Laura murió después de descubrir la verdad.
Durante diez años, su esposo Manuel y su supuesta mejor amiga, Ariana, la engañaron, destruyeron sus sueños y estuvieron detrás de la tragedia que acabó con su familia. Protegidos por el poder de los Betancourt, nunca pagaron por sus crímenes.
Pero Laura despertó diez años atrás.
Esta vez conoce sus secretos. Sabe quiénes son. Sabe lo que harán.
Y no piensa volver a ser su víctima.
Para derrotarlos necesitará el mismo poder que una vez los protegió. Por eso pondrá sus ojos en Don Álvaro Betancourt, el padre de Ariana.
Se convertirá en su amante.
No por amor.
Por venganza.
Laura no vino a negociar. Regresó para destruirlo todo, aunque tenga que quemar su propio corazón en el camino.
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El vacío que no llena
Habían pasado ya dos semanas desde que se hizo oficial el divorcio de don Álvaro. Estaba en la terraza de su penthouse, con la taza de café en la mano, mirando la ciudad extendida bajo sus pies. Se sentía poderoso, ligero, libre. Por fin, pensaba. Ya no tenía que fingir, ni soportar miradas de reproche, ni callar quejas interminables. Ya no estaba Rosalía con sus reclamos constantes, ni Ariana metiendo la nariz donde no debía, causando problemas con sus tonterías.
Sonrió con satisfacción.
—Libre —murmuró al viento—. Es bueno ser libre.
No tenía que seguir pagando a profesores para que aprobaran a su hija, ni arreglando sus desastres. Claro que no sería un padre desobligado: seguiría enviando la pensión puntual, pagando la matrícula de la universidad, lo justo y necesario, tal como marca la ley. Hasta que terminara o dejara de estudiar. Pero nada más.
—No soy un banco —se dijo a sí mismo—. Tampoco soy una caridad para mantener un lastre.
La noche anterior había dado la orden de cancelar todas las tarjetas de crédito vinculadas a ellas. Ni una sola podía volver a usarse.
—Ahora sabrán cómo es el mundo real —habló al vacío—. Les gusta llamarme hipócrita, manchar mi nombre… pues perfecto. Ahora verán cómo es la vida sin este hombre que tanto desprecian.
Pero mientras miraba el horizonte, algo le faltaba. Una sensación extraña, difusa, que no lograba nombrar. Sacudió la cabeza. Tonterías. Tenía todo: su empresa, su dinero, su libertad. No le faltaba nada.
Bajó a la oficina. Pasó la mañana firmando documentos, cerrando tratos, supervisando fusiones. Todo marchaba a la perfección. Hasta que la escuchó.
Una risa. Clara, fresca, desenvuelta.
Se detuvo en seco. Conocía esa voz. Abrió la puerta de su despacho y la vio. Allí estaba Laura, en medio de un grupo de becarios, todos jóvenes, hablando, riendo, brillando. Estaba tan alegre, tan llena de vida… tan ajena a él.
Lo miró y por un instante sus ojos se cruzaron. Luego ella simplemente giró, siguió riendo y se marchó con los demás, sin detenerse, sin buscarlo, sin una mirada de súplica ni de reproche.
Álvaro se quedó clavado en el sitio. Esa misma chica, pensó con una mezcla de rabia y deseo, la que hace apenas un mes gemía bajo mí, me decía que era lo más importante de su vida, que no podría vivir sin mí… y ahora está ahí, tan radiante, tan entera, como si nunca hubiera existido.
Sintió un pinchazo agudo en el pecho. Su orgullo, siempre intacto, se sintió herido.
—A mí ninguna mujer me deja —murmuró entre dientes—. Soy yo quien las deja a ellas.
Pero la imagen de ella sonriendo sin él no se le iba de la cabeza. Tenía que recuperarla. Tenía que ver la forma. ¿Cómo? Sabía que había mentido, que ella descubrió que no era la única, que sus promesas eran falsas. ¿Cómo convencerla ahora?
Soy libre, razonaba. Ya no hay esposa que estorbe, ni familia que se oponga. Puedo darle regalos costosos, demostrarle que ahora sí… pero ella devolvió el departamento. No se dejó comprar tan fácil. ¿Qué puedo hacer?
No lo sabía aún. Pero lo que no veía era que desde el pasillo, Laura lo miró por última vez antes de irse. Sabía que él la estaba pensando. Sabía que su orgullo no soportaba que ella lo hubiera dejado. Todo lo que estaba pasando… ella lo había provocado. Para que él la recordara. Para que supiera que la mujer que tuvo en su cama y creyó una posesión cualquiera… era la que lo había dejado a él, humillado y solo.
—Que piense —susurró ella al alejarse—. Que se pregunte qué hacer.
Álvaro no podía quedarse tranquilo. Era un hombre con un ego inflado, acostumbrado a ganar siempre. ¿Cómo permitir que su récord se manchara por una muchachita? Una mocosa que creía haberlo vencido?
—No —se dijo, cerrando el puño—. No te vas a salir con la tuya. Volverás a mí. Y seré yo quien decida cuándo terminas.
No sabía que esa decisión… nunca le había pertenecido.
es increíble como puede manipular así
espero con ansias los siguientes capítulos
con esa familia , y no termines vos perdiendo tu vida en una trampa de ellos 🤔😕