NovelToon NovelToon
Los Protegeré

Los Protegeré

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Mundo mágico / Venganza
Popularitas:364
Nilai: 5
nombre de autor: Leandro Martin Diaz

En un pequeño orfanato una niña no sabe que será una de los pocos sobrevivientes y quién era como su madre da la vida par aque ellos puedan escapar.
Decidida y con una promesa echa a la lus de luna, jura proteger a quienes sobrevivieron y a los que la necesiten.

NovelToon tiene autorización de Leandro Martin Diaz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: Prueba

Elia llegó al Gremio de Aventureros antes de que el sol saliera.

No había dormido bien, durante toda la noche pensó en la prueba que tendría que hacer. En algunos sueños, Orven le entregaba una gran insignia de oro y todos los aventureros la aplaudían. En otros, intentaba lanzar una chispa y quemaba todo el edificio.

En el último sueño, un monstruo con la cara de Tarin le preguntaba si sabía leer un mapa.

Elia se despertó de golpe.

Decidió que no necesitaba desayunar, después recordó que los aventureros podían pasar hambre durante sus viajes.

Por eso creyó que era mejor acostumbrarse desde el principio.

Madre Liria la encontró en la cocina, subida a una banqueta y revolviendo una olla de leche con una cuchara de madera.

—¿Qué estás haciendo?

Preguntó.

Elia dejó de revolver y miró por encima del hombro.

—Ayudando.

—Puedes ayudar sin meter la cuchara hasta el fondo de la olla. Vas a salpicar toda la cocina.

Elia observó la leche que había caído sobre la mesa.

—La leche necesitaba que la revolvieran.

—Sí, pero con cuidado.

Madre Liria le quitó la cuchara y la apoyó junto a la olla, entonces vio que Elia escondía otra cuchara detrás de la espalda.

—¿Y para qué tienes esa segunda cuchara?

Elia miró la cuchara como si recién se diera cuenta de que la llevaba.

—Por si la primera se cansaba.

Madre Liria retiró la olla del fuego y le sirvió un tazón.

—Los aventureros que conozco empiezan el día desayunando, no robando leche.

—No la estaba robando. La estaba vigilando.

—La leche está a salvo. Ahora siéntate y come.

Elia se sentó, mientras comía, miró la olla.

—¿Puedo llevarme un poco?

—¿Para qué?

—Para practicar.

—No vas a practicar magia con la comida.

—Solo quería saber si podía moverla sin tocarla.

—Después de desayunar puedes mover tu propia cuchara. Eso será suficiente por hoy.

Tarin apareció en la puerta, tenía una tabla de madera apoyada en el hombro y una mancha de polvo en la mejilla.

—¿Ya estás lista?

Preguntó.

—Sí.

—¿Comiste?

—Estoy comiendo.

—Eso no fue lo que pregunté.

—Sí, comí.

Tarin miró la olla, la leche sobre la mesa y las dos cucharas.

—¿Qué pasó?

—Elia estaba ayudando.

Explicó Madre Liria.

—¿Y por qué parece que la cocina fue atacada por un monstruo?

—La leche se defendió.

Dijo Elia.

Tarin sacudió la cabeza.

—Dalia nos espera afuera.

—Voy con ustedes.

Dijo Tarin.

Madre Liria dejó el paño que estaba usando para limpiar la mesa.

—No deberías caminar tanto. Todavía te duele el pecho.

—Puedo caminar.

—Eso no quiere decir que estas bien.

—Quiero estar allí cuando Elia haga la prueba.

Elia apoyó el tazón sobre la mesa.

—Si me desmayo, él puede llevarme.

—No me voy a desmayar.

Dijo Tarin.

—Yo tampoco.

—Entonces no vas a necesitar que te lleve.

—Pero es bueno tener un plan.

Madre Liria suspiró.

—Vayan, pero no se separen de Dalia. Y Elia, no uses magia dentro de la casa.

—¿Puedo usarla afuera?

—Solo si hay un adulto cerca.

—¿Y si el adulto está lejos?

—Entonces no.

—¿Y si…?

—No.

Elia cerró la boca.

Dalia los esperaba en la entrada de la Casa de los Puentes, llevaba su abrigo azul y una taza de té entre las manos.

La caravana partiría esa tarde, pero antes tenía que terminar algunos asuntos en la ciudad.

—¿Lista?

Preguntó Dalia.

—Sí.

—¿Sabés qué van a hacerte?

