"Dos apellidos enfrentados. Un amor prohibido. Una vida que lo cambiará todo."
Camila Santana siempre supo que su familia odiaba a los Santoro. Creció escuchando historias de traiciones, sangre y ruina. Por eso, cuando la envían al extranjero a los ocho años, cree que escapa de ese infierno. Pero el infierno la espera a su regreso.
Veintitrés años, fogosa y decidida, Camila vuelve a casa para encontrarse con su destino: el hijo de los Santoro. Lo que nace entre ellos es un torbellino de pasión y peligro, de caricias que saben a pecado y miradas que prometen guerra. Pero el odio de sus familias no es un rumor: es una sentencia.
Cuando un embarazo inesperado los une para siempre, Camila deberá enfrentarse a la pregunta más difícil: ¿puede el amor de dos personas vencer al odio de dos apellidos? ¿O su hijo estará condenado a heredar una guerra que no eligió?
Una historia de amor, lealtad y el valor de romper cadenas.
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Capítulo 4 La Mañana Después del Infierno
POV Camila Santana
El dolor de cabeza me está matando.
Intento abrir los ojos, pero la luz del sol que entra por un ventanal enorme me golpea como un puñetazo. Parpadeo varias veces, tratando de enfocar mi mirada, pero todo es borroso. Mi cerebro se siente como si alguien lo hubiera puesto en una licuadora.
—¿Dónde...? —mi voz sale ronca, apenas un susurro.
El techo es blanco, pulcro, con una lámpara de diseño moderno que cuelga como un ovni. Las paredes son grises, frías, y los muebles... minimalistas. Demasiado limpios. Demasiado ordenados. Como si nadie viviera aquí. Como si fuera una prisión de lujo.
Muevo la cabeza con cuidado, y entonces lo siento. El peso de las sábanas sobre mi piel desnuda.
—¿Estoy... desnuda? —susurro, y mi mano se desliza bajo la tela para confirmarlo.
Sí. Completamente desnuda.
—¿Qué pasó anoche? —pregunto al aire, esperando que el universo me responda.
Nada.
Mi memoria es un agujero negro. Recuerdo el bar, los dados, las botellas de vino. Recuerdo a ese hombre de ojos oscuros, su apuesta, su voz grave como un violonchelo. Pero después... después, solo un manto de niebla.
—Dios mío, ¿qué hice? —murmuro, llevándome las manos a la cara.
Mi celular suena, y el sonido me sobresalta. Busco a mi alrededor con desesperación, encontrándolo sobre una mesita de noche de diseño que no reconozco.
—¿Hola? —contesto, y mi voz suena tan frágil como una hoja seca.
—¡Cami! ¿Dónde estás? —la voz de Carola es un alarido de pánico—. Te fuiste con ese... con él... ¡Cami, sal de donde estés! ¡Dime dónde estás, paso a recogerte ahora mismo!
—Caro, no sé... —intento articular, pero las palabras se me enredan—. No recuerdo nada. ¿Qué pasó anoche?
—¿Qué qué pasó? —Carola está histérica, y puedo imaginarla caminando en círculos con el teléfono pegado a la oreja—. ¡Te fuiste con Rocco Santoro, Cami! ¡Te subió al coche como si fueras un saco de patatas y te llevó a su casa! ¡Y tú, borracha perdida, fuiste voluntariamente!
El nombre cae como un balde de agua helada.
—¿Rocco... Santoro? —repito, sintiendo que el suelo se abre bajo mis pies.
—Sí, Rocco Santoro —grita Carola—. Tu peor enemigo. El hombre que tu familia odia. Y te fuiste con él como una tonta. ¿No te acuerdas de la apuesta? Te ganó en los dados. Y tú aceptaste ser su... su...
No necesita terminar la frase. La memoria regresa como un tsunami.
La apuesta. Los dados. Su sonrisa de depredador. La casa en el lago. Y luego... luego él besándome contra el coche.
—¡Ay, Dios! —exclamo, sintiendo cómo el pánico me agarra la garganta.
