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Nuestro Destino 1 El Comienzo

Nuestro Destino 1 El Comienzo

Status: Terminada
Genre:Romance / Escuela / Reencuentro / Completas
Popularitas:78
Nilai: 5
nombre de autor: cristy182021

Una chica que cree en el amor… incluso cuando el amor no cree en ella.
Después de enamorarse de alguien que nunca cambió, descubre la verdad de la peor forma: a través de sus propias amigas. Aun así, decide no romperse, no cerrarse… porque, en el fondo, sigue creyendo que en algún lugar existe ese amor que siempre soñó.
Entonces aparece él.
Un chico marcado por su propio pasado, que también conoció el dolor, pero que en lugar de rendirse… se volvió más fuerte. Más decidido. Más real.
Cuando sus caminos se cruzan, algo cambia.
No es inmediato.
No es perfecto.
Pero es diferente.
Con la ayuda de quienes los rodean, comienzan a acercarse, a confiar… a sentir algo que ninguno de los dos esperaba volver a vivir.
Sin embargo, el pasado no se queda atrás tan fácilmente.
La exnovia de él está decidida a interferir, intentando arruinarlo todo durante un momento clave: el baile.
Pero esta vez…
Las cosas no serán como antes.

NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

No podía sacarla de mi cabeza.

No era solo su sonrisa.

Ni sus ojos.

Ni siquiera la forma en la que me miró.

Era el momento.

Ese segundo exacto en el que todo se detuvo.

El ruido.

Las voces.

La presión constante que siempre llevaba encima…

Desapareció.

Como si alguien hubiera apagado el mundo solo para dejarla a ella.

Y a mí.

Me dejé caer sobre la cama, mirando el techo, con el pecho todavía tenso… como si algo hubiera cambiado sin permiso.

Nunca me había pasado.

Nunca algo —o alguien— había logrado atravesar todo lo que cargo… así de fácil.

Ni siquiera sabía su nombre.

Pero lo sentía.

Esa sensación incómoda… insistente… que no se va.

Como si hubiera dejado algo en mí.

O se hubiera llevado algo.

Cerré los ojos un momento, intentando sacarla de mi mente.

No funcionó.

Porque entonces apareció otra imagen.

Livier.

Mi mandíbula se tensó.

Mi novia.

La chica que todos querían tener cerca.

La que encajaba perfecto en la vida que se suponía debía llevar.

Pero no en la mía.

Nunca en la mía.

Solté el aire lentamente, pasando una mano por mi rostro.

Estaba cansado.

Cansado de sus celos que no pedían explicación.

De sus cambios de humor.

De la forma en la que miraba a los demás… como si no valieran nada.

Y aun así, seguía ahí.

No por amor.

Nunca fue solo por amor.

Abrí los ojos.

El techo seguía igual.

Pero yo no.

Mi papá apareció en mi mente como un golpe seco.

Su voz.

Su preocupación.

El miedo constante a perder el trabajo.

El dueño.

Su hija.

Las decisiones que no eran realmente mías.

Todo encajaba.

Todo explicaba por qué seguía en una relación que ya no sentía.

Por qué fingía.

Por qué me quedaba.

Pero hoy…

Algo se rompió.

O tal vez…

Algo despertó.

Porque después de verla a ella…

Nada de eso pesaba igual.

Ni Livier.

Ni los problemas.

Ni las razones.

Giré el rostro hacia la pared, apretando los labios.

Esto no estaba bien.

No debía sentirse así.

No tan rápido.

No con alguien que ni siquiera conocía.

Pero no importaba.

Porque por primera vez en mucho tiempo…

No estaba pensando en lo que debía hacer.

Estaba pensando en lo que quería.

Y eso…

Lo cambiaba todo.

La puerta se abrió sin hacer ruido.

—¿Sigues despierto?

La voz de mi mamá fue suave, pero suficiente para sacarme de mis pensamientos.

No respondí de inmediato.

Solo giré un poco la cabeza.

—Sí… supongo.

Ella entró despacio, como si ya supiera que algo no estaba en su lugar.

—Eso no suena a “supongo” —dijo, acercándose—. Suena a problema.

Solté una pequeña risa sin humor.

—Ojalá fuera eso.