—Me van a pedir que haga magia.

—Seguramente. Pero no solo eso.

—También van a pedirme que mate un monstruo.

—No creo.

—Entonces no sé qué más pueden pedir.

Dalia dejó la taza sobre el muro de la entrada.

—Van a ver si puedes seguir órdenes, también van a ver si puedes detener un hechizo. Un aventurero no solo tiene que atacar, aveces debe proteger, correr, esconderse o esperar.

—Yo sé esperar.

Tarin la miró.

—Ayer no esperaste para abrir la puerta del comedor.

—Tenía hambre.

—Y antes de ayer no esperaste para tocar la campana del gremio.

—Quería saber si sonaba.

—Sonó durante casi un minuto.

—Entonces aprendí algo.

Dalia se frotó la frente.

—La prueba también puede mostrar si eres capaz de escuchar consejos.

Elia asintió con mucha seriedad.

—Voy a escuchar todos los consejos.

—Eso ya es un buen comienzo.

—Pero no prometo hacerles caso a todos.

—Elia.

—Solo estaba avisando.

Los tres caminaron hacia la plaza. Ardentia ya estaba despierta.

Los vendedores levantaban sus persianas y los carros pasaban por las calles, el aire olía a pan caliente y humo.

El edificio del gremio estaba abierto, en el salón había menos gente que el día anterior.

Algunos aventureros desayunaban y otros revisaban los papeles pegados en los tablones.

Orven los esperaba junto a la puerta.

—Llegás temprano.

Dijo.

—Dijiste que volviera si todavía quería ser aventurera.

—Sí, pero no pensé que llegarías antes que yo.

—¿Eso significa que gané?

—Todavía no empezamos.

Orven miró a Tarin.

—¿Vas a participar?

—Solo voy a mirar.

Respondió Tarin.

—Y a evitar que Elia haga algo peligroso.

Añadió Dalia.

—Eso va a ser difícil.

Dijo Orven.

—Lo sé.

Contestó Dalia.

Orven los llevó al patio de atrás, era un lugar grande, rodeado por paredes altas.

Allí había muñecos de madera, sacos de arena, blancos para las flechas y varios círculos pintados en el suelo.

Algunos muñecos tenían cortes de espada, otros estaban negros por el fuego.

En una mesa había una jarra de agua, un cuenco de metal, tres velas, una piedra lisa y una campana pequeña.

Neris estaba junto a la pared con los brazos cruzados.

—¿Tu también vas a hacer la prueba?

Le preguntó Elia.

—No, solo vine a mirar.

—¿Por qué?

—Porque Orven necesita que alguien le recuerde que no debe ser demasiado bueno con los aprendices.

—¿Él es demasiado bueno?

—Todavía no lo sabemos.

Orven colocó una hoja sobre la mesa.

—Antes de empezar, voy a explicarte algo importante, en este gremio no hay una edad mínima fija para intentar ser aventurero. Cada persona decide si quiere hacerlo, pero primero debe demostrar que tiene alguna capacidad y que entiende los peligros.

Elia escuchó con atención.

—¿Y si alguien no tiene potencial, pero igual quiere ser aventurero?

—Puede insistir.

Respondió Orven.

—Nadie puede obligarlo a renunciar a su sueño, pero el gremio dejará claro que no se hará responsable si esa persona se mete en una misión peligrosa sin estar preparada.

—¿Aunque sepa usar magia?

—La magia ayuda, pero no evita que te cortes, te caigas o tomes una mala decisión.

—Yo no tomo malas decisiones.

Tarin levantó una mano.

—Ayer decidió esconder una cuchara en la manga.

—Esa fue una buena decisión.

—¿Por qué?

—Porque ahora tenemos una cuchara de repuesto.

Neris se rio, Orven intentó no hacerlo.

—La prueba tiene varias partes.

Continuó.

—No espero que hagas todo bien. Quiero saber qué sabés hacer y qué te falta aprender.

Elia asintió.

—Primero probaré tu control del fuego. Quiero que enciendas solamente la vela del medio.

Orven colocó las tres velas sobre la mesa, Elia levantó una mano.

La vela de la izquierda se encendió.

—Esa no.

Dijo Orven.

Elia frunció el ceño y trató de mover la llama, el fuego se estiró y saltó hasta la vela del medio.

Ahora había dos velas encendidas.

—Solo una.

Repitió Orven.

—Lo sé.

