenta, el silencio que precede al primer golpe.

Kassandra respiró hondo, pero no buscaba calma. Buscaba algo más peligroso: claridad.

—Tengo pruebas —mintió, porque en ese momento entendió que la verdad ya no importaba; solo el juego—. De ti. De Vivian.

Por primera vez, algo en él se movió. No fue un gesto, ni un cambio en la expresión. Fue más sutil: una pausa casi imperceptible en su respiración, como si el nombre de su amante hubiera sido una aguja que pinchara brevemente su armadura.

,

—No necesitas entrar en eso —dijo El.

—Sí necesito —Kassandra apretó los puños bajo la mesa—. Necesito saber hasta dónde llega tu hipocresía.

Fabián se recostó en la silla, los dedos tamborileando una vez sobre la madera antes de detenerse.

—No vas a divorciarte —declaró, con una certeza que helaba—. Y vas a dejar de buscar conflictos que no sabes manejar.

No era una amenaza. Era un hecho. Un punto final en una conversación que, para él, ya había terminado antes de empezar.

Kassandra sintió el frío asentarse en su pecho, pero esta vez no era miedo. Era algo más afilado.

—No eres dueño de mí —dijo ella.

Él la miró como si esa frase fuera un anacronismo, algo sacado de un manual de feminismo que él había superado hacía décadas.

—Eso es lo que te han hecho creer cuando estás molesta —dijo, con una paciencia que rayaba en lo condescendiente—. Pero ambos sabemos que sin mí, no eres nada. Ni siquiera tienes acceso a tu propia cuenta bancaria.

Kassandra dio un paso atrás, rompiendo la proximidad obligada de la mesa. El tacón de sus zapatos golpeó el mármol con un clic seco.

—No voy a seguir aquí —aclaró ella.

Fabián no se movió. No alzó la voz. Solo la siguió con la mirada, como si su rebeldía fuera un espectáculo predecible, digno de observación pero no de acción.

—Vas a salir de esta habitación —dijo, con una calma que la enfureció más que cualquier grito—. Y luego vas a volver a comportarte como siempre. Porque no tienes otra opción.

El silencio que siguió fue tan pesado que parecía tener peso físico. Kassandra lo sostuvo, los ojos clavados en los suyos, sin pestañear. Por primera vez en años, no bajó la mirada.

—Si crees que voy a seguir siendo la misma —dijo, cada palabra un clavo—, estás equivocado.

Algo cambió en la expresión de Fabián. No fue ira. Ni sorpresa. Fue algo más peligroso: una molestia genuina, como si una pieza de su maquinaria perfecta hubiera empezado a fallar.

—No tienes nada fuera de esto —advirtió, más bajo, como si el volumen pudiera compensar la grieta en su control—. No lo olvides.

Kassandra no respondió. No discutió. Simplemente se giró sobre sus talones y caminó hacia la puerta. El sonido de sus tacones sobre el mármol no fue una huida. Fue una promesa.

Fabián no la detuvo. Cuando la puerta del comedor se cerró tras ella, el silencio volvió a ocupar su lugar exacto, como si nada hubiera cambiado. Pero algo había roto. Algo pequeño, casi invisible, como el primer agrietamiento en un espejo.

Esa noche, en su habitación, Kassandra no lloró. Se sentó en el borde de la cama, las manos apoyadas sobre el colchón, y estudió sus dedos como si fueran ajenos. La luz de la luna se filtraba por las cortinas, dibujando sombras largas sobre sus muñecas, donde aún se marcaban las huellas de los dedos de Fabián de otras noches, otras discusiones.

Pero esta vez era diferente. No iba a rogar. No iba a negociar. Porque ahora lo entendía con una claridad que dolía: no se trataba de pedir permiso para irse. Se trataba de tomar lo que ya era suyo. Su cuerpo, su vida y su futuro.

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Ana Cilia De La Cruz
por favor la continuación no me dejen en suspenso
RENE: Hola, gracias.
Hay nuevos capitulos.
total 1 replies
Amelia Mirta Fernández
Creo que es más que interesante, que algo tan efímero como la ilusión, la paz interior y el ser útil, para uno misma, se está reflejando lentamente, pero con una fuerza, que comienza a crecer y le da confianza, calor humano, sensibilidad y el hecho de que si, puede. .Me encanta, y espero el resto de la historia. Dos seres perseguidos y martirizados por un energúmeno, soberbio y déspota, pueden unir fuerzas y encontrar amor, comprensión y dulzura, felicidad. Autora no me dejes con las ansias de ver a Kas y Edu, unir fuerzas y brillar con nuevas luces de esperanza . TE ESPERO. GRACIAS❤️❤️❤️❤️
RENE: Muchas gracia ☺️
Hay nuevos capítulos
total 1 replies
Amelia Mirta Fernández
vamos que tu puedes Kassandra. vas a ser libre del tormento de ese gusano abusador y promiscuo. 😢👏👏👏👏
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