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Mi Sexy Sensei

Mi Sexy Sensei

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Maestro-estudiante / Profesor particular
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: valeria isabel leguizamon

Nanani fue plantada en el altar y causa de eso cayó en depresión su padre la obligará a tomar clases de arte marciales, Pero ella odia a su sensei o... eso cree

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Capitulo 2

Los días siguientes en el dojo se convirtieron en mi nuevo pasatiempo favorito: molestar a Kai hasta volverlo loco.

—Sensei, por favor, la próxima vez no hagas abuso de poder —me imitó Kai un día, con una voz de quejido tan exagerada que hasta él mismo sonrió.

—¡Cuando yo...! —intentó defenderse, señalándome con el dedo, pero ya era tarde.

Había salido corriendo como una niña traviesa, escondiéndome detrás de una columna mientras mis carcajadas resonaban en todo el dojo. Kai negó con la cabeza, pero algo en su expresión me decía que no le molestaba tanto como aparentaba. De hecho, creo que vi una sonrisa antes de que girara la cara.

Maya me esperaba en la salida, como siempre, con esa sonrisa cómplice que empezaba a preocuparme seriamente.

—Veo que se estuvo divirtiendo, señorita —dijo, con el tono de quien ya sabe la respuesta antes de preguntar.

—¡Para nada! —exageré, cruzando los brazos con fingida indignación—. Fue horrible. Me arrojó al suelo así como si nada. Me duele todo el cuerpo. Es un ogro. Un cavernícola. Un... un sabelotodo insoportable.

—El sensei es tan sexy —me interrumpió Maya, llevándose las manos al pecho con un suspiro dramático—. ¿Vio esos músculos cuando la levantó el otro día, señorita? Esos brazos. Ese torso. Dios santo, parece sacado de un drama.

Me detuve en seco.

—No es tan lindo —respondí automáticamente, pero algo en mi voz dudó—. Aunque... tiene lo suyo, supongo.

Maya abrió los ojos como platos y soltó una risita que no me gustó nada.

—Ay, señorita. Ay, ay, ay. Esto se pone bueno.

—¡Cállate, Maya! —bufé, y me subí al auto con la mayor dignidad que pude reunir, aunque sentía las mejillas un poco calientes.

Llegué a la mansión con la firme intención de darme un baño caliente, pedir algo de comer y olvidar que Kai existía por al menos unas horas. Pero al pasar por mi vestidor, algo me detuvo en seco.

El vestido de novia seguía ahí.

Colgado en el fondo del armario, como un fantasma que se negaba a desaparecer. Como un recordatorio constante de todo lo que había perdido. Bajé la mirada y vi las fotografías del álbum que había sacado días antes sin recordarlo. Takumi y yo en la escuela, con los uniformes arrugados y sonrisas de adolescentes. Takumi y yo en nuestra primera cita oficial, comiendo helado en un parque. Takumi arrodillado, pidiéndome matrimonio bajo un cerezo en flor.

Takumi. Mi primer amor. Mi único amor. El hombre con el que crecí, con el que compartí cada etapa de mi vida. Desde los 15 años hasta los 25. Una década entera. Diez años de promesas, de sueños compartidos, de planes a futuro.

Diez años convertidos en nada.

El aire se volvió pesado, casi irrespirable. Sentí que el pecho me comprimía y las rodillas me fallaron. Me senté en el suelo, abrazándome las piernas, y las lágrimas comenzaron a caer sin control. Otra vez. Siempre otra vez. El dolor regresaba como una marea que no entendía de treguas, que no respetaba mis intentos de seguir adelante.

¿Por qué, Takumi? ¿Por qué me hiciste esto?

La pregunta llevaba meses sin respuesta.

No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que cuando desperté, estaba en mi cama, envuelta en sábanas como un capullo, y la luz del día entraba por la ventana lastimándome los ojos.

A la mañana siguiente, los golpes en mi puerta me sacaron de una modorra pegajosa, de esas que dejan el cuerpo pesado y la mente nublada.

—Señorita, es hora de ir a sus clases de artes marciales —la voz de Maya sonaba esperanzadora al otro lado, como si realmente creyera que yo iba a cooperar.

—No quiero. Vete.

Me tapé hasta la cabeza con las sábanas, construyendo una fortaleza contra el mundo. No quería levantarme. No quería desayunar. No quería ver a nadie. Especialmente no quería ver a cierto instructor de karate con sonrisa irritante y manos que hacían cosas raras en mi estómago cada vez que las recordaba.

