"En los libros de historia, Jeon Youngjae era un monstruo. En persona, es mi mayor tentación." Kang Yoona es una estudiante de historia que sabe cómo termina la vida del joven Rey Youngjae: traicionado, solo y ejecutado. Pero cuando un antiguo espejo la arrastra al año 1520, Yoona no cae en un libro de texto, sino en los brazos del hombre más peligroso de Corea. Él es un tirano que no confía en nadie; ella es una intrusa que conoce todos sus secretos y su trágico final. Para sobrevivir, Yoona deberá jugar un juego mortal: ¿Cambiará la historia para salvar al hombre que ama, aunque eso signifique borrar su propio futuro? En una era de acero y sangre, la verdad es el arma más peligrosa.
NovelToon tiene autorización de Gianna Viteri (gilover28) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19: El ocaso del sol, la furia del dragón
El aroma del jazmín siempre me había parecido relajante, pero esa noche, mezclado con el sutil rastro de la canela en mi té medicinal, se convirtió en el perfume de mi propia muerte.
Habían pasado apenas unas horas desde mi victoria en el Consejo. Me sentía invencible, rodeada de la calidez de mis aposentos y la seguridad de haber desarmado a los ministros con la lógica del futuro. Youngjae se había retirado brevemente para supervisar personalmente el cambio de guardia, dejando a mi lado a dos damas de compañía de su total confianza. O eso creíamos.
—Majestad, el té ayudará a calmar vuestros nervios tras el juicio —murmuró una de las damas, bajando la vista mientras me ofrecía el cuenco de cerámica fina.
Bebí. El primer sorbo fue dulce. El segundo, amargo. Para el tercero, el mundo ya había empezado a inclinarse.
El cuenco se deslizó de mis dedos, estrellándose contra el suelo de madera con un estrépito que pareció un trueno en el silencio de la alcoba. Intenté hablar, pero mi garganta se cerró como si una mano de hierro la estuviera apretando. El aire, ese aire que yo daba por sentado en mi siglo XXI, se volvió un lujo inalcanzable. Me desplomé sobre los cojines de seda, mi visión nublándose mientras el rostro de la dama de compañía se transformaba en una máscara de terror… o de triunfo.
—¡La Reina! —gritó alguien a lo lejos—. ¡La Reina ha sido envenenada!
La puerta se abrió con tal violencia que una de las hojas de papel hanji se rasgó por la mitad. Youngjae entró como un vendaval de acero y desesperación. Al verme pálida, con los labios tornándose de un azul violáceo y el cuerpo sacudido por espasmos involuntarios, el grito que surgió de su garganta no fue el de un hombre, sino el de una bestia herida.
—¡YOONA! —rugió, lanzándose a mi lado.
Me tomó en sus brazos, acunando mi cabeza contra su pecho. Sus manos, que momentos antes habían estado firmes sobre los mapas de guerra, ahora temblaban con una violencia incontrolable.
—¡No, no, no! ¡Mírame! ¡Yoona, abre los ojos! ¡Es una orden! —su voz se quebró, cargada de un pánico que nunca, en ninguno de los libros de historia que leí, se le atribuyó al Rey de Sangre.
Yo intentaba enfocarlo. Quería decirle que no me dejara, que usara el carbón activado que yo había mencionado en mis notas, pero mi cuerpo era una prisión de agonía. Youngjae me apretó contra él, su rostro oculto en mi cuello, sollozando con una desesperación que rompió el protocolo de mil años de monarquía.
—¡TRAED AL MÉDICO REAL! —gritó hacia la puerta, su voz resonando por todo el palacio—. ¡SI ELLA MUERE, JURO POR MIS ANCESTROS QUE NO QUEDARÁ UNA SOLA ALMA VIVA EN HANYANG!
El médico real entró tropezando, pálido como un muerto, seguido por una decena de guardias y eunucos. Youngjae se levantó, apartándose de mi cuerpo solo lo suficiente para que el médico pudiera trabajar, pero no soltó mi mano. Su cordura pendía de un hilo tan fino que el roce de una pluma podría haberlo roto.
—Dime que vivirá —siseó Youngjae, su mano derecha bajando lentamente hacia la empuñadura de su espada.
El médico, temblando tanto que apenas podía sostener las agujas de acupuntura, comenzó a examinarme. —Es… es veneno de acónito, Su Majestad. Muy concentrado. Estoy haciendo lo que puedo, pero…
—¿Pero? —la voz de Youngjae bajó a un susurro mortal.
—Pero solo el cielo sabe si su cuerpo podrá resistir…
Esa fue la chispa que incendió el polvorín.
Youngjae desenvainó su espada en un movimiento tan rápido que el aire pareció silbar. El brillo plateado del acero iluminó la habitación, reflejando la locura en sus ojos. No era el Rey estratega; era el tirano del que hablaban las leyendas, pero multiplicado por la pérdida de su única luz.
—¡FUERA! —rugió a los eunucos y a las damas de compañía que se agolpaban en la esquina—. ¡TODOS FUERA EXCEPTO EL MÉDICO! ¡CAPITÁN DE LA GUARDIA!
El capitán entró corriendo, arrodillándose ante la furia de su señor.
—Sella el palacio —ordenó Youngjae, la punta de su espada rozando el suelo, dejando una marca profunda en la madera—. Nadie sale. Nadie entra. Si un solo ministro intenta abandonar sus aposentos, decapítalo. Si la Reina Viuda intenta intervenir, ponla bajo arresto domiciliario.
—¡Su Majestad, eso es traición contra vuestra propia sangre! —exclamó el capitán.
Youngjae se giró hacia él, la espada apuntando directamente a su garganta. El capitán no se movió, pero el sudor frío corría por su frente.
