Belvina Laurent lo tenía todo: belleza, un apellido poderoso y un esposo que cualquiera envidiaría. Pero Alden Virel, el CEO más frío de la ciudad, jamás la vio como algo más que un contrato. Ella suplicaba su atención. Él la ignoraba. Y entre ambos, una mujer llamada Seraphina sonreía desde las sombras.
Hasta que un día, Belvina dejó de perseguirlo.
Sin lágrimas, sin escenas, sin súplicas. La mujer que despertó esa mañana ya no era la misma. Su mirada era distinta. Su voz, afilada. Y la frase que le dedicó a Alden le heló la sangre:
"No mendigo amor."
Ahora es él quien no puede dejar de observarla. Quien busca excusas para estar cerca. Quien siente que algo se le escapa entre los dedos cada vez que ella le da la espalda.
Pero Belvina ya tomó una decisión: no va a humillarse por nadie. Ni siquiera por el hombre que, sin saberlo, está empezando a amarla de verdad.
Mientras tanto, Seraphina no piensa rendirse. La mujer que se esconde detrás de una sonrisa perfecta guarda secretos que podrían destruir a toda la familia Astera. Y está dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias.
En esta guerra entre orgullo, obsesión y deseo, solo hay una regla: el amor no se mendiga.
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34. No me culpes después
La cena familiar transcurrió como de costumbre. La mesa larga estaba repleta de platillos, mientras la conversación ligera fluía entre los miembros de la familia Astera.
Belvina se sentó al lado de Alden con expresión serena, como si nada hubiese ocurrido desde el incidente de la tarde.
Lamentablemente, Alden tenía otros planes. Mientras todos estaban ocupados conversando, la punta de su pie rozó el tobillo de Belvina por debajo de la mesa.
Belvina dio un pequeño respingo. Giró la cabeza bruscamente hacia un lado. Alden estaba cortando su filete con cara de no saber absolutamente nada.
Belvina trató de ignorarlo. Entonces el roce ascendió lentamente hacia su pantorrilla.
—¡Juk!
Belvina se atragantó con la sopa que acababa de tomar.
Francisca entró en pánico de inmediato.
—¡Dios mío, come más despacio!
Alden le dio unas palmaditas suaves en la espalda con presteza y le acercó un vaso de agua.
—Toma agua primero —dijo con calma.
Belvina aceptó el vaso mientras lo fulminaba con la mirada. Alden, con toda tranquilidad, dio un sorbo a su bebida. Sin que él lo esperara...
Bajo la mesa, el pie de Belvina le pellizcó la pantorrilla con los dedos del pie.
Alden casi se atragantó con su propio vino tinto, pero logró mantener la compostura.
Arsen entrecerró los ojos.
—¿Qué les pasa a ustedes dos?
—Nada —respondieron al unísono.
Alena contuvo la risa.
—Justamente eso es lo sospechoso.
Belvina volvió a servirse arroz. Apenas había dado el primer bocado cuando el pie de Alden se movió de nuevo, esta vez rozando el costado de su pantorrilla con más audacia.
Belvina le soltó una patada directa a la espinilla por debajo de la mesa.
¡PUM!
La cuchara en la mano de Alden tintineó contra el plato.
Andrés observó con serenidad desde la cabecera.
—¿Problemas digestivos?
—No —respondió Alden lacónicamente, aguantando el dolor.
Sin darse por satisfecho, Alden dejó caer la servilleta sobre su propio regazo y luego fingió recogerla. Su mano se detuvo un instante sobre el muslo de Belvina.
Belvina se congeló por una fracción de segundo; el calor le subió al rostro.
Entonces...
¡CRAC!
Le pellizcó la mano con todas sus fuerzas.
Alden inhaló bruscamente.
Francisca dejó el tenedor.
—Estoy segura de que algo está pasando.
Arsen asintió con seriedad.
—Esto es más entretenido que un drama nocturno.
