Liora Montclair siempre supo que era un estorbo.
Hija menor de una casa noble en decadencia, fue criada entre insultos, miradas de desprecio y un veneno que nadie más que ella sospechaba. Su cuerpo —grande, rollizo, "impresentable" según su propia familia— era la prueba visible de años de humillación silenciosa. Cuando la obligaron a casarse con el Duque Alaric Ravens, el general más temido del Imperio Aurelius, Liora se preparó para lo peor: otro hombre que la miraría con asco.
Pero Alaric no la miró con asco.
De hecho, Alaric fue el primero en notar que su vestido de boda estaba diseñado para humillarla. El primero en tratarla con respeto. El primero en no verla como un cuerpo defectuoso, sino como una mujer con fuego en los ojos y una lengua afilada que ni siquiera un Duque podía domar.
Lo que Alaric no sabe es que Liora guarda secretos que podrían sacudir los cimientos del imperio. Secretos sobre su verdadero linaje. Sobre las sombras que la obedecen. Sobre la espada que esconde debajo de la dulzura.
Lo que Liora no sabe es que el veneno que corre por sus venas fue puesto ahí por alguien de su propia sangre. Y que destaparlo significará enfrentarse a conspiraciones que van mucho más allá de la crueldad doméstica.
Mientras Liora descubre que el "monstruo" con el que la casaron tiene las manos más gentiles que jamás la han tocado, una guerra se avecina en el horizonte. Una guerra que pondrá a prueba no solo su matrimonio, sino los secretos que ambos juran proteger.
Entre batallas en campos nevados, intrigas palaciegas que cortan más profundo que cualquier espada, y un niño de tres años con media lengua que insiste en llamarla "Lilola", Liora tendrá que decidir: ¿seguir escondiéndose detrás de la máscara de la esposa sumisa, o revelarse como lo que realmente es?
Porque debajo de la piel que todos despreciaron, late el corazón de una guerrera.
Y el Duque Ravens está a punto de descubrir que se casó con la mujer más peligrosa del imperio.
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CAPÍTULO 31. REGRESO A CASA
Cinco meses.
Un tiempo que para algunas personas podría parecer breve, pero para el Duque Alaric Ravens, cinco meses fueron una larga pausa repleta de sangre, fuego y decisiones que cambiaron el rostro de la región oriental para siempre.
El carruaje avanzaba lentamente por el camino principal que conducía a la capital. Sus ruedas de hierro chocaban contra las piedras del pavimento, que comenzaban a estar más ordenadas, señal de que se acercaban al centro del poder del reino.
Dentro del carruaje, Alaric iba reclinado, su capa negra doblada con pulcritud, la espada de vuelta en su funda. La vieja herida en su pecho había cicatrizado hacía tiempo, dejando una marca que ya no dolía, pero había algo que se sentía mucho más intenso que cualquier dolor.
Nostalgia.
Una sonrisa tenue no dejaba de dibujarse en su rostro desde el amanecer. Pensando en que por fin se reencontraría con su esposa después de tanto tiempo.
Y por supuesto... Gideon lo notó.
—Su Excelencia, si sigue sonriendo así, me preocupa que se le trabe la mandíbula antes de llegar a las puertas de la capital —la voz de Gideon sonaba demasiado alegre para tratarse de un viaje militar.
Alaric no volteó.
—Cállate, Gideon —dijo Alaric.
Gideon, en cambio, sonrió aún más ampliamente.
—Su rostro no me permite guardar silencio, Su Excelencia —dijo.
Alaric finalmente lo miró de reojo, con esa mirada afilada que normalmente bastaba para hacer retroceder un paso a cualquiera.
—No me hagas arrojarte al territorio de los monstruos —amenazó Alaric, aunque para Gideon no sonó nada serio.
Gideon cerró la boca de inmediato, pero no detuvo aquella sonrisa. Simplemente se encogió de hombros y miró a Alaric con una expresión cargada de significado, como si dijera: sé exactamente lo que siente.
Alaric chasqueó la lengua, luego desvió la mirada hacia la ventana del carruaje.
Las torres de la capital comenzaban a divisarse a lo lejos. Los tejados de las casas dispuestos con orden, las banderas del reino ondeando y las calles llenas de vida.
Su pecho se llenó de calidez.
Ya regresé, Liora, pensó Alaric con alegría.
Ese nombre vibró en su interior, suave, lleno de añoranza. Imaginó el rostro de su esposa: las mejillas regordetas que siempre le provocaban ternura, la sonrisa tímida que solo aparecía cuando estaban los dos solos, la mirada cálida que siempre lo tranquilizaba después del día más difícil.
La sonrisa de Alaric se ensanchó sin que se diera cuenta.
Su carruaje y la comitiva finalmente cruzaron las puertas de la capital.
Y el bullicioso mundo los recibió con jubilosa alegría. La comitiva se sorprendió ante el fervor que no habían esperado.
Los vítores del pueblo llano inundaron la calle principal. La gente se agolpaba a los lados del camino, agitando las manos, lanzando flores silvestres, e incluso había quienes lloraban arrodillados.
—¡Duque Ravens!
—¡Viva el Duque Ravens!
—¡Gracias por salvar la región oriental!
Alaric se sorprendió por un instante. Nunca había esperado esto.
Los caballeros detrás de él irguieron el cuerpo, sus rostros llenos de un orgullo que apenas podían disimular.
Al otro lado de la comitiva, en la parte más rezagada, se veía un panorama muy diferente.
Jaulas de hierro.
Dentro de ellas, los nobles de la región oriental y los nobles del Reino de Varkhiel que habían asistido a la subasta ilegal estaban sentados con rostros demacrados, ropas harapientas, sin títulos, sin honor.
El pueblo no los vitoreaba.