Se sentó a mi lado, observándome con esa calma que siempre tenía… la que hacía difícil mentirle.

—Entonces es importante.

Tragué saliva.

Podía evitarlo.

Podía decir cualquier cosa.

Pero no quería.

No con ella.

—Conocí a alguien hoy.

No hubo sorpresa en su rostro.

Nunca reaccionaba de más.

Solo inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Y por qué suena como si eso complicara tu vida?

Bajé la mirada.

Porque lo hacía.

Porque lo arruinaba todo.

—Porque no debería importarme…

Mi voz salió más baja de lo que esperaba.

—Pero importa.

El silencio se quedó entre nosotros unos segundos.

—¿Livier? —preguntó finalmente.

Asentí.

No hacía falta decir más.

—¿Te gusta esta chica?

La pregunta llegó directa.

Sin rodeos.

Sin suavizar.

Y por un segundo… dudé.

No porque no supiera la respuesta.

Sino porque decirla en voz alta… la hacía real.

—Sí.

Respiré hondo.

—Pero no es solo eso.

Levanté la mirada.

—Es como si… todo lo demás dejara de importar cuando estoy pensando en ella.

Mi mamá no sonrió esta vez.

Y eso me hizo sentirlo más serio.

—Eso no es ligero, Tay.

Asentí.

—Lo sé.

En ese momento, la puerta volvió a abrirse.

—¿Interrumpo?

Mi papá.

Se apoyó en el marco, mirándonos con curiosidad.

—Depende —respondió mi mamá—. ¿Vienes a opinar o a escuchar?

—A ambas.

Entró y se sentó frente a mí.

—A ver.

Su mirada se clavó en la mía.

—¿Qué pasa?

Dudé.

Pero ya estaba demasiado adentro como para retroceder.

—Creo que me enamoré.

El silencio fue inmediato.

Pero no cómodo.

No esta vez.

Mi papá soltó una pequeña exhalación.

—¿Así de rápido?

No fue burla.

Fue evaluación.

—Sí.

Mi respuesta salió firme.

Más de lo que me sentía por dentro.

—¿Y Livier?

Esa sí dolió.

—No la amo.

Las palabras se quedaron flotando en el aire.

Pesadas.

Reales.

Mi mamá bajó la mirada un segundo.

Mi papá se recargó un poco hacia atrás.

—Entonces el problema no es la chica nueva —dijo—. Es que llevas tiempo en algo que ya no es verdad.

No respondí.

Porque tenía razón.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó mi mamá.

Ahí estaba.

La pregunta que no quería enfrentar.

Pasé las manos por mi rostro.

—No lo sé…

Y por primera vez en toda la conversación…

Era verdad.

Mi papá se inclinó hacia adelante.

—Te voy a decir algo, y escúchalo bien.

Levanté la mirada.

—Lo peligroso no es enamorarte.

Hizo una pausa.

—Es quedarte donde ya no quieres estar… por miedo.

Sentí el golpe directo.

—Porque eso no solo te va a lastimar a ti —continuó—. Va a arrastrar a todos los demás.

Livier.

La chica.

Mi familia.

Todo.

Mi pecho se tensó.

—Cuando algo es real —añadió— no te deja tranquilo.

Asentí lentamente.

Porque eso era exactamente lo que estaba pasando.

—Entonces sí… —dijo finalmente—. Eso que sientes importa.

Mi mamá tomó mi mano con suavidad.

—Pero también importa lo que hagas con eso.

No respondí.

No podía.

Porque por primera vez…

No se trataba solo de sentir.

Se trataba de elegir.

Y elegir…

Iba a romper algo.

El celular vibró sobre la mesa.

Una vez.

Dos.

Tres.

No lo tomé de inmediato.

Lo miré.

El nombre en la pantalla no cambiaba.

Tay.

Mis dedos se tensaron lentamente.

Él nunca dejaba pasar mis llamadas.

Nunca.

Tomé el teléfono, pero no contesté.

Lo dejé sonar hasta que se cortó.

Silencio.

Sonreí apenas.

—Qué raro…

Volvió a vibrar.

Esta vez no lo ignoré.

Revisé.

Nada.

Ni un mensaje.

Ni una explicación.

Mi expresión cambió.

No por impulso.

Por cálculo.

