Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?
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Jefe o familia?
Unos ojos fríos me miran fijamente con odio. Unas manos enormes toman mi garganta y la aprietan hasta dejarme sin aliento. Lágrimas salen por la comisura de mis ojos. Y pujo, mucho, con todas mis fuerzas por safarme de ese agarre.
Me despierto y quedo sentado en mi cama.
—Puta madre —susurro, llevándome una mano al pecho. El corazón me late como si quisiera salirse. —¿Por qué este sueño después de tanto tiempo?
Me recuesto nuevamente en mi cama y me pongo a pensar en cuánto ha cambiado mi vida. Si no fuera por el señor Bernardo, ¿dónde estaría en este momento? Si él no hubiera llegado en ese momento... ¿me habría desangrado?
La imagen del viejo llega a mi mente como un bálsamo. Su cara arrugada, sus manos temblorosas pero firmes, esa voz que siempre decía: "Tranquilo, mijo. Aquí nadie te va a hacer daño".
Ojalá pudieras verme ahora, don Bernardo. Ojalá no estuvieras decepcionado.
Ya no puedo dormir más. Miro el reloj de mi mesita de noche: son las 6:45. Aún falta un rato para que suene la alarma, pero prefiero levantarme. Ir al gimnasio que tengo en mi sótano.
El sótano huele a hierro y a sudor. Me gusta. Es el único lugar de la funeraria que no huele a muerte.
Una hora de ejercicio. Pesas. Lagartijas. Sentadillas. El dolor muscular es bueno. El dolor muscular es real. El dolor muscular no me pregunta por qué tuve esa pesadilla.
Cuando subo, ya con el cuerpo cansado pero la cabeza más despejada, escucho la puerta trasera.
Gabriel.
La funeraria es tan grande que también vivo allí. Arriba está mi casa. Abajo, el negocio. Nunca tuve que elegir entre pagar alquiler o comer. Eso se lo debo al señor Bernardo.
—Buenos días, señor Carlos —me saluda Gabriel, dejando su mochila en la recepción. Tiene 22 años, pelo rizado y una inocencia que a veces me da envidia. —¿Cómo amanece?
—Como siempre —respondo, pasándome una toalla por la cara.
—¿Le preparo su café?
—Sí. Pero antes, ¿llegó algún encargo nuevo anoche? ¿Llamaron?
Gabriel niega con la cabeza mientras se dirige a la pequeña cocina que tenemos detrás de la recepción.
—No, jefe. Tranquilo. El primer servicio no es hasta las 10. Una señora mayor, cáncer. La familia quiere cremación.
Asiento. Cremación. Rápido. Sin florituras. Es de las que más me gustan. Menos tiempo con los muertos, menos tiempo para pensar en los vivos.
Me siento en la silla de la recepción, la misma donde anoche estuve esperando a que ese policía de mierda se largara.
Darío.
Su nombre aparece en mi cabeza sin permiso. Lo echo de una patada mental.
—Gabriel —lo llamo, mientras él prepara el café—. Anoche... el policía que vino. ¿Ya lo conocías?
Gabriel asoma la cabeza por la puerta de la cocina, sorprendido.
—¿Darío? Sí, jefe. Ha venido otras veces. Por informes, casi siempre. Es de la unidad de trata. ¿Por qué?
—Por nada —respondo demasiado rápido. —Curiosidad.
Gabriel me mira raro. Pero no dice nada. Vuelve a entrar a la cocina.
Yo me quedo ahí, en la recepción, con la luz gris de la mañana entrando por los ventanales. La ciudad despertando afuera. La gente yendo a trabajar. Viviendo.
Y yo aquí, entre ataúdes y flores marchitas, pensando en un par de ojos verdes que no deberían importarme.
Esto no está bien, me digo mientras Gabriel me sirve el café humeante.
Pero tampoco puedo evitarlo.
En otro lugar de la ciudad, a la misma hora, un Darío muy alegre saluda a sus compañeros mientras lleva unos cuantos cafés y panes para sus compañeros.
Por andar pensando en el embalsamador, se le hizo tarde para llegar con el informe. Lo que lleva es una ofrenda de paz.
—¿Dónde andabas, pendejo? —su compañero Marcus pregunta mientras le pega un sape en la cabeza—. El jefe estuvo preguntando por ti y el informe. Le dije que estabas en eso. Es mejor que te apures.
