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Marcas De La Infancia

Marcas De La Infancia

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Centrado emocionalmente / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Heimy Zuñiga

No todas las cicatrices se ven en la piel. Algunas habitan en la memoria, en las emociones y en los recuerdos que tratamos de callar. La historia de Liam es un testimonio vivo de esas cicatrices invisibles y de la valentía de ponerlas en palabras.

NovelToon tiene autorización de Heimy Zuñiga para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: Las palabras que no debieron esperar

La libertad tiene un olor extraño cuando no estás acostumbrado a ella. No huele a flores ni a aire puro; para mí, olía a pintura barata y a desinfectante de pino. El apartamento era apenas un rectángulo de cemento con una ventana que daba a un callejón similar al que acababa de dejar, pero tenía algo que el mundo exterior no podía ofrecerme: una cerradura. Pasar la llave por las noches se convirtió en mi única oración. El eco del metal encajando en el marco era el sonido que me permitía, por fin, soltar los hombros.

Durante los primeros meses, el silencio de esas cuatro paredes me resultaba ensordecedor. Estaba tan acostumbrado a dormir con un ojo abierto, que la seguridad me parecía una trampa. Mis vecinos, gente cansada que arrastraba los pies por el pasillo, me miraban con recelo cuando me cruzaban. Notaba cómo aceleraban el paso al ver mis botas sucias o la forma en que evitaba el contacto visual. Para ellos, yo era el inquilino del que no se sabía nada, una sombra que podía traer problemas a un edificio que ya tenía demasiados.

Fue en ese aislamiento donde la idea de terminar el bachillerato dejó de ser un sueño lejano para convertirse en una obsesión. No estudiaba por vocación. No porque creyera en el futuro, sino porque necesitaba una salida. Estudiaba para levantar un muro de papel y diplomas entre mi pasado y yo.

Mi mente seguía siendo un lugar confuso, lleno de pensamientos que chocaban entre sí sin descanso. Aun así, seguí avanzando. Encontré en mi nuevo empleo el refugio perfecto para el cansancio; me entregaba a las tareas más pesadas y repetitivas con una urgencia casi desesperada. Necesitaba que el cuerpo me doliera al final del día para que la cabeza dejara de pensar. El trabajo no era una meta, era mi anestesia.

Fue entonces cuando mi madre se enteró de dónde vivía y de que estaba a punto de graduarme. No tardó en aparecer.

Al abrir la puerta, vi cómo sus ojos recorrían el lugar con espanto. Miró las paredes desnudas y el colchón en el suelo como si estuviera viendo una celda de castigo. Esa mirada me dolió; para ella era miseria, para mí era el palacio que yo mismo había construido. Aun así, la dejé pasar.

Hablamos poco al principio. Ella me observaba como si buscara rastros del niño que había perdido. No tardó en llorar. Me preguntó qué me había ocurrido, qué me había llevado a convertirme en lo que era ahora. Dijo que estaba dispuesta a escucharme. Que esta vez no huiría de la verdad.

—Es un poco tarde para eso —respondí con frialdad.

Pero no se levantó. No cambió el tema. Su silencio fue más insistente que cualquier reproche, y algo dentro de mí cedió.

—Si te lo digo... no te vayas a enojar conmigo —advertí.

Hablar me costó más de lo que imaginé. Las palabras no salían ordenadas. Se atoraban. Me rasgaban por dentro. Le conté lo que había pasado con mi tío a fragmentos, con pausas largas, con la voz rota. Vi cómo su rostro se desmoronaba, cómo sus manos temblaban mientras se cubría la boca para no gritar. El horror en sus ojos era real, y por primera vez, no sentí que me juzgara, sino que finalmente me veía.

Yo también lloré.

No como un niño. Lloré como alguien que por fin soltaba un peso que había cargado demasiado tiempo. Decirlo en voz alta fue como romper cadenas invisibles. Dolió. Pero también alivió.

Mi madre me abrazó.

Esta vez no me aparté.

Su olor a detergente y a hogar me golpeó de lleno, y por un segundo, el muro que había construido alrededor de mi cuerpo se sintió un poco menos sólido. Me pidió perdón una y otra vez. No intentó justificarse. No buscó excusas. Solo me sostuvo, como debió hacerlo años atrás.

Cuando el llanto se calmó, me dijo que quería ayudarme a entrar a la universidad. Que hablaría con mi padre. Que esta vez no guardaría silencio.

Los meses siguientes fueron una guerra silenciosa. Conversaciones cortas, miradas cargadas de culpa, intentos torpes de normalidad. La sanación no fue rápida ni limpia, pero cumplí mi palabra: seguí adelante.

Pasó un año.

Conservé el trabajo y terminé mis estudios. Antes de matricularme, mi padre pidió verme. El despacho de mi padre era un monumento al orden y al poder. Me senté frente a él sintiéndome como un insecto bajo un microscopio. Su mirada seguía siendo la misma: fría, distante, calculadora. Me observó como quien analiza una inversión de alto riesgo que preferiría no haber hecho. Me dejó claro que solo accedía por insistencia de mi madre. Que no confiaba en mí. Que si me metía en problemas, me retiraría toda ayuda sin dudarlo.

No discutí.

No pedí comprensión.

Acepté porque lo necesitaba. No por él, ni por su aprobación, sino porque esa ayuda era una herramienta, una salida. Él me usaba para mantener la imagen de padre correcto; yo lo usaba para escapar definitivamente de la miseria. Era un trato silencioso y conveniente para ambos.

Con algo de dinero logré limpiar mi historial judicial de faltas menores. Aun así, impuso una última condición: debía entregarle mis notas cada semestre. Excelentes, sin excepción.

Elegí arquitectura. Siempre me habían gustado las matemáticas y el dibujo. Mi padre me observó en silencio unos segundos antes de asentir.

El primer día en la universidad estaba nervioso. Mi madre me compró ropa nueva y me obligó a cubrir los tatuajes con una camisa de manga larga. Me arregló el cabello. Cuando me vi en el espejo, apenas me reconocí. No era el chico de la calle, pero tampoco el niño de antes. Era alguien en tránsito.

Sabía que esa fuerza no había surgido sola.

Venía de una noche oscura.

De una sonrisa ingenua.

De una muchacha llamada Hazel.

Había pasado casi un año desde la última vez que la vi. Aun así, su recuerdo seguía intacto. A veces me molestaba traer su voz a la memoria... y, sin embargo, también me resultaba cálido.

Como si, sin saberlo, ella hubiera sido el primer hilo que me sostuvo cuando todo lo demás se rompía.

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señorita_cash
.
señorita_cash
que personal..
Yorjany González Rodríguez
bien sigue haci pero trata de que cuando termines un capitulo el siguiente lo continue desde donde se quedo /Slight/
Heimy Zuñiga: Jaja muchas gracias... lo tendré en cuenta de ahora en adelante 👏
total 1 replies
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