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Sombras De Carmesí: El Pecado De La Dinastía Li..

Sombras De Carmesí: El Pecado De La Dinastía Li..

Status: Terminada
Genre:CEO / Vampiro / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En la vibrante metrópolis de Shanghái, la sangre no solo corre por las venas; es la moneda de cambio de un imperio que ha gobernado desde las sombras durante milenios.

NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

La Torre Li se erguía sobre el distrito de Pudong como un colmillo de cristal y acero que desafiaba al cielo nublado de Shanghái. A medida que el coche robado frenaba violentamente frente a la entrada principal, Yan pudo ver el reflejo de las luces de neón en los charcos de aceite y lluvia. El edificio, la sede del poder financiero y criminal de la familia Li, era una fortaleza que nunca dormía. Sin embargo, esta noche, el aura que emanaba de su estructura no era de eficiencia corporativa, sino de una anticipación depredadora.

Yan se bajó del vehículo, sintiendo que el suelo bajo sus pies vibraba. No era un terremoto; era su propia sangre. El catalizador que se había inyectado en el astillero estaba transformando su torrente sanguíneo en una corriente de fuego negro. Sus venas, visibles bajo la piel pálida de sus brazos, pulsaban con una luz violácea y oscura. El dolor era constante, una quemadura ácida que le recordaba su finitud, pero a la vez, sentía una conexión sensorial con cada rincón de la ciudad. Podía escuchar el zumbido de los servidores a kilómetros de distancia y oler el miedo de los hombres que custodiaban el vestíbulo.

—Tus ojos —susurró Zixuan al colocarse a su lado. Su mano fría buscó la de ella, y por un momento, el contacto alivió la fiebre de Yan—. Ya no son humanos, Yan. Son como el eclipse que tu linaje representa.

—No importa lo que vean mis ojos, Zixuan, mientras vean a Li Zhou caer —respondió ella, apretando su mano. Sus dedos se entrelazaron, la calidez febril de ella chocando contra el hielo eterno de él.

Detrás de ellos, Shu Qi revisaba su equipo táctico. Su rostro era una máscara de piedra. No había perdón en su mirada, solo una resolución suicida.

—Si vamos a entrar, hagámoslo ya —dijo Qi, cargando su rifle con munición de fragmentación de plata—. Los sistemas de seguridad están en alerta roja. Li Zhou sabe que venimos.

—Eso es lo que quiero —dijo Yan, sacando su tableta—. Que nos mire. Que vea cómo su imperio se desmorona antes de que su corazón deje de latir.

Entraron en el vestíbulo principal. El aire estaba saturado de sándalo y ozono. De inmediato, una docena de guardias humanos armados con rifles de asalto salieron de detrás de las columnas de mármol. No hubo advertencias. No hubo peticiones de rendición.

Zixuan fue una mancha borrosa de movimiento. Se lanzó hacia adelante antes de que el primer guardia pudiera apretar el gatillo. El sonido de huesos rompiéndose y el siseo del acero cortando el aire llenaron la sala. Yan, protegida por la cobertura de Qi, comenzó a trabajar. Sus dedos volaron sobre la pantalla táctil de su dispositivo de hackeo. No estaba simplemente abriendo puertas; estaba realizando una "eutanasia digital" a la infraestructura de la familia Li.

—He bloqueado los ascensores y los sistemas de ventilación —gritó Yan sobre el ruido de los disparos—. Las cuentas bancarias del Sindicato en las Islas Caimán y Zurich están siendo vaciadas y transferidas a fondos de beneficiencia anónimos. En diez minutos, Li Zhou será el hombre más pobre del mundo.

Zixuan regresó al lado de Yan, con la camisa manchada de sangre que no era suya. Sus ojos brillaban con un deleite salvaje.

—A él no le importa el dinero, Yan. Le importa el linaje. Le importa la pureza que tú representas y que él quiere consumir.

—Entonces subamos a darle su medicina —dijo ella, señalando el ascensor privado que acababa de desbloquear.

El ascenso hasta el piso 88 fue un silencio tenso, interrumpido solo por el suave zumbido de la maquinaria y la respiración pesada de Yan. Cada segundo, la maldición del linaje *He* consumía más de su vitalidad. Se apoyó contra la pared de cristal del ascensor, viendo cómo Shanghái se volvía pequeña bajo sus pies.

—¿Te arrepientes? —le preguntó Zixuan en voz baja, solo para sus oídos.

—Me arrepiento de no haber sabido quién era antes —respondió Yan, mirándolo a los ojos—. Pero si el precio de destruir a los Li es mi vida, es un trato que aceptaría mil veces.

Las puertas se abrieron al ático, un espacio vasto de concepto abierto decorado con antigüedades invaluables y una vista de 360 grados de la ciudad. Al fondo, sentado en un trono de madera de sándalo negra tallada con dragones, estaba Li Zhou. A su lado, los pocos supervivientes de los clanes Wang y Si que habían jurado lealtad a cambio de la promesa de la sangre de Yan.

—Bienvenidos a casa —dijo Li Zhou, su voz resonando con una potencia antigua—. Zixuan, mi hijo más brillante y mi mayor decepción. Y tú, pequeña Shu... la clave de la trascendencia.

