Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.
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Reunión de “Machos que no lloran”
...CAPÍTULO 4...
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...SEBASTIÁN VÉLEZ...
Después del episodio de la "araña asesina", de trapear el baño como si estuviera puliendo un diamante y de sentir el frío desprecio de Luciana, me di cuenta de que mi estómago estaba tan vacío como mi dignidad. Todavía era muy temprano para reunirme con la "Viga de la Pola" —Gabriel no bebe antes de que baje el sol porque dice que "afecta la agudeza visual"—, así que decidí acudir a la única persona que tiene el superpoder de sanarme el alma: Doña Antonia.
Llegué a su restaurante intentando proyectar mi habitual carisma de arquitecto estrella, el que hace que las señoras me quieran adoptar y los clientes me quieran pagar el doble.
—¡Mami Anto! —exclamé al entrar, abriendo los brazos como si fuera a recibir una ovación—La mujer más bella de la gastronomía. Dígame que tiene un plato de consuelo para este pobre hombre que ha sobrevivido a un ataque biológico de ocho patas y a un matrimonio en zona de riesgo.
Ella me miró por encima de sus gafas con una lentitud que me dio tiempo de replantearme toda mi existencia. Se secó las manos en el delantal con una parsimonia aterradora y no me sonrió.
Mala señal.
“Dios, soy yo otra vez”, pensé, cerrando los ojos con fuerza mientras invocaba al cielo. “Recuerda que, aunque no me hayas dado el don de la paciencia o la valentía ante los arácnidos, también soy tu hijo… No me dejes solo con la mirada de esta mujer, que da más miedo que un plano rechazado por Planeación Municipal”.
—Siéntate, Sebastián —dijo, señalando una mesa pequeña al fondo—. Tienes cara de que el sofá ya te sacó un tornillo de la cabeza. Y deja de hacer payasadas, que ese carisma barato ya no te sirve para pagar la cuenta aquí. ¿Qué pasó ahora?
—¡Mami Toñita! ¡Me hiere! —dije, sentándome en la mesa del rincón mientras ponía cara de perrito de comercial de comida húmeda—. Vine por apoyo moral. Luciana está... está poseída por el espíritu de una dictadora. Me mira como si yo fuera pateado a un perro.
Le solté todo. Le conté de la tensión por el tema de ser padres, del susto del embarazo, del alivio (mi gran error táctico), del desprecio de Luciana y de cómo me sentía un intruso en mi propio apartamento. Esperaba que ella me pusiera una mano en el hombro y dijera: "Ay, Sebitas, esa hija mía es una exagerada".
Pero al parecer, Doña Antonia no es de esas.
—Luciana no está poseída, Sebastián. Luciana está cansada —sentenció ella, apoyando las manos en la mesa y acercándose a mi cara—.Me imagino que no se han sentado a hablar de verdad, ¿no? Mínimo tú, con esa actitud infantil de querer que la vida sea un eterno carnaval, no la has dejado ni expresar lo que siente.
Abrí la boca, impactado. Sentí que me habían dado un golpe con una regla T en pleno pecho.
—¡Doña Antonia! —exclamé, llevándome una mano al corazón—. ¡Pensé que me ibas a defender! Ella es muy injusta. Yo solo quiero que seamos felices como siempre, pero ella cambió las reglas del juego a mitad de la obra. Me mira como si yo fuera el peor hombre del mundo.
—No cambió las reglas, Sebastián. Creció —sentenció ella, dándome un golpecito en la frente con la misma precisión con la que un juez golpea el mazo—. La vida no es una pintura perfecta donde nada se ensucia, y así mismo es el matrimonio.
Me quedé callado, frotándome la frente mientras ella me clavaba esa mirada que lee hasta mis pecados de la infancia.
—Luciana quiere un hogar, ella ya te lo había comentado, mijo; no es algo nuevo. Debiste ser sincero en el momento en que ella te lo expresó y no darle vueltas al asunto para ilusionar a la pobre con algo que tú no quieres.
