El sacrificio es solo el comienzo.
Para salvar a su hermana de una muerte segura, Elisabeth toma una decisión irrevocable: entregar su libertad y su sangre a la realeza de las sombras. Como la nueva sierva de sangre personal del príncipe Damián, su vida ahora se mide en gotas y se consume tras los muros de un palacio donde la luz del sol es un recuerdo lejano.
Damián es todo lo que las leyendas advierten: frío, letal y poseedor de una belleza tan peligrosa como su linaje. Sin embargo, tras la máscara de heredero implacable, Elisabeth descubre a un hombre atrapado en su propia inmortalidad. Lo que comienza como un contrato de supervivencia se transforma en una atracción magnética y prohibida que desafía las leyes de la naturaleza y los prejuicios de siglos de guerra.
Pero en el mundo de los inmortales, el amor es una debilidad que los enemigos no perdonan. Mientras su conexión crece, el destino comienza a tejer una red de traiciónes, secretos y una profecía antigua
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capítulo 9.5: sombras del Alba
Al abrir el libro encontré varias crónicas escritas por un monje o un erudito las notas estaban en un idioma que sabía de memoria sin yo a ver lo aprendido nunca, dentro de tales notas había un relato cortó pero preciso "traicionó a los vampiros para proteger la verdad.
"Los hijos desendientes de la luz "
"No son humanos comunes. Son los descendientes de la Primera Llama, aquellas que la Diosa [Solaris] dejó para vigilar que la oscuridad no devorara el mundo. Su sangre es veneno para los impuros y vida para la tierra".
"cada 20 años las razas se verán en conflicto desatando una guerra de sangre que trae consigo muerte y dolor hasta que se reanude un nuevo pacto entre los dos" oscuridad y luz siempre serán y nada cambiará.
"El registro terminaba con una nota escrita a toda prisa: 'La sangre de Solaris es el sol que los hijos de la noche ansían devorar para caminar bajo el día. No confíes en el que te ofrece refugio, pues solo busca su propia redención en tu luz'.
Cerré el libro de golpe. El sonido retumbó en la cripta silenciosa. Damián. Él no me estaba escondiendo para protegerme del mundo; me estaba escondiendo para que ningún otro de su especie pudiera reclamar el poder que ahora sabía que poseía. Yo no era su protegida, era su seguro de vida.""
En ese momento escuché paso a toda prisa agarré el libro y corrí fuera de la blioteca llevándome conmigo una onda de intrigas acerca de la diosa mi antepasada.
El eco de mis propios pasos en la cripta secreta aún resonaba en mi mente mientras esperaba en la penumbra de mi alcoba. Había escondido el libro de Solaris tras un panel suelto del armario, pero no podía esconder el fuego que ahora corría por mis venas. La marca en mi cuello ya no era un peso; era un recordatorio de que mi sangre no era un alimento, sino una herencia.
Cuando la puerta se abrió, el aire frío de los pasillos entró con él. Damián lucía impecable, pero sus hombros estaban tensos y su mirada gris parecía más oscura que de costumbre, cargada con el peso de la reunión del consejo.
—Todavía estás despierta —dijo, su voz era un terciopelo bajo que antes me habría hecho temblar.
—El sueño es para los que tienen la conciencia tranquila —respondí, permaneciendo de pie junto al ventanal. No bajé la cabeza.
Damián se detuvo a mitad de la habitación. Sus fosas nasales se dilataron ligeramente. Los vampiros vivían de los aromas, y yo sabía que en ese momento, mi piel no despedía el rastro dulce del miedo que él tanto conocía. Mi olor era otro: era ozono, era bronce caliente, era el aroma de la tierra justo antes de que un rayo la partiera en dos.
—Estás radiante, Elisabeth —susurró, dando un paso cauteloso hacia mí—. Casi... incandescente. ¿Qué has estado haciendo mientras yo no estaba?
—He estado aprendiendo a leer —le solté, cruzando los brazos—. No sabía que este castillo tuviera secciones dedicadas a la historia que intentasteis borrar. Historias sobre la "Primera Llama". Historias sobre Solaris.
El nombre cayó entre nosotros como una granada. Vi cómo la mandíbula de Damián se apretaba tanto que temí que sus colmillos perforaran su propio labio. Su piel, usualmente pálida, pareció volverse traslúcida bajo la luz de la luna.
—No debiste ir allí —dijo él, y esta vez no era una orden, era una advertencia cargada de un miedo real—. Ese conocimiento es una sentencia de muerte, Elisabeth. Si mi hermano, si el consejo supiera que la sangre de los Aethelgard ha vuelto...
—¿Qué harían, Damián? —lo interrumpí, dando un paso hacia él. Mi corazón latía con una fuerza nueva, un tambor de guerra—. ¿Me matarían o me usarían como tú lo haces? Me dijiste que yo era tu peligro, pero me ocultaste que mi linaje es lo único que tus antepasados temían. Me ocultaste que soy la descendiente de la diosa que casi extingue a tu especie.
Él cerró la distancia en un parpadeo, intentando sujetar mis hombros como había hecho la noche anterior, pero esta vez fue diferente. En el momento en que sus manos enguantadas rozaron mi piel, un calor abrasador brotó de mis poros. Damián soltó un gruñido de dolor y retrocedió bruscamente, mirándose las palmas de las manos. El cuero de sus guantes estaba humeante.
—Tu luz... está despertando —jadeó él, sus ojos plata brillando con una mezcla de agonía y una admiración peligrosa—. No lo entiendes. Te traje aquí para esconderte de la profecía, no para que te convirtieras en ella.
—¿Y qué soy para ti ahora? —le siseé, sintiendo cómo mis manos empezaban a emitir ese tenue resplandor dorado—. ¿Sigo siendo tu sierva por contrato, o soy el arma que te va a destruir?
Damián me miró, y por primera vez desde que puse un pie en el palacio, vi una lágrima de sangre asomar en la comisura de su ojo. Se arrodilló lentamente, no como un amante, sino como un súbdito ante una reina a la que teme y ama por igual.
—Eres ambas cosas —susurró—. Y ese es el problema. Si no aprendes a ocultar ese fuego, mañana el palacio entero arderá. Y yo no podré salvarte de las cenizas.