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Nos Queríamos En Silencio

Nos Queríamos En Silencio

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor de la infancia
Popularitas:481
Nilai: 5
nombre de autor: samuel luna

Es una historia sobre la amistad, los sentimientos callados y el miedo a cambiar lo que ya se tiene por decir la verdad.

NovelToon tiene autorización de samuel luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 4: la cita

Daniel me escribió el sábado por la mañana.

Salió bien.

Leí el mensaje varias veces. Las palabras eran cortas, pero tenían la capacidad de arruinarme el día con una eficiencia casi perfecta.

No quería saber qué significaba “bien”. Podía significar que Elena había aceptado salir con él. Podía significar que habían hablado durante horas. Podía significar que, por fin, Daniel había dejado de tener miedo y ahora estaba empezando algo con alguien que no era yo.

Aun así, respondí.

Me alegra.

Tardó poco en contestar.

¿No vas a preguntar nada?

Miré la pantalla.

¿Qué quieres que pregunte?

Cómo ocurrió.

No quería saberlo. No quería imaginar la expresión de Daniel al invitarla, ni la sonrisa de Elena al aceptar, ni el lugar donde se verían. Sin embargo, contesté:

Bueno. ¿Cómo ocurrió?

Daniel comenzó a escribir, dejó de hacerlo y volvió a escribir.

Le pedí que saliera conmigo y dijo que sí.

Era lo que esperaba. Aun así, sentí que la tristeza me bajaba por el cuerpo como una corriente fría.

Entonces todo bien, escribí.

No exactamente.

Fruncí el ceño.

¿Qué pasó?

Me preguntó por qué quería salir con ella.

¿Y qué le dijiste?

Daniel tardó más esta vez.

La verdad.

Mi corazón se detuvo por un instante.

¿Qué verdad?

Que me gusta alguien desde hace mucho tiempo.

Dejé el teléfono sobre la cama y me quedé mirando el techo.

La frase no decía el nombre de Elena. No decía que ella fuera esa persona. Pero tampoco dejaba espacio para una interpretación que me protegiera.

Daniel estaba enamorado de alguien desde hacía años.

Yo no sabía si respirar o llorar.

Volví a tomar el teléfono.

¿Y qué respondió?

Dijo que no estaba segura de poder ayudarme.

Sentí una punzada inesperada de esperanza.

¿Ayudarte con qué?

Con la persona que me gusta.

Leí el mensaje una vez. Luego otra.

Pensé que te gustaba ella.

Los tres puntos aparecieron inmediatamente y desaparecieron. Pasaron unos segundos antes de que respondiera.

Elena es amiga de ella.

Me incorporé en la cama.

No entendía nada.

¿Amiga de quién?

Daniel tardó casi un minuto.

De la persona que me gusta.

Mi corazón empezó a latir con tanta fuerza que me dolía.

¿Y entonces por qué saldrías con Elena?

Esta vez el silencio duró más.

Porque necesito saber si ella está con alguien.

Me levanté de la cama y caminé de un lado a otro.

Eso no tiene sentido.

Lo sé.

Daniel, estás usando a Elena para averiguar cosas de otra persona.

No la estoy usando.

¿Entonces qué haces?

Intento entender si tengo alguna oportunidad.

Me senté en el borde de la cama.

No sabía si quería seguir preguntando. Había algo peligroso en aquellas respuestas, una sensación de estar avanzando hacia una verdad que podía cambiarlo todo.

¿Quién es?

Daniel escribió:

No puedo decirte todavía.

¿Por qué?

Porque si te lo digo, vas a mirarme diferente.

El aire de mi habitación pareció detenerse.

Podría haber sido una frase cualquiera. Podía estar hablando de alguien impredecible, de una persona que yo conocía, de alguien con quien él temía quedar expuesto.

Pero una parte de mí quiso creer que hablaba de mí.

Esa parte fue suficiente para hacerme daño.

No te miraría diferente, escribí.

La respuesta llegó casi de inmediato.

Eso dices ahora.

Lo digo en serio.

No estoy seguro.

Me quedé mirando la conversación. De pronto recordé todos los momentos en que Daniel había buscado mi mirada después de decir algo importante. Recordé la tarde en la parada del autobús, cuando me preguntó si lo esperaría. Recordé la manera en que se había quedado callado al preguntarle si yo me arriesgaría por alguien importante.

Tal vez había estado intentando decírmelo.

Tal vez yo había sido demasiado cobarde para escucharlo.

Antes de que pudiera responder, llegó otro mensaje.

Tengo que preguntarte algo.

¿Qué?

¿Crees que ella sospecha?

Mis manos comenzaron a temblar.

¿Quién?

La persona que me gusta.

No podía seguir jugando a adivinar. Había pasado demasiado tiempo interpretando silencios, pausas y miradas. Si él quería hablar, tendría que hacerlo de verdad.

No lo sé. ¿Crees que debería sospechar?

Daniel no respondió de inmediato.

Cinco minutos.

Diez.

Quince.

Apareció un nuevo mensaje.

A veces creo que sí. Otras veces pienso que para ella solo soy su mejor amigo.

El mundo se volvió extraño. Durante unos segundos, todas las posibilidades parecieron alinearse frente a mí.

Me dije que podía preguntarle.

Me dije que podía escribir su nombre.

Me dije que podía terminar con los años de incertidumbre.

Pero entonces recordé lo que Daniel había dicho: “Si me dice que no, después todo cambia.”

Y tuve miedo de ser justamente esa persona. Tuve miedo de descubrir que no me quería. Tuve miedo de que, incluso si yo lo amaba, aquello no significara nada para él.

Quizá deberías decírselo, escribí.

¿Aunque arruine todo?