Otra vez no, pensó Maya desde el pasillo. Su corazón se encogió al ver señales que conocía demasiado bien. No podía permitir que su señora volviera a ese pozo del que tanto había costado salir.

Sin dudarlo un segundo, corrió al club.

—¡Sensei! —lo encontró justo cuando comenzaba a preparar la clase matutina, con su uniforme blanco impecable y el cabello aún húmedo—. ¡Sensei, Nanami no quiere salir de su habitación y se niega a desayunar! Creo que está recayendo otra vez.

Kai sintió un vuelco en el pecho. Recordó su promesa al señor Joong. Recordó la imagen de Nanami riendo mientras huía de él en el dojo. Recordó sus ojos desafiantes, su sonrisa traviesa, la forma en que se iluminaba cuando lograba molestarlo.

No. No iba a permitir que esa luz se apagara.

—¿Tienes la llave de su habitación? —preguntó con una determinación que sorprendió incluso a Maya.

—Sí... las tengo, sensei —respondió ella, confundida pero esperanzada—. ¿Pero qué va a hacer?

Kai no respondió. Solo tomó las llaves que Maya le tendió y salió disparado hacia la mansión, que quedaba a una esquina del club. Maya corría detrás de él, con sus tacones haciendo clac-clac contra el pavimento, sin poder alcanzar sus largas zancadas.

—¡Sensei, ¿qué hace?! —preguntaba sin aliento—. ¡No puede irrumpir así en la habitación de una dama!

Él no respondió. Solo aceleró el paso.

Llegó a la mansión como un vendaval. Los sirvientes lo vieron pasar sin atreverse a detenerlo, confundidos ante la expresión decidida del instructor.

—¿En dónde está su habitación? —preguntó a Maya, que finalmente lo alcanzaba jadeando y sujetándose el costado.

—Sí... venga conmigo —respondió ella, señalando las escaleras de mármol—. Su habitación está arriba, a la derecha. La última puerta.

Kai subió los escalones de dos en dos y se detuvo frente a la puerta. Golpeó con los nudillos, firme pero sin violencia.

—Levántate. Vine por ti.

Silencio.

—No quiero. Vete —la voz de Nanami llegó amortiguada, pequeña, tan diferente a la chica que lo retaba a diario. Una voz quebrada que le atravesó el pecho como un cuchillo.

—Vamos, Nanami. Vine por ti. Por favor —insistió, golpeando de nuevo, más suave esta vez.

Nada. Solo silencio y, al fondo, un sollozo ahogado que ella intentó disimular.

—Bien. Tú me obligaste.

Giró la llave en la cerradura y abrió la puerta.

Lo que vio le partió el alma en mil pedazos.

El vestido de novia, ese símbolo de sueños rotos, de promesas incumplidas, yacía en el suelo, rasgado y pisoteado como si ella hubiera descargado toda su furia contra él. Había fotografías esparcidas por todas partes: Nanami con un hombre joven, abrazados, felices, sonriendo a la cámara como si el futuro les perteneciera.

Takumi. Ese era Takumi.

Y en la cama, hecha un pequeño bulto bajo las sábanas, estaba Nanami. Apenas se notaba su silueta, encogida, intentando ocupar el menor espacio posible en el mundo.

Kai se acercó lentamente, cuidando de no pisar los restos del vestido ni las fotografías. Se sentó en el borde de la cama y retiró la cobertura con una suavidad que ni él mismo sabía que poseía.

Ella lo miró con ojos hinchados, casi irreconocibles. Ojeras profundas, el cabello hecho un nido, la piel pálida. Había estado llorando. Mucho. Tanto que ya no le quedaban lágrimas, solo ese vacío que lo consume todo.

Y en su mirada no había ni rastro de la chica traviesa que lo volvía loco.

Solo dolor.

Solo Takumi.

Solo diez años de amor convertidos en cenizas.

—Vamos, Nanami —susurró él, con una voz tan tierna que contrastaba con todo lo que ella conocía de él.

Y sin pedir permiso, la levantó en vilo y la colocó sobre su hombro como si fuera un saco de papas.

—¡No! —ella reaccionó al instante, pataleando con furia—. ¡Bájame ahora mismo! ¡No tienes derecho!

