Sin spoiled
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Capitulo 5
Narrador: Mateo Ubicación: Baños del ala este / Pasillos del Instituto San Lorenzo
El aire aquí es más espeso, Leo. Huele a encierro y a miedo viejo. Me pides que baje la voz, pero yo he olvidado cómo se hace eso. He pasado cuatro años gritando en las plazas de Barcelona para que ahora un tipo que se cree el dueño del patio me diga dónde puedo poner los pies.
—Mateo, por favor, no te rías así —me susurró Leo mientras caminábamos hacia los baños. Estaba pálido, casi translúcido bajo las luces blancas—. Bruno no olvida. Esa humillación en clase... nadie le había hablado así. Nunca.
—Pues ya era hora de que alguien le diera los buenos días, ¿no? —me encogí de hombros, deteniéndome frente a la puerta de madera desconchada de los baños del ala este—. Entra conmigo. No quiero que te quedes aquí fuera solo.
—No, yo... te espero en la esquina del pasillo. Si me ven contigo aquí, será peor.
—Leo, escúchame —le sujeté por los hombros. Sus huesos se sentían tan frágiles bajo la camisa del uniforme que sentí una rabia nueva quemándome el pecho—. Ya no estás solo. Se acabó lo de esconderse.
—No lo entiendes —respondió él, zafándose con suavidad—. Tú te irás a tu casa, pero yo tengo que seguir viviendo en esta ciudad.
Entré al baño. La puerta se cerró detrás de mí con un quejido metálico. El lugar era una ruina: azulejos amarillentos, un olor penetrante a amoníaco y tres lavabos de los cuales solo uno parecía funcionar. Me eché agua en la cara. El frío me ayudó a pensar. Miré mi reflejo. Tenía un ojo un poco hinchado por el cansancio del vuelo y el viaje, pero seguía pareciendo alguien que no pertenece a este decorado.
El sonido de la puerta abriéndose de nuevo fue lento. Deliberado.
No fue Leo.
Por el espejo vi entrar a Bruno. Venía escoltado por el tal Javi y otro tipo más bajo, con cara de haber roto muchos platos y no haber pagado ninguno. Cerraron el pestillo de la puerta principal. Un clic metálico que en ese silencio sonó como un disparo.
—Bonito sitio para una charla, ¿verdad, españolito? —dijo Bruno, colocándose en el centro, bloqueando la salida. Se estaba vendando los nudillos con una cinta deportiva blanca.
—Un poco cutre para mi gusto —respondí, secándome las manos con la camiseta, sin prisas—. En Barcelona tenemos baños con música de hilo y papel higiénico que no parece lija. Deberías viajar más, Bruno. Te abre la mente.
—A mí me gusta aquí —dijo Javi, moviéndose hacia mi flanco izquierdo—. Aquí los gritos se quedan pegados a las paredes.
—¿Sois tres para un solo chico? —solté una carcajada seca, apoyándome contra el lavabo—. Vaya, la valentía local es impresionante. ¿Necesitáis a alguien más o con vosotros tres basta para hacerme la manicura?
—Vas a cerrar esa boca de una vez —gruñó Bruno, dando un paso adelante. Sus ojos estaban inyectados en sangre—. ¿Te crees muy listo protegiendo al maricón de Candelario? ¿Crees que eres su caballero blanco?
—Creo que tú tienes un problema muy grave de obsesión, Bruno —le miré directamente a los ojos, manteniendo la calma—. ¿Qué pasa? ¿Te gusta Leo y no sabes cómo decírselo? ¿Por eso le pegas? Es una técnica un poco de parvulario, ¿no crees?
El golpe vino más rápido de lo que esperaba. Bruno era pesado, pero sus brazos tenían el alcance de un boxeador. Su puño me rozó el pómulo, lo suficiente para hacerme perder el equilibrio. Sentí el sabor metálico de la sangre en la boca casi de inmediato.
—¡Bruno, espera! —se oyó un grito desde fuera. Era Leo, golpeando la puerta—. ¡Abrid! ¡Dejadlo en paz!
—¡Vete de aquí, Leo! —grité yo, mientras esquivaba el segundo golpe de Javi—. ¡Vete a buscar a un profesor!
—Nadie va a venir, Candelario —rió el tercer tipo, el más bajo, dándome una patada en la costilla cuando me agaché para esquivar a Bruno—. Los profesores están en la sala de juntas. Tienes diez minutos de gloria con nosotros, Mateo.