—No estás ocupado… —murmuré—. Estás evitando.

Y eso…

Eso no me gustaba.

Me levanté despacio, caminando por la habitación sin prisa, sintiendo cómo algo frío empezaba a acomodarse dentro de mí.

Tay no era como los demás.

No reaccionaba igual.

No se doblaba fácil.

Por eso lo elegí.

Por eso valía la pena.

Pero también por eso…

No podía permitirme perderlo.

Volví a mirar el celular.

Respiré hondo.

Control.

Siempre control.

—¿Ya tienes algo? —pregunté, llevando el teléfono al oído.

Del otro lado, la respuesta fue inmediata.

—Sí.

Una pausa.

Luego…

—Te lo acabo de mandar.

Colgué.

El mensaje llegó al instante.

Lo abrí sin apuro.

Primera foto.

Tay.

Segunda.

Otra vez él.

Tercera…

Mis ojos se detuvieron.

Ella.

No era especial.

No a primera vista.

Pero no era eso lo que importaba.

Deslicé.

Otra foto.

El momento exacto.

Cuando él la sostenía.

Cuando la miraba.

Cuando…

Mi mandíbula se tensó apenas.

Ahí estaba.

Esa mirada.

La que no se finge.

La que no se controla.

La que yo conocía demasiado bien.

El aire salió lento por mi nariz.

—Claro…

Incliné ligeramente la cabeza, analizando cada imagen.

—Tenía que pasar en algún momento.

No era sorpresa.

Era estadística.

Tarde o temprano alguien iba a aparecer.

Siempre pasa.

Pero eso no significaba que iba a permitirlo.

Amplié la imagen.

Observando detalles.

Distancia.

Postura.

Expresión.

Todo hablaba.

Y lo que decía…

No me gustaba.

—¿Quién es ella…? —susurré, más para mí que para nadie.

Pero en realidad, no importaba quién era.

Lo importante…

Era lo que podía provocar.

Dejé el celular sobre la mesa con cuidado.

Demasiado cuidado.

Porque cuando algo se rompe dentro de mí…

No hago ruido.

Pienso.

Y eso es peor.

—No te vas a enamorar de otra… —dije en voz baja.

No fue una súplica.

Fue una decisión.

Caminé hacia el espejo.

Me observé.

Perfecta.

Como siempre.

Como tenía que ser.

—No después de todo lo que hice por mantener esto en su lugar.

Mi mente se movía rápido ahora.

Acomodando piezas.

Recordando.

Mi papá.

Su empresa.

El trabajo del padre de Tay.

Las decisiones que ya estaban tomadas… aunque él no lo supiera.

Nada de esto era casualidad.

Nunca lo fue.

Y mucho menos ahora.

Una chica desconocida no iba a arruinarlo.

No iba a romper lo que me costó construir.

No iba a quitármelo.

Porque Tay no era solo alguien importante.

Era parte del equilibrio.

Y el equilibrio…

No se pierde.

Se protege.

A cualquier costo.

Tomé el celular otra vez.

Mis dedos se movieron con precisión.

—Necesito todo sobre ella —dije cuando contestaron—. Nombre, familia, escuela… lo que sea.

Hice una pausa.

Mi mirada se endureció apenas.

—Y quiero saber qué tan fácil es quitarla del camino.

Colgué.

Silencio.

Respiré profundo.

Y sonreí.

No por felicidad.

Por certeza.

Porque mientras otros sienten…

Yo actúo.

Y cuando actúo…

Las cosas dejan de ser un problema.

Y se convierten en solución.

Observé la pantalla sin prisa.

El silencio en la habitación era absoluto.

Controlado.

Como todo lo demás.

—Así que… este es el chico.

Deslicé la imagen con el dedo.

Una.

Otra.

Otra más.

Siempre lo mismo.

La misma expresión.

La misma reacción.

Demasiado honesto.

Eso lo hacía útil.

Y peligroso.

—El hijo de uno de mis empleados… —murmuré, sin apartar la vista—. Qué ironía.

Incliné ligeramente la cabeza.

Recordándolo.

Responsable.

Callado.

Agradecido.

Fácil de mantener en línea.

Hasta ahora.

—Buen corazón… —añadí en voz baja—.

Una pausa.

—Eso siempre complica las cosas.

