Ella guarda un secreto que la consume por dentro.
Él arrastra las ruinas de una vida que se desmoronó en una sola noche.
April Rossetti nunca imaginó que un error de una noche la perseguiría cada día. Enamorarse de la persona equivocada siempre es el comienzo de una caída. Ahora, la culpa la acompaña como una sombra que no la deja respirar.
Derek Baker lo perdió todo: su matrimonio, su hijo no nacido y la confianza en las personas. Destrozado y lleno de rabia, intenta reconstruir su vida cuando un encuentro casual lo cambia todo.
Conectados por hilos invisibles del destino, April y Derek se ven envueltos en miradas cargadas de deseo, conversaciones que despiertan lo que creían dormido y secretos que amenazan con destruirlos.
Están a milímetros de romperse... o de sanarse mutuamente.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.
Y algunas atracciones están destinadas a arder, aunque quemen todo a su paso.
¿Podrán elegir el amor cuando todo parece condenarlos al dolor?
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Ten Cuidado
-April-
El vestido turquesa quedó tirado sobre la silla como una piel descartada. Me senté en el borde de la cama sin molestarme en quitarme el maquillaje. La cabeza me latía. El silencio del apartamento era demasiado amplio después del ruido constante de la boda.
Cerré los ojos y todo regresó desordenado.
La mano de Julio sosteniendo la mía un segundo de más.
La palabra "hija"
La sonrisa de Emily, correcta y vacía.
La voz de Jhony.
Y Derek… mirándome desde la distancia como si pudiera ver dentro de mí.
Me pasé las manos por la cara. El perfume de Jhony todavía parecía pegado a la piel, aunque me hubiera lavado las manos tres veces en el baño del salón. Odiaba eso. Odiaba haberle permitido acercarse tanto. Odiaba todavía más la forma en que había sonreído cuando le dije que era la hija de Julio.
Entonces llevo meses metiéndome en la cama con la hija del hombre que me invita a su boda.
La frase se me repitió con una claridad nauseabunda. Ya no era solo una relación sucia. Ahora era una debilidad que él podía usar. Y Jhony no era del tipo que desperdiciaba ventajas.
Me recosté hacia atrás, mirando el techo.
Después estaba Derek.
No me había gritado. No había hecho una escena. Solo me había hablado con esa frialdad precisa, como alguien que reconoce un veneno porque ya lo ha probado. Sus palabras se me habían metido debajo de la piel de una forma que el tono de Jhony nunca lograba.
Yo ya estuve del otro lado.
Odiaba que tuviera razón.
Odiaba que, por un segundo, me hubiera sentido expuesta frente a él.
El teléfono vibró sobre la mesa de noche.
Me quedé quieta mirándolo. Solo había un nombre que podía escribir a esa hora con tantas ganas de destrozarme la noche.
Al final lo tomé.
Jhony:
Deberíamos hablar. En serio esta vez.
No respondí.
Apagué la pantalla y dejé el teléfono boca abajo.
En la oscuridad del cuarto, la rabia y la culpa se me mezclaron hasta volverse una sola cosa espesa. Mañana tendría que ir al Centro Veterinario. Tendría que mirar a Jhony a la cara. Tendría que fingir que nada de lo de anoche me había removido por dentro.
A la mañana siguiente el cuerpo me pesaba como si no hubiera dormido. Me miré en el espejo del baño: ojeras, labios secos, el cabello todavía con restos del peinado de la noche anterior. Me lavé la cara con agua fría hasta que la piel ardió.
En el trabajo el ambiente era el de siempre. El olor a desinfectante, el sonido lejano de ladridos, el murmullo de las recepcionistas. Todo aparentaba normalidad. Yo no.
Jhony llegó media hora después que yo. Lo supe antes de verlo: el cambio en la energía del pasillo, la forma en que una de las nuevas auxiliares se alisó el cabello. Cuando pasó junto a la puerta del consultorio donde yo revisaba una ficha, no se detuvo. Solo dejó caer una mirada breve, cargada de significado, y siguió caminando.
Esa mirada me bastó para entender que la conversación pendiente no se había olvidado.
Intenté concentrarme en el trabajo. Vacunas, revisiones, una cirugía menor de rutina donde yo ya podía participar. Las manos me salían firmes por costumbre, pero la cabeza seguía en otra parte. Cada vez que alguien mencionaba “El Doctor”, sentía un tirón desagradable en el estómago.
Cerca del mediodía, mientras guardaba material en uno de los depósitos del fondo, la puerta se cerró a mis espaldas.
—No respondiste el mensaje.
No necesitaba girarme para reconocer la voz.