Me dolió. Joder, si me dolió. La patada me sacó el aire y caí de rodillas sobre el suelo mojado. Pero cometieron un error: pensaron que por ser un "chico de ciudad" no sabía lo que era el barro. En el Raval aprendes que si vas al suelo, tienes que llevarte a alguien contigo.
Cuando Bruno se acercó para rematarme con un derechazo, me impulsé hacia adelante con toda la fuerza de mis piernas, tacleándolo por la cintura. Chocamos contra los cubículos de los inodoros. El plástico crujió.
—¡Hijo de puta! —gritó Bruno mientras mi cabeza impactaba contra su barbilla.
—¡Abrid la puerta! ¡Seguridad! —la voz de Leo estaba rota por el pánico fuera. Se escuchaban golpes violentos contra la madera.
—¡Cállate, maricón! ¡Tú vas después! —gritó Javi, agarrándome del pelo para separarme de Bruno.
Sentí un tirón violento y mi cabeza golpeó contra el azulejo. Las luces del baño bailaron frente a mis ojos. Bruno se levantó, limpiándose la sangre de la boca con el dorso de la mano. Me miraba con un odio puro, animal.
—¿Eso es todo lo que traes de Europa? —me escupió a los pies—. Pensé que serías un reto.
—Solo estoy... calentando —dije, tratando de ponerme en pie mientras Javi me sujetaba los brazos por detrás—. Venga, Bruno. Uno contra uno. Dile a tus perros que se aparten. ¿O tienes miedo de que el "españolito" te rompa la nariz delante de tus amigos?
Bruno hizo una señal y Javi me soltó, dándome un empujón hacia adelante.
—Dejadlo —ordenó Bruno—. Quiero hacerlo yo mismo.
Se acercó lentamente. Yo mantenía la guardia alta, aunque mi hombro izquierdo se sentía como si me hubieran clavado un clavo ardiendo. La puerta del baño seguía vibrando por los golpes de Leo.
—¿Sabes por qué le odio? —preguntó Bruno, moviéndose en círculos—. No es porque sea gay. Me da igual con quién se acueste. Le odio porque es débil. Porque camina como si pidiera perdón por respirar el mismo aire que yo. Y tú... tú vienes aquí con esa ropa y ese aire de superioridad a decirme que él es especial.
—Él es mil veces más hombre que tú —respondí, lanzando un jab que impactó de lleno en su nariz—. Porque él soporta tu mierda todos los días y sigue levantándose. Tú solo eres un cobarde con público.
El sonido del cartílago rompiéndose fue música para mis oídos. Bruno soltó un alarido de rabia. Se lanzó sobre mí con toda su masa. No era una pelea técnica; era una pelea de bar, de esas donde se usan los codos, los dientes y las uñas.
Rodamos por el suelo sucio. Sentí sus dedos intentando buscar mis ojos. Le mordí el antebrazo con todas mis fuerzas hasta que sentí el sabor de su sangre. Me dio un rodillazo en el estómago que me hizo ver negro por un segundo.
De repente, un estruendo mucho mayor que los golpes anteriores sacudió la habitación. La puerta del baño se abrió de golpe. No fue un profesor. Fue Sam.
Sam entró como un camión sin frenos. Agarró a Javi por el cuello de la camisa y lo lanzó contra los lavabos. Clara venía detrás, con un extintor en las manos y los ojos echando chispas.
—¡Soltadlo ahora mismo! —gritó Clara, quitando la anilla del extintor—. ¡O os juro que os rocío hasta que os salgan burbujas por las orejas!
Bruno me soltó, jadeando. Tenía la nariz torcida y la cara manchada de rojo. Yo me quedé en el suelo, intentando recuperar el aliento. Leo entró corriendo, pasando por debajo del brazo de Sam, y se arrojó a mi lado.
—¡Mateo! ¡Dios mío, Mateo! —sus manos volaban sobre mi cara, sin atreverse a tocarme—. Estás sangrando... estás fatal... te dije que no...
—Estoy... bien, Leo —logré decir, escupiendo un coágulo de sangre—. Le he roto... la nariz. Ha valido la pena.
—¡Sois unos animales! —Clara apuntaba a Bruno con la boquilla del extintor—. ¡He grabado todo desde el principio con el móvil por debajo de la puerta! ¡Lo tengo todo, Bruno! ¡Las amenazas, los golpes, todo!
