Abandonado en una raid urbana, Cael fue dado por muerto.
En las profundidades de una mazmorra oculta, despertó un Sistema prohibido que el mundo jamás debió conocer.
Mientras la ciudad sigue sus reglas…
él aprende a romperlas.
Y cuando regrese, no cambiará el ranking.
Cambiará el sistema.
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Capítulo 1 — El Último en la Fila
La lluvia no caía.
Castigaba.
Golpeaba el asfalto con furia, salpicando barro contra las botas alineadas frente al edificio acordonado. Las luces de emergencia parpadeaban en rojo intermitente, como si la ciudad misma estuviera en agonía.
Diecisiete pisos de concreto gris. Ventanas rotas. Fachada agrietada. Algo en la parte superior era más oscuro que el resto, una oscuridad que no tenía que ver con la noche.
El aire se tensó.
No fue una apertura limpia. El espacio se partió como vidrio bajo presión: un desgarrón ovalado en el piso diecisiete que torció la luz alrededor, dobló las líneas del edificio. El sonido no fue fuerte. Fue profundo. Un crujido que parecía nacer desde dentro del pecho.
Nadie habló.
Cael Verdan tampoco.
La lluvia le corría por el rostro mezclándose con el sudor frío que se negaba a reconocer. El chaleco empapado pesaba como culpa. Su espada colgaba en silencio. Acero común. Nada brillante. Nada especial. Lo mismo que podía decirse del hombre que la cargaba, según el sistema.
Rango F.
El que entra primero. El que absorbe el riesgo. El que nadie cubre.
—Equipo Hale. Formación —ordenó Marcus por el comunicador.
Marcus Hale, rango B. Abrigo reforzado. Postura de quien nunca ha tenido que demostrar nada porque el sistema siempre lo demostró por él. Su voz no dudaba. Nunca lo había hecho.
—Entramos, revisamos el vestíbulo, salimos. Sin heroísmos.
Asentimientos breves.
Luego esa pausa. Esa fracción de segundo que siempre precedía la orden como un cuchillo antes de caer.
—Cael. Adelante.
No fue la lluvia lo que heló el aire.
Fue el silencio del resto.
Lina ajustó la cuerda de su arco con los ojos clavados en el portal. Bren acomodó el escudo como si no hubiera escuchado nada. Nadie protestó. Nadie sugirió rotación. Era tan rutinario que dolía más que cualquier golpe.
—Recibido.
Avanzó.
El portal vibró al acercarse, y el edificio dejó de existir.
En su lugar: piedra negra. Columnas que se perdían en la oscuridad. Un techo que no respetaba ninguna geometría conocida. Runas azuladas latiendo en el suelo como venas de algo todavía vivo.
El aire era más denso. Más antiguo. Como si el lugar llevara siglos esperando que alguien cometiera el error de entrar.
—Ingreso confirmado —murmuró.
La presión llegó primero.
Después la criatura.
Una masa oscura se lanzó desde la sombra lateral sin previo aviso. Cael apenas levantó la espada a tiempo. El impacto le sacudió el brazo hasta el hombro, le vibró el tendón, le chocaron los dientes. La bestia olía a humedad y sangre vieja, a todo lo que el mundo abandonó en lugares como ese.
Rodó a un costado y clavó la hoja en el costado de la criatura. El chillido perforó el aire. La forma se deshizo en humo negro que se pegó a su piel como ceniza caliente.
Otra sombra cayó sobre él antes de que pudiera respirar.
Se lanzó hacia atrás. La piedra le raspó la espalda. Los colmillos le rozaron el hombro.
Dolor. Agudo. Real.
—Contacto múltiple —jadeó—. Solicito entrada.
El comunicador chisporroteó.
—Confirma número y patrón —respondió Marcus.
Cael miró alrededor. Las sombras se movían en varios ángulos. No eran dos. No eran tres.
—¡Estoy rodeado!
Silencio.
No interferencia. No estática. Silencio deliberado, la peor clase.