—No tenía nada que decirte —contesté, siguiendo ordenando frascos.
Se acercó. No lo suficiente para tocarme, pero sí lo bastante para que su presencia llenara el espacio pequeño.
—Eso es mentira. Tienes bastantes cosas que decirme o que callar. Dependiendo de lo inteligente que decidas ser.
Me giré finalmente. Su expresión era tranquila, casi amable. Eso lo hacía peor.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy recordando la realidad. —Sonrió apenas—. Julio me aprecia. Hay cierta confianza en nosotros. ¿Qué crees que pensaría si de pronto descubriera ciertos detalles sobre su hija?
La rabia me subió tan rápido que me costó no alzar la voz.
—No te atreverías.
—No quiero hacerlo —corrigió con suavidad—. Pero tampoco pienso desaparecer solo porque ahora te resulte incómodo. Tú y yo tenemos asuntos pendientes. Y después de anoche, se volvieron más interesantes.
Di un paso hacia él, mirándolo a los ojos.
—Si me vuelves a tocar o a amenazar, juro que yo misma se lo cuento todo. A Julio. A tu esposa. A quien haga falta.
Por primera vez, algo parecido a la cautela cruzó su mirada. Solo un segundo. Después recuperó la compostura.
—Ya veremos.
Salió del depósito dejándome con el pulso desbocado y las manos frías.
Me apoyé contra la estantería metálica y cerré los ojos. El miedo ya no era abstracto. Tenía forma. Tenía voz. Y conocía exactamente el punto donde podía lastimarme.
Cuando volví al pasillo, el Centro seguía funcionando con normalidad. Nadie sabía nada. Nadie miraba dos veces. Solo yo cargaba con la certeza de que el margen de control que creía tener se acababa de estrechar peligrosamente.
Y en medio de todo ese desorden, sin que yo lo buscara, regresó la imagen de Derek en la terraza: la mandíbula tensa, los ojos fríos, la voz baja diciéndome que tuviera cuidado.
Odiaba admitirlo, pero una parte de mí empezaba a entender por qué me lo había dicho.
El resto de la tarde pasó en una especie de niebla. Atendí lo que tenía que atender. Sonreí cuando correspondía. Evité los pasillos donde sabía que Jhony podía aparecer. Cada minuto dentro de mi trabajo se volvió un ejercicio de control.
Cuando finalmente salí, el cielo ya empezaba a teñirse de grises. Caminé sin rumbo fijo durante un rato, solo para retrasar la llegada al apartamento vacío. El mensaje de Jhony seguía sin respuesta en el teléfono. Su amenaza, en cambio, se había instalado con demasiada claridad.
Al cruzar la calle frente a un bar, me detuve sin querer. A través del ventanal creí reconocerlo. Derek.
Estaba sentado solo en una mesa del fondo, con una copa delante. Como si lo hubiera sentido, levantó la vista en ese mismo instante y nuestros ojos se encontraron.
El tiempo se tensó.
No sonrió. Tampoco apartó la mirada de inmediato. Me sostuvo con esa misma intensidad fría y contenida de la terraza, como si estuviera confirmando que yo seguía siendo exactamente el problema que había diagnosticado la noche anterior. Yo me quedé inmóvil en la acera, incapaz de decidir si debía entrar, saludar o simplemente seguir caminando.
Al final fue él quien rompió el momento. Bajó la vista hacia su copa con un gesto lento, deliberado, y no volvió a mirarme.
Continué mi camino con el corazón apretado. Odiaba que su advertencia ahora sonara menos a juicio y más a una verdad que yo misma empezaba a temer. Odiaba todavía más que, en medio del miedo que Jhony me generaba, la sola presencia de Derek pudiera desordenarme de aquella forma.
Llegué al apartamento cuando ya estaba oscuro. Dejé el bolso sobre la mesa y me senté en el sofá sin encender la luz.
El teléfono vibró otra vez.
Esta vez no era Jhony.
Pierre:
¿Llegaste bien? Elena está preocupada. Dice que ayer te vio rara en la boda.
Si necesitas cualquier cosa, aquí estamos.
Ah, y Derek preguntó si estabas bien.
Me quedé mirando la pantalla más tiempo del necesario. Derek había preguntado por mí.
No llamó. No escribió. Solo preguntó.
Era poco. Casi nada.
Y aun así, esa pequeña información se me alojó en el pecho con una mezcla confusa de alivio y resistencia.
Apagué el teléfono.
En el silencio del apartamento, por fin me permití admitir lo evidente:
la boda no había terminado anoche.
Solo había cambiado de forma. Y ahora el verdadero desorden empezaba a desplegarse.