Renace en la novela que estaba leyendo y en el personaje que más odiaba.. Pero, dispuesta a cambiar su destino.
* Historia parte de un universo mágico.
** Todas novelas independientes.
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Festival 2
Jason no disfrutó ni un segundo del festival.
Mientras la música llenaba el aire y el olor a pan recién horneado y a frutas dulces flotaba entre los puestos, él permanecía quieto, siempre a la misma distancia, siempre a la sombra, con la mirada fija en una sola persona.
Florence.
No apartó los ojos de ella en ningún momento.
La observó caminar con elegancia por los senderos decorados con cintas doradas, conversando con comerciantes, campesinos y nobles como si todos fueran igual de importantes. Sonreía con suavidad, pero ya no era aquella sonrisa tímida y nerviosa de la joven que él había conocido. No. Esta era una sonrisa segura, que hablaba de alguien que sabía exactamente quién era.
Una gran duquesa.
Su porte era impecable. El vestido negro que en cualquier otra habría sido símbolo de duelo en ella se transformaba en algo solemne y majestuoso. El abanico se abría y cerraba en sus manos con movimientos delicados. Sus palabras eran amables, claras, firmes. Agradecía, felicitaba, escuchaba. Nunca bajaba la mirada. Nunca titubeaba.
Y Jason se dio cuenta de algo que le dolió más que cualquier herida.
Para Florence, él ya no existía… y, aun así, estaba más viva que nunca.
También notó otra cosa que hizo que sus manos se crisparan bajo la capa.
Las miradas.
La gente no veía en ella a una pobre viuda desamparada. No. La miraban con respeto. Con admiración. Con una mezcla de cautela y fascinación. Veía cómo los nobles inclinaban ligeramente la cabeza cuando la saludaban, cómo los comerciantes sonreían tranquilos cuando ella aprobaba sus productos, cómo los niños la miraban maravillados cuando les regalaba unas palabras cálidas.
Y luego estaban ellos.
Los jóvenes caballeros.
Demasiado atentos. Demasiado cordiales. Demasiado… disponibles.
Uno de ellos le ofreció su brazo para ayudarla a bajar un pequeño escalón. Otro le entregó una flor, diciendo que era un humilde presente para la “joya del ducado”. Un tercero, un noble de ojos claros, se inclinó sobre su mano con una reverencia tan lenta que a Jason le hirvió la sangre.
Florence respondió con amabilidad, con ese encanto tranquilo que ahora dominaba tan bien. Nada fuera de lugar. Nada que pudiera considerarse imprudente.
Pero Jason lo sintió igual.. un puñal invisible clavándose en su pecho.
Cada gesto, cada palabra, cada mirada que ella intercambiaba con otros, le recordaba que el mundo ahora la veía libre. Libre para volver a amar. Libre para elegir otra vida.
Libre de él.
Jason apretó la mandíbula hasta que le dolió. Su respiración se volvió pesada, controlada a la fuerza. Por un instante quiso romper su silencio, despojarse de la capa, gritar su nombre y decirle que estaba vivo.
Pero no lo hizo.
Solo siguió allí, inmóvil entre la multitud festiva, viendo cómo la mujer que había amado en silencio se había convertido en alguien que ya no necesitaba de él para brillar.
Aun asi..Jason no quería marcharse sin verla más de cerca. La distancia lo estaba matando. Así que, como si aún fuera posible controlar algo en medio de aquel torbellino, le pidió a Oliver que se acercara a saludarla para poder seguirlo discretamente, fingiendo ser uno de sus sirvientes.
Oliver aceptó, aunque no sin lanzar antes una mirada burlona que Jason decidió ignorar.
Caminaron entre la gente hasta quedar a pocos pasos de ella. Jason sintió que el corazón le golpeaba el pecho con una fuerza casi dolorosa cuando Florence, al notar la presencia de Oliver, alzó el rostro.
Ella lo reconoció enseguida.
Su expresión fue correcta, cortés… pero distante. Con una leve inclinación de cabeza lo saludó, el abanico cerrado reposando con elegancia entre sus manos enguantadas.
—Señor Amery.
Oliver sonrió con su aire relajado y amistoso, y comenzó a hablarle de trivialidades.. el clima, la cosecha de ese año, lo concurrido del festival. Florence respondía con educación, cada palabra suya pulida y medida, pero breve. No se extendía, no daba pie a que la conversación se volviera más íntima.
Jason, a pocos pasos, podía escuchar todo.
Entonces Oliver, creyendo encontrar una oportunidad, deslizó el tema que más le interesaba.
—He oído —dijo con falsa naturalidad— que los negocios del ducado fuera del reino siguen en pausa. Debe ser complicado manejar todo eso sola…
Fue ahí cuando la mirada de Florence cambió.
No se endureció de manera grosera, no alzó la voz. Pero su elegancia tomó un filo sutil. Enderezó un poco los hombros y lo miró con una calma que resultaba intimidante.
—Señor Amery —respondió con suavidad impecable—, me pregunto por qué muestra tanto interés en esos asuntos.
Oliver intentó soltar una excusa ligera, algo sobre preocupación por los antiguos proyectos del duque.
Pero ella no se lo permitió.
—Agradezco su interés —añadió, con una pequeña sonrisa que no llegó del todo a sus ojos—. Sin embargo, preferiría que no intercediera en ese tema. Usted fue amigo de mi difunto esposo, y respeto esa relación… pero más allá de eso, no tiene ningún derecho sobre los asuntos internos del ducado Evenson.
El abanico se abrió con un leve chasquido. No hubo enojo ni frialdad abierta. Solo una barrera clara, elegante e inquebrantable.
Oliver se quedó en silencio por un segundo demasiado largo. La seguridad de Florence lo descolocó por completo. Nervioso, inclinó la cabeza en señal de disculpa y se retiró con pasos algo apresurados.
Y Jason…
Jason no apartó la mirada de ella ni un instante.
La vio volver a conversar con otras personas como si nada hubiera pasado, con la misma serenidad dominante. Y en ese momento sintió, con un nudo en la garganta, que la mujer a la que creía conocer se le estaba volviendo extrañamente desconocida… y, al mismo tiempo, imposible de alcanzar.