Algo dentro de él se quebró un poco, tan discretamente que casi no lo notó.
—Entendido —llegó la voz al fin—. Mantén posición.
Mantén posición.
Mientras seis figuras emergían de la oscuridad.
La espada no era elegante ni precisa. Era desesperación convertida en acero. Cada golpe le vibraba en las muñecas, cada impacto le arrancaba aire. Una criatura le saltó al pecho y lo derribó. El peso lo aplastó contra la piedra.
La boca de la bestia se abrió frente a su rostro. Calor fétido. Colmillos.
Cael gritó, empujó con la rodilla, torció la hoja hacia arriba. Sintió resistencia, luego ruptura. Sangre negra le salpicó la cara.
Otra mordida le desgarró el costado.
—¡Apoyo!
Su propia voz se perdió en el sonido del combate. Nadie respondió. Entendió entonces, con la claridad brutal que solo viene cuando ya no hay margen de error, que no iban a entrar. Esperaban que limpiara lo suficiente. O que muriera. Ambas opciones eran igualmente válidas para Marcus Hale.
Se levantó con un gemido, sangre filtrándose bajo el chaleco.
La última bestia se lanzó.
Esta vez no esquivó. Avanzó contra ella, la hoja atravesando cráneo hasta que la criatura se desintegró en humo.
Silencio.
Cayó de rodillas. Le temblaban las manos, no por frío sino por descarga, por todo lo que el cuerpo guarda cuando no tiene tiempo de tener miedo.
—Área asegurada… —susurró.
Las runas del suelo viraron de azul a rojo.
El aire cambió de golpe, como si algo más grande que cualquier bestia acabara de despertar.
—Retirada inmediata —ordenó una voz distorsionada—. Portal inestable.
Cael levantó la vista. La salida se cerraba.
Corrió. Cada paso era un latigazo en el costado. La sangre se le pegaba al torso. El portal se reducía a una franja de luz.
—¡Marcus! ¡No me dejen!
Nadie respondió.
El portal se cerró.
Sin explosión. Sin drama.
Solo ausencia.
Despertó sobre piedra fría.
No vestíbulo. No edificio. Un pasillo largo iluminado por antorchas de luz azul pálido suspendidas en el aire, quietas como si el viento no existiera aquí.
Ni lluvia. Ni comunicador. Ni nadie.
Intentó ponerse de pie y el dolor casi lo derribó de nuevo.
El aire frente a él se fracturó en paneles luminosos que no debían existir.
[Usuario compatible detectado.]
Parpadeó. Pensó que deliraba.
[Estado crítico. Propuesta de Vinculación activa.]
Recordó el silencio por el comunicador. Las miradas que lo evitaban antes de cada misión. La orden sin respaldo. La lluvia cubriendo todo como si nada de lo que le pasara a él tuviera el mínimo peso en el mundo.
—¿Y si digo que no?
[Probabilidad de supervivencia: 3%.]
Una risa corta y amarga escapó de su garganta.
—Claro.
Cerró los ojos un segundo. No había nadie más. No había otra puerta.
—Acepto.
La piedra bajo sus manos vibró. No violento. Profundo, como el pulso de algo que llevaba mucho tiempo esperando a alguien lo suficientemente roto como para decir que sí.
[Vinculación completada.]
[Bienvenido, Usuario Cael Verdan.]
[Habilidad pasiva adquirida: Tenacidad del Caído.]
El dolor no desapareció. Pero dejó de empujarlo hacia el abismo, como si una mano invisible lo sostuviera desde adentro sin preguntarle si lo merecía.
Respiró.
A lo lejos, algo respiró en la oscuridad. No como una bestia. Más grande. Más paciente.
[Inicio de protocolo de Ascenso.]
Cael se limpió el rostro con la manga ensangrentada. No había gloria. No había testigos. Solo piedra, oscuridad, y una decisión que nadie más vería tomar.
Apretó la empuñadura.
Y caminó hacia la sombra.
Si quieren, pueden contarme qué les pareció este capítulo.”