Ella es obligada a tomar el lugar de su hermana en un matrimonio arreglado entre clanes de la mafia
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Capitulo 20
La orquesta comenzó a tocar un vals. Las parejas se formaron en la pista de baile, los vestidos girando al compás de la música. Alma estaba apoyada contra una columna, con una copa de champán en la mano que no había probado, observando cómo el salón se llenaba de movimiento.
Alessandro estaba a unos metros, hablando con Vanessa. Alma no había cruzado palabra con él desde la discusión en el balcón. No quería. No necesitaba.
Entonces él tomó a Vanessa de la mano.
—¿Por qué no bailas con tu esposa? —preguntó Vanessa, y en su voz había un dejo de satisfacción que Alma pudo escuchar incluso desde la distancia.
Alessandro la miró fijamente.
—Porque esta es y siempre será nuestra canción —dijo.
Vanessa sonrió. Tomó su mano. Y comenzaron a bailar.
Alma observó cómo se movían al ritmo de la música, cómo los cuerpos de ambos se ajustaban con la familiaridad de quienes han compartido más de una pista de baile. Alessandro la tomaba por la cintura con una naturalidad que a ella le pareció una bofetada. Vanessa reía, giraba, se dejaba llevar con la confianza de quien sabe que todos la miran.
Y todos los miraban.
—Qué bonita pareja —susurró alguien cerca de Alma.
—Sí, ¿quién es ella? —preguntó otra voz.
—Vanessa Ricci. Fue la novia de Alessandro Moretti hace años. Antes de que se casara con la De Luca.
—¿Y la esposa? ¿Dónde está?
Alma sintió cómo las miradas se dirigían hacia ella. La comparación era inevitable. Vanessa, radiante, feliz, bailando con el hombre que había sido suyo. Y ella, la esposa oficial, sola contra una columna, con una copa que no se llevaba a los labios.
Apretó los dientes.
No debes llorar, se dijo a sí misma mientras hacía fuerza para que las lágrimas no cayeran. No le des ese gusto. No le des ese espectáculo.
Pero las palabras de él seguían resonando en su cabeza. Esta es y siempre será nuestra canción. La había dejado en ridículo. Delante de todos. Delante de la alta sociedad que ahora susurraba a sus espaldas, comparándola con la mujer que sí había sido elegida.
Fuiste la peor inversión.
No. Eso se lo había dicho antes. Pero ahora, viéndolo bailar con Vanessa, la frase le parecía más cierta que nunca.
—¿Me permite esta pieza, bella dama?
La voz la sacó de sus pensamientos. Alma levantó la vista.
Aiden estaba frente a ella, con la mano extendida y una sonrisa que no tenía la arrogancia de los demás. Sus ojos castaños la miraban con calidez, como si no hubiera visto el ridículo que acababan de hacer con ella.
—No soy una bella dama —respondió Alma, con la voz más frágil de lo que quería—. Soy la esposa que dejaron plantada en medio de la fiesta.
—Entonces —dijo Aiden, sin bajar la mano—, permítame bailar con la mujer más interesante de la noche. La que tuvo el valor de escapar al balcón para no aburrirse con nosotros.
Alma sintió cómo algo se aflojaba en su pecho. No era felicidad. Era un respiro. Un pequeño descanso en medio de la tormenta.
Tomó su mano.
—Sí —dijo, y por primera vez en toda la noche, sonrió con sinceridad.
Aiden la guió a la pista con una elegancia que Alma no esperaba. No era un bailarín experimentado como Alessandro, pero había algo en su forma de moverla que la hacía sentir ligera. Como si por un momento pudiera olvidar dónde estaba, quién era, el papel que le habían impuesto.
—Eres buena bailando —dijo Aiden, girándola con suavidad.
—Miento bien —respondió Alma, y la risa que escapó de sus labios fue genuina—. Bailar es más fácil.
—¿Mientes a menudo?
—Todo el tiempo. Es parte de mi trabajo.
Aiden arqueó una ceja, pero no preguntó más. Solo sonrió y la hizo girar otra vez.
Alma se dejó llevar. La música envolvía sus movimientos, el vestido azul giraba a su alrededor, y por un instante, solo por un instante, no era la esposa despreciada, no era el reemplazo, no era la hermana invisible.
Era solo una mujer bailando.
A su alrededor, los murmullos cambiaron.
—Miren qué bonita pareja —dijo alguien.
—¿Quién es él? Es muy guapo.
—Creo que es Aiden Ferrer. El hijo menor de los Ferrer.
—La esposa de Moretti baila mejor de lo que pensaba.
Alma no escuchó los comentarios. No le importaban. Solo quería disfrutar ese momento antes de que terminara.
Alessandro había estado bailando con Vanessa, pero su mente no estaba en la pista. Había visto cómo Aiden se acercaba a Alma. Había visto cómo ella tomaba su mano. Había visto cómo sonreía.
Esa sonrisa.
La misma que le había dado en el balcón. La que a él nunca le había ofrecido.
Dejó de bailar. Vanessa dijo algo, pero él no escuchó. Sus ojos estaban fijos en Alma, que giraba entre los brazos de ese desconocido con una soltura que le revolvía algo en el pecho.
No era amor. No era celos. Era…
No sabía lo que era. Pero no le gustaba.
Apretó la mandíbula y cruzó la pista con paso firme. Los invitados se apartaron a su paso. Nadie quería interponerse entre Alessandro Moretti y lo que fuera que estaba mirando con esa expresión.
Llegó hasta ellos.
—Suelta a mi esposa —dijo, con la voz helada.
Aiden se detuvo. Alma también. La música siguió sonando, pero a su alrededor, el murmullo se hizo más intenso.
—Alessandro —dijo Alma, con la voz tensa—, no hagas una escena.
Él no la miró. Sus ojos estaban fijos en Aiden, que todavía sostenía la mano de Alma.
—Dije que la sueltes.
Aiden soltó la mano con calma. No parecía intimidado, pero tampoco parecía dispuesto a pelear.
—Solo estábamos bailando —dijo, con una sonrisa amable—. No hay nada malo en eso.
—Ella no baila con nadie que no sea yo.
—No me has invitado a bailar en toda la noche —respondió Alma, con la barbilla levantada.
Alessandro por fin la miró. Su expresión era dura, sus ojos oscuros quemaban.
—Ahora mismo te vas a casa.
—¿Qué?
—Dije que nos vamos.
Alma sintió cómo la sangre le hervía.
—Alessandro, estás haciendo una escena. Nos estás dejando en ridículo.
—Entonces vamos —dijo él, furioso, y la tomó del brazo con fuerza.
Alma sintió el dolor en el antebrazo, pero no se quejó. No le daría el gusto.
Aiden dio un paso adelante.
—Señor Moretti, creo que está siendo un poco brusco.
Alessandro lo fulminó con la mirada.
—Esto no es de tu incumbencia.
—Alma es mi amiga —dijo Aiden, y el uso de su nombre, el verdadero, hizo que Alessandro tensara la mandíbula—. Y no me gusta ver cómo la tratas.