Astrid lo tenía todo: un matrimonio con el exitoso doctor Lucas Morgan, una hija pequeña llamada Ariana y una vida que parecía perfecta. Pero detrás de la fachada, Lucas la traiciona con otra mujer y su propia suegra, Marta, la humilla sin piedad, convencida de que Astrid nunca fue lo suficientemente buena para su hijo.
Cuando la verdad sale a la luz, Astrid pierde mucho más que un esposo. Pierde la dignidad, la seguridad económica y casi la voluntad de seguir adelante. Con Ariana apenas en brazos, se ve obligada a empezar de cero en un mundo que le dio la espalda.
Lo que nadie anticipó fue la transformación de Astrid. Con inteligencia, trabajo implacable y una determinación que nadie le conocía, reconstruye su vida paso a paso. En el camino se cruza con Mateo Romano, un empresario íntegro y reservado que no busca rescatarla sino caminar a su lado. Lo que comienza como respeto mutuo se convierte en un amor profundo que redefine lo que significa ser pareja.
Pero las sombras del pasado no se rinden fácilmente. Lucas enfrenta las consecuencias legales de sus actos y termina en prisión. Marta, consumida por el arrepentimiento, busca a Astrid en sus últimos días para pedirle perdón. La familia que Astrid construyó con Mateo —incluyendo a los pequeños Emiliano y Gael— se ve amenazada cuando Lucas sale libre y reaparece en sus vidas.
La historia da un giro inesperado cuando Ariana, ya adulta y estudiante de medicina, se enamora de Noel, un joven brillante cuyo hermano gemelo murió en una operación fallida realizada por Lucas años atrás. El amor entre Ariana y Noel queda atrapado entre la culpa heredada y un odio que ninguno de los dos eligió cargar.
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Capítulo 32
El cuerpo de Stella temblaba y sus ojos húmedos reflejaban una mezcla de estupor y terror. Acababa de descubrir que todo este tiempo estuvo disfrutando del dinero que Lucas obtuvo mediante malversación de fondos.
—Entonces, ¿me citaron aquí por esto? —preguntó Stella con voz temblorosa y apenas audible.
—Sí —el investigador asintió despacio—. Eso es lo que estamos comprobando.
Las lágrimas de Stella finalmente cayeron. Todo este tiempo se había considerado una mujer afortunada. Tenía un amante exitoso. Un hombre dispuesto a consentirla con toda clase de lujos. Ahora todo había cambiado en cuestión de minutos. Esos lujos no eran símbolo de amor, sino producto del delito.
Stella sintió que el pecho se le comprimía. Se cubrió el rostro con ambas manos. El llanto le estalló. Los sollozos se le oían por toda la sala.
—¡De verdad no sabía nada! ¡Lo juro, no lo sabía!
Uno de los investigadores le acercó una caja de pañuelos. —Entendemos su posición. Pero aun así debemos verificar si usted realmente desconocía el origen de todos esos bienes.
Stella asintió repetidamente mientras lloraba. —Nunca le pregunté de dónde venía el dinero. Porque confiaba en él. ¡Ese fue mi error!
El investigador abrió un último expediente. —Señorita Stella, hay una cosa más que necesita saber.
Stella levantó el rostro lentamente. Tenía los ojos hinchados. —¿Qué más?
El investigador la miró con seriedad. —En caso de que se compruebe que esos bienes fueron adquiridos con fondos provenientes de actividades delictivas, es muy probable que los activos sean confiscados por el Estado como evidencia.
Stella se quedó petrificada. —¿Qué?!
—Incluyendo el apartamento donde usted vive. El auto. Las joyas. Y cualquier otro bien que provenga de esos flujos de dinero.
El mundo de Stella se derrumbó por completo. Todo este tiempo había perseguido una vida de lujo. Había sacrificado su dignidad. Había esperado una certeza de parte de un hombre que le prometió que se casaría con ella.