Apagué la pantalla por un segundo.

Pensando.

Ordenando.

Midiendo.

Porque en mi mundo… nada se mueve sin consecuencias.

Ni siquiera esto.

Volví a encender el teléfono.

La imagen de la chica apareció de nuevo.

Desconocida.

Irrelevante.

Por ahora.

—¿Y la chica?

No levanté la voz.

No era necesario.

—Aún no tenemos información suficiente.

Asentí apenas.

Era lo esperado.

—Consíguela.

Simple.

Directo.

—Quiero nombre completo.

Familia.

Entorno.

Debilidades.

Hice una pausa breve.

—Especialmente… debilidades.

El hombre al otro lado no respondió de inmediato.

Sabía lo que eso significaba.

—Entendido.

Dejé el teléfono sobre el escritorio con cuidado.

Me recargué en la silla.

Exhalé lentamente.

No estaba molesto.

La molestia es para quienes pierden el control.

Yo no.

Esto…

Era solo un ajuste.

—Los chicos como él… —continué, más para mí que para nadie— suelen creer que pueden elegir.

Una leve sonrisa apareció.

Sin calidez.

—Hasta que entienden que ya alguien eligió por ellos.

Giré la silla ligeramente hacia la ventana.

La ciudad seguía moviéndose.

Caótica.

Predecible.

—Si empieza a sentir demasiado…

Negué apenas.

—Se vuelve inestable.

Y lo inestable…

No sirve.

Ni para negocios.

Ni para familia.

Ni para planes.

Tomé un archivo del escritorio.

El nombre del padre apareció en la portada.

Lo abrí.

Todo estaba ahí.

Historial.

Errores.

Deudas.

Dependencia.

Perfecto.

—Siempre es más fácil cuando sabes dónde presionar.

Cerré el archivo con calma.

Sin prisa.

Porque el tiempo…

Siempre estaba de mi lado.

—No necesito detenerlo —murmuré—.

Mis dedos se apoyaron suavemente sobre el escritorio.

—Solo necesito recordarle… cuál es su lugar.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Pesado.

Definitivo.

Porque en este juego…

Nadie se sale del camino.

A menos que yo lo permita.

Y yo…

Rara vez lo hago.

La oscuridad del cuarto no era nueva.

Nunca lo era.

Siempre estaba ahí… incluso cuando la luz estaba encendida.

Me quedé sentada en el suelo, con la espalda contra la pared, las rodillas pegadas al pecho.

Respirando despacio.

Sin hacer ruido.

Aprendí hace mucho que el silencio…

Era la única forma de evitar problemas.

Las lágrimas caían, pero no las limpié.

No servía de nada.

Nunca había servido.

Porque aquí…

Llorar no cambiaba nada.

Solo lo empeoraba.

El sonido de la puerta al abrirse me congeló.

No fuerte.

No violento.

Peor.

Controlado.

Mis dedos se clavaron ligeramente en mi ropa.

—¿Otra vez?

La voz de mi papá llenó el cuarto sin necesidad de subir el tono.

No respondí.

No porque no quisiera.

Porque no podía.

—Te dije que eso ya no debía afectarte.

Sus pasos resonaron sobre el piso.

Lentos.

Exactos.

Como si cada uno estuviera medido.

—Eso ya pasó.

Se detuvo frente a mí.

Podía sentirlo sin mirarlo.

—Mírame.

No lo hice.

Un segundo de silencio.

Dos.

Tres.

Entonces su mano sujetó mi mentón.

Firme.

Sin brusquedad… pero imposible de ignorar.

Me obligó a levantar la cara.

—Te estoy hablando.

Mis ojos ardían.

Pero no iba a llorar frente a él.

No otra vez.

—No puedes seguir comportándote así —continuó—. Es… débil.

La palabra cayó como algo conocido.

Algo repetido.

Algo que ya no dolía…

Porque ya estaba dentro de mí.

—La gente débil pierde.

Su mirada no tenía enojo.

Tenía certeza.

—Y nosotros no perdemos.

Soltó mi rostro con la misma precisión con la que lo tomó.

Se enderezó.

—Controla lo que sientes.

Se giró hacia la puerta.

—O alguien más lo hará por ti.

La puerta se cerró.

Y el sonido…

Se quedó.