Sentí un vacío en el estómago que no se llenaba ni con todo el sancocho del mundo. Doña Antonia acababa de señalar la falla de mi relación: mi maldita costumbre de posponer las conversaciones difíciles con un chiste o una cena cara.
—¿Y qué tiene de malo ser yo? —balbuceé, sintiendo que hasta el aroma de su comida me juzgaba—. Soy divertido, soy exitoso, ¡Incluso le cumplo todos sus caprichos y la trato como una reina! Hago mi esfuerzo para verla feliz. Se supone que debe decirme que ella es muy injusta conmigo, que soy una joya de marido, que cualquier mujer mataría por un arquitecto atractivo que gana mucho dinero.
—El esfuerzo no cuenta si no escuchas, Sebastián. Además cualquier mujer mataría al marido si lo encuentra subido en el inodoro gritando por una araña de este tamaño —dijo ella, haciendo una seña minúscula con los dedos—. Deja de quejarte. Te voy a traer un sancocho, pero cada cucharada te la vas a comer pensando en porque le dijiste "caprichosa".
—¿También se enteró de eso? —susurré, hundiendo la cabeza en la mesa—. ¿Hay un satélite que transmite mis estupideces directamente a su cocina?
—No necesito satélites, Sebastián. Tengo el grupo de WhatsApp de solo mujeres. Ahora, cómete esto y deja de poner esa cara de perro atropellado. Si quieres recuperar a tu mujer, vas a tener que dejar de ser el payaso de la fiesta y empezar a ser el hombre de la casa.
Me puso un plato de sopa humeante frente a mí.
—Y por lo que más quieras —añadió Doña Antonia antes de irse a la cocina, lanzándome una mirada de advertencia que me heló la sangre—, no se te ocurra ir al club ese con el vago de Fernando a quejarte y a beber. Eso solo va a cavar tu tumba más profundo, mijo.
Me quedé helado con la cuchara a mitad de camino. ¿Cómo sabía ella lo de la reunión? Solo había una explicación lógica, y tenía nombre, apellido y un sentido de la lealtad muy distorsionado.
Gabriel. Maldito sapo.
¿Es que todo se lo tiene que contar a Sera? Parecen una agencia de inteligencia doméstica. Gabriel no puede recibir un mensaje en el grupo de hombres sin que a los cinco segundos ya Sera tenga un informe detallado, un análisis de riesgos y el veredicto final. Y lo peor es que Sera es mucho peor que yo guardando secretos; tiene la discreción de una banda de guerra. Si ella lo sabe, lo sabe Doña Antonia, lo sabe Doña Teresa y, probablemente, ya lo sabe hasta el portero del edificio de Luciana.
“Gracias, Gabriel. Por tu culpa, mi salida por una cerveza ahora es considerada un acto de traición a la patria por el consejo de ancianas”, pensé amargamente mientras le daba un sorbo a la sopa.
El plan de la "Viga de la Pola" había mutado. Fernando, en uno de sus arranques de anfitrión desesperado, decidió que el club era muy público para nuestra miseria y movió la logística a su casa: asado, cervezas y, probablemente, él intentando convencernos de que su nueva decoración "industrial" no parece un taller mecánico abandonado.
Pero antes de la libertad, tuve que pagar mi cuota de hijo adoptivo. Me quedé ayudando a Doña Anto a mover cajas de suministros y costales de verduras que pesaban más que mis culpas. Justo cuando estaba terminando, llegó Doña Teresa con los "Terrenators" de Seraphine: los gemelos de cinco años. Esos niños no caminan, ellos son huracanes y dejan desastres por donde pasan.
—¡Tío Sebas! —gritaron al unísono, lanzándose contra mis piernas como proyectiles guiados por calor.
—¡Hola, demonios! ¡Digo, campeones! —los saludé, tratando de mantener el equilibrio.