Ahora Stella por fin comprendía la realidad, y era brutal. No estaba construyendo un futuro. Estaba disfrutando de una vida financiada con dinero del crimen. Y lo más aterrador: su nombre ahora figuraba en los mismos expedientes de investigación que el nombre de Lucas.
Fuera de la sala de interrogatorios, el pasillo de la comandancia seguía lleno del ir y venir de los agentes. Pero para Stella, el mundo parecía haberse detenido. Por primera vez desde que conoció a Lucas, sentía un miedo genuino.
No el miedo de perder a ese hombre, sino el miedo de perder toda la vida que hasta entonces había presumido, porque resultó que todo el lujo que poseía se levantaba sobre cimientos de mentiras que finalmente se habían derrumbado.
Habían pasado casi dos semanas desde que Astrid se instaló en el apartamento de Mateo. Poco a poco, el lugar que al principio se sentía ajeno fue convirtiéndose en un hogar acogedor para ella y Ariana.
Cada mañana, la luz del sol atravesaba los grandes ventanales de la sala, calentando la estancia dominada por tonos blancos y crema. Astrid añadió a propósito algunas plantas verdes cerca del balcón. También colgó varios cuadros pequeños, obra suya, en las paredes para que el apartamento se sintiera más vivo.
Ariana parecía ser quien más rápido se adaptó. En cuanto se despertaba, la niña salía corriendo con su conejito de peluche en los brazos.
—Mami... Ana ya se despeltó.
Astrid, que estaba preparando el desayuno, volteó de inmediato con una sonrisa. —¡Sí, mi princesita es genial! Se despertó solita y sin llorar.
Ariana asintió. —Hambe, quelo papiya.
Astrid se rio suavemente. —Sí, espera un poquito. Mami está haciendo la papilla favorita de Ariana.
La niña entonces le abrazó la pierna a su madre. Ese abrazo tan simple siempre lograba que el corazón de Astrid se llenara de calor.
Antes, cada mañana Astrid empezaba el día con una sensación de angustia. Miedo de que Lucas se enojara si algo no salía como él quería. Miedo de que Marta apareciera con sus amigas de la alta sociedad para burlarse de ella y lanzarle indirectas.
Ahora lo único que se oía era la risa de Ariana. Y una tranquilidad que hacía mucho había desaparecido de su vida.
Después de llevar a Ariana a la guardería, que quedaba cerca del apartamento, Astrid se dirigió a su oficina. La empresa de diseño de interiores que había fundado empezaba a crecer mucho más rápido de lo que esperaba.
En la sala de juntas, varios clientes se veían entusiasmados con la presentación que estaba mostrando.
—Me encanta este concepto —comentó uno de los clientes señalando la pantalla—. La casa se ve cálida, pero sin perder elegancia.
Astrid sonrió con amabilidad.
—Ese es exactamente el concepto que propuse. Quiero que esta casa se sienta cómoda para la familia, no solo bonita a la vista.
Varias personas asintieron de inmediato. —Entonces seguimos adelante con el diseño de la señora Astrid.
Esa frase hizo que todo el equipo sonriera con alivio. Cuando la reunión terminó, una de sus empleadas se le acercó.
—Señora Astrid.
—¿Sí?
—Tenemos tres posibles clientes nuevos.
Astrid pareció sorprendida. —¿Tres?
—Sí. Llegaron después de ver el proyecto de la casa que usted publicó la semana pasada.
Astrid recibió la carpeta. El pecho se le llenó de gratitud. Poco a poco su vida realmente empezaba a cambiar. Sin Lucas y sin depender de nadie, Astrid era capaz de sostenerse con sus propias capacidades.
Por la tarde, el celular de Astrid vibró. En la pantalla aparecía el nombre de Mateo.
Astrid contestó de inmediato. —¿Hola?
—¿Sigues en la oficina?
—Sí —respondió Astrid—. ¿Qué pasa?
—No vayas a casa todavía.