Alena observó las mejillas encendidas de Belvina.
—Bel, ¿tienes fiebre?
—¡No! —respondió Belvina demasiado rápido.
Alden se reclinó con desenfado mientras se limpiaba los labios.
—Solo está... sensible esta noche.
Belvina giró la cabeza con brusquedad, a punto de lanzarle el plato.
Andrés tomó un sorbo de agua con calma.
—Me parece —dijo con tono neutro— que esta mesa está a punto de convertirse en un campo de batalla.
Esa noche, Alden entró a la habitación con paso despreocupado. Su rostro delataba satisfacción tras su pequeña victoria en la mesa.
Belvina, sentada frente al tocador, apenas lo miró de reojo a través del espejo.
—¿Contento? —preguntó con frialdad.
Alden se quitó el reloj.
—Más o menos.
—¿Te sientes muy listo?
—Lo suficiente —esbozó una sonrisa tenue—. Resulta que eres fácil de provocar.
Belvina se puso de pie lentamente. Su expresión era completamente normal. Demasiado serena.
Alden justamente entrecerró los ojos. Ya empezaba a reconocer esa expresión. Por lo general, cuando Belvina lucía tan tranquila, significaba que algo peligroso se avecinaba.
Belvina se acercó a él.
—¿Qué? —preguntó Alden.
Sin responder, Belvina le acomodó el cuello de la camisa, le dio unas palmaditas suaves en el pecho y le dedicó una sonrisa dulce.
Alden se quedó paralizado por una fracción de segundo.
—¿Estás poseída?
Belvina ignoró la pregunta. Pasó junto a Alden, se sentó tranquilamente en la cama y se puso a juguetear con su celular.
—Quiero dormirme temprano esta noche —dijo con ligereza—. Apaga la luz, por favor.
Alden se quedó de pie en su sitio, todavía desconcertado.
Esa mujer no estaba enojada ni gritando, mucho menos devolviendo el golpe. Y precisamente eso era lo inquietante.
Apagó la luz principal y subió a la cama. Belvina ya estaba acostada dándole la espalda, sin drama alguno.
Alden se aclaró la garganta.
Ninguna respuesta.
—Bel.
Belvina no contestó.
—¿Sigues ofendida?
Belvina continuó en silencio.
Alden chasqueó la lengua.
—Qué dramática.
Se acostó también. Apenas había cerrado los ojos cuando, de repente...
¡TIN!
Sonó una notificación en su celular.
Alden tomó el aparato. Un mensaje del banco.
Pago exitoso: donación de tres mil dólares.
Alden se incorporó de golpe.
—¿Qué?
Belvina seguía dándole la espalda. Sus hombros se sacudían levemente, conteniendo la risa.
Alden giró hacia ella de inmediato.
—Belvina.
Sin respuesta.
¡TIN!
Un segundo mensaje.
Pago exitoso: paquete premium de videojuego, un año.
La mirada de Alden fue de la pantalla a la espalda de su esposa.
—Belvina —esta vez su voz fue más grave.
La mujer se dio la vuelta lentamente. Su cara era la viva imagen de la inocencia.
—¿Qué pasó?
—¿Agarraste mi celular?
Belvina parpadeó con falsa ingenuidad.
—Esta tarde alguien también agarró el mío.
Alden se quedó mudo.
Belvina sonrió con dulzura.
—Una pequeña venganza.
Alden respiró hondo.
—¿Sabes mi contraseña?
Belvina levantó la barbilla con orgullo.
—Demasiado fácil de adivinar.
—¿Cuál era?
—Tu fecha de nacimiento. Qué narcisista.
Por primera vez en toda la noche, Alden quedó genuinamente desarmado.
Observó su celular y luego a la mujer frente a él, que ya se había subido la cobija hasta el mentón.
—Quiero mi dinero de vuelta.
—Primero duerme —respondió Belvina con despreocupación—. Mañana lo hablamos.