Kai ignoró sus protestas y comenzó a bajar las escaleras con paso firme. Maya, que observaba desde el pasillo con los ojos como platos, tuvo que morderse los labios para no reír. La imagen era demasiado absurda: el serio instructor de karate cargando a su señora como un trofeo de caza mientras ella pataleaba y lo golpeaba en la espalda con los puños.

—¡Te dije que me bajes! ¿No me escuchas? —gritó Nanami, completamente roja de vergüenza y furia—. ¡Suelta, monstruo!

—No te voy a bajar hasta que lleguemos —respondió Kai con una calma olímpica, ajustándola en su hombro para que no resbalara.

Todos en la mansión se detuvieron a mirar la procesión. Los jardineros con sus tijeras a medio camino, los guardias de seguridad petrificados, el personal de servicio asomándose por las ventanas. Nadie podía creer lo que veían. La hija menor del CEO Joong, la modelo más famosa del país, siendo transportada como un costal de arroz por un instructor de karate.

—Esto es humillante —murmuró Nanami, enterrando su rostro en la espalda de Kai para que nadie viera su vergüenza—. Te voy a odiar para siempre.

Él sintió el calor de su mejilla contra su camisa y, sin saber por qué, apretó suavemente la mano que la sujetaba.

—A veces hay que tocar fondo para recordar que se puede volver a la superficie —dijo en voz baja, solo para ella.

Nanami dejó de patalear.

Por un instante, solo por un instante, dejó de luchar.

---

Llegaron al dojo con todos los alumnos ya formados, esperando el inicio de la clase. Kai entró con Nanami todavía sobre su hombro y la depositó con cuidado en el tatami, como si fuera un objeto frágil.

—Bien —anunció, ajustándose el uniforme como si nada hubiera pasado—. Ahora sí podemos continuar con la clase.

Los murmullos no se hicieron esperar. Los alumnos se cuchicheaban entre ellos, señalando a Nanami, que estaba en el suelo con el cabello revuelto, la ropa arrugada y una expresión de incredulidad absoluta.

—¿Qué miran? —gruñó ella, poniéndose de pie con la poca dignidad que le quedaba—. ¿Nunca vieron a alguien ser secuestrada para venir a hacer ejercicio? ¡Es la nueva modalidad, idiotas!

Kai la miró con una sonrisa que intentaba parecer seria, pero los ojos le brillaban de una forma que delataba algo más.

—A calentar. Todos. Ya.

Nanami lo fulminó con la mirada, pero algo en su pecho se sentía diferente. Más ligero. Como si al ser arrastrada fuera de su habitación a la fuerza, también hubiera dejado atrás un poco de esa oscuridad que la consumía.

Maya observaba desde la entrada, con una mano en el pecho y una sonrisa de oreja a oreja.

—Esto es mejor que cualquier drama —susurró—. Señorita, no lo deje ir. Por favor, no lo deje ir.

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Maribeth Minotta
sensei se astuto
Dark
que idiota Kai...Espero q cuando veas q alguien quiero algo serio,sufras.
Dark
"Que idiota eres Kai" Ya te veremos sufrir y espero no hagas algo q la lastime.
Ana Farias
poq no siguen publicando😭😭
RiYue87🇻🇪
pero quién te entiende niña, 🤷🤷🤷 primero lo alejas, y ahora con dudas 😅😅😅
RiYue87🇻🇪
hay mija eso ni tú te lo crees, me le vas a romper el corazón al sensei 😭😭😭
🇻🇪🌹❤️‍🔥Yoleida🔥❤️🇻🇪🤩😍
lo coreanos o japoneses no son morenos 🤔
Maribeth Minotta: yo lo vi también Moreno 🥰🥰🥰🥰👏
total 1 replies
Maribeth Minotta
y me gusta
Maribeth Minotta
papacito hay que ricooooooo🥰🥰🥰
🇻🇪🌹❤️‍🔥Yoleida🔥❤️🇻🇪🤩😍
mi niña acaso tu ex estaba más bueno que Kai, o que Henry Cavill, o Can Yaman no entonces. arriba ese ánimo la vida sigue dale gracias a Dios que se fue antes y no después de casado mira se que duele pero morir por un hombre no mija no vale la pena.
🇻🇪🌹❤️‍🔥Yoleida🔥❤️🇻🇪🤩😍
hasta yo pagaría brinquitos detrás de él 😁
🇻🇪🌹❤️‍🔥Yoleida🔥❤️🇻🇪🤩😍
Kai enséñame quiero que me des como saco de boxeo en la cama 😃
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