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Memorias Para Amar Al CEO

Memorias Para Amar Al CEO

Status: En proceso
Genre:Pérdida de memoria / Oficina / CEO / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Denis Peinado

En un mundo donde el poder compra silencios y el amor puede destruir imperios, ella se convirtió en su única luz… justo cuando él olvidó quién era.
Un accidente cambia el destino del CEO más temido de la ciudad, y una asistente invisible se convierte en la mujer a la que él promete proteger con una obsesión casi irracional.
Pero la memoria no permanece perdida para siempre… y cuando regrese, todo se romperá. O sanará o ambos.

NovelToon tiene autorización de Denis Peinado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: Señales que no deberían existir

La noche había sido larga. Demasiado.

Mía no recordaba la última vez que había sentido el cuerpo tan tenso, como si cada músculo estuviera esperando una orden para correr. O para quedarse. O para huir de algo que todavía no tenía nombre.

Liam dormía otra vez, exhausto después del sobresalto del recuerdo fugaz. Dormía, pero no en calma. Cada tanto su respiración se aceleraba, como si su mente siguiera luchando dentro de un laberinto invisible.

Mía permaneció en la silla, con la luz tenue bañando su rostro. No podía dormir. No con lo que había dicho él:

“Creo que recuerdo… una voz. Una voz que decía ‘corre’.”

Esa voz había sido de ella.

Una noche que ninguno debería recordar.

Una noche que, si Liam recuperaba por completo, podría destruirlos a ambos.

Mía respiró hondo para calmarse.

Afuera, el hospital seguía con su rutina nocturna; pasos rápidos de enfermeras, el sonido distante de un carrito, puertas abriéndose y cerrándose. Sin embargo, había algo más, algo que no pertenecía al ritmo habitual del hospital.

Una sombra pasó bajo la puerta, como si alguien se hubiera detenido frente a la habitación.

Mía se puso de pie inmediatamente.

—¿Hola? —susurró, acercándose a la puerta.

Pero nadie respondió.

Abrió apenas unos centímetros. El pasillo estaba vacío, silencioso. No había señales de Alexander, Sophie o… cualquier otra amenaza disfrazada de visita nocturna.

Cerró la puerta lentamente.

Cuando volvió junto a la cama, Liam se movió, inquieto.

—No la toques… —susurró otra vez, igual que en su sueño.

Ella se inclinó para tomar su mano.

—Estoy aquí. No soy ella. Y nadie va a tocarme.

Sus palabras parecieron calmarlo.

Pero el monitor seguía marcando un ritmo irregular.

Pasaron unos minutos hasta que el celular de Mía vibró. Lo había dejado en silencio para no despertar a Liam, pero la pantalla iluminó su regazo.

Mensaje de Sophie:

“Necesito hablar contigo. Sola.”

Mía frunció el ceño. Esa mujer nunca usaba un mensaje corto si podía usar uno largo.

Respondió:

“¿Qué quieres?”

La respuesta llegó casi inmediatamente:

“Sé que estás involucrada. Y sé que él confía en ti por una razón que no entiendo. Ven al piso 3. Ahora.”

Mía sintió un escalofrío. Sophie no la apreciaba… pero tampoco la subestimaba. Si quería hablar, era porque algo importante había cambiado.

Miró a Liam. Dormía. Parecía tranquilo por primera vez en horas.

Ella dudó.

No quería dejarlo solo.

Pero si Sophie tenía información… información sobre el accidente… o sobre esa voz que Liam casi recordaba…

Tenía que ir.

Se inclinó y tocó su mano.

—Vuelvo enseguida —susurró—. No voy lejos.

Liam no respondió, pero aflojó la mano como si reconociera su voz incluso dormido.

El piso 3 era más frío, menos acogedor. El sonido de los ventiladores de las máquinas resonaba en las paredes. Sophie la esperaba junto a una máquina expendedora, con los brazos cruzados y su tablet bajo el brazo.

Su expresión era distinta. No fría. No calculadora. Preocupada.

—Llegaste rápido —dijo Sophie.

—Dime qué pasa —respondió Mía, sin rodeos.

Sophie observó el pasillo, asegurándose de que nadie escuchara.

—Hay algo que no te dije —comenzó—. Sobre el accidente.

La sangre de Mía se congeló.

—Sophie, si sabes algo, tienes que—

—Los frenos —la interrumpió—. No fallaron por casualidad.

El silencio cayó como hielo sobre ambas.

—¿Qué? —susurró Mía.

Sophie apretó la tablet contra su pecho.

—El mecánico del estacionamiento me llamó esta tarde. Revisó el auto. Los frenos tenían cortes. No desgastes. Cortes. Precisos.

Mía sintió cómo el estómago se le daba vuelta.

—¿Alguien quiso matarlo?

—O querer que pareciera un accidente —respondió Sophie—. Y eso no es todo.

Se acercó. Su voz bajó.

—El auto que casi te atropella cuando salías del edificio… —hizo una pausa— no fue una coincidencia tampoco.

Mía retrocedió un paso.

—No… no puede ser.