Quizá no lo arruine.

¿Y si sí?

Entonces al menos dejarías de imaginar.

Pasó un minuto.

¿Tú harías eso?

Cerré los ojos.

Esta vez no quería mentir.

No lo sé.

Eso pensé.

¿Por qué?

Porque cuando se trata de ti, siempre pareces valiente hasta que llega el momento de decir lo que sientes.

Sentí un nudo en la garganta.

Daniel había visto más de lo que yo creía. Tal vez no sabía que me gustaba, pero sabía que escondía algo.

No todos los silencios significan lo mismo, escribí.

¿Qué significa el tuyo?

No pude responder.

El teléfono vibró de nuevo.

Olvídalo. Nos vemos el lunes.

La conversación terminó, pero mis pensamientos continuaron.

Esa tarde salí a caminar sin avisarle a nadie. Necesitaba despejarme, aunque no sabía de qué. Llegué al parque donde Daniel y yo habíamos pasado tantas tardes durante el colegio. El banco de madera seguía allí, un poco más gastado, cubierto de hojas secas.

Me senté y saqué el celular.

Abrí el chat con Daniel.

Escribí:

La persona que te gusta soy yo.

Lo leí.

Luego lo borré.

Escribí:

Yo también estoy enamorada de alguien que conozco desde hace años.

Lo borré.

Escribí:

No quiero perderte.

Esta vez lo dejé unos segundos, pero tampoco lo envié.

Guardé el teléfono.

—Cobarde —murmuré para mí.

—¿Me estás insultando o hablando sola?

Levanté la cabeza. Daniel estaba de pie frente al banco, con las manos en los bolsillos y una sonrisa cansada.

—¿Qué haces aquí?

—Podría preguntarte lo mismo.

—Necesitaba salir.

—Yo también.

Se sentó a mi lado, dejando una distancia pequeña entre ambos. El silencio que siguió no era incómodo exactamente. Era más bien el silencio de dos personas que saben que deben decir algo y no encuentran la forma.

—¿Ya tienes tu cita con Elena? —pregunté.

—El martes.

—Ah.

—No parece que te alegre.

—Me alegra.

—No te creo.

—No tienes que creerme todo.

Daniel me miró de perfil.

—¿Por qué te importa tanto?

Sentí que el pecho se me cerraba.

—Porque eres mi amigo.

—Eso no responde.

—Es la respuesta que tengo.

—No. Es la respuesta que usas cuando no quieres dar la verdadera.

La valentía que había reunido durante todo el día empezó a desmoronarse.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Por qué no me dices quién es?

—Porque tengo miedo.

—Ya me lo dijiste.

—No es el mismo miedo.

—¿Qué cambia?

Daniel volvió la vista hacia el parque.

—Si te digo quién es, ya no voy a poder fingir que todo está bien.

La frase me atravesó.

—Tal vez no todo está bien.

—Lo sé.

—Entonces deja de fingir.

Daniel bajó la mirada a sus manos.

—¿Y si no siente lo mismo?

—No puedes saberlo sin preguntarle.

—¿Y si me mira como tú me estás mirando ahora?

—¿Cómo te estoy mirando?

—Como si acabara de decepcionarte.

No supe qué decir.

Porque tal vez sí lo estaba mirando así. No porque hubiera hecho algo malo, sino porque cada segundo que pasaba sin decir la verdad me parecía una nueva oportunidad desperdiciada.

—No me has decepcionado —susurré.

—Entonces dime qué te pasa.

La respuesta estaba a una sola palabra.

Yo.

Solo tenía que pronunciarla.

Pero el miedo fue más rápido.

—Me preocupa que salgas herido —dije.

Daniel soltó una risa breve y triste.

—Siempre te preocupas por mí.

—Alguien tiene que hacerlo.

—¿Y quién se preocupa por ti?

No respondí.

Daniel giró el cuerpo hacia mí. Estaba tan cerca que podía ver una pequeña marca junto a su ceja, una que se había hecho jugando fútbol a los dieciséis.

—Algún día vas a tener que decirme qué estás escondiendo —dijo.

Lo miré directamente.

Por un instante pensé que podía hacerlo.

Por un instante creí que él también estaba a punto de acercarse.

Entonces su celular vibró.

Daniel apartó la vista y revisó la pantalla.

—Es Elena.

No sé por qué, pero escuchar su nombre rompió algo dentro de mí.

—Deberías contestarle.

—No quiero irme.

—No tienes que quedarte por mí.

—No dije que fuera por ti.

—Pero lo pensaste.

Daniel sostuvo mi mirada. Luego desbloqueó el teléfono, escribió una respuesta rápida y volvió a guardarlo.

—Le dije que hablamos después.

—¿Por qué?

—Porque quería quedarme.

Mi corazón dio un golpe tan fuerte que tuve que bajar la vista.

—Daniel…

—No sé cómo hacer esto.

—¿Hacer qué?

—Decirte la verdad sin arruinarlo todo.

El parque quedó en silencio.

Yo respiré hondo.

—Tal vez no se puede.

—¿Qué cosa?

—Decir la verdad y asegurarse de que nada cambie.

Daniel pareció quedarse con esa frase.

—¿Y tú qué harías?

Esta vez no pude seguir escapando del todo.

Lo miré y dije:

—Depende de quién fuera la persona.

—¿Y si fueras tú?

La pregunta salió tan baja que casi pensé que la había imaginado.

Mi cuerpo se quedó inmóvil.

Daniel también.

No era una confesión. No exactamente. Pero tampoco era una pregunta inocente.

Y por primera vez en mucho tiempo, el silencio entre nosotros no pareció esconder algo.

Pareció estar a punto de revelarlo.

1
Julián
excelente
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