—Mi sangre es ella —dijo Youngjae, señalando mi cuerpo inerte en el lecho—. Mi linaje empieza y termina en Kang Yoona. Si ella muere, este reino no necesita herederos, porque yo mismo lo convertiré en un cementerio. ¡TRAEDME A LADY HA-EUN! ¡AHORA!
—¿Su Majestad? —preguntó el capitán, confundido.
—Ella estuvo en el banquete. Ella me miró con odio. Ella es la única que tiene suficiente veneno en el alma para hacer esto. ¡Traedla arrastras si es necesario! ¡Y si ella no confiesa, mataré a cada miembro de su clan frente a sus ojos!
Youngjae empezó a caminar por la habitación como un león enjaulado, su espada cortando el aire de forma errática. Los eunucos se pegaban a las paredes, temiendo por sus vidas. El Rey golpeó una mesa de jade, rompiéndola en mil pedazos de un solo tajo.
—¡Malditos seáis todos! —gritaba, su voz llena de una agonía romántica y salvaje—. ¡Os di la paz! ¡Os di la victoria! ¡Y me pagáis intentando arrebatarme lo único que me hace humano!
Se detuvo frente al médico, que estaba aplicando compresas calientes sobre mi pecho. —Si sus ojos no se abren en los próximos diez minutos, médico, tu cabeza será la primera en rodar por las escaleras del salón del trono.
Yo, en mi semiconsciencia, escuchaba sus gritos. Quería gritarle que se detuviera, que no se convirtiera en el monstruo que los libros predecían. Pero el veneno era una marea negra que me arrastraba. Sin embargo, el sonido de su voz, ese tono de protección absoluta mezclado con una vulnerabilidad que me desgarraba el alma, fue lo que me mantuvo anclada. No podía dejarlo así. No podía dejar que este hombre destruyera su reino por amor a mí.
Pasaron los minutos más largos de la historia de Joseon. Lady Ha-eun fue traída al salón exterior. Podía escuchar sus llantos y sus protestas de inocencia, seguidos por el sonido seco de Youngjae golpeando la pared.
—¡CONFIESA! —rugía él—. ¡DAME EL ANTÍDOTO O JURARÉ QUE LA HISTORIA RECORDARÁ EL NOMBRE DE TU FAMILIA COMO SINÓNIMO DE CENIZA!
—¡No fui yo! ¡Su Majestad, os lo ruego! —gritaba ella.
Youngjae entró de nuevo en mi habitación, su túnica manchada de la sangre de su propia mano, que se había cortado al golpear el mobiliario. Se dejó caer de rodillas a mi lado, soltando la espada, que tintineó en el suelo. Me tomó de las manos, cubriéndolas de besos desesperados.
—Yoona… por favor —susurró, su voz ahora apenas un hilo de vida—. No me dejes en este siglo solo. No me obligues a ser el hombre que odias. Si te vas, no quedará nada de mí que valga la pena salvar. Cruza el tiempo de vuelta si tienes que hacerlo, pero vive. Por favor, vive.
Sus lágrimas cayeron sobre mi rostro, calientes y saladas. Y en ese momento, el milagro ocurrió.
Sentí una punzada de calor en mi pecho, justo donde el médico había aplicado el tratamiento. Mis pulmones, que se sentían como si estuvieran llenos de arena, finalmente se expandieron. Solté una bocanada de aire, una tos violenta que expulsó parte del líquido amargo.
—¡Ella respira! —gritó el médico, casi llorando de alivio—. ¡El pulso se fortalece!
Youngjae se quedó paralizado. Me miró con una incredulidad que pronto se transformó en una devoción religiosa. Me ayudó a incorporarme mientras yo seguía tosiendo, envolviéndome en sus brazos como si fuera un cristal precioso que acabara de ser pegado de nuevo.
—¿Yoona? ¿Me oyes? —preguntó, acariciando mi cabello con una ternura que dolía.
—Y-youngjae… —mi voz era apenas un susurro rasposo—. Suelta… suelta la espada.
Él miró el arma en el suelo, como si viera un objeto extraño. Luego me miró a mí, a mis ojos que finalmente lograban enfocarlo. El Rey de Sangre desapareció en un segundo. El pánico se disolvió en un alivio tan profundo que lo dejó temblando como un niño.
—Estoy aquí —dijo él, abrazándome con tal fuerza que sentí sus latidos contra mis costillas—. Estoy aquí. No voy a matarlos… si tú me lo pides. Pero nadie volverá a tocarte, Yoona. Ni el cielo ni la tierra me arrebatarán lo que es mío.
Me quedé dormida en sus brazos, sintiendo su calor y el rastro de sus lágrimas en mi piel. Sabía que la purga en el palacio sería inevitable, pero también sabía que, mientras yo respirara, él no se perdería en la oscuridad. El amor de un tirano era peligroso, sí, pero esa noche, fue lo único que me devolvió a la vida.
Afuera, la luna de Hanyang brillaba sobre un palacio en silencio, un palacio que esa noche comprendió que el Rey ya no servía a la dinastía, sino a la mujer que había caído del futuro para domar al dragón.
Si llegaste hasta aquí, ya sabes una cosa:
esta historia NO es un romance normal.
Aquí no hay príncipes…
hay un rey que destruye todo lo que toca.
Y Yoona…
ella sabe exactamente cómo termina su historia.
💔 Sabe cómo muere el hombre del que se está enamorando.
Ahora dime tú…
👇
¿Lo salvarías… o dejarías que el destino lo destruya?
👀 Lean con cuidado, porque lo que viene en los próximos capítulos…
no todos están listos para soportarlo.
— GIA 💞