—¡Borra esa mierda! —gritó Javi, intentando avanzar hacia ella, pero Sam se interpuso, cruzando sus brazos de atleta.
—Ni un paso más, Javi —dijo Sam con una voz que no admitía réplicas—. Esto se ha acabado. El entrenador viene de camino. Se lo he dicho a él, no al director. Sabes que si el entrenador se entera de que te peleas fuera del campo, estás fuera del equipo.
Bruno se limpió la cara con su camiseta, mirando a Clara con una rabia impotente.
—Esto no ha terminado —gruñó, señalándome—. Me da igual el video. Me da igual el equipo. Has cavado tu tumba hoy, Mateo. Tú y el dibujante.
—Vete a que te miren esa nariz, Bruno —dije, apoyándome en Leo para levantarme—. Te está quedando un perfil precioso.
Bruno y sus amigos salieron del baño, empujando a Sam al pasar. El silencio que quedó era pesado, roto solo por el goteo de un grifo roto y los sollozos contenidos de Leo.
—Gracias, Sam. Gracias, Clara —dije, sintiendo que el dolor empezaba a reclamar su territorio ahora que la adrenalina bajaba.
—No nos des las gracias —dijo Clara, bajando el extintor—. Menuda forma de empezar el primer día, Mateo. Eres un imán para los problemas.
—Es de familia —intenté bromear, pero me dolió el costado al hacerlo.
Leo no decía nada. Me sujetaba por la cintura con una fuerza sorprendente, como si tuviera miedo de que si me soltaba, me desvanecería. Sus ojos estaban rojos, llenos de una mezcla de culpa y terror.
—Leo, mírame —le dije, obligándole a levantar la vista—. Estoy bien. En serio.
—¡No estás bien! —estalló él, y por primera vez le oí gritar de verdad—. ¡Mira cómo te han dejado! ¡Y todo por mi culpa! ¡Te dije que me dejaras solo! ¡Te dije que no te metieras!
—¿Y dejar que te hicieran esto a ti? —le pregunté, bajando la voz—. No, Leo. Ni en un millón de años.
—Ahora te van a expulsar —sollozó él—. El primer día. Tus padres...
—Mis padres ya piensan que soy un desastre —me encogí de hombros, aunque el movimiento me hizo una mueca de dolor—. Un reporte más no va a cambiar las cosas. Pero Bruno ahora sabe que si te toca, yo muerdo.
—¿Y qué pasará cuando no estés? —preguntó Leo, mirándome con una angustia que me partió el alma—. No puedes estar conmigo las veinticuatro horas.
—Pues habrá que empezar a enseñarte a morder a ti también —dijo Clara, acercándose y pasándome un pañuelo de papel—. Pero primero, hay que sacarte de aquí antes de que llegue la directiva. Sam, vigila el pasillo.
Salimos del baño como una procesión de heridos de guerra. Caminamos hacia la enfermería, pero Leo me desvió hacia el aula de arte.
—La enfermera avisará al director —susurró Leo—. Ven aquí. Yo tengo un botiquín de emergencia en mi armario de pinturas. Mi madre me lo dio... por si acaso.
Entramos en el aula de arte. Estaba vacía y olía a paz. Leo me hizo sentarme en un taburete alto. Con manos temblorosas, sacó una caja metálica vieja.
—Quédate quieto —me ordenó.
Sacó algodón y alcohol. Cuando el líquido tocó la herida de mi pómulo, siseé y apreté los dientes.
—Lo siento... lo siento mucho —repetía él, casi como un mantra.
—Deja de pedir perdón, Leo —le agarré la muñeca, deteniendo su mano—. Has hecho más por mí hoy quedándote detrás de esa puerta que mucha gente en toda mi vida. No me has dejado solo.
Leo se quedó paralizado. Su rostro estaba a escasos centímetros del mío. Pude ver las pequeñas pecas en su nariz y el rastro de las lágrimas en sus mejillas. El aire en el aula de arte pareció volverse más denso, más cálido.
—He tenido tanto miedo, Mateo —susurró, y su voz vibró en mi pecho—. Cuando escuché el golpe contra la pared... pensé que te matarían. Y yo no podría... yo no sabría qué hacer si tú...
—No voy a irme a ninguna parte —le aseguré.
En ese momento, la puerta se abrió con violencia. Era el profesor de Literatura, el Sr. Martínez, junto con dos guardias de seguridad.