Como siempre.

No me moví de inmediato.

No lloré.

No grité.

Solo me quedé ahí.

Procesando.

Entendiendo.

Como cada vez.

Porque había algo que él nunca decía…

Pero siempre estaba ahí.

Si no controlas…

Te rompen.

Cerré los ojos lentamente.

Y respiré.

Una vez.

Dos.

Tres.

Hasta que todo volvió a su lugar.

Hasta que no hubo lágrimas.

Hasta que no hubo miedo.

Solo silencio.

Y algo más.

Algo frío.

Algo firme.

Abrí los ojos.

Y por primera vez en mucho tiempo…

No me sentí pequeña.

Me sentí clara.

—No va a volver a pasar…

Mi voz fue apenas un susurro.

Pero no tembló.

Porque no era una promesa.

Era una decisión.

Nunca volver a ser la que llora en el suelo.

Nunca volver a necesitar que alguien se detenga.

Nunca volver a perder el control.

Y si para lograrlo tenía que endurecerme…

Si tenía que apagar todo lo que me hacía dudar…

Si tenía que convertir a los demás en piezas…

Entonces lo haría.

Sin culpa.

Sin miedo.

Sin mirar atrás.

Porque en este mundo…

No gana quien siente más.

Gana quien sabe usarlo.

Y yo…

Aprendí demasiado bien.

Desperté más tarde de lo normal.

La luz del sol entraba por la ventana, tibia… tranquila.

Pero yo no lo estaba.

Había algo en mi pecho.

No dolor.

No exactamente.

Era… una sensación que no se había ido.

Algo que seguía ahí desde ayer.

Cerré los ojos un segundo.

Y apareció.

Su rostro.

Tan claro como si estuviera frente a mí.

Abrí los ojos de golpe.

—Buenos días, dormilona.

La voz de mi mamá me aterrizó.

—Buenos días…

Me senté despacio, llevándome una mano al cabello, intentando parecer normal.

—¿Dormiste bien?

La pregunta fue simple.

La respuesta no.

—Sí…

Mentí.

Porque incluso dormida…

No lo solté.

—Apúrate, vamos a bajar con la familia.

Asentí.

Pero mientras caminaba al baño, me miré al espejo un segundo más de lo necesario.

No me reconocía del todo.

Algo había cambiado.

Y no sabía si eso era bueno.

O peligroso.

---

El desayuno fue ruido.

Risas.

Conversaciones.

Platos chocando.

Todo normal.

Demasiado normal.

Yo solo asentía cuando debía.

Sonreía cuando tocaba.

Pero mi mente…

Se escapaba.

Una y otra vez.

Al mismo lugar.

A él.

—¿En qué piensas, princesa?

La voz de mi papá me hizo parpadear.

—En nada…

—Ajá…

No me creyó.

Nunca lo hacía.

Mi mamá me miró de reojo.

Una de esas miradas que dicen después hablamos.

Mi corazón reaccionó.

Otra vez.

—Oigan —intervino mi primo—, ¿vamos a ver a los delfines?

El cambio fue inmediato.

—¿En serio?

—Sí, dicen que el espectáculo está increíble.

—Vamos.

Necesitaba eso.

Ruido.

Distracción.

Algo que me sacara de mi cabeza.

---

El lugar era hermoso.

El agua brillaba bajo el sol.

La brisa salada se sentía en la piel.

La gente aplaudía, reía, gritaba.

Y por un momento…

Funcionó.

Me reí.

Aplaudí.

Me dejé llevar.

Como si nada más importara.

Hasta que pasó.

Otra vez.

Esa sensación.

No era pensamiento.

Era instinto.

Como si algo dentro de mí…

supiera.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Giré la cabeza lentamente.

Y entonces…

El mundo se detuvo.

Ahí estaba.

No muy lejos.

De pie.

Hablando con su familia.

Riendo.

Natural.

Real.

Mi respiración se cortó.

No de golpe.

Sino lento…

como si se olvidara de seguir.

Mi corazón empezó a latir más fuerte.

Más rápido.

Demasiado.

—¿Cris?

Escuché la voz de mi prima lejos.

Muy lejos.

Porque no podía apartar la mirada.

Porque había algo en él…

que me sostenía.

Como si me jalara sin tocarme.

