Se supone que mi corazón no debe detenerse cada vez que entras en una habitación...
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Capítulo V
El edificio Beckham se erigía como una promesa vacía, una cáscara reluciente de vidrio pulido y acero impecable, exudando una elegancia fría que no se molestaba en ocultar nada, porque no sentía la necesidad de hacerlo. Kennedy Douglas emergió del vehículo con una deliberada parsimonia, su rostro esculpido en una máscara de calma que no era serenidad, sino dominio absoluto. El vestíbulo lo recibió con un silencio expectante, como si contuviera la respiración ante su llegada. Hombres con trajes impecables midieron su presencia con miradas escrutadoras, evaluándolo como si fuera un arma cargada y lista para ser utilizada.
—Señor Douglas —anunció una asistente con una corrección exagerada, su voz carente de toda calidez humana—. El señor Beckham lo está esperando en su despacho.
Por supuesto que me espera, pensó Kennedy con una ironía amarga. Siempre esperan aquellos que se creen en posesión de una ventaja, aquellos que se aferran a la ilusión de tener el control.
El ascensor ascendió en silencio, sin música ambiental, sin siquiera la cortesía de un comentario banal. Kennedy se ajustó los gemelos de diamantes negros, no por nerviosismo, sino por un hábito arraigado que denotaba su obsesión por el orden y la perfección. La ciudad se desplegaba a su alrededor a través de los muros de cristal, como si quisiera recordarle que aquel encuentro no era una simple conversación entre caballeros, sino una transacción comercial fría y despiadada.
Cuando las puertas se abrieron con un suave susurro, el despacho de Jeremy Beckham se reveló en toda su sobriedad calculada. Paneles de madera oscura que absorbían la luz, alfombras gruesas que amortiguaban cada sonido, obras de arte costosas que carecían de significado real. Un espacio diseñado para intimidar y someter, sin necesidad de recurrir a tácticas sucias. Jeremy estaba de pie junto al ventanal, dándole la espalda a la ciudad, con las manos entrelazadas tras la espalda y la postura rígida de alguien que se cree dueño absoluto del tablero de ajedrez.
—Kennedy —saludó, extendiendo la mano con una cordialidad forzada—. Bienvenido a Nueva York.
Kennedy observó la mano extendida durante un instante más de lo necesario, evaluando cada detalle antes de estrecharla con un apretón firme y breve.
—No he venido de visita, Jeremy.
Jeremy esbozó una sonrisa tensa, una línea delgada que apenas alcanzaba sus ojos fríos.
—Nunca lo haces, ¿verdad?
Ambos hombres tomaron asiento en torno a una mesa amplia y pesada, que se alzaba entre ellos como una frontera infranqueable. Kennedy dejó su abrigo de lana sobre el respaldo de la silla y se recostó ligeramente, adoptando una postura relajada que contrastaba con la tensión palpable en el ambiente. No sentía la necesidad de impresionar; ya había dejado claro quién era y qué quería.
—Vayamos al grano —propuso Jeremy, con su voz grave y autoritaria—. Hablemos de lo obvio: el matrimonio.
Kennedy exhaló lentamente, sintiendo el peso de esa palabra que había estado taladrando su cráneo durante semanas.
—Hablemos de negocios —corrigió, con un tono que no admitía discusión—. El matrimonio es simplemente la fachada, Jeremy. Y las fachadas, como bien sabes, se pintan al final.
Los ojos de Beckham brillaron con un interés repentino, revelando una chispa de admiración contenida.
—Siempre tan directo, Kennedy.
—Siempre honesto —replicó Kennedy, con una sonrisa gélida que no prometía calidez—. Dentro de lo razonable, por supuesto.
Jeremy se sentó en su silla y abrió una carpeta gruesa que descansaba sobre la mesa. En su interior, se desplegaban números, rutas comerciales, nombres de contactos y socios. Kennedy absorbió la información con una rapidez quirúrgica, analizando cada detalle, cada posible trampa. Puertos estratégicos, licencias codiciadas, intermediarios comprados con anticipación. Nueva York ofrecía resistencia, por supuesto, pero también presentaba grietas y vulnerabilidades. Beckham no era un idealista; era un intermediario astuto, impulsado por una ambición insaciable.
—Mi apellido abre puertas que de otro modo permanecerían cerradas —afirmó Jeremy, con un tono que sugería que estaba revelando un secreto valioso—. El tuyo, en cambio, mantiene abiertas aquellas que nadie más puede siquiera vislumbrar.
