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Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Status: Terminada
Genre:Venganza / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:37.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.

Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.

A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.

Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 31

Sin embargo, la mujer permaneció inmóvil en su lugar. Su mirada descendió despacio hacia los labios de Santiago antes de volver a encontrarse con los ojos del hombre, el rostro encendido.

Las respiraciones de ambos comenzaron a rozarse, tenues. Y al segundo siguiente, Santiago besó a Valentina. Con una suavidad infinita. Un beso cálido y pausado, lleno de cuidado, colmado del cariño que ambos habían guardado en silencio durante todo ese tiempo.

Valentina cerró los ojos lentamente. El corazón le latía a una velocidad vertiginosa. Sus manos, sin que se diera cuenta, se aferraron con suavidad a la parte delantera de la chamarra de Santiago, como buscando un punto de apoyo porque el cuerpo entero se le había aflojado ante los sentimientos que de pronto le inundaron el pecho.

Santiago, por su parte, contuvo un pequeño aliento. Todavía le costaba creer que por fin pudiera estar tan cerca de la mujer que tanto amaba. La mujer que apenas unos meses atrás solo contemplaba en silencio desde la distancia. La mujer que ahora estaba de pie frente a él con los ojos cerrados y los labios correspondiendo despacio a su beso.

El beso no fue largo. Pero bastó para dejarlos a los dos sin palabras.

Cuando Santiago se apartó poco a poco, su frente aún casi rozaba la de Valentina. Ambos respiraban despacio.

La mirada de Valentina reflejaba timidez y calidez a partes iguales. Las mejillas, encendidas. Santiago, en cambio, se quedó observando los labios de ella unos segundos más de la cuenta antes de esbozar por fin una sonrisa pequeña.

—¿Por qué me miras así? —susurró Valentina con las mejillas ardiendo.

Santiago rio por lo bajo. —Porque estoy feliz.

—¿Feliz de qué?

—De que no te apartaste.

La frase le encendió el rostro a Valentina todavía más. La mujer bajó la cabeza, avergonzada, mientras una sonrisa diminuta se le escapaba.

Pero aquella noche, al parecer, no se detuvo en un solo beso. Después de ese, cada vez que sus miradas se sostenían demasiado tiempo, a Santiago le resultaba imposible contenerse de acercarse otra vez. A veces cuando Valentina se reía bajito. A veces cuando ella lo miraba a escondidas. A veces solo porque le veía las mejillas sonrojadas.

Y cada vez que encontraba el momento justo, Santiago volvía a besar los labios de Valentina con ternura. Como si el hombre hubiera empezado a volverse adicto a la calidez de aquellos labios.

Para Santiago, los labios de Valentina no eran solo dulces, sino también apaciguadores. Le llenaban el corazón de felicidad. Le hacían sentir profundamente amado sin necesidad de muchas palabras.

Valentina, que al principio estaba tímida y nerviosa, poco a poco fue acostumbrándose a estar tan cerca de Santiago. Aunque cada vez que él se le acercaba, el corazón le seguía latiendo desbocado.

Bajo el cielo nocturno salpicado de estrellas diminutas y una delgada luna creciente, dos corazones que alguna vez habían conocido el dolor encontraron por fin la felicidad sencilla que tanto tiempo llevaban buscando.

* * *

Un ronquido suave se escuchaba dentro de la habitación barata y sofocante del hotel. La lámpara pequeña en el rincón todavía emitía una luz tenue. El olor a perfume mezclado con humo de cigarro impregnaba el aire. Las sábanas arrugadas yacían revueltas sobre la cama angosta, mientras la ropa estaba desperdigada por el piso.

Lorena seguía profundamente dormida en los brazos de un hombre que la noche anterior le había pagado generosamente por su compañía. El cuerpo le pesaba de cansancio y los párpados se le sentían de plomo. Llevaba varios días sin dormir de verdad con tranquilidad. Pero el sonido del celular, que no dejaba de sonar, terminó por interrumpirle el sueño.

Lorena frunció el ceño y jaló la sábana para taparse los oídos. Sin embargo, el celular no paraba. Con fastidio, tanteó la mesita junto a la cama buscando el teléfono sin abrir los ojos.

—¿Quién es?! —masculló Lorena con la voz ronca.

Cuando la pantalla del celular se encendió, se le cortó la respiración de golpe. Decenas de llamadas perdidas, y todas provenían de un solo nombre: Doña Teresa, su vecina del pueblo.

El corazón de Lorena empezó a latir con un desasosiego repentino. La mano le tembló ligeramente al contestar la siguiente llamada.

—¿Hola?

—¡Lorena, por qué tardaste tanto en contestar! —La voz de Doña Teresa sonaba alterada desde el otro lado de la línea.

Lorena se incorporó de golpe. —¿Qué pasó, señora?

—¡Ven rápido! ¡Tu papá está grave en el hospital!

El rostro de Lorena palideció al instante. —¿Qué?!

—Salió de la diálisis y de repente le faltó el aire, ¡y perdió el conocimiento!