Y entonces pasó.

Él levantó la mirada.

Y me encontró.

No fue casualidad.

No esta vez.

Fue directo.

Claro.

Como si también lo hubiera sentido.

El tiempo no avanzó.

No había ruido.

No había gente.

Solo esa distancia entre nosotros…

y algo creciendo en medio.

Reconocimiento.

Sorpresa.

Y algo más.

Algo que no pedía permiso.

Mi pecho se apretó.

Pero no dolía.

Era… intenso.

—Cris —insistió mi prima, tocándome el brazo.

Parpadeé.

El momento se rompió.

El sonido volvió.

La gente.

El agua.

Todo.

Miré otra vez.

Y ya no estaba.

El vacío fue inmediato.

Pequeño.

Pero real.

—¿Estás bien?

—Sí…

Pero no.

Porque ahora era peor.

Ahora sabía que no lo había imaginado.

Que era real.

Que él también lo había sentido.

Y eso…

Lo cambiaba todo.

---

Observé en silencio.

No dije nada.

Pero lo vi.

La forma en la que mi hija se quedó quieta.

La forma en la que miró.

La forma en la que algo… cambió.

Seguí su mirada.

Y lo entendí.

El chico.

Otra vez.

Mi mandíbula se tensó.

No por enojo.

Por instinto.

Protección.

Porque conocía ese tipo de momentos.

Los que parecen pequeños…

pero no lo son.

—Vámonos.

Mi voz salió calmada.

Firme.

—Ya es suficiente por hoy.

Mi esposa me miró.

Y supe que ella también lo había visto.

Porque una madre siente.

Y un padre…

previene.

Aunque aún no haya pasado nada.

---

El resto del día siguió.

Pero ya no fue igual.

Porque algo había quedado claro.

Lo había vuelto a ver.

Y eso…

no era coincidencia.

Esto no había terminado.

Esto…

apenas estaba empezando.

El día terminó más rápido de lo que quería.

O más lento de lo que necesitaba.

Porque después de verlo…

todo se sintió distinto.

Como si algo hubiera quedado suspendido en el aire.

Sin resolverse.

Sin permiso para desaparecer.

El último día en la playa llegó sin avisar.

Maletas abiertas sobre la cama.

Ropa doblándose sin atención.

Voces en pasillos.

Despedidas incompletas.

Y yo…

en silencio.

Moviéndome sin estar del todo ahí.

—Apúrate, hija —dijo mi mamá desde la puerta—. Nos vamos en la tarde.

—Sí…

Mi voz salió automática.

Pero mis manos se detuvieron un segundo sobre la maleta.

No sabía por qué.

Solo… no quería cerrar todo tan rápido.

Como si algo faltara.

Como si algo no estuviera terminado.

---

Salimos a despedirnos de la familia.

Abrazos largos.

Promesas suaves.

Sonrisas que dolían más de lo que decían.

—Cuídate, princesa —susurró mi abuela, abrazándome fuerte.

—Tú también…

Pero mi mente no estaba en eso.

No del todo.

Porque ese lugar…

ya no era solo recuerdos.

Ahora era otra cosa.

Algo que no sabía nombrar.

---

Un auto pasó frente a nosotros.

Normal.

Rápido.

Casi invisible.

Pero mi cuerpo reaccionó antes que yo.

Giré la cabeza.

Y lo vi.

Otra vez.

Mi respiración se detuvo.

No por sorpresa.

Por reconocimiento.

Era él.

Sentado del lado del copiloto.

Mirando al frente…

hasta que, por un segundo…

giró.

Y nuestras miradas se cruzaron.

No duró mucho.

Pero fue suficiente.

Demasiado.

El tipo de momento que no se repite igual dos veces.

El auto siguió su camino.

Y yo me quedé quieta.

Sin moverme.

Sintiendo algo apretarse en el pecho.

No era dolor.

Era ausencia.

Como si algo que apenas empezaba…

ya estuviera alejándose.

—Sobrina…

Parpadeé.

—¿Sí?

—Ese chico…

Mi corazón reaccionó antes de entender.

—Se llama Taylor.

El nombre cayó pesado.

Definitivo.

Taylor.

Lo repetí en silencio.

Como si eso pudiera explicarlo todo.

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