Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.
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10
Natalie no esperó a que cerraran el círculo.
Se movió en el mismo instante en que los dos hombres dieron el primer paso. No hacia atrás, como esperaban, sino hacia un lado, rompiendo la simetría del ataque. La galería era estrecha, llena de tapices viejos que absorbían el sonido. Perfecto para ocultar errores. Letal para quien no supiera moverse en espacios cerrados.
El primero atacó con una hoja corta, rápida, directa al vientre. Natalie giró la cadera, dejó que la hoja pasara rozándole el costado y golpeó con el codo la muñeca del hombre. Oyó el chasquido seco de un hueso maltratado. No soltó el arma, pero perdió fuerza.
El segundo fue más listo. No atacó. Cerró la salida.
—No la matéis —ordenó Anya con voz tranquila—. Aún me sirve viva.
Eso fue lo único que Natalie necesitaba oír.
Retrocedió dos pasos y tiró de uno de los tapices con toda su fuerza. La tela, podrida por los años, cedió de golpe. El peso cayó sobre el primer hombre, arrastrándolo al suelo. Natalie aprovechó el instante, se lanzó contra el segundo y le clavó los dedos en los ojos. No con rabia. Con precisión.
Gritó. Ella no.
Se separó de él justo cuando el primero conseguía incorporarse, sangrando por la frente. Natalie retrocedió hasta quedar a la altura de Anya. Demasiado cerca.
—¿Sabes qué es lo peor de matarme? —dijo Natalie, respirando con dificultad—. Que no sabes a cuántos les he hablado ya.
Anya ladeó la cabeza, evaluándola como si fuera una pieza defectuosa.
—Bluff.
Natalie sonrió.
—Tal vez.
Sacó algo del interior de su manga y lo lanzó contra el suelo. No era una bomba. Era peor. Un frasco pequeño. El vidrio se rompió y un olor acre, metálico, llenó la galería.
Los hombres retrocedieron al instante.
—No es mortal —dijo Natalie—. Pero os dejará ciegos durante horas. Y con náuseas durante días.
Anya dio un paso atrás por primera vez.
Natalie no la siguió. Corrió.
Salió de la galería por una puerta lateral que daba a los pasillos de servicio. El corazón le golpeaba el pecho con violencia, pero su mente estaba fría. Ya no había margen para la sutileza. Anya había mostrado la mano. Y había sangre sobre ella.
Giró a la izquierda, luego a la derecha, bajó dos tramos de escaleras y atravesó una despensa vacía. Allí se detuvo apenas un segundo para escuchar.
Pasos. Muchos. Voces bajas. Órdenes.
La caza había comenzado de verdad.
Natalie avanzó hacia el ala vieja del palacio, la parte que nadie usaba desde el incendio de hacía décadas. Los muros estaban agrietados, los suelos desnivelados. Perfecto para perder a alguien que no conociera el terreno.
Mientras corría, la imagen de Marwen volvió a su mente. No como un cuerpo, sino como una presencia constante, silenciosa. Natalie apretó los dientes.
—No va a quedar así —susurró.
Al llegar a una intersección, se detuvo en seco. Alguien estaba allí.
Lysandro.
No llevaba armadura completa. Solo la espada y el gesto tenso de quien ha llegado tarde a algo importante.
Durante una fracción de segundo, Natalie pensó en huir. No lo hizo.
—Te ha encontrado —dijo él, sin rodeos.
—Me ha probado —respondió Natalie—. Y ha fallado.
Lysandro miró la sangre en su manga, el rasguño en su mejilla.
—Ha matado a una cocinera —añadió ella—. Para llamarme.
Los ojos de Lysandro se endurecieron.
—Entonces ya no es una conspiración —dijo—. Es una purga.
Se oyó un grito a lo lejos. Órdenes más claras. Estaban cerrando el ala.
—Tienes que salir del palacio —dijo Lysandro—. Ahora.
—No —respondió Natalie sin dudar—. Si salgo, Anya controla la narrativa. Necesito que me persiga. Que se equivoque otra vez.
—Te va a matar.
—Va a intentarlo —corrigió ella—. Y eso la va a exponer.
Lysandro dio un paso hacia ella, bajando la voz.
—Hay un pasadizo bajo la capilla vieja. Te llevará fuera… o al corazón del ala noble, según qué puerta elijas.
Natalie lo miró fijamente.
—¿Cuántos saben de él?
—Demasiados —admitió—. Pero no todos saben cuándo usarlo.
Las voces estaban cerca ya. Antorchas iluminando el corredor.
Natalie asintió.
—Entonces escucha bien —dijo—. Si no salgo de aquí antes del amanecer, quiero que entregues esto a Raoul.
Le puso algo en la mano. Un pliego doblado, sellado solo con cera negra.
—¿Qué es? —preguntó Lysandro.