—Belvina.
—Buenas noches.
La lámpara de noche se apagó.
La habitación quedó a oscuras.
Alden seguía sentado rígido en el borde de la cama, mirando la pantalla de su celular con una vena palpitándole en la sien.
Bajo las cobijas, Belvina se mordía el labio para contener una sonrisa de triunfo.
Por fin, había una batalla que ganó de forma rotunda esa noche.
Pero había algo que Belvina no advirtió.
En la oscuridad del cuarto, la comisura de los labios de Alden se elevó sutilmente.
Estás tan contenta que olvidaste algo, pensó divertido.
Esa tarde, Belvina había insistido con vehemencia en no dormir en la misma cama. Ahora, ni siquiera había reaccionado cuando él se acostó en el mismo lecho.
—Ya verás —murmuró en voz baja.
Belvina entrecerró los ojos con suspicacia.
—¿Dijiste algo? —preguntó sin darse la vuelta.
—No —respondió Alden escuetamente, y se dejó caer sobre la almohada.
Los ojos de Belvina permanecieron abiertos un rato más, pero el cansancio acumulado desde la mañana la fue arrastrando poco a poco al sueño. Al cabo de unos minutos, su respiración se tornó acompasada.
La noche se hizo más profunda. La lámpara de noche apenas dejaba un resplandor dorado y tenue.
Alden abrió los ojos. Giró la cabeza hacia el otro lado de la cama y contempló a la mujer que dormía de espaldas a él. El cabello de Belvina se derramaba sobre la almohada; su rostro lucía mucho más apacible que cuando estaba despierta.
Despacio, Alden se acercó.
Su mano se elevó y luego se posó sobre la espalda de Belvina a través de la tela delgada que la cubría. Sus dedos se movieron con lentitud, masajeando con la presión justa, subiendo y bajando suavemente a lo largo de los hombros y los omóplatos.
En su sueño, Belvina exhaló un suspiro prolongado.
En su mundo onírico, se encontraba en una sala de spa cálida y acogedora. Su cuerpo era consentido por manos hábiles que iban disolviendo la tensión una a una.
Alden observó esa reacción con una mirada que se oscurecía.
Apartó con delicadeza un mechón de cabello que cubría la nuca de Belvina y se inclinó. Sus labios rozaron la piel de esa zona apenas un instante, un contacto tan sutil que parecía un soplo de aliento.
Belvina se movió ligeramente.
En su sueño, la atmósfera cambió. El spa apacible se transformó en un espacio desconocido que le aceleraba el pulso. Alguien se aproximaba por detrás. Alguien cuya presencia le resultaba demasiado familiar.
—Alden... —musitó vagamente entre sueños.
Ese nombre alteró la respiración del hombre a sus espaldas, que se volvió pesada.
Alden deslizó apenas la tela sobre el hombro de Belvina, dejando al descubierto un hombro blanco y terso bajo la luz mortecina. Sus labios volvieron a posarse allí, esta vez demorándose más.
La respiración de Belvina se entrecortó por una fracción de segundo y luego se relajó.
En su sueño, era consciente de que ese hombre la acariciaba. Quería resistirse, pero su cuerpo no obedecía. Cada roce debilitaba sus rodillas.
Sus labios se entreabrieron. Un gemido tenue se le escapó sin que lo advirtiera.
Ese pequeño sonido golpeó el último resquicio de autocontrol de Alden.
Su mandíbula se tensó. Su mano se aferró a la sábana junto al cuerpo de Belvina para no cruzar el límite.
—Bel... —su voz ronca, contenida.
Belvina solo se agitó inquieta entre sueños y, sin darse cuenta, pegó su cuerpo hacia él, buscando calor.
Alden cerró los ojos un momento.
Esa mujer ni siquiera era consciente de que lo estaba empujando al borde mismo de su resistencia.
—Entonces... no me culpes después —murmuró Alden con voz ronca, grave.