—¡Mateo Velázquez! ¡Acompañenos ahora mismo a la dirección! —gritó Martínez, señalándome con un dedo tembloroso—. ¡Y usted también, Candelario! ¡Como testigo o como cómplice, ya lo veremos!
Miré a Leo. Él me devolvió la mirada. Sus ojos ya no tenían ese brillo de derrota absoluta. Había algo nuevo. Una chispa de resistencia.
—No somos cómplices —dijo Leo, levantándose y poniéndose delante de mí, enfrentando al profesor—. Somos las víctimas. Y tenemos un video que lo demuestra.
Me quedé de piedra. Leo, el chico invisible, estaba desafiando a una autoridad. Me levanté, sintiendo un orgullo inmenso, a pesar del dolor de las costillas.
—Vamos, Leo —le puse una mano en la espalda—. Vamos a contarles nuestra versión de la historia.
Caminamos hacia la dirección. El pasillo estaba lleno de estudiantes que se asomaban a las aulas. Vimos a Bruno, que ya estaba allí, sentado con una bolsa de hielo en la nariz y su padre, un hombre que parecía un armario empotrado con traje, gritando en la oficina del director.
—Esto se va a poner feo —susurré.
—Que se ponga —respondió Leo, apretando el paso—. Ya no tengo miedo de la oscuridad, Mateo. Tú has traído demasiada luz hoy.
Entramos en la oficina. El director Sánchez nos miró por encima de sus gafas, con una expresión de cansancio infinito.
—Siéntense —dijo—. Tenemos mucho de qué hablar. El señor Velázquez me ha informado de que su hijo ha sido atacado sin provocación... pero el señor Bruno dice que usted, Mateo, empezó la pelea por un asunto de faldas... o algo peor.
—¿Algo peor? —pregunté, arqueando una ceja—. ¿Se refiere a que no me gusta que abusen de mis amigos?
—Se refiere a que eres un desviado que viene a corromper a los chicos de bien —escupió el padre de Bruno, levantándose de su silla.
Leo se tensó a mi lado. Iba a decir algo, pero yo le apreté la mano por debajo de la mesa.
—Señor —dije, mirando al padre de Bruno con toda la arrogancia que pude reunir—, si su hijo es un "chico de bien", entonces yo soy el Papa de Roma. Mi amiga Clara tiene un video donde se ve claramente quién cerró la puerta y quién lanzó el primer golpe. ¿Quiere que lo llamemos a la policía o lo resolvemos aquí?
El director suspiró. Sabía que tenía un problema legal entre manos. El padre de Bruno se quedó callado, mirando a su hijo, que intentaba esconderse detrás de la bolsa de hielo.
—Mateo, vas a estar suspendido tres días por participar en una pelea —sentenció el director—. Y Bruno, tú también. Y se abrirá una investigación sobre el acoso escolar sistemático en este centro.
—¡Eso es una injusticia! —gritó el padre de Bruno.
—Es lo que hay —cortó el director—. Ahora, fuera de mi oficina. Todos.
Salimos al pasillo. El aire se sentía distinto. Bruno pasó por nuestro lado, cojeando, sin mirarnos. Su padre le iba dando una bronca de campeonato en voz baja.
Nos quedamos solos frente a la puerta del instituto. Eran las dos de la tarde. El sol golpeaba con fuerza.
—Suspendido el primer día —dijo Leo, intentando sonreír—. Mis felicitaciones. Es un récord.
—Bueno, así tengo tres días para que me enseñes la ciudad —le guiñé un ojo, aunque el párpado me dolía—. ¿Qué me dices? ¿Me sacas de este infierno un rato?
Leo se rió. Fue una risa limpia, hermosa.
—Está bien. Pero primero, vamos a que mi madre te cure de verdad. Si te ve así, pensará que te ha atropellado un camión.
—Dile que el camión se llama Bruno y que ha quedado peor que yo.
Empezamos a caminar lejos de la escuela. Por primera vez en años, Leo no iba encorvado. Caminaba a mi lado, rozando su brazo con el mío. El mundo seguía siendo un lugar hostil, y la suspensión era solo el principio de nuestros problemas, pero mientras caminábamos hacia su casa, con el sabor de la sangre y la victoria en la boca, supe que Barcelona no tenía nada que envidiarle a este momento. Porque aquí, en este trópico despiadado, acababa de encontrar algo que no estaba en ningún mapa: un motivo para no volver a huir.