El celular casi se le resbaló de las manos. El pecho se le apretó de golpe. —¿En qué hospital está mi papá?!

—¡En el hospital de la zona! ¡Apúrate, hija! —La llamada se cortó.

Lorena se levantó de la cama presa del pánico. La sábana cayó al piso sin más. El hombre a su lado se despertó también por la brusquedad de sus movimientos.

—¿Hm? ¿Qué pasa? —preguntó con la voz pesada.

Lorena no respondió. Le temblaban las manos mientras recogía la ropa del suelo. Hasta metió el brazo por la manga equivocada de tan alterada que estaba.

—Mi papá está grave —contestó Lorena con la respiración agitada.

El hombre todavía se veía confundido. —¿Vas a irte al pueblo ahora?

Lorena asintió deprisa mientras se calzaba a toda velocidad. Las lágrimas empezaron a caerle sin que se diera cuenta. —Sí. Tengo que irme.

Lorena ya no le importó el estuche de maquillaje que había quedado abierto sobre la mesa ni las sábanas revueltas a sus espaldas. En su cabeza solo cabía una cosa: su padre.

A lo largo del camino hacia la salida del hotel, las manos de Lorena no dejaron de temblar. Intentó comunicarse con su madre varias veces, pero nadie contestó. Con cada minuto que pasaba, el miedo dentro de su pecho se hacía más grande.

El trayecto desde la capital hasta su pueblo natal tomaba más de seis horas. Y aquellas se convirtieron en las seis horas más largas de la vida de Lorena. Durante todo el viaje en autobús no logró quedarse quieta ni un instante. Las piernas se le movían inquietas y las manos no soltaban el celular.

Intentó llamar varias veces más. Nadie contestó. La imagen de su padre no dejaba de aparecérsele en la mente. El hombre de mediana edad que cuando ella era niña siempre le compraba su comida favorita. El padre que tantas veces trabajó horas extra para que Lorena pudiera terminar la escuela. Y ahora, su padre estaba grave.

Lorena se mordió el labio con fuerza para contener el llanto que no dejaba de pugnar por estallar. —Papá, espérame.

A medida que se acercaba a su pueblo, la sensación de angustia se intensificaba en lugar de menguar. Hasta que por fin el autobús se detuvo en la pequeña terminal cercana al hospital de la zona, cuando el sol ya se había puesto.

Lorena bajó a toda prisa y tomó un mototaxi rumbo al hospital. Tenía las manos heladas y la respiración agitada.

Al llegar frente a la sala de urgencias, los pasos de Lorena se detuvieron en seco. Vio a su madre desplomada en una silla del pasillo del hospital, llorando. Algunos vecinos la rodeaban con expresiones sombrías.

El corazón de Lorena se hundió de golpe. El cuerpo entero se le aflojó. —Mamá...

Doña Diana alzó el rostro despacio. Los ojos de la mujer estaban hinchados y enrojecidos. En cuanto vio llegar a Lorena, el llanto le estalló con más fuerza.

—Lorena... —Esa sola palabra lo destrozó todo.

Lorena negó despacio con la respiración temblorosa. —No...! —susurró con un hilo de voz—. ¡No...!

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Maria Dolly Arenas Arenas
me encanta👏👏
canche
Realmente maravillosa historia!!!!!Me cautivó de principio a fin Felicitaciones autora gracias por compartir tu maravilloso talento espero seguir leyendo más historia s 💯 %recomendada
Adriana Ramirez
👏👍🥰
Yudith flores
Bonita historia gracias autora 👏🌹
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Jummmmm, qué estarán tramando ese par? 🤔🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Santiago hace dudar a cualquiera, debería ser honesto y decir las cosas, a menos que aún sienta algo por ella.🤔🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴🇨🇴
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Al menos es buen hijo, no abandonó a la mamá. 🇨🇴🇨🇴
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Valentina , no es una esposa, es una sirvienta en todo el sentido y más, sirve al marido en la cama, en los quehaceres de la casa y también tiene que atender a la suegra. 🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴🇨🇴
Mariana Posternak
me encantó la historia, no tuvo tantos dramas, felicidades 👏♥♥♥♥
Soledad Muñoz Vazquez
de verdad hay mujeres así de tontas me lo hacen ha mi y los pongo por monteras ha los dos
Aracelis León García
lo dicho que desvergonzados
Aracelis León García
de seguro que tiene algo que ganar porque no creo wue de repente le salga amor por el hijo
Aracelis León García
ahora su la putirrona va a reclamar al hijo?esta di es arrecha
Aracelis León García
dios está mujer no es más estúpida porque no es más vieja
Aracelis León García
eso te pasa por malora y si sigues te irá peor
Aracelis León García
todavía no aprende ella fue la que incitó a la desgracia y no se da cuenta
Aracelis León García
si hubieses sido bien intencionado después del divorcio hubieses quedadado acomodado por maloro te pasó eso
Aracelis León García
estás mamao pendejo
Aracelis León García
es así porque eres una idiota
Maria Victoria Ruiz Alcaide
Un trabajo buenísimo.bir. redactado y con muchas variaciones .ha habido de todo
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