Kennedy asintió levemente, reconociendo la verdad en sus palabras.
—Y Madison es el sello de garantía que consolida nuestra unión, ¿no es así?
La mandíbula de Jeremy se tensó imperceptiblemente, revelando una incomodidad momentánea.
—Mi hija es una parte fundamental de este acuerdo, Kennedy.
—No me malinterpretes —aclaró Kennedy, apoyando los codos sobre la mesa y acercándose un poco más a su interlocutor—. No la quiero como un trofeo sentimental, Jeremy. La quiero como una certeza pública. Sonrisas forzadas, fotos cuidadosamente orquestadas, titulares halagadores. Un matrimonio feliz y próspero. Mientras tanto, nosotros nos encargaremos de hacer lo que realmente hemos venido a hacer a esta ciudad.
Jeremy cerró la carpeta con un golpe seco, sus ojos fijos en los de Kennedy.
—Ella cumplirá con su papel, Kennedy. Te lo aseguro.
Kennedy sostuvo su mirada sin vacilar, con una frialdad que podía congelar el mismísimo infierno.
—No me interesa que cumpla con su papel, Jeremy. Lo único que me importa es que no estorbe en mis planes.
Un silencio pesado se apoderó de la habitación, interrumpiendo el murmullo distante de la ciudad. Kennedy sintió una oleada de cansancio recorrer su cuerpo, una exasperación rara y punzante que lo invadía sin previo aviso. Había negociado con hombres que mataban sin pestañear, hombres capaces de cometer las atrocidades más inimaginables. Y, sin embargo, aquella conversación banal sobre flores, votos matrimoniales y sonrisas ensayadas le resultaba infinitamente más agotadora que cualquier amenaza directa.
—No te agrada la idea de este matrimonio, ¿verdad, Kennedy? —observó Jeremy, con un matiz de ironía en su voz.
—La detesto con cada fibra de mi ser —admitió Kennedy sin rodeos—. Porque es ruido innecesario. Porque es puro teatro. Porque exige una versión de mí mismo que simplemente no existe.
Jeremy esbozó una sonrisa torcida, revelando un atisbo de diversión.
—A la gente le encanta el teatro, Kennedy. Les da una falsa sensación de seguridad y control.
—A mí no —replicó Kennedy, con una frialdad que podía cortar el aire—. Pero estoy dispuesto a tolerarlo, siempre y cuando la recompensa valga la pena.
Hablaron de plazos, de apariciones públicas obligatorias, de cláusulas no escritas que definían los límites de su acuerdo. Discutieron sobre los favores que se moverían bajo la mesa mientras arriba se brindaba con champán y se intercambiaban falsas promesas de lealtad eterna. Kennedy anotó mentalmente cada detalle, cada potencial trampa, cada resquicio de oportunidad. Pensó, sin quererlo, en Madison Beckham: en su boca peligrosa que escupía verdades como puñales, en su mirada desafiante que parecía traspasar todas sus defensas. En lo poco que encajaba en la palabra "fachada".
—Si algo se rompe durante el proceso —dijo Jeremy con un tono amenazante—, nos encargaremos de arreglarlo, Kennedy.
Kennedy se levantó de la silla y se puso el abrigo con un movimiento elegante y seguro.
—Si algo se rompe —corrigió, con una voz que helaba la sangre—, simplemente se reemplaza, Jeremy.
Jeremy no replicó. Sabía leer el tono en la voz de Kennedy. Sabía cuándo una conversación había llegado a su fin.
En el ascensor, Kennedy aflojó su corbata un centímetro, permitiendo que entrara una bocanada de aire fresco en su cuello. No más que eso. El reflejo en el espejo le devolvió un rostro impasible, pero detrás de sus ojos oscuros se acumulaba una certeza inquietante: aquel matrimonio no sería simplemente un dolor de cabeza; sería una guerra silenciosa librada entre dos almas rebeldes, una contienda llena de sonrisas forzadas y cuchillos invisibles.
Afuera, Nueva York lo recibió con su ruido ensordecedor. Kennedy caminó hacia el coche sin mirar atrás, su figura imponente recortada contra el horizonte urbano. El acuerdo estaba en marcha. Los negocios, perfectamente alineados. La fachada, casi lista.
El problema no era la ciudad despiadada que se extendía a sus pies.
Ni siquiera era Jeremy Beckham, con su ambición desmedida.
Ni siquiera el matrimonio forzado, en sí mismo.
El verdadero problema era que, por primera vez en mucho tiempo, la fachada amenazaba con volverse peligrosamente personal.