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Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Status: En proceso
Genre:Supervivencia
Popularitas:842
Nilai: 5
nombre de autor: Caro Tovar

Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.

Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.

En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.

En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.

Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.

NovelToon tiene autorización de Caro Tovar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 3 – La cicatriz. La verdad escrita sobre la piel.

Cada día intentaba recordar algo.

Cualquier cosa.

Un rostro.

Una palabra.

Una sensación que le perteneciera.

Pero su mente parecía suspendida sobre un abismo. No encontraba ni siquiera una chispa diminuta a la que aferrarse.

La angustia le oprimía el pecho. No saber quién era resultaba más insoportable que cualquier dolor físico. Era como existir sin raíces, como si el mundo la hubiera arrojado allí sin historia.

Cada vez que el doctor de gafas inusuales entraba en la habitación, su cuerpo se tensaba de forma automática. Había algo en su mirada —fría, analítica— que la hacía sentir observada más que atendida.

—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó él.

—Un poco cansada, pero bien —respondió.

—Es un avance.

Ella tragó saliva.

¿Un avance hacia qué?

El instinto le gritaba que no confiara. Aun así, las preguntas terminaron escapando.

—¿Quién soy?

—¿Por qué estoy aquí?

—¿Por qué no recuerdo nada?

El médico sostuvo su mirada apenas unos segundos.

—Lo importante es que estás mejorando. Tuviste un accidente.

Accidente.

La palabra no despertó nada. Ni miedo. Ni tristeza. Solo un eco vacío.

Un destello… como aquel extraño sueño que la visitaba en la oscuridad.

Dos luces avanzando hacia ella.

Un sonido metálico desgarrándose.

La sensación de caída.

Pero el recuerdo no lograba completarse. Se deshacía antes de tomar forma, como humo entre los dedos.

Quedaba únicamente una impresión vaga.

Una advertencia sin rostro.

—¿Has sentido algo inusual? —preguntó él.

—No —murmuró.

—Descansa.

Y se fue.

Cuando quedaba sola, la habitación parecía encogerse. El silencio pesaba.

Una tarde, su atención se detuvo en la luz tenue que se filtraba entre las cortinas. No sabía por qué, pero aquella claridad la llamaba.

Reuniendo fuerzas, se levantó. Las piernas le temblaban, frágiles, pero avanzó apoyándose en la pared hasta alcanzar la ventana. Tiró de la tela.

Detrás había una puerta de vidrio y, más allá, un pequeño balcón protegido por barras metálicas.

Lo abrió.

El viento salado irrumpió con fuerza, enredándose en su cabello y llenándole los pulmones de aire fresco. Cerró los ojos por un instante.

Aquella sensación… era familiar.

Se acercó a las rejas. El metal frío le rozó los dedos.

El cielo ardía en tonos anaranjados y violetas mientras el sol descendía sobre el mar. Las olas rompían contra la arena blanca, y algunas aves cruzaban el horizonte como pinceladas vivas.

El viento en su rostro la hizo sentir, por primera vez, algo parecido a calma.

Y entonces ocurrió.

Un leve movimiento en su vientre.

Se quedó inmóvil.

No era imaginación.

El contacto fue interno. Sutil. Inconfundible.

Y junto a esa sensación, una imagen fugaz cruzó su mente: un bebé.

Retrocedió, confundida. El cansancio la obligó a volver a la cama. Se acurrucó, respirando con dificultad.

Con manos temblorosas, tocó su abdomen.

Y lo comprobó.

Estaba embarazada.

Nadie se lo había dicho. Nadie lo había insinuado. Pero su cuerpo lo sabía. Y, de algún modo inexplicable, su mente también.

Los días siguientes estuvieron marcados por pruebas constantes. Extracciones de sangre. Medicamentos. Revisiones que nunca explicaban nada.

Caminar se volvió cada vez más difícil. El peso en su vientre crecía y la obligaba a recostarse con frecuencia. Preguntaba. Insistía. Suplicaba respuestas.

Recibía evasivas.

Con el tiempo dejó de hacerlo.

No por aceptación.

Por agotamiento.

La debilitaban con pastillas cuyo nombre desconocía. El estómago ardía. Las jaquecas eran persistentes. La comida era escasa.

El balcón se convirtió en su único refugio. Allí podía imaginar libertad. Hundir los pies en la arena. Caminar hacia el agua. Dejar que el mar borrara todo.

En su mente aún podía ser dueña de algo.

Las visitas médicas aumentaron.

En una revisión, la rodearon máquinas y voces apagadas. Agujas. Instrumentos. Ese aparato que le provocaba un dolor difícil de soportar.

De pronto, sintió un pinchazo en el vientre.

Giró la cabeza apenas lo suficiente para ver una gran jeringa extrayendo un líquido de su cuerpo.

El mundo pareció inclinarse.

Algo dentro de ella se rebeló.

Comenzó a moverse, a gritar, a luchar. Varias manos la sujetaron. El dolor se intensificó. Una presión insoportable. Una sensación cálida descendiendo entre sus piernas.

Y luego…

Negro.

Oscuridad.

Destellos. El mismo sueño de siempre.

Las luces aproximándose sin piedad. El estruendo. La caída interminable.

Y luego— Silencio.

Un vacío suspendido, como si el tiempo contuviera el aliento.

Regresó.

Con el aire entrando de golpe en sus pulmones y el corazón golpeando con furia contra su pecho, como si temiera volver a perderla.

Abrió los ojos. Todo era borroso. El zumbido en sus oídos era ensordecedor. Intentó moverse. Su cuerpo estaba pesado.

Un dolor profundo la atravesó.

Llevó la mano al abdomen.

Vendaje.

Su respiración se aceleró.

Se incorporó con dificultad y se quitó la bata azul. Su vientre había disminuido. Demasiado.

Con manos temblorosas retiró el vendaje.

Una cicatriz larga, reciente, atravesaba su piel.

El aire se le quedó atrapado en el pecho.

Lo entendió al instante.

El bebé ya no estaba.

No necesitaba que nadie se lo explicara. Sabía lo que era una cirugía. Sabía lo que significaba aquella herida.

Un sonido quebrado escapó de su garganta.

No podía pensar. Solo sentir.

El dolor no era físico. Era devastador. Vacío. Irreversible.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, caminó hacia la puerta, encorvada, sosteniéndose el abdomen. Golpeó con rabia.

—¡Díganme qué hicieron!

—¡¿Dónde está?!

Su voz fue perdiendo fuerza.

Nadie respondió.

Solo el eco de su propia desesperación.

El mareo regresó. Las piernas cedieron. El aire se volvió insuficiente.

La oscuridad la envolvió otra vez.

Y esta vez, no sabía si regresaría.

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Débora Jael Lemaire
muy bueno
caro Tovar: Gracias por el apoyo ☺️
total 1 replies
caro Tovar
Me encanta 😍
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