Aproveché el caos de los niños para escabullirme. Me quité la camisa empapada de sudor y subí al segundo piso. Sí, tengo llaves de la casa de Mami Anto (soy su favorito, aunque ella lo niegue con sermones) y tengo mi propio arsenal de supervivencia en su habitación de invitados. Mudas de ropa, mis perfumes caros y un cepillo de dientes extra. Uno nunca sabe cuándo Luciana va a decidir que el aire que respiro es ofensivo y me va a exiliar, o cuando Doña Anto se pone terca y decide que a sus más de sesenta años puede pelearse sola con el fogón de leña. Soy el "enfermero jefe" oficial cuando Sera no puede con los Terrenators.
Me duché a la velocidad de la luz, me puse una camisa de lino que gritaba "estoy triste pero sigo siendo guapo" y me eché suficiente perfume como para que me olieran desde el espacio.
Bajé las escaleras como un ninja de las sombras. Mi objetivo: la puerta de la cocina. Tenía que salir de forma rápida, lejana e invisible. Si lograba cruzar el umbral sin que Doña Anto hiciera contacto visual, estaba a salvo.
—Adiós, Doña Anto, la quiero mucho, hablamos luego, ¡qué rica la sopa! —solté en un susurro acelerado, caminando de lado como un cangrejo con prisa, casi pegado a la pared exterior.
Estaba a dos pasos de la libertad cuando su voz me detuvo en seco.
—¿A dónde va tan rápido, hijo? —preguntó Doña Anto sin siquiera despegar la vista de las legumbres que picaba—. ¿Por qué se despidió así, como si me debiera plata? ¿O es que está pensando en no hacerme caso y le da pena mirarme a los ojos?
Me detuve. Mis hombros cayeron. Suspiré con el drama de un arquitecto al que le acaban de rechazar un megaproyecto.
—Ya valí... —murmuré para mí mismo. Me giré despacio—. Doña Anto, usted es mejor que el FBI. Ya sabe para dónde voy. Los muchachos me esperan.
Ella dejó el cuchillo sobre la tabla y me miró con esa calma que solo tienen las madres y las personas que saben que tienen la razón absoluta.
—Ya es decisión suya, Sebastián. Usted es un adulto y sabrá que hace con su vida —dijo—Pero creo que en vez de ir a emborracharse y a decir bobadas con ese Fernando y mi yernito, deberías estar tratando de hablar con tu esposa. Las heridas de la casa no se curan con alcohol, se curan con diálogo.
—Doña Anto, hablar con Luciana ahora es como intentar entrar a la jaula de un león hambriento—repliqué, tratando de recuperar mi carisma—Necesito una tregua. Unas cervezas, relajarme y tal vez pensar mejor las cosas.
—Vayase, pues —suspiró ella, dándome la espalda—.Pero no me vaya a llamar mañana a decirme que el guayabo no lo deja pensar, porque no le voy a hacer comida, sebitas.
Salí del restaurante sintiéndome como un criminal, pero con la meta fija: la casa de Fernando. Necesitaba que alguien me dijera que no era el peor esposo del mundo, aunque fuera mentira.
......................
Llegué a la casa de Fernando con el espíritu por el suelo y el perfume por las nubes. Esperaba encontrar un velorio, pero lo que vi fue el parque de diversiones de soltero. Fernando había transformado su terraza en un cuartel general: luces de neón que no combinaban con nada, una hielera que parecía un ataúd lleno de cerveza y música a un volumen que ya estaba haciendo que los vecinos empezaran a redactar quejas.
Para mi sorpresa, Gabriel no estaba recitando un manual ni corrigiendo a nadie. Estaba sentado en una silla reclinable, con una cerveza fría en la mano y una expresión de "hoy se me olvidó que soy el adulto responsable".
—¡Llegó el mártir del matrimonio! —gritó Fernando, dándome un golpe en la espalda que casi me hace escupir el almuerzo de Doña Anto—. Pásale una pola a este hombre, que tiene cara de que le acaban de confiscar el título de propiedad.
