Tras ser brutalmente traicionada por su compañera y su objetivo en una misión de alto riesgo, la letal agente Jannet Cayswell muere en un accidente orquestado. Despierta en el cuerpo de Zafiro Lawrence, la heredera de una Casa Noble en un imperio de corte de época antigua, con toques mágicos. Atrapada en una vida de etiqueta y política palaciega, Zafiro debe fingir la amnesia para sobrevivir mientras domina sus nuevas habilidades y el funcionamiento de este mundo.
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Capítulo 20
La mañana siguiente amaneció con una niebla fría que parecía deslizarse entre las columnas del palacio como un susurro de conspiración. Zafiro recorrió el pasillo hacia la Torre de los Archivos con la determinación de una reina que sabe que cada paso en el laberinto del poder puede ser una trampa. A su espalda, Marcus y dos guardias de la casa Lawrence la escoltaban en silencio, atentos a cada crujido de la madera, a cada sombra que se movía entre las antorchas.
En la sala de archivos, Elías, el anciano erudito de la casa Tarth que había pasado a servir a la corona tras la caída de la vieja guardia traicionera, ya estaba allí, junto a una mesa llena de pergaminos sellados con cera roja. Sus dedos, temblorosos por la edad, hojeaban un volumen grueso que parecía más un diario que un registro. Al ver a Zafiro entrar, levantó la vista y dejó caer el libro con suavidad.
—Milady —saludó con una reverencia que sonaba a hábito—. Hemos recibido noticias del sur. El mensajero que dejó la pluma Nyctocorax ha regresado, pero con una firma distinta del remitente original. No hay coincidencias: quien envió esa pluma sabe más de la sangre de este reino de lo que parece.
—¿Qué significa eso, Elías? —preguntó Zafiro, acercándose a la mesa y deslizando un dedo por encima de los pergaminos—. ¿Qué clase de firma?
Elías se acomodó en su silla, entrecruzando las manos sobre el libro. Sus ojos, azules como el hielo, brillaron con una intensidad inesperada.
—La pluma no es solo un mensajero; es una llave. Los Seguidores del Abismo —empezó con voz baja— no envían mensajes por enviar. Quieren que el destinatario interprete el símbolo, y eso significa que hay alguien dentro de los muros con capacidad de lectura de siglos. Si alguien ha decidido que Zafiro debe saber algo, no es por casualidad. Es por diseño.
Zafiro se acercó un paso, sin perder la compostura. Su voz salió fría, contenida.
—¿Y quién podría estar jugando a dos bandas dentro de esta casa, Elías? ¿Qué personaje de la corte podría atreverse a manipular estas tramas para su propio beneficio?
El anciano negó con paciencia.
—No podemos señalar a un único culpable sin pruebas. Pero sí hay dos nombres que emergen con más fuerza de lo habitual cuando se entrelazan las sombras: Zoé Tyrell y un consejero menor, Cristián, de la casa Seaworth, que ha estado moviendo piezas en los pasillos del consejo con una discreción que asusta. Ambos tienen la habilidad de saber dónde mirar y a quién escuchar, y ninguno de los dos es simple peón.
Zafiro asintió, sin sorprenderse demasiado. En su mundo, donde cada sonrisa era una trampa y cada saludo una posible traición, ya había aprendido a escuchar lo que el silencio decía entre palabras.
—Dime exactamente qué pruebas hay —pidió—. No quiero confundir intuición con evidencia.
Elías levantó un dedo, pidiendo paciencia.
—Tenemos una carta sellada con cera de color ámbar, no roja, que acompaña a la pluma. En ella se mencionan nombres y una fecha que coincide con el juramento de la corona. No es una amenaza; es una invitación a un pacto que no debería existir. También hay un timbre de madera, oculto en la pared noreste, que emite un sonido cuando alguien abre el pasadizo secreto de esa ala. No es indicio; es prueba de que alguien ya conoce ese túnel tan bien como usted.
Marcus, que había estado inmóvil como una estatua de granito, inclinó la cabeza hacia adelante.
—Milady, si estas señales indican que Zoé Tyrell está moviendo conjuras, no podemos ignorarlas. Zafiro, ¿qué propones?
La pregunta flotó en el aire, pesada y precisa. Zafiro sabía que la respuesta no era simple. Había tomado la decisión de enfrentar a Zoé en cuanto supiera que la Tyrell estaba entre los hilos de la cuerda que mantenía unido al reino… y al mismo tiempo, sabía que no podía permitir que el rumor de una traición así quebrara la confianza de Ethan.
—Proteger lo que ya sabemos —dijo finalmente—. Let’s plan: un encuentro con el consejo en el Salón de los Estándares para revelar, de forma controlada, lo que sabemos y a quién apunta. Invitaré a Elías, Marcus, y a dos confidentes de la casa Tyrell que no sean Zoé. Y quiero que el resto de la sala sepa que hay sombras que quieren manipular el trono, pero que no tienen autorización para jugar con la vida de nuestra gente.
Elías se inclinó, aceptando la directriz.
—Haré llamar a dos de mis aprendices. Ellos traerán el mapa de los túneles y un informe de seguridad de cada pasadizo. Si Zoé quiere maniobras, que sepa que la Torre de los Archivos no es un tablero de ajedrez para su diversión.
Zafiro posó una mano sobre la mesa, justo encima del único pergamino que parecía antiguo y valioso entre todos.
—Quiero algo más. Si Zoé quiere demostrar fuerza, que lo haga. Pero que no se atreva a usar a mis padres ni a Liam como moneda de cambio. No voy a permitir que nadie juegue con la gente que me importa.
Marcus tomó aire, sus ojos recorriendo la habitación con una mezcla de miedo y determinación.
—Mi señora, si vamos a mover piezas en un tablero tan grande, necesitamos claridad. Si Zoé cree que puede apresurarnos, está muy equivocada.
La conversación continuó, ráfagas de ideas cruzándose como dagas: quién podría testificar ante el consejo sin perder la cabeza, qué testigos eran confiables, qué prenda podría vincular a Zoé con la conspiración. Había una tensión en el aire que recordaba a un incendio a punto de estallar, una promesa que nadie quería romper.
Sin embargo, en medio de la planificación, una carta llegó al despacho. No era una carta cualquiera: tenía una marca de tinta azul que Zafiro reconoció al instante. Era de Zoé.
La dejó sin abrir por unos segundos, fijando la mirada en el sello que parecía prometer una alianza de conveniencia. Luego, con una calma que sólo las personas que han cruzado umbrales oscuros pueden mostrar, la Rozó con la yema de los dedos y la dejó sobre la mesa para que fuera leída más tarde.