Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
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Capítulo 5
El agua se cierra sobre él y el sonido del chapoteo queda vibrando en el aire. Me muerdo la mejilla por dentro, con el pulso latiéndome en la garganta. Podría darme la vuelta, volver al coche y pedirle que me regrese a la fiesta. Volver a la versión de mí que sabe comportarse.
Pero sigo aquí.
Alex flota, mirándome como si supiera exactamente la guerra que se libra dentro de mi cabeza.
—Vamos, Grimaldi— Dice. —El agua no te va a desintegrar.
Respiro hondo.
"No."
"Está prohibido."
"No hagas escenas."
"Compórtate."
Las voces de mis padres han sido el ruido de fondo de toda mi vida. Reglas, límites y expectativas. Y en pocas semanas seré una mujer casada. Una esposa perfecta, una pieza más en un tablero que nunca elegí.
Mi mano se mueve sola hacia el cierre lateral del vestido. Lo bajo despacio, el sonido es mínimo, pero en el silencio del bosque parece un trueno. La tela se desliza por mi cuerpo y cae a mis pies. El aire frío me envuelve la piel desnuda y cada terminación nerviosa despierta de golpe.
No pienso, porque sé que me arrepentiría. Tan solo salto.
El agua está helada y me roba el aliento cuando me sumerge. Emerjo apartandome el cabello del rostro y respirando fuerte. La luna me da justo en los ojos y él está mirándome. Fijo e intenso.
—¿Qué?— Le pregunto, intentando sonar tranquila mientras escurro el cabello hacia atrás.
—Estoy admirando sus agallas, señorita Grimaldi.
Bufo.
—No son agallas. Es solo… un arranque. Mañana ni siquiera voy a reconocer a la que hizo esto.
Él empieza a nadar despacio a mi alrededor, como si el agua fuera su elemento natural.
—Qué curioso— Dice. —Porque yo solo veo a un pajarito desesperado por salir de la jaula.
—No sé de qué hablas.
Se detiene frente a mí demasiado cerca.
El agua se mueve entre nosotros, pero no es suficiente distancia. Siento su calor incluso en el frío del lago.
—Sí lo sabes— Murmura. —No eres tan correcta como quieres aparentar y estar aquí conmigo… así… lo deja claro.
El aire se vuelve pesado. Me doy la vuelta con la intención de salir del agua, de cortar la conversación antes de que se meta bajo mis pensamientos.
No llego a dar ni dos brazadas. Su mano se enreda en mi nuca, firme pero no violenta, y me gira hacia él. El movimiento es tan rápido y decidido que no me da tiempo a pensar.
Su boca encuentra la mía. Siento un impacto eléctrico en estos. No es un beso suave ni pedido con cuidado. Es directo, cargado de algo crudo, como si hubiera estado conteniéndose desde que nuestras miradas se cruzaron por primera vez. Dejandome saborear lo que es la libertad de poder hacer lo que sea. Sin restrinciones.
Mi mente grita que lo empuje, pero mi cuerpo…mi cuerpo no obedece tan rápido.
Ahora mismo está siendo gobernado por la rebeldía. La misma que me está haciendo corresponder a este beso. Saborear sus labios, dejarme consumir por el fervor que emana mientras se apodera de los míos, mientras me devora con total confianza, mientras azota mi lengua con la suya y reclama que nos fundamos en un abismo ardiente.
No rompe el beso ni un instante. Es como si ambos hubiéramos cruzado una línea invisible al mismo tiempo y ahora ninguno supiera —o quisiera— retroceder.
Cuando nos separamos apenas para respirar, su mano sigue firme en mi nuca. Sus ojos, oscuros, cargados de una intensidad que me desarma más que el frío del agua, recorren mi rostro como si estuviera leyendo algo de lo que no puedo darme cuenta.
Su otra mano desciende por mi cuerpo con lentitud recorriendo mis pechos sin prisa, provocando una tormenta de sensaciones que me obliga a aferrarme a sus hombros para no perder la flotabilidad cuando su mano me roza un pezón.
Cada toque es un recordatorio brutal de que estoy aquí, de que esto es real, de que he dejado atrás —aunque sea por esta noche— la versión correcta de mí.
No suelta mi pezon, lo estimula con los dedos mientras se apodera de mi cuello. Chupa y lame mandando todo el miedo a un rincon muy en el fondo de mi mente. Deja mi cuello y va de un pezón a otro, encendiendo el fuego en mi centro.
Estoy nerviosa, no por la cercanía o el deseo. Sino porque es la primera vez que hago algo así con alguien que no conozco, alguien que no pertenece a mi mundo ordenado, predecible y al que al igual que yo, le conviene mantener las cosas en secreto para evitar escandalos.
Su boca desciende por mi cuello, y el mundo se reduce a piel, respiración y agua moviéndose alrededor. Mi mente intenta advertirme, decirme que pare, que piense, que esto es una locura.
Pero su voz, masculina y firme, me atraviesa antes.
—Muéstrame, Grimaldi… Muestrame que tan correcta quieres seguir aparentando.
Es un desafío.
Despacio detiene el movimiento de su mano en mis pechos y esta desciende lentamente hasta posicionarse en mi centro. Acaricia ese punto de placer que me hace llevar la cabeza atrás y sujetarme fuerte de sus hombros.
De pronto, la intromision de sus dedos se hace evidente, primero uno y luego el otro, arrancandome gemidos que me son imposibles de callar.