—Tu trascendencia termina hoy, anciano —dijo Qi, adelantándose con su espada desenvainada.

Li Zhou soltó una carcajada que sonó como hojas secas siendo trituradas.

—¿El cazador cree que puede matar a lo que no puede comprender? —Con un movimiento casi imperceptible de su mano, Li Zhou lanzó una onda de energía kinética que lanzó a Qi contra una de las vitrinas de cristal, dejándolo aturdido entre reliquias rotas.

Zixuan rugió y se lanzó contra Li Zhou, pero fue interceptado por dos Ancianos del clan Wang. La batalla se convirtió en un torbellino de violencia sobrenatural. Muebles de la dinastía Ming fueron reducidos a astillas mientras los cuerpos chocaban con la fuerza de proyectiles.

Yan, aprovechando el caos, se dirigió hacia la consola central del edificio, situada justo detrás del trono de Li Zhou. Si lograba inyectar el código final en el núcleo del sistema de purificación de sangre del edificio, el veneno de su linaje se distribuiría por todos los respiradores y suministros que los vampiros de la torre utilizaban.

—¿Crees que no huelo el veneno en tus venas, niña? —Li Zhou apareció frente a ella, moviéndose más rápido de lo que los ojos de Yan podían seguir. La tomó del cuello y la levantó del suelo con una sola mano—. Tu sangre es magnífica. Tan pura, tan letal. Es un desperdicio que quieras usarla para la destrucción cuando podría ser la base de una nueva era.

Yan luchaba por respirar, sus manos arañando la muñeca de hierro de Li Zhou.

—Tú... no entiendes nada —logró decir ella, su voz un susurro agónico—. Mi sangre no es un regalo... es una sentencia.

—Entonces beberé de la copa de mi juicio —dijo Li Zhou, abriendo sus fauces. Sus colmillos, largos y afilados, brillaron bajo las luces de emergencia rojas.

—¡SUEÑALO! —el grito de Zixuan desgarró el aire. Se había liberado de sus oponentes, aunque uno de sus brazos colgaba inútil a su lado. Se lanzó contra Li Zhou, clavándole un puñal de plata pura en el hombro.

Li Zhou soltó a Yan, rugiendo de dolor y furia. Zixuan y el anciano se entrelazaron en una danza de muerte, rodando por el suelo del ático. Yan cayó de rodillas, tosiendo, sintiendo que su visión se nublaba por el efecto del catalizador.

—Yan... ¡hazlo ahora! —gritó Zixuan, mientras las garras de Li Zhou le desgarraban el pecho.

Yan se arrastró hasta la consola. Sus manos temblaban violentamente. El sistema pedía una confirmación biométrica. No era una contraseña; era sangre.

Colocó su mano sobre el escáner y sintió una pequeña aguja perforar su palma. El sistema succionó la mezcla de sangre *He* y catalizador químico.

*“Protocolo Purificación de Linaje: ACTIVADO”*, anunció una voz sintética.

Un siseo llenó el ático. De las rejillas de ventilación comenzó a salir un vapor sutil, casi invisible, pero con un olor acre que hacía que el aire mismo se sintiera pesado.

Li Zhou se detuvo en seco, soltando a un maltrecho Zixuan. Se llevó las manos a la garganta, sus ojos desorbitados.

—¿Qué... qué has hecho? —balbuceó el anciano. Sus venas empezaron a volverse negras, sobresaliendo de su piel como raíces podridas.

—Te he dado lo que querías, Li Zhou —dijo Yan, levantándose con dificultad, apoyada en el hombro de un Qi que acababa de recuperarse—. Te he dado el linaje de los *He*.

Uno por uno, los vampiros en la sala empezaron a caer. El veneno aerotransportado, diseñado específicamente para atacar la estructura molecular de la sangre inmortal, estaba deshaciendo sus cuerpos desde dentro. Li Zhou cayó de rodillas ante el trono de madera negra que tanto había codiciado. Su piel se resquebrajaba, revelando una oscuridad líquida que supuraba de sus poros.

Zixuan, sin embargo, permanecía de pie, aunque respiraba con dificultad. Su vínculo con Yan, el intercambio de sangre previo, le había otorgado una resistencia parcial, pero no era inmune. Su piel también palidecía, y sus ojos mostraban signos de fatiga extrema.

—Se acabó —susurró Yan, mirando el cuerpo de Li Zhou desmoronarse en cenizas negras sobre su trono de sangre.

El imperio de los Li, construido sobre siglos de opresión y muerte, se había evaporado en cuestión de minutos. El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el sonido de la lluvia golpeando los cristales rotos del ático.

Yan se dejó caer al suelo, su energía agotada. Zixuan se arrastró hacia ella, tomándola en sus brazos.

—Lo hiciste, Yan —dijo él, su voz llena de un orgullo doloroso—. Has ganado.

—Hemos ganado —corrigió ella, cerrando los ojos. Su corazón latía con una lentitud alarmante. El sacrificio estaba completo, y la heredera de la maldición finalmente sentía que el fuego en sus venas empezaba a apagarse, dejando tras de sí un frío sepulcral.

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