—Déjalo en paz, Fernando —dijo Gabriel, dándole un sorbo a su cerveza y suspirando como si estuviera en un spa—. Sebastián, bienvenido al refugio. Aquí Luciana no puede entrar y las arañas están estrictamente prohibidas por el reglamento de la casa.
Felipe, el pobre pasante, estaba sudando la gota gorda frente a la parrilla con un delantal que decía "Hoy cocina el que manda" (claramente un regalo de broma). Como ninguno de nosotros tiene idea de cómo aliñar una carne sin que sepa a suela de zapato o a carbón puro, Gabriel había tenido que llamar a Sera para que hiciera magia. Ella le mandó un frasco con un menjurje extraño y unas instrucciones por WhatsApp que Felipe seguía como si fuera la Biblia.
—¡Jefe, esto ya casi está! —gritó Felipe, peleándose con un trozo de punta de anca—. Pero la próxima traigan la carne ya lista, ¡casi me quedo sin cejas con este carbón!
Me senté al lado de Gabriel y le arrebaté la cerveza. Necesitaba el frío del vidrio contra mi mano para sentir que seguía vivo.
—Creo que Lu, me va a pedir el divorcio —solté sin anestesia—la escuché anoche hablando conseraphine.
El silencio que siguió fue épico. Fernando dejó de buscar el destapador y Gabriel casi se atraganta.
—¿El divorcio? —preguntó Fernando, acercándose—. Pero si hace dos días estabas diciendo que eran la pareja perfecta. ¿Qué hiciste ahora? ¿Te olvidaste del aniversario? ¿Le pegaste un chicle en el pelo mientras dormía?
—Peor —respondió Gabriel por mí—. Le dijo que un hijo era un "capricho". Básicamente, se lanzó de un avión sin paracaídas.
—Bueno, pero un divorcio es extremo —dijo Fernando, tratando de animar el ambiente—. Seguro lo dijo para asustarte. Las mujeres son así, tiran la bomba para ver si sales corriendo o si te quedas a apagar el fuego. Tú solo tienes que... no sé, comprarle algo caro o desaparecer un par de días para que te extrañe.
—No es tan fácil, Nando —suspiré, mirando el fondo de mi botella—. Me miró con una cara... como si yo fuera un extraño. Como si ya no le hiciera gracia nada de lo que digo.
—Eso es porque eres un idiota, Sebastián —intervino Gabriel, ahora sí en su modo honestidad brutal—. Pero así te adoptamos. Y hoy no vamos a hablar de conflictos matrimoniales y mucho menos de divorcio. Hoy vamos a quemar esa carne, nos vamos a tomar hasta el agua de los floreros y vamos a fingir que somos los dueños del mundo. Nando, ¡Pasa mas cervezas que este hombre tiene hambre de despecho!
—¡Eso! —apoyó Fernando, subiéndole el volumen a la música—. ¡Que empiece el desmadre! ¡Hoy no se llora, hoy se brinda por los que todavía tenemos techo... y por los que lo estamos perdiendo!
Maldito.
Felipe llegó con una bandeja de carne que olía a gloria (gracias a Sera) y nos servimos como si no hubiéramos comido en una semana. Entre bromas pesadas sobre la barriga de Fernando, anécdotas estúpidas de cuando estábamos en la universidad y burlas hacia Felipe por ser el "mandadero" oficial, el ambiente se fue descontrolando.
Empezamos a hablar de cosas sin sentido: de por qué los hombres nunca encontramos nada en la nevera aunque esté frente a nosotros, de quién ganaría en una pelea entre un oso y un tiburón, y de por qué Gabriel es tan aburrido que hasta su perro se duerme cuando le habla.
Por un momento, entre la risa y el humo del asado, se me olvidó que tenía las maletas hechas en mi cabeza. Estaba con mis amigos, siendo un estúpido más, disfrutando de la "pola" y del desorden.
