Lo que el silencio esconde
Lucía es dulce, callada, invisible. Nadie sabe lo que guarda. Ni siquiera ella.
Hay cosas que su memoria enterró, pero su cuerpo no olvida. Pesadillas que no puede explicar. Silencios que pesan como losas. Una sonrisa que aprendió a usar como escudo.
Todo cambia cuando él aparece. No la toca. No la sigue. Solo la mira. Y esa mirada le susurra algo que la hiela: él sabe lo que ella olvidó.
Pronto descubrirá que no está solo. Que hay más personas mirando desde las sombras. Que su pasado nunca estuvo muerto, solo esperaba.
Y que el verdadero terror no son los monstruos que vienen de fuera… sino los que llevamos dentro y un día deciden despertar.
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Capítulo 6: El hombre de la mesa de enfrente
Lucía salió de su apartamento con el corazón en un puño.
El sol de media mañana la cegó al cruzar la puerta. Parpadeó varias veces, como si sus ojos necesitaran acostumbrarse no solo a la luz, sino al mundo exterior. No había dormido bien. Las palabras de Daniel —ten cuidado— resonaban en su cabeza al ritmo de sus propios pasos.
Decidió no ir directo a la biblioteca. Necesitaba unos minutos de calma. Un café. Algo caliente entre las manos que la anclara a la realidad antes de enfrentarse a las preguntas que Daniel seguramente le haría.
A dos cuadras de su casa había una cafetería pequeña, de esas de barrio donde nadie mira a nadie. Entró, pidió un cortado y se sentó en una mesa junto a la ventana. El local estaba casi vacío. Un hombre mayor leía el periódico en una esquina. Dos chicas hablaban bajito en la barra. Nada fuera de lo normal.
Lucía sopló el café y miró distraídamente hacia la calle. El vapor empañaba un poco el cristal. Se sentía a salvo. Por fin, después de días de angustia, un respiro.
Entonces él se sentó enfrente.
No pidió permiso. No preguntó si la silla estaba libre. Simplemente apareció, como si hubiera estado esperando ese momento desde siempre.
Lucía levantó la vista y el mundo se detuvo.
Era él. El hombre de la sonrisa. El de la llamada. El que la miraba desde el otro lado de la calle el día que todo empezó. Ahora lo tenía a menos de un metro. Podía ver cada detalle de su rostro: la mandíbula afilada, los ojos oscuros como pozos sin fondo, esa sonrisa que no llegaba a los ojos y que sin embargo parecía decirle «te tengo».
El escalofrío le recorrió la espalda antes de que pudiera pensar. Fue físico, primario, como un cable eléctrico que se activa solo. Las manos le temblaron y el café se derramó un poco sobre el platillo.
—Buenos días, Lucía —dijo él con voz tranquila, como si fueran viejos conocidos—. ¿Me invitas a un café?
Ella quiso levantarse. Quiso salir corriendo. Quiso gritar. Pero su cuerpo no respondió. Estaba paralizada, atrapada por esa mirada que pesaba más que cualquier amenaza.
—¿Quién eres? —logró articular, y su voz sonó muy pequeña, muy lejana.
Él inclinó la cabeza, como si la pregunta le pareciera casi tierna.
—Ya te lo dije. Alguien que te conoce. Alguien que sabe lo que olvidaste.
—No recuerdo nada —mintió Lucía, y esta vez su voz tembló más.
El hombre sonrió. Pero no era una sonrisa amable. Era una sonrisa de alguien que sabe que tiene todas las cartas.
—Mientes —dijo—. Y está bien. Llevas catorce años haciéndolo. Pero se acabó, Lucía. Tu silencio ya no te protege. Nunca lo hizo.
Ella sintió un nudo en la garganta. Las palabras de él golpeaban justo donde más dolía.
—¿Qué quieres de mí?
Él se inclinó un poco hacia adelante, acercando su rostro al de ella. Lucía contuvo la respiración.
—Que recuerdes. Por las buenas o por las malas. Pero va a pasar. Y cuando lo hagas… vas a entender por qué no pudiste callar para siempre.
Se levantó despacio, sacó un billete de la cartera y lo dejó sobre la mesa.
—Invito yo —dijo—. Para la próxima ya invitarás tú. Cuando seamos más amigos.
Y se fue. Sin correr, sin mirar atrás. Como quien acaba de sembrar una semilla y sabe que solo es cuestión de tiempo.
Lucía se quedó allí, con el café frío entre las manos, temblando como una hoja en invierno. La camarera se acercó a recoger el billete y le preguntó si se encontraba bien.
—Sí —mintió Lucía—. Solo que ya no tengo hambre.
Salió de la cafetería con las piernas flojas. La biblioteca quedaba a solo cinco cuadras, pero de repente el camino se le hizo eterno.
Daniel la esperaba. Y ahora, más que nunca, necesitaba respuestas.