Vladimir Volstok murió después de dedicar toda su vida a su familia.
Fue el hijo perfecto. El hermano que siempre sacrificaba todo por Raúl, el elegido de la familia y el héroe destinado a tenerlo todo. Pero cuando llegó su final, Vladimir descubrió la verdad: su bondad solo había servido para que todos lo utilizaran.
Entonces el destino le ofreció una segunda oportunidad.
Pero no regresaría como Vladimir Rojas.
Regresaría como Vladimir Volstok: el villano de la historia.
Su misión era sencilla: destruir a todos los héroes.
Vladimir aceptó con una sonrisa.
Porque él conocía el futuro.
Sabía quiénes serían los héroes, quiénes serían sus aliados, qué mujeres amarían y qué oportunidades los convertirían en leyendas.
Y decidió robárselo todo.
Su primera jugada será Miranda, la novia de Raúl.
Primero le robará su amor.
Después, su futuro.
Y cuando Raúl descubra que Miranda espera un hijo de Vladimir, comprenderá demasiado tarde qu
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El Primer Cebo
Vladimir cruzó el umbral de la boutique de lujo con pasos firmes y un porte impecable. Miranda, sumida en sus labores, no notó su presencia hasta que la sombra del magnate se proyectó sobre ella.
Miranda provenía de una familia de clase media con altas aspiraciones. Desde pequeña, su padre le había inculcado la idea de que debía destacar y apuntar siempre a lo más alto. Por eso trabajaba a medio tiempo en esa tienda exclusiva: para pagarse la universidad y codearse con la élite de la ciudad. Era pragmática y se atraía instintivamente por quien prometiera el mejor futuro.
Vladimir dibujó en sus labios una sonrisa calculada y rompió el silencio con voz suave y profunda:
—Señorita, disculpe, ¿cuánto cuesta ese traje?
Miranda volteó para atender al cliente con la cortesía habitual.
—Señor, este traje está en cinco mil dólares... —dijo, pero al levantar la vista y fijarse en el rostro de Vladimir, las palabras se le atascaron en la garganta.
Frente a ella había un hombre de veintidós años con una presencia imponente, facciones perfectas y una mirada azul que infundía autoridad. Vladimir sonrió con elegancia y, con total desenvoltura, sacó de su billetera de piel una reluciente tarjeta de crédito negra sin límite de crédito.
—Vaya... —comentó Vladimir inclinando levemente la cabeza—. ¿Y si quisiera un traje de veinte mil dólares, tienen algo así en esta tienda?
Miranda se quedó impactada. Sus ojos bajaron hacia la tarjeta Black y sus mejillas se ruborizaron al instante.
—Sí, señor... sí tenemos —contestó tragando saliva—. Acompáñeme, por favor.
Lo guio hacia un salón privado al fondo de la boutique, una zona reservada exclusivamente para clientes de altísimo nivel donde exhibían trajes de finísimo corte italiano.
—Perfecto, esto es exactamente lo que necesito —dijo Vladimir mirando los perchadores con desdén refinado. Luego se giró hacia ella—. ¿Cuál crees que me siente mejor, muchacha?
Miranda lo observó por un segundo, buscando mantener el profesionalismo mientras el corazón le latía a toda prisa.
—Creo que este azul, señor.
—¿Azul? Interesante. ¿Por qué ese?
—Bueno... es un color elegante y se nota a simple vista que usted trata con personas de gran estatus —respondió ella, visiblemente deslumbrada.
Por dentro, Vladimir rio con frialdad. Miranda no era malvada por naturaleza, jamás lo fue. Pero ¿qué podía hacer una chica de diecinueve años cuando se le aparecía un magnate de veintidós cargando una tarjeta con la que podría comprar la mitad de la ciudad? Ella contaba los centavos para llegar a fin de mes; era inevitable que se impactara.
Vladimir dio un paso hacia ella, acortando la distancia. Con delicadeza pero con firmeza, extendió dos dedos y le levantó sutilmente el rostro por la barbilla.
—Tienes buen ojo, muchacha —dijo mirándola fijamente a los ojos—. Me pregunto... ¿tienes algo que hacer cuando termine tu turno hoy?
Miranda dio un pequeño paso hacia atrás, asustada por el atrevimiento y la intensidad de la situación.
—Señor... disculpe. No... no es apropiado. No está bien.
Vladimir soltó una risa suave y comprensiva, bajando la mano sin presionar.
—Está bien, muchacha, no te obligaré a nada. Me llevaré estos cuatro trajes.
—¿Los... los cuatro? —preguntó ella abriendo los ojos de par en par.
—Claro. No querrás que use el mismo traje todos los días. Empaquétalos y envíalos a mi penthouse. Cobra de aquí lo que cuesten.
Entregó la tarjeta negra. El pago de ochenta mil dólares pasó al instante sin el menor inconveniente. Mientras Miranda procesaba la venta más grande de su vida, Vladimir sacó su billetera de piel y sacó un billete de cien dólares, dejándolo sobre el mostrador de cristal.
—Esto es por tu excelente servicio, muchachita —dijo con amabilidad antes de dar media vuelta y salir de la tienda con paso dominante.
Miranda se quedó sola en el mostrador, mirando el billete de cien dólares. Era más de lo que ganaba en una semana entera de trabajo, y él se lo había dejado como una simple propina. Al tomar el billete con manos temblorosas, notó que en la parte posterior había una pequeña nota escrita con elegante caligrafía:
"Llámame, preciosa. Vladimir." Acompañado de su número de teléfono personal.
Afuera, Vladimir subió a la limusina que lo esperaba con el motor encendido. Al acomodarse en el asiento de cuero, miró al chofer a través del retrovisor.
—A la empresa —indicó con voz serena.
Mientras el automóvil se incorporaba al tráfico, Vladimir contempló la ciudad por el ventanal, esbozando una sonrisa llena de satisfacción y malicia.
"Miranda... no creo que me llames hoy. Tu orgullo intentará resistirse. Pero me llamarás mañana. Y cuando lo hagas, sabré que he dado el primer paso de mi venganza de la forma correcta."