A la quinta cerveza, el cerebro se me puso en modo ahorro de energía y el juicio se me fue de vacaciones. A la décima, acepté la apuesta de Fernando. Nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia ficticia o humana, se debe aceptar una apuesta de un hombre que no tiene nada que perder.
Las cervezas de Fernando debían de tener algo radioactivo, porque no es normal que tres hombres adultos y un pasante terminarán aceptando una apuesta de "valentía" propuesta por el soltero más irresponsable de la ciudad.
—¡Es solo un bar, Sebastián! —gritaba Fernando, tambaleándose—. ¡Si eres tan fiel como dices, vas a entrar ahí y no vas a mirar nada! ¡Es la prueba de fuego!
—¡Yo soy un roble, Fernando! —le respondí, con la lengua más pesada que un bulto de cemento—. ¡Mi fidelidad es... es in-fra-es-tructu-rable!
Y así, por culpa de mi orgullo herido y el de Gabriel, terminamos en el lugar menos indicado para un hombre que está tratando de que no le pidan el divorcio: un club nudista.
Si el infierno tiene sucursal en la tierra, definitivamente tiene luces de neón rosa, olor a perfume de vainilla barato y una música de reggaetón tan fuerte que te hace vibrar hasta los empastes de las muelas. Allí estábamos nosotros, los "hombres de familia", en medio del antro de perdición más grande de la ciudad por culpa de una apuesta con el desgraciado de Fernando.
Yo estaba en modo supervivencia, con una mano tapándome media cara y la otra aferrada a mi cerveza como si fuera un rosario, mientras aplicaba la técnica de supervivencia que inventé en el momento: "Si no miro, no peco".
—¡Dios, ayúdame! —murmuré, tapándome los ojos con una mano y tratando de beber con la otra—. ¡Solo tengo ojos para unos pechos tamaño naranja! ¡Sí, Luciana tiene el tamaño perfecto! Solo esos me tienen que gustar. ¡Aléjenme de las sandías, por favor! ¡Fernando, eres un desgraciado! ¡La próxima vez que apueste contigo, que sea quién se queda callado más tiempo!
—¡Sebastián, no abras los ojos! —me gritaba Gabriel desde su silla, igual de borracho pero en modo "monje puritano"—. ¡Hay mucha piel, Sebas! ¡Mucha piel pecaminosa! ¡Sera me va a matar! ¡Me va a despellejar vivo si se entera de que respiré en este lugar!
—¡Pues no respires, Gabriel! —le respondí, dándole un manotazo al aire—. ¡Aguanta la respiración por la familia!
Fernando, mientras tanto, se ahogaba de la risa. Se burlaba de nosotros dos, los "señores casados", que parecíamos dos niños asustados en una casa del terror.
Pero Gabriel... pobre Gabriel. Él estaba pasando por su propia prueba bíblica.
De la nada, una rubia despampanante, que llevaba puesta menos tela que un pañuelo de bolsillo, apareció frente a nosotros. Se movía como si no tuviera huesos y se detuvo justo frente a mi cuñado.
—Hola, guapo... —le susurró ella, acercándose tanto que Gabriel tuvo que echar la cabeza hacia atrás hasta casi dislocarse el cuello—. ¿Te gustaría un baile privado? Solo tú y yo en aquella esquina oscura...
Gabriel, con los ojos como platos tras sus gafas torcidas y la cara roja por el alcohol, se mordió el labio con una fuerza que casi se lo arranca. Parecía que estaba rezando el Credo en latín.
—No... no, gracias —balbuceó, apretando su vaso de agua—. No puedo. Ya tengo dueña. Y esa dueña tiene un carácter que hace que este lugar parezca un jardín de infancia. Por favor, retírese, señorita.
La mujer soltó una carcajada estridente. Notando que Gabriel estaba más borracho que una uva fermentada, decidió que era el blanco perfecto para jugar. Antes de que él pudiera reaccionar, se le subió encima, sentándose en sus piernas con una agilidad de circo.