—¡Dime dónde estás, ahora! —insiste Carola.
—No lo sé —admito, mirando a mi alrededor—. Es una habitación enorme, toda gris y blanca, con un ventanal que da al mar. No sé dónde estoy.
—¡Mándame la ubicación! ¡Ahora!
Cuelgo y le envío la ubicación por WhatsApp. Luego me quedo allí, sentada en la cama, con la sábana pegada al pecho, tratando de procesar lo que acabo de descubrir.
Rocco Santoro.
El hombre que mi madre describe como un demonio. El que rompió las costillas de mi hermano. El que ha hecho la vida imposible a mi familia durante años.
Y yo... me acosté con él.
Me levanto con esfuerzo y confirmo que mi cuerpo está pagando las consecuencias de la noche anterior. Mis piernas tiemblan, mi cadera duele como si hubiera corrido un maratón, y siento un dolor sordo y profundo en algún lugar que prefiero no nombrar.
—Al menos espero que sea guapo —murmuro con ironía, aunque sé que lo es. Maldita sea, lo es.
La cama está revuelta, y cuando aparto la sábana, veo una mancha rojiza en la tela. Mi pudor se esfuma en ese momento.
Me visto a toda prisa, encontrando mi ropa doblada sobre una silla. Alguien la colocó allí con cuidado. ¿Él? ¿Un sirviente? No quiero pensarlo.
Salgo de la habitación, que da a un pasillo largo y silencioso. La casa es enorme, con techos altos y ventanales que dejan entrar la luz del mar. Todo es frío y elegante, como su dueño. Camino en puntillas, buscando la salida, y cuando finalmente veo la puerta principal, siento un alivio enorme.
—Señorita —una voz femenina me hace dar un respingo. Me giro y veo a una mujer mayor, vestida con uniforme impecable, que me mira con una expresión neutra—. El señor dijo que se contactará con usted después. La apuesta se cumple.
Sin añadir nada más, la mujer se retira por un pasillo lateral.
Me quedo paralizada un segundo, pero luego el instinto de supervivencia se activa. Abro la puerta y salgo como un rayo, sintiendo el aire del mar en la cara.
Afuera, el sol es brillante y la brisa huele a sal. Y en la entrada, Carola está frenando su coche con una violencia que hace chirriar los neumáticos.
—¡Sube! —me grita.
No necesito que me lo repita. Abro la puerta y me lanzo al asiento como si el mismísimo diablo estuviera persiguiéndome.
Carola acelera antes de que cierre la puerta del todo.
—¿Sabes lo que hiciste? —me grita, sin apartar la vista de la carretera—. ¿Sabes con quién te fuiste? ¡Borracha insoportable! ¡Ese tipo es Rocco Santoro! ¡Y por el rosario en tu cuello, cumpliste con la apuesta!
—¿Cumplí la apuesta? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.
—¡Sí! —grita Carola, golpeando el volante—. ¡Te acostaste con él! ¡Y ahora tienes que ser su amante por un mes!
El recuerdo llega completo, nítido, como una película en mi cabeza. Los dados. Su voz. La promesa. Mi estúpida arrogancia.
—No puede ser —susurro—. No... no puede ser.
—Pues sí puede —dice Carola, más calmada pero con un tono que hiela la sangre—. Y lo peor de todo, Cami, es que te vendiste enterita. Ahora tu peor enemigo tiene el control sobre ti. Y no sé cómo vamos a salir de esta.
Me quedo en silencio, mirando por la ventanilla mientras la ciudad pasa a toda velocidad. Mi mente es un torbellino de culpa, miedo y algo más. Algo que no quiero reconocer.
Porque en algún lugar, en lo más profundo de mi ser, hay un recuerdo borroso de la noche anterior. Sus manos en mi cuerpo. Su boca en la mía. El calor de su piel contra la mía.
Y aunque quiero odiarlo, aunque debería odiarlo, una parte de mí, la más oscura y prohibida, no puede evitar preguntarse si Rocco Santoro es tan malo como dicen.
O si, tal vez, el verdadero peligro no es él.
Sino yo.