—El error de Anya —respondió ella—. El primero que no podrá borrar.
Se separó de él sin despedirse y corrió hacia la capilla.
Detrás, el palacio de Valthoria se llenaba de luz, de pasos y de miedo.
Y Lady Anya acababa de aprender una verdad que siempre llegaba demasiado tarde:
cuando conviertes una caza silenciosa en una guerra abierta, ya has empezado a perder.
Natalie comprendió que algo iba mal antes incluso de saber qué había cambiado.
Fue una ausencia lo que la alertó.
El pasillo lateral que conducía a las dependencias de Sonya estaba demasiado limpio. Demasiado silencioso. Las antorchas seguían encendidas, los tapices en su sitio, pero faltaba ese murmullo leve que siempre acompañaba a una residencia habitada: pasos amortiguados, el roce de una falda, una respiración detrás de una puerta cerrada. Natalie avanzó despacio, con el pulso tenso, sintiendo cómo el castigo de Anya todavía ardía bajo su piel como una advertencia reciente.
Se detuvo frente a la puerta.
No había guardia.
El corazón le dio un golpe seco.
Empujó con cuidado. La puerta cedió sin resistencia.
La habitación estaba intacta… y vacía.
La cuna seguía allí, perfectamente colocada junto a la ventana, con las mantas dobladas con una pulcritud casi cruel. No había señales de lucha, ni objetos volcados. Sonya tampoco estaba. Natalie recorrió el cuarto con la mirada, registrando cada detalle con una atención que rozaba la desesperación. El arcón estaba abierto. Faltaban ropas. Faltaban pañales. Faltaba el pequeño amuleto de protección que Sonya nunca se quitaba del cuello del niño.
No era un secuestro precipitado.
Era una retirada planificada.
Natalie cerró los ojos un segundo. El aire le supo a hierro.
Anya se adelantó.
No solo había golpeado primero; había movido la pieza más frágil del tablero sin dejar rastro. El niño no estaba muerto —eso lo sabía con una certeza instintiva—, pero ya no estaba donde Natalie podía protegerlo. Y si Anya lo había movido, era porque el tiempo se había agotado.
La idea la atravesó con una claridad brutal.
El veneno.
No días. No semanas. Horas.
Natalie salió de la habitación sin mirar atrás, caminando rápido ahora, con la cabeza baja, como si aún fuera una sombra más entre los pasillos del palacio. Cada paso le confirmaba lo que ya sabía: Anya no necesitaba seguir fingiendo. Había asegurado al niño, había neutralizado a Natalie públicamente y ahora solo quedaba cerrar el último acto.
El rey no llegaría al amanecer.
El pensamiento no le provocó pánico. Le provocó una calma peligrosa.
Se refugió en una galería secundaria, apoyando una mano contra la pared de piedra para obligarse a respirar. Pensó en el diario robado, en las páginas manchadas de verdades incómodas. Pensó en Sonya, en el miedo silencioso de una madre que había aprendido a obedecer para sobrevivir. Pensó en Lysandro, en su error, en la grieta por la que Anya había entrado.
Y pensó en sí misma.
En lo que aún podía hacer.
No podía salvar al rey con palabras. No podía esperar a que el príncipe reaccionara. Si el veneno estaba activo, solo quedaba una opción: forzar la revelación antes de que el cuerpo del rey se convirtiera en prueba muda.
Natalie se enderezó.
Anya había cambiado el objetivo. Bien. Natalie también lo haría.
Si el niño estaba oculto, era porque Anya pensaba usarlo después: como moneda, como amenaza o como herencia silenciosa. Eso le daba tiempo… pero no mucho. El verdadero reloj estaba latiendo en las venas del rey, invisible, implacable.
Natalie comenzó a moverse de nuevo, esta vez con rumbo claro.
No hacia Sonya. No hacia Lysandro. No hacia los pasadizos.
Hacia el corazón del palacio.
Si el rey iba a morir, no lo haría en silencio.
Y si Anya creía haber ganado adelantándose, estaba a punto de descubrir que el golpe más peligroso no era el primero… sino el último.
Natalie cruzó el umbral de la galería principal con la sensación de estar entrando en un lugar que ya no le pertenecía.
El palacio seguía respirando con su rutina habitual: criados que se deslizaban con bandejas de plata, nobles que murmuraban tras abanicos y capas, el eco de pasos que no se detenían a escuchar. Nadie parecía percibir el pulso acelerado que marcaba el final de algo. Nadie, salvo ella.
Cada paso era un cálculo. Cada esquina, una posible emboscada.
Sentía el cuerpo aún resentido por el golpe de Anya, no tanto por el dolor físico como por lo que había significado: una declaración abierta de poder. Ya no se trataba de influencias ni de susurros; Anya había cruzado la línea. Y Natalie también lo haría.
