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Ecos Del Tercer Cielo

Ecos Del Tercer Cielo

Status: En proceso
Genre:Demonios / Ángeles / Fantasía épica
Popularitas:111
Nilai: 5
nombre de autor: Maicol Castañeda

Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.



NovelToon tiene autorización de Maicol Castañeda para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL SILENCIO QUE FORJA - EL DRAGON

El guía descendió sin pronunciar palabra y dejó a Dervis frente a la entrada de una caverna imponente, tan grande que parecía la boca abierta de una criatura ancestral esperando devorarlo. No hubo advertencias ni consuelo. Solo una mirada profunda, serena, y luego su figura se desvaneció como humo en el aire. Antes de que el niño pudiera reaccionar, la roca tras él se cerró con un estruendo grave que retumbó en sus huesos. La oscuridad lo envolvió por completo. No era penumbra ni sombra parcial, era una ausencia total de luz que anulaba incluso la silueta de sus propias manos. El aire era pesado, denso, como si llevara siglos atrapado allí dentro, y cada respiración parecía un esfuerzo prestado.

Dervis avanzó con pasos inseguros, extendiendo los brazos para no chocar contra nada. El eco de sus movimientos regresaba deformado, como si la montaña lo imitara con lentitud. El frío se filtraba por su ropa, se metía en sus huesos, lo hacía temblar sin control. En ocasiones escuchaba el aleteo repentino de murciélagos o el crujir de rocas desplazándose en la profundidad, sonidos que en la oscuridad absoluta parecían amenazas vivas. Intentó hablar, pero su propia voz le resultó extraña, pequeña, frágil. Las primeras noches fueron una prueba insoportable; el miedo no era solo una emoción, era una presencia constante que respiraba junto a él. Hubo un momento en que, agotado y confundido, se acurrucó entre piedras húmedas, se cubrió los oídos y dejó escapar el dolor que no había querido mostrar cuando fue separado de sus padres.

—¡Quiero estar en casa!… ¡Mamá!… ¡Papá!… —su llanto rebotó en las paredes y regresó a él convertido en un eco distante.

Nadie respondió. Nadie abrió la caverna. Nadie lo rescató. La desesperación lo acompañó durante lo que parecieron días interminables. El hambre comenzó a morderle el estómago, la garganta se le secaba con facilidad y el frío dejó de ser un sobresalto para convertirse en un estado permanente. Por momentos pensó que el guía lo había abandonado, que tal vez no era digno de la prueba, que tal vez aquel lugar sería su tumba. Pero en medio de ese abatimiento, una memoria se abrió paso con claridad inesperada: la voz de su padre enseñándole a orar en silencio, la frase que tantas veces había escuchado cuando algo parecía imposible.

Cuando todo se oscurece, hijo… es porque debes buscar la luz desde dentro.

Las palabras no iluminaron la caverna, pero iluminaron su pensamiento. Esa noche no lloró. Se arrodilló sobre la roca áspera, cerró los ojos y respiró con lentitud, dejando que el aire frío entrara y saliera sin resistencia. Su oración fue un susurro apenas audible, una confesión sincera más que un pedido desesperado. No hubo respuesta visible, pero algo en su interior se aquietó. El miedo no desapareció, sin embargo dejó de dominarlo. A partir de entonces comenzó a moverse con intención. Ya no caminaba a ciegas dando pasos torpes, exploraba. Tocaba las paredes y memorizaba texturas, contaba la distancia entre grietas, identificaba corrientes de aire que indicaban túneles más amplios. Descubrió pequeños depósitos de agua filtrada entre las rocas y aprendió a sobrevivir con lo mínimo. El silencio dejó de ser enemigo; empezó a escucharlo como quien escucha una enseñanza antigua.

El tiempo pasó sin calendarios ni amaneceres que lo marcaran, pero su cuerpo cambió. La figura frágil del niño se estiró y ganó firmeza; los brazos que antes temblaban al sostener una piedra ahora escalaban muros húmedos con determinación. Sus piernas se fortalecieron recorriendo túneles interminables, y su voz, cuando hablaba, era más profunda y estable. La oscuridad ya no le provocaba pánico; la entendía. Aprendió a orientarse por el sonido, por la vibración del suelo, por la manera en que el aire rozaba su piel. Hubo enfrentamientos también. Criaturas nacidas de las profundidades intentaron cazarlo, seres reptilianos que se guiaban por el movimiento y el calor. En uno de esos encuentros, una bestia colosal emergió del subsuelo con mandíbulas que chasqueaban en la negrura. El miedo quiso apoderarse de él como en el pasado, pero Dervis no corrió sin pensar. Escuchó la respiración pesada de la criatura, midió el espacio, sintió una corriente de aire que se colaba por un pasadizo estrecho y utilizó ese conocimiento para atraerla hacia un punto donde su enorme cuerpo quedó atrapado. Con precisión y paciencia, atacó hasta que el rugido se convirtió en silencio. No fue la fuerza lo que lo salvó, fue la comprensión.

Los años terminaron de moldearlo. La soledad dejó de doler y se transformó en disciplina. Pasaba largas horas sentado en meditación, controlando su respiración hasta que el frío parecía distante y la oscuridad ya no pesaba. Fue en una de esas meditaciones profundas cuando lo sintió por primera vez: una corriente suave recorriendo sus palmas, un cosquilleo que no provenía del exterior. Abrió los ojos y un tenue resplandor azul brotó de sus manos, iluminando apenas su rostro. No era un fuego abrasador como el de su hermano; era una luz serena, estable, limpia. Comprendió entonces que aquello no venía de la caverna ni de algún poder oculto en la roca, sino de su propio espíritu fortalecido. Canalizó esa energía con calma, dejó que creciera al ritmo de su respiración y extendió el brazo. Un rayo azul salió disparado, impactó contra la pared y la roca se resquebrajó con un estruendo que sacudió los túneles. Por la grieta comenzó a filtrarse un haz de luz natural que cortó la oscuridad como una espada.

Cuando la claridad tocó su rostro, Dervis vio por primera vez el espacio que lo había contenido durante tantos años y, en el reflejo de un charco, se vio a sí mismo. Ya no era el niño tembloroso que había entrado allí con miedo y lágrimas; era un joven de postura firme, mirada profunda y ojos encendidos con un brillo azul que no titubeaba. La oscuridad no lo había consumido, lo había revelado. Detrás de él, el guía apareció en silencio, observándolo no con distancia sino con aprobación. No hizo falta un discurso largo; la presencia misma era reconocimiento. Dervis inclinó ligeramente la cabeza y comprendió que la prueba nunca fue soportar la falta de luz, sino descubrir que siempre la llevó dentro. Sobre la roca fracturada, el contorno luminoso de un dragón comenzó a dibujarse con el mismo resplandor azul que emanaba de sus manos, símbolo de que el silencio había cumplido su propósito. En el corazón de la caverna no solo sobrevivió un niño abandonado; nació el guardián que aprendió a iluminar incluso la noche más cerrada.

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