Elia cerró los ojos, pensó en una llamita pequeña. La vela de la derecha se encendió y las otras dos se apagaron.

—Ahora encendí la que faltaba.

Dijo.

—Pero apagaste las otras.

—Entonces ya sé cómo encender cualquiera.

—La prueba era encender solo la del medio.

Elia volvió a intentarlo, esta vez la vela del medio se encendió, pero la llama creció demasiado y en pocos segundos llegó casi hasta su rostro.

—Elia

Dijo Dalia.

—Ya la apago.

La niña movió las manos, la llama se inclinó hacia ella y creció todavía más.

Elia sintió calor en la cara, también sintió miedo.

Recordó el sótano de la Casa de las Luciérnagas y al lobo de ceniza avanzando hacia Nima.

El fuego se volvió más fuerte.

—¡Elia, mirame!

Ordenó Orven.

Ella levantó la vista.

—No pienses en hacerlo desaparecer.

Dijo Orven.

—Imagina en hacerlo pequeño.

—No puedo.

—Sí puedes. Recuerdá la primera llama que encendiste.

Elia pensó en la capilla abandonada. Recordó la pequeña chispa sobre la madera húmeda.

No había sido grande, no había quemado nada solo había dado calor.

La llama comenzó a bajar.

Primero dejó de ser más alta que su cabeza.

Después llegó hasta su pecho.

Luego fue tan pequeña como la llama de una vela.

Orven dio una palmada.

La vela se apagó.

Elia respiró con fuerza, sus manos temblaban.

—Casi me quemo.

Dijo.

—Sí.

Respondió Orven.

—Pero no me quemé.

—También es cierto.

Neris señaló las velas.

—Tenés facilidad para usar el fuego, pero todavía no lo controlás bien.

—Lo voy a controlar.

—Eso espero.

—¿Cuándo?

—No hay una fecha exacta.

—¿En una semana?

—Tal vez.

—¿En dos?

—Tal vez.

—¿Mañana?

—Tal vez no.

Elia hizo una mueca.

Orven señaló la jarra.

—Ahora probaremos el agua. Llená el cuenco sin tocar la jarra.

Elia extendió las manos, el agua salió de la jarra en un hilo fino y llegó hasta el cuenco. Esta vez se movió con más cuidado.

El cuenco comenzó a llenarse.

—Más despacio.

Dijo Orven.

—Estoy haciéndolo despacio.

El hilo se volvió más grueso y el agua cayó sobre la mesa.

También mojó las botas de Orven.

Tarin se rio.

—No te rías.

Dijo Elia.

—No me estoy riendo de ti.

—Me estás mirando.

—Es una coincidencia.

Elia volvió a concentrarse, el hilo se hizo más pequeño.

El agua entró en el cuenco sin salirse.

—Bien.

Dijo Orven.

–Ahora detenela.

Elia cerró los dedos.

El agua siguió saliendo.

—Elia, para.

—Estoy intentando.

Elia imaginó una puerta cerrándose, el agua dejó de salir de golpe y cayó dentro del cuenco.

La niña sonrió.

—Lo hice.

—Sí.

Dijo Orven.

—Esta parte salió mejor.

Neris se acercó al cuenco.

—Hay un poco de escarcha en el fondo.

Elia miró el agua u una fina capa blanca cubría una parte del metal.

—¿Lo hice yo?

—No lo sabemos.

Dijo Orven.

—El patio está frío.

Elia acercó un dedo, pero Orven la detuvo.

—No toques todavía.

—Solo quería saber si era hielo.

—Más adelante podrás probarlo. Ahora tenés que aprender a controlar el agua.

Elia miró la escarcha unos segundos más, la capa blanca desapareció cuando el sol alcanzó el cuenco.

—Puedo hacer hielo algún día.

Dijo.

—Puede ser.

—No dije que podía ser. Dije que lo voy a hacer.

Orven la miró.

—Entonces tendrás que practicar mucho.

—Lo haré.

La siguiente prueba consistía en mover una piedra desde un círculo hasta otro, Orven explicó que no debía lanzarla ni romperla y que solo tenía que hacerla avanzar.

Elia miró la piedra lisa.

—¿Puedo usar agua?

—Sí.

Elia sacó un poco de agua de la jarra y la dejó caer alrededor de la piedra, después intentó levantarla.

La piedra se movió apenas.

—Otra vez.

Dijo Orven.

Elia creó un aro de agua alrededor de la piedra y tiró de él, la piedra se deslizó varios centímetros.