La sensación crece, se intensifica, me arrastra como una corriente subterránea. Me aferro más a él, porque si me suelto siento que me iría derechito al fondo sin fuerzas ni cordura suficiente para nadar.
Su voz es como un detonante. El hombre es apuesto, hay que admitirlo y lo que hace con los dedos, podría enloquecer a cualquiera. Cuando el momento me alcanza, es abrupto, inevitable, como una caída libre que llevaba rato anunciándose. El aire se me escapa en un temblor que no logro contener, y por un instante todo desaparece.
Solo queda la noche, el agua y él.
Escucho su risa baja y satisfecha, cerca de mi oído.
Escondo el rostro en su cuello, respirando contra su piel mientras las sensaciones se disipan lentamente y la realidad comienza a regresar, pesada. Respiro con dificultad, con el pulso retumbando en mis oídos mientras el agua se mueve alrededor como si nada extraordinario hubiera ocurrido.
Alex no se aparta de inmediato. Su frente casi roza la mía, su respiración también está alterada, pero su mirada ya está completamente perdida en la lascivia.
De pronto soy consciente de todo. Del vestido tirado en la orilla, de la fiesta, del anillo que reluce en mi dedo y del apellido que llevo encima como una marca.
El aire entre nosotros cambia. No es solo el frío del lago ni el vapor de nuestras respiraciones mezclándose en la oscuridad. Es la sensación de haber cruzado un límite que no estaba marcado en ningún lado, pero que ambos reconocimos al traspasarlo.
Intento recuperar el control de mi cuerpo, de mi voz, de mi mente, pero Alex no se aleja.
Su cercanía sigue siendo abrumadora, su presencia demasiado sólida y demasiado real. Su mano firme en mi cintura me mantiene donde estoy, como si supiera que, si me suelta ahora, voy a fingir que nada de esto ocurrió y me largaré de aquí.
—Alex...
—Shh…— Murmura cerca de mi oído cuando intento hablar.
No es una orden violenta. Es segura y convencida. Como si supiera que mis palabras serían una excusa para huir.
Sus dedos me abandonan y siento como algo más se posiciona entre mis piernas y me acaricia.
—No me creo ser tan benevolente como para darte el mejor orgasmo de tu vida e irme sin un premio— Dice sin detener los movimientos de su miembro en mi intimidad, despertando las mismas sensaciones de hace unos instantes.
—No debo...— Nuevamente, no me deja hablar.
Sus labios se funden con los míos, inclementes y abrazadores. Siento cada toque de sus manos como huellas ardientes en mi piel y justo cuando la niebla invade mi cerebro, perdida en los deliciosos labios de este hombre, la invasión repentina en mi intimidad me hace abrir los ojos de golpe.
El me mantiene sujeta a él y nisiquiera puedo romper el beso. Todo su grosor se adentra en mi, imposibilitandome decir algo. Lo unico que logra articular es un gemido que posiblemente asustó a todos los animales cercanos.
El mundo se reduce otra vez a sensaciones, a nuestras respiraciones, al agua moviéndose alrededor de nuestros cuerpos. Todo lo demás —la fiesta, Marcos, el apellido, las expectativas— se vuelve un ruido lejano que ya no alcanza a tocarme.
La intensidad de lo que estoy sintiendo es demasiado. No se como hace para seguir manteniendonos a flote mientras se mueve rápido y profundo. Mucho menos logro saber como es que alguien cuyo nombre aprendí hace apenas unas horas me tiene empotrada contra su miembro y gritando incoherencias.
Si alguien me viera ahora, no me reconocería y tal vez ese es el punto por el que me siento tan bien.
Me aferro a él porque el mundo parece inclinarse, como si hubiera perdido el eje. No sé cuándo empezó esto realmente, si fue en la escalera, en el estacionamiento, en el instante en que decidí subirme a su auto o cuando lo vi junto a la barra.
No sé en qué momento dejo de pensar por completo. Solo siento una oleada que me atraviesa, que me desarma, que me arranca de la piel que siempre he usado para protegerme. Es como si algo dentro de mí —algo siempre llevo encerrado— finalmente encontrara salida.
Me aferro a él porque no hay otra cosa sólida en este instante. Mis uñas se clavan en su espalda y mis piernas lo rodean por completo mientras reboto, floto, muero y revivo entre sus brazos que me mantienen junto a él.
Todo me tiembla, mis nervios hacen cortocircuito y los gemidos varoniles que deja escapar me obligan a chocar mis labios contra los de él, avasallandolo por completo mientras mi cuerpo recibe la oleada de placer más exquisita que sentí en toda mi vida. No tardo en sentir su tibieza y por un instante su agarre pierde fuerza y temo que me suelte porque en estos momentos, el es el unico salvavidas que me mantiene a flote.
Cuando la intensidad baja, no lo hace de golpe. Se disuelve despacio, dejándome temblando, respirando contra su pecho, consciente de cada latido, de cada centímetro de piel que toca el agua fría.
Me separo apenas, lo suficiente para mirarlo. La luna dibuja sombras duras en su rostro, pero sus ojos siguen ahí, fijos en mí, como si estuviera memorizando algo que no piensa olvidar.
No sé lo que me ocurre, me aparto de él y mi mano se mueve sola estrellandose con su mejilla en una sonora bofeta que lo hace voltear la cara y sonreír.
—Quiero que me lleves de vuelta— Le digo alejandome de inmediato para salir del agua.