—Las cámaras del edificio captaron algo —continuó Sophie, sacando su tablet—. El conductor que salió del garaje… llevaba una tarjeta de acceso duplicada. Una que no registraba en los sistemas habituales. Y su rostro… —hizo un gesto frustrado— está cubierto. No pudimos identificarlo.

Mía dejó caer los hombros.

Alguien había intentado matar a Liam.

Y, por accidente o por diseño…

también casi la había matado a ella.

—¿Se lo dijiste a Alexander? —preguntó Mía.

—Aún no. No quiero que se entere hasta que sepamos quién está detrás. Él es… —Sophie la miró— impredecible cuando se trata de Liam.

Mía asintió. Sabía que Alexander era capaz de mover hilos muy oscuros si lo consideraba necesario.

—¿Tienes sospechas? —preguntó Mía.

Sophie la miró fijamente.

—Todos parecen tener motivos. Pero quien más ganaría si Liam desapareciera… no es quien estás pensando.

Mía tragó saliva.

—¿Quién, entonces?

Antes de que Sophie pudiera responder, un grito ahogado sonó por el pasillo.

Ambas se giraron.

Una enfermera corría hacia ellas.

—¿Ustedes dos están con el señor Vander? —preguntó, sin aliento.

Mía sintió que los latidos se le dispararon.

—Sí, ¿por qué? ¿Qué pasó?

La enfermera tragó aire, temblando.

—Se despertó… alterado. Muy alterado. Está pidiendo por usted… —miró a Mía—. Pero no reconoce a nadie más. Está entrando en pánico.

Sin pensarlo, Mía ya estaba corriendo hacia el elevador.

—¡Apúrense! —gritó la enfermera detrás.

Sophie iba detrás de ella, jadeando.

La puerta del elevador se abrió. Mía entró y presionó el botón del piso 4 con insistencia. Las puertas se cerraron lentamente, como burlándose de su prisa.

Mía apoyó la frente contra las puertas metálicas.

—Por favor, Liam… no recuerdes lo que no debes… —susurró.

El elevador tembló, subiendo.

El pitido del piso 4 sonó fuerte.

La puerta se abrió.

El pasillo estaba alborotado. Dos enfermeros intentaban entrar en la habitación. Uno salió corriendo para buscar refuerzos.

Desde adentro se escuchaba el monitor acelerado y una voz ronca, rota:

—¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde está Mía?!

Mía corrió.

Abrió la puerta.

Y entonces lo vio.

Liam estaba incorporado en la cama, sudor frío en la frente, el vendaje torcido, los ojos dilatados. Su respiración era frenética. La sábana estaba en el suelo. Sus manos temblaban.

Cuando la vio, algo dentro de él pareció calmarse.

—Mía… —su voz se quebró—. Estabas… estabas sangrando…

Ella se acercó de inmediato, tomándole las manos.

—Estoy bien. Estoy aquí. No pasó nada.

Liam cerró los ojos con fuerza.

—Vi… —su voz tembló—. Vi algo. No sé si era un recuerdo o un sueño, pero…

La miró, aterrado.

—Estabas en el piso. Había… vidrio… y sangre… y alguien te arrastraba lejos de mí.

Mía sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

Eso no era un sueño.

Eso tampoco era un invento de la amnesia.

Era el recuerdo que nunca debía aparecer.

Porque esa escena —el vidrio, la sangre, las manos que la arrastraban—

Mía la había vivido.

Dos años atrás.

La noche en que Liam la había mirado por primera vez con el terror de quien tiene demasiado poder para salvar a alguien… y aun así no llega a tiempo.

Liam la tomó del rostro con ambas manos, desesperado.

—No quiero perderte —susurró—. No quiero que te pase nada. ¿Por qué no puedo recordar lo que pasó contigo?

Ella cerró los ojos.

Porque si lo recuerdas, pensó, vas a odiarme.

Vas a odiarte.

Y todo se romperá.

Pero no pudo decirlo.

En cambio, se inclinó, apoyó su frente contra la de él y dijo lo único que podía salvarlo… o condenarlos:

—Estoy contigo, Liam. Aunque recuerdes. Aunque duela. No voy a dejarte.

Él tembló.

Y entonces, en ese espacio entre respiraciones,

en esa habitación iluminada por la lámpara cálida,

entre el pasado que quería nacer y el futuro que aún no existía…

Liam susurró una frase que congeló a Mía desde los pies hasta el alma:

—Yo… te conocí antes, ¿verdad?

Mía sintió que el piso se abría bajo ella.

Porque esa pregunta marcaba el inicio de algo inevitable.

El primer hilo real del pasado estaba emergiendo.

Y ya nadie podría detenerlo.

1
Eret Lopez
ES DEMASIADO CANSADO ESTAR LEYENDO ALGO QUE NO CONCLUYE EN NADA BEY
Eret Lopez
Mia PORQUE NO HABLAS CON LA VERDAD ES MEJOR UNA VEZ COLORADO QUE MIL DESCOLORIDO AGARRA EL TORO POR LOS CUERNOS
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