—Ah…espera, espera —lanzó Gabriel, entrando en pánico total—. ¡Sera! ¡Sera, perdóname, es una trampa del enemigo!
Se intentó parar al instante con la gracia de un bambi recién nacido, casi tirando la mesa.
—¡Tengo que ir al baño! ¡Tengo que lavarme la cara! —exclamó mientras salía huyendo hacia los sanitarios como si lo persiguiera el mismo diablo.
Yo me estaba riendo de su desgracia hasta que sentí una mano fría en mi hombro. Me giré y me encontré con una pelirroja de fuego que me guiñó un ojo. Mi instinto de preservación (y el miedo a que Luciana me cortara las manos) se activó en milisegundos.
—¡ATRÁS, SATANÁS! —grité, estirando el brazo para mantenerla a distancia como si tuviera una cruz invisible—. ¡Hoy no! ¡Nunca! No quiero conocer todavía el infierno, ya tengo suficiente con el sofá de mi sala. ¡Aléjate de este cuerpo fiel!
En un punto, Gabriel se levantó indignado, acusando a Fernando de querer destruir su reputación de hombre serio, y yo me uní a la protesta porque, honestamente, me sentía como un traidor.
La chica me quedó viendo como si estuviera loco o necesitara ayuda psiquiátrica. Sin perder tiempo, la agarré del brazo con delicadeza pero firmeza y la arrastré un par de metros hasta donde estaba Fernando, que estaba disfrutando del show con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Ten! ¡Te la regalo! —le dije, empujándola hacia él—. ¡Tú ya no tienes alma que salvar, así que diviértete por todos nosotros!
Fernando se rió tanto que casi se cae de la silla.
—¡Son unos cobardes! ¡Mírense, parecen dos monjas en un concierto de rock! ¡Son unos aburridos! —se reía Fernando, brindando con la bailarina que nos miraba como si fuéramos dos especímenes escapados de un manicomio—. ¡Miren la vida, respiren el libertinaje!
—¡Libertinaje mis narices! —rugí, levantándome de la mesa y chocando con una silla—. ¡Fernando, eres una mala influencia! ¡Me voy de este antro de perdición antes de que me aparezca la tentación en persona!
Salimos de ahí a empujones, Gabriel y yo insultando a Fernando en un lenguaje que solo los borrachos entienden. "¡Eres un irresponsable!", "¡Tú no sabes lo que es el amor verdadero!", le gritábamos. Nos separamos de él con una pelea digna de una telenovela barata y nos quedamos solos en una calle cualquiera, tratando de encontrar el auto y claramente las llaves.
Al día siguiente...
Me desperté con la sensación de que un desfile de elefantes había pasado por mi cabeza. Me dolía hasta el pelo. Abrí un ojo y lo primero que vi fue... el asfalto.
Estábamos en una calle residencial, cerca de un parque. Yo estaba tirado en el césped de la acera y Gabriel estaba abrazado a un poste de luz, roncando como si estuviera en un hotel de cinco estrellas. No teníamos camisas (no me pregunten por qué), y yo solo tenía un zapato.
—Gabriel... —susurré, con la boca más seca que un desierto—. Gabriel, despierta. Creo que somos indigentes.
Gabriel abrió los ojos, se ajustó las gafas que milagrosamente seguían en su cara (aunque rotas) y miró a su alrededor con horror.
—Sebastián... —dijo con voz ronca—. ¿Por qué huelo a perfume barato y a humo? ¿Y dónde están nuestras llaves?
—No lo sé —respondí, sentándome con esfuerzo—. Pero tengo catorce llamadas perdidas de Luciana y el grupo de las "Comadres" tiene más de quinientos mensajes.
Miré el teléfono y vi el último video que Fernando había subido al grupo de la oficina en medio del club nudista antes de salir.
—Ya valimos, Gabriel —sentencié, volviéndome a tirar al suelo—. Ya valimos de verdad.