El pueblo los insultaba.
—¿Qué se siente ahora que los tratan como esclavos?
—¡Son más bajos que animales!
—¡Mueran de una vez!
Los insultos resonaban contra aquellos nobles. Les arrojaban verduras podridas. Piedras pequeñas. Lodo.
Algunos nobles agachaban la cabeza, otros intentaban cubrirse el rostro, pero ya no les quedaba dignidad alguna que proteger.
Esa era la retribución que recibían por sus crímenes.
Alaric y su comitiva miraban al frente sin detenerse.
No sentían lástima. Sobre todo después de haber visto con sus propios ojos lo que aquellos nobles habían hecho en la región oriental.
Alaric solo sentía que era una justicia demasiado tiempo postergada.
El palacio se alzaba majestuoso como siempre.
Alaric y los caballeros entraron en el salón principal, con paso firme. Se arrodilló ante el trono, seguido por Gideon, Colton y los demás caballeros.
—Informen —ordenó el Emperador.
Alaric habló de forma breve, concisa, sin dramatismos. Sobre la limpieza de la región oriental. Sobre la traición de los nobles. Sobre la colaboración con Varkhiel. Sobre los esclavos liberados. Sobre el territorio salvado.
El Emperador escuchó con expresión seria.
—Parece que debemos enviar espías para vigilar a Varkhiel. Porque están planeando algo peor aún de lo que hicieron en la región oriental —dijo Alaric.
—Hmm... Le ordenaré a Caelum que se encargue de eso de inmediato —respondió el Emperador.
Cuando el informe concluyó, Alaric y los caballeros se pusieron de pie.
—Trabajo extraordinario. El reino está en deuda con ustedes. No se preocupen, ya he preparado una recompensa digna del arduo trabajo de todos —declaró el Emperador con satisfacción.
Los vítores de los caballeros resonaron en el salón.
Pero entonces el ambiente cambió.
El Emperador bajó del trono, su expresión se suavizó, sus hombros se relajaron ligeramente. Su semblante ya no era el de un Emperador, sino el de un hermano.
—Hablaremos después; por ahora, ve a casa —le dijo el Emperador a Alaric en tono relajado.
Alaric se sorprendió al oír ese cambio. Alzó la mirada y esbozó una pequeña sonrisa.
—Gracias, Su Majestad —dijo Alaric.
El Emperador asintió.
—Descansen todos y coman algo delicioso.
—¡Gracias, Su Majestad! —respondieron al unísono.
Cuando Alaric estaba por darse la vuelta, el Emperador añadió:
—No te sorprendas cuando llegues a casa.
Alaric volteó, confundido.
El Emperador rio.
—Ve a casa. Ya lo verás.
Alaric no le dio más vueltas al asunto. Él y los caballeros se marcharon del palacio.
—Por fin podré dormir cómodamente después de esto —dijo Colton con entusiasmo.
—Qué envidia. Mientras que a mí me espera una montaña de documentos cuando llegue —se quejó Gideon, que parecía a punto de llorar al imaginar la pila de documentos en el despacho de Alaric.
Colton rio al escucharlo.
El corazón de Alaric latía con fuerza durante todo el trayecto hacia su residencia.
La sensación era extraña: nervios, entusiasmo, nostalgia, todo mezclado en uno.
¿Cómo estará Liora ahora?
¿Estará bien de salud?
¿Estará esperándome en la puerta?
Esos pensamientos no dejaban de rondar la cabeza de Alaric.
El carruaje y la comitiva finalmente se detuvieron en la residencia del Duque.
Los sirvientes estaban formados para recibirlo. El gran portón se abrió.
Pero Liora no estaba entre quienes lo recibían.
Alaric bajó, un tanto extrañado.
—¿Dónde está la Duquesa? —preguntó Alaric al jefe de los sirvientes.
El jefe de los sirvientes sonrió con calidez y respondió:
—La Señora Duquesa vendrá enseguida, Su Excelencia. Se quedó dormida al amanecer porque no pudo conciliar el sueño anoche pensando en su regreso. Así que la señora se despertó un poco tarde hoy.
Alaric sonrió.
Resultó que no era el único que había estado esperando.
Alaric dio instrucciones, organizó el equipaje, ayudó a los caballeros, tratando de hacer pasar el tiempo. Separó incluso los objetos que habían obtenido de la región oriental.
Y entonces...
Se escucharon pasos rápidos.
No eran pasos de sirvientes.
No eran pasos de caballeros.
Pasos ligeros y apresurados.
Alguien corría hacia Alaric.
Antes de que pudiera reaccionar, alguien ya lo estaba abrazando con fuerza.
Una mujer.
Cálida. Fragante. Familiar pero de algún modo diferente.
Alaric se sorprendió. Su rostro se endureció. Parecía furioso porque alguien se atrevía a abrazarlo sin más.
—¿Quién...?
Antes de que Alaric pudiera soltar a la mujer, se escuchó una voz jadeante.
—¡¿Señora Duquesa?! ¡Corrió demasiado rápido! —exclamó Sasa, que venía corriendo hacia ellos.
Alaric se quedó inmóvil.
De forma espontánea, miró a la mujer entre sus brazos.
—¿Liora?
Ella alzó el rostro.
Sus miradas se encontraron.
Una hermosa sonrisa adornaba aquel rostro delgado extraordinariamente bello.
—Al fin regresaste —dijo la mujer con suavidad.
Alaric abrió los ojos de par en par.
Las mejillas regordetas que tanto adoraba Alaric... habían desaparecido.
El rostro de Liora era ahora más afilado, sus ojos lucían más grandes, su cuerpo se veía mucho más delgado.
Alaric se quedó petrificado en su lugar.
¿Su esposa estaba delgada?