—Eso estuvo mejor.

Dijo Neris.

Elia intentó llevarla hasta el segundo círculo, la piedra avanzó pero el agua se desarmó antes de llegar.

La piedra cayó fuera de la marca.

—No pude.

Dijo Elia.

—No todavía.

Respondió Orven.

—¿Hay una diferencia?

—Sí eso significa que no lo lograste ahora. Pero eso no significa que en el futuro no puedas.

Elia miró la piedra.

—Entonces todavía no pude.

—Exacto.

Ella volvió a intentarlo, esta vez logró mover la piedra hasta la mitad del camino.

Se cansó antes de completar la tarea y tuvo que parar.

—La fuerza no alcanza.

Dijo Orven.

—También necesitás cuidado y paciencia.

—¿La paciencia es una forma de magia?

—Para algunos aventureros, parece que sí.

Tarin se sentó en un banco.

—Elia, descansá un poco.

—Todavía falta la prueba del rayo.

—Y la prueba del mapa.

Recordó Orven.

—¿También hay que leer?

—Sí.

—Los aventureros deberían poder usar magia para leer.

—Tal vez alguien invente eso algún día, por ahora tendrás que aprender como todos.

Orven sacó un mapa pequeño, tenía un bosque, un río, una colina y una casa dibujados con tinta.

—Imaginá que estás en la casa. Tenés que llegar a la carretera. ¿Qué camino elegirías?

Elia señaló el bosque.

—Por ahí.

—¿Por qué?

—Porque es el camino más corto.

—¿Y qué hay en el bosque?

Elia miró el mapa.

—Árboles.

—También puede haber monstruos.

—En la colina también puede haber monstruos.

—Eso es cierto.

Tarin se acercó al mapa.

—La carretera está al otro lado del río, el camino de la colina es más largo pero evita cruzar el agua.

—¿Cómo lo sabés?

Preguntó Elia.

—La escala está dibujada aquí abajo.

Elia observó una línea pequeña con algunos números.

—No la entiendo.

—Tenés que aprender a leer mapas.

Dijo Orven.

—¿Eso significa que fallé?

—Significa que todavía no sabés hacerlo.

—Es lo mismo.

—No. Fallar es negarte a aprender después de intentarlo.

Elia frunció el ceño, pero guardó silencio.

Orven le mostró el mapa otra vez.

—Un aventurero no necesita saberlo todo antes de comenzar. Pero debe aceptar que hay cosas que todavía no conoce.

Elia miró a Tarin.

—¿Puedes enseñarme?

—Sí.

—¿Hoy?

—Después de descansar.

—¿Y mañana?

—También.

Elia volvió a mirar el mapa.

—Está bien.

La última prueba era tocar la campana usando magia, Elia probó primero con agua.

La campana se movió un poco, pero no sonó, después intentó calentarla con fuego y el metal se puso rojo, pero el sonido no apareció.

—No la derritas.

Advirtió Orven.

—No la voy a derretir.

—Eso dijiste cuando encendiste la vela.

Elia intentó hacer que el fuego golpeara la campana. El metal vibró, pero no produjo ningún sonido.

—Usá el rayo.

Dijo Neris.

Elia levantó las manos.

Una chispa azul salió de sus dedos y golpeó la campana.

El sonido fue tan fuerte que los niños de la Casa de los Puentes, que estaban al otro lado del muro, gritaron sorprendidos.

Elia sonrió.

—Lo hice.

—Sí.

Dijo Orven.

—Ahora intentá hacerlo más suave.

La segunda vez, la chispa fue pequeña, la campana sonó con claridad.

—Mejor.

Dijo Neris.

Elia quiso repetirlo, intentó detener el rayo antes de que golpeara el metal, pero la chispa rebotó en la campana y quemó una línea negra en el suelo.

Todos se quedaron en silencio.

Elia bajó las manos.

—Eso salió mal.

—Sí.

Dijo Orven.

—Pero aprendiste algo importante.

—¿Qué?

—Es más fácil lanzar un hechizo que detenerlo a mitad de camino.

Elia miró la marca del suelo.

—¿Puedo practicar?

—Sí, pero con alguien cerca.

—¿Hoy?

—No.

—¿Mañana?

—Ya veremos.

—¿Pasado mañana?

Orven se frotó la frente.

—Si dejás de preguntar todos los días, tal vez llegue antes.

Elia pensó un momento.