No podía irrumpir en la cámara del rey sin pruebas visibles. No aún. Necesitaba tiempo, aunque fuera mínimo, y necesitaba testigos. Si el rey moría solo, el relato sería el de Anya. Si moría rodeado, observado, examinado… el relato podía fracturarse.
Se detuvo ante una puerta lateral que daba acceso a las estancias de los sanadores reales.
El olor a hierbas secas y ungüentos la recibió de inmediato. Dentro, dos aprendices hablaban en voz baja. Natalie no pidió permiso.
—El rey empeora —dijo, sin rodeos.
Ambos se sobresaltaron.
—Mi señora… —empezó uno, inseguro.
—No es una pregunta —continuó ella—. ¿Ha vomitado? ¿Tiene fiebre?
El más joven tragó saliva.
—Desde hace una hora… no retiene líquidos. Y… hay rigidez en las manos.
Natalie sintió cómo la sangre se le enfriaba.
Rigidez. Espasmos. Evolución rápida.
No era un veneno lento de desgaste. Era uno diseñado para acelerar en el momento preciso.
—¿Quién autorizó el último preparado? —preguntó.
Silencio.
El otro aprendiz bajó la mirada.
—Lady Anya ordenó cambiar la dosis esta mañana. Dijo que el rey estaba más fuerte y necesitaba… un refuerzo.
Natalie asintió despacio, como si esa confirmación cerrara una puerta invisible dentro de ella.
—Quiero que dejéis constancia escrita —ordenó—. Hora, síntomas, cambio de dosis y quién lo autorizó. Ahora.
—Pero…
Natalie se inclinó ligeramente hacia ellos. Su voz no se alzó, pero adquirió un filo peligroso.
—Si el rey muere sin registro, todos los que hayan tocado su tratamiento caerán con él. Si hay registro… alguien más lo hará.
Los dos asintieron con rapidez.
Natalie salió sin esperar.
No podía salvar al rey. Ya lo sabía. Pero podía asegurarse de que su muerte no fuera limpia.
Avanzó hacia las cámaras reales, notando cómo el palacio empezaba a tensarse de un modo casi imperceptible. Guardias en posiciones no habituales. Miradas que se alargaban un segundo de más. Anya ya había puesto en marcha su red.
Está esperando, pensó. Quiere que yo llegue.
Las puertas de la antecámara estaban abiertas. Dentro, varias figuras se movían alrededor del lecho. El olor a sudor y a metal era inconfundible. El rey respiraba con dificultad, el pecho subiendo y bajando en espasmos irregulares. Su piel estaba cenicienta, los labios teñidos de un tono oscuro que Natalie reconoció con una punzada de rabia.
Veneno alcaloide. Rápido. Silencioso hasta el final.
Y allí estaba Anya.
De pie, impecable, con las manos entrelazadas frente al cuerpo, el rostro compuesto en una máscara de preocupación perfecta. Sus ojos se alzaron en cuanto Natalie entró.
—No deberías estar aquí —dijo con suavidad—. Has sufrido bastante hoy.
Natalie sostuvo su mirada.
—El rey se está muriendo —respondió—. Y tú lo sabes.
Un murmullo recorrió la sala. Anya inclinó la cabeza, casi con compasión.
—Cuidado con lo que insinúas —advirtió—. La desesperación lleva a errores irreparables.
Natalie dio un paso más.
—Cambiaste la dosis esta mañana —dijo, en voz clara—. Ordenaste un preparado distinto. Los sanadores lo están dejando por escrito.
Por primera vez, algo parpadeó en los ojos de Anya. No miedo. Cálculo.
—Hice lo que me correspondía como miembro del consejo —replicó—. El rey estaba débil.
—No —corrigió Natalie—. Estaba vivo.
El rey emitió un sonido ahogado, un intento fallido de respirar. Varios cortesanos se persignaron. La tensión en la sala se volvió casi insoportable.
Natalie sintió el peso del tiempo cayendo sobre ella como una losa.
El niño había desaparecido. El veneno avanzaba. Anya aún tenía una carta que nadie veía.
Y aun así, Natalie se mantuvo firme.
Porque ya no estaba jugando a ganar.
Estaba jugando a dejar huellas.
Si el rey moría allí, bajo esas miradas, con esos registros, con esas palabras dichas en voz alta… Anya no podría cerrar el relato sin fisuras.
Natalie alzó la voz por última vez, consciente de que cada sílaba era una grieta más en el poder de su enemiga.
—Si mi padre muere esta noche —dijo—, no será por debilidad. Será porque alguien decidió que ya no lo necesitaba con vida.
El silencio que siguió fue absoluto.
Y en ese silencio, Natalie supo que, pasara lo que pasara a continuación, Anya ya no controlaba del todo el final.