—Ay, no me jodas —responde Darío, frotándose la nuca—. Ya voy, ya voy.
Pero no se apura. Deja los cafés en la mesa compartida. Reparte los panes. Le guiña un ojo a la secretaria. Se toma su tiempo. Porque sabe que cuanto más tarde, más tiempo tiene para pensar en él.
El embalsamador.
Darío todavía no sabe su nombre. No preguntó. No se atrevió. Pero se pasó toda la noche dando vueltas en la cama, recordando sus manos dentro del pecho de ese niño, su voz cansada diciendo "los muertos no entienden de horarios", la forma en que sus dedos rozaron los suyos al entregarle los informes.
Mierda, piensa mientras camina hacia la oficina del jefe. Estoy jodido.
Entra sin llamar.
—Buenos días, jefe —dice, dejando el informe sobre el escritorio—. Aquí está el informe de la víctima de las manos atadas con alambre de hace dos días. No hay muchas pistas rescatables. Todo sigue siendo muy confuso.
El hombre levanta sus ojos de los documentos que tenía en la mano.
—¿Es tan difícil decir primero "buenos días, papá"? —pregunta, con una ceja levantada.
Darío se queda congelado un segundo. Luego suelta una risa nerviosa.
—Buenos días, papá —dice, como si le costara—. ¿Feliz?
—Más feliz si mi hijo no fuera un desastre que llega tarde.
—No llegué tarde. Traje café.
—Llegaste tarde. Y el café ya está frío.
Darío se sienta en la silla frente al escritorio, sin esperar permiso. Es su padre. ¿Para qué pedir permiso?
—Estuve investigando —miente—. Quería asegurarme de que el informe estuviera completo.
—Investigando dónde. A las tres de la mañana, tu novia me llamó preguntando por ti.
Mierda. Mierda. Mierda.
—Ya no es mi novia —responde, evasivo—. Y no estaba donde crees.
Su padre, el jefe, el comisario Fuentes, lo mira con esos ojos oscuros que siempre han sabido cuando miente.
—¿Dónde estabas, Darío?
Silencio.
Darío mira la pared. La ventana. El informe que acaba de dejar. Cualquier cosa menos los ojos de su padre.
—En una funeraria —suelta al fin—. Había... había unos datos del caso. Quería revisar unos detalles.
—¿A las tres de la mañana?
—Los muertos no entienden de horarios.
La frase sale sola. Y cuando la dice, se da cuenta de que la ha memorizado sin querer. La voz del embalsamador. Su tono cortante. Todo.
Su padre frunce el ceño.
—¿Quién te dijo eso?
—Nadie. Se me ocurrió.
—Mientes.
—Sí —admite Darío, y se pasa una mano por el cabello negro, nervioso—. Pero no puedo decirte la verdad. Todavía.
Su padre lo observa en silencio. Luego, lentamente, toma el informe y comienza a leerlo.
—¿Al menos sacaste algo útil de tu... "investigación"?
Darío sonríe. Una sonrisa tonta. De esas que no puede controlar.
—Creo que sí, papá. Creo que sí.
Su padre levanta la vista del papel, con una expresión entre confundida y preocupada.
—Estás raro.
—Estoy bien.
—Estás raro —repite—. Y hueles a formol.
Darío se lleva la camisa a la nariz. Es cierto. Huele a formol. Y a algo más. A algo que no sabe describir. Algo que se quedó pegado a su ropa después de estar cerca de él.
Su destinado.
—Voy a cambiarme —dice, levantándose—. Y luego me pones al día con los casos nuevos.
—Darío.
Se detiene en la puerta.
—¿Sí, papá?
—La próxima vez que salgas a media noche, avisa. No me hagas preocupar.
Darío asiente. Y por un segundo, tiene ganas de contarle todo. De decirle "papá, encontré a mi destinado y es un embalsamador de unos 38 años que trata a los muertos mejor que a los vivos y no sabe quién soy y no me soporta y es lo más hermoso que he visto en mi vida".
Pero no lo hace.
En lugar de eso, sonríe y sale de la oficina.
—Marcus —grita, cruzando la sala—. ¿Dónde está mi café?
—Te lo tomaste todo, pendejo.
—Mierda.
Y mientras se sirve otro, piensa en el embalsamador. En sus ojeras. En su bata manchada. En la forma en que dijo "adiós" sin mirarlo.
Hoy vuelvo, piensa. Aunque sea solo para que me odie un rato.