—¿Puedo preguntar cada dos días?

Neris se rio, incluso Dalia tuvo que darse vuelta para esconder una sonrisa.

La prueba terminó cerca del mediodía, Orven escribió unas notas mientras Elia comía un plato de sopa, Dalia hablaba con Neris junto a la ventana, Tarin tenía una bolsa fría sobre el pecho, aunque decía que la usaba porque le gustaba la sensación.

Elia miraba a Orven desde su mesa.

—¿Qué estás escribiendo?

—El resultado de la prueba.

Respondió Orven.

—¿Y qué dice?

—Todavía no terminé.

—¿Voy a ser aventurera?

—Vas a ser aprendiz del gremio.

—¿Eso significa que sí?

—Significa que es el primer paso.

Orven abrió un cajón y sacó una pequeña placa de madera.

Tenía grabado el símbolo del gremio, no era de metal y no tenía ningún rango escrito.

—Esta placa indica que eres aprendiz.

Explicó.

—Puedes entrenar con nosotros y ayudar en tareas sencillas. También pueses acompañar a un aventurero cuando la misión sea segura y alguien con experiencia se haga responsable de llevarte.

—¿Puedo aceptar misiones sola?

—No.

—¿Por qué?

—Porque todavía estás aprendiendo.

—¿Y cuándo podré hacerlo?

—Cuando demuestres que estás preparada.

—¿Cuánto tiempo tardará?

—Depende de cuánto practiques y de cómo aprendas.

Elia tomó la placa y era más liviana de lo que había imaginado.

—Pensé que sería más grande.

—Las cosas importantes suelen empezar siendo pequeñas.

Dijo Orven.

Elia levantó la vista.

—¿Eso lo decís porque es verdad o porque no tenías una placa más grande?

Neris soltó una carcajada.

Orven negó con la cabeza.

—Volvé mañana, aprendiz Varen.

—Voy a volver.

—Lo sé.

—¿Puedo practicar fuego?

—Con alguien cerca.

—¿Agua?

—También.

—¿Rayo?

—No dentro del edificio.

—¿Afuera?

—Con alguien cerca.

—¿Puedo probar a hacer hielo?

—Más adelante.

—¿Cuándo?

—Cuando aprendas a llenar un cuenco sin mojar mis botas.

Elia miró las botas de Orven que seguían húmedas.

—Eso no es tan importante.

—Para mis pies sí.

Elia guardó la placa en el bolsillo y salió del patio con Tarin y Dalia.

No había recibido una insignia de rango Bronce, tampoco tenía permiso para luchar contra monstruos por su cuenta.

Se había equivocado con las velas, mojado las botas de Orven, fallado con la piedra y quemado el suelo con un rayo.

Pero había conseguido una placa.

Una pequeña placa de madera que demostraba que había comenzado.

Por la tarde, en la Casa de los Puentes, Elia se la mostró a Nima.

—¿Ahora eres aventurera?

Preguntó la niña.

—Soy aprendiz.

—¿Qué hace una aprendiz?

Elia pensó en las pruebas que había hecho.

—Aprende a no lastimarse.

—¿Es difícil?

—Mucho.

—¿Y después qué hace?

—Protege a los demás.

Nima abrazó a Pipa, la muñeca seguía sin un ojo pero ahora llevaba un vestido limpio.

—Entonces quiero que seas una buena aprendiz.

Elia miró por la ventana, sobre los tejados se veía el edificio del gremio.

—Lo seré.

Esa noche practicó con una gota de lluvia en el cristal, consiguió detenerla durante tres segundos.

Al día siguiente consiguió cuatro.

Al tercer día, la gota subió demasiado rápido, chocó contra el marco y empapó la pared.

Elia observó el desastre.

Después buscó un trapo y limpió la mancha.

No quería que Orven pensara que solo sabía causar problemas.

Aunque, mientras limpiaba, tuvo una idea.

Quizá podía poner una cubeta de agua sobre la puerta del despacho, solo quería probar si podía hacer que el agua cayera exactamente donde ella quería.

Elia sonrió.

Todavía no sabía que esa idea le traería su primer castigo en el gremio.

Tampoco sabía que, gracias a ese castigo, conocería a la persona que le enseñaría a sostener una espada.

Por ahora, solo era una niña con una placa de madera, tres elementos difíciles de controlar y una promesa demasiado grande para sus manos.

Pero recién había empezado su pequeña aventura.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play