Sabrina Elvara lo tuvo todo: una mansión, un apellido de prestigio y un esposo que cualquier mujer envidiaría. Lo único que nunca tuvo fue el amor de León Ardián.
Casados por obligación tras una noche que ninguno de los dos recuerda con claridad, su matrimonio no fue más que una jaula dorada. León la ignoraba. Sabrina lo perseguía. Y cuando descubrió que estaba embarazada, él se alejó aún más.
Hasta que un día Sabrina dejó de esperar.
Sin avisar, sin pedir permiso, huyó a Europa con su hija en el vientre. Dio a luz sola en Holanda durante una tormenta de nieve, reconstruyó su vida en Roma con un pequeño negocio de flores y crió a Liora —una niña de ojos enormes y risa contagiosa— sin la sombra de los Ardián.
Tres años después, León la encuentra por accidente. Pero la mujer que lo recibe ya no es la Sabrina que conoció: no suplica, no sonríe por compromiso, no necesita que él la salve. Y Liora, la hija que no sabía que existía, lo desarma con una sola frase:
—¿Tú eres el señor del parque?
Porque el amor no se demuestra con grandes gestos.
Se demuestra quedándose.
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Capítulo 32 — Una llamada cada noche
Había pasado una semana desde que León regresó a Indonesia.
Y, curiosamente…
El pequeño apartamento de Alya se sentía mucho más vacío.
Las mañanas seguían igual que siempre. Alya abría la floristería, Kate atendía a los clientes y Liora se entretenía jugando con su conejo de peluche.
Pero cada noche…
Había una costumbre nueva que alguien esperaba con ansias.
—¡Mamááá!
La voz de Liora resonó eufórica desde el sofá.
—¡Om videollamada!
Alya, que estaba regando las plantas, volteó de inmediato. Y, efectivamente, la pantalla de la tablet en manos de Liora mostraba el rostro de León.
El hombre todavía llevaba puesta una camisa negra de trabajo con la corbata ligeramente aflojada. Tenía el cabello revuelto, como si acabara de salir de una reunión interminable.
Pero en cuanto vio la cara de Liora…
Su expresión gélida se transformó al instante en algo suave.
—Hola.
—¡Om! —Liora soltó una risita—. ¡Hoy tardaste muchísimo!
León dejó escapar una risa grave, apenas perceptible.
—Primero hay que trabajar.
—No se vale trabajar siempre.
—¿Y entonces Om de qué come?
—Lio…
—¿Mm?
—¿Me estás preguntando o regañando?
Liora estalló en carcajadas.
Alya los observaba a lo lejos, disimulando una sonrisa.
Llevaba una semana así: León llamaba sin falta.
Por la mañana, a veces solo un mensaje breve.
¿Pero por la noche?
Siempre videollamada.
Y lo más gracioso…
Sus pretextos giraban invariablemente en torno a Liora.
—¿Lio ya comió?
—¿A qué hora se durmió Lio?
—¿Con qué jugó Lio hoy?
Sin embargo, con el paso de los días, Alya fue notando algo…
La mirada de León se detenía demasiado tiempo en ella.
Como si aquel hombre también quisiera verla a ella.
—¡Hoy Mamá vendió muchas flores! —reportó Liora con entusiasmo.
—Mm, impresionante.
—¡Y hubo un cliente travieso!
León frunció el ceño al instante.
—¿Travieso cómo?
—Agarraba las flores y no compraba nada.
Alya no pudo contener una carcajada.
Mientras tanto, León contemplaba a su hija con el rostro absolutamente inexpresivo.
—Eso no es ser travieso.
—¿Entonces qué es?
—Pobre.
Alya se atragantó con su propia bebida.
—¡León!
Liora, por su parte, se rio tan fuerte que casi se cayó del sofá.
—¡Om malo!
León esbozó una media sonrisa satisfecha al ver reír a su hija.
Y esa escena volvió a llenarle el pecho de calidez a Alya.
Los días transcurrían mucho más ligeros desde que León había reaparecido en sus vidas.
Aunque los separaba la distancia…
Él estaba presente cada día.
A veces enviaba flores a la tienda de Alya.
A veces mandaba regalitos para Liora.
Y, con más frecuencia que nada…
Le escribía mensajes a Alya a medianoche.
"¿Liora ya se durmió?"
Al principio Alya respondía apenas lo necesario.
Pero poco a poco sus conversaciones fueron alargándose.
A veces hablaban de Liora.
A veces de la floristería.
A veces eran solo charlas sin rumbo antes de dormir.
Pequeñeces que, curiosamente, jamás habían compartido cuando estaban casados.
—Mamá se la pasa sonriendo.
La vocecita de Liora la arrancó de golpe de su ensimismamiento.
—¿Eh?
La niña señaló el teléfono de Alya, que aún brillaba con el chat de León en pantalla.
—Tú extrañas a Om, ¿verdad?
El corazón de Alya dio un brinco.
Le ardieron las mejillas al instante.
—No.
—Mentirosa.
—Ay, esta niña…
Liora se limitó a soltar una risita traviesa y volvió a concentrarse en su dibujo.
Pero unos segundos después la tablet sonó de nuevo.
León otra vez.
Alya contestó de inmediato.
—¿Qué pasó?
El rostro de León apareció en la pantalla, con una oficina amplia de fondo.
—Se me olvidó decirte algo.
—¿Qué?
La mirada del hombre se suavizó en cuanto la vio.
—Mañana voy a Roma.
El pulso de Alya se disparó.
—¿Mañana?
—Sí.
—¿Tienes trabajo otra vez?
—Mm… sí.
Pero, por algún motivo, Alya tuvo la certeza de que aquella respuesta no era del todo cierta.
Porque la mirada de León en ese momento resultaba demasiado transparente.
No venía solo por trabajo.
Venía por ellas.
—¡¿Om va a volver?! —gritó Liora fuera de sí en cuanto escuchó.
León asintió con calma.
—Sí.
La niña empezó a saltar de alegría sobre el sofá.
—¡Mamááá, Om va a volver!
Alya solo pudo soltar un suspiro quedo mientras ocultaba su sonrisa.
Y por primera vez en años…
Se descubrió esperando el regreso de alguien.
Gracias y bendiciones 🙏
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