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Renacida En El Abismo

Renacida En El Abismo

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo / Romance oscuro
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier

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Capítulo 4: Una atracción que quema

El contacto con su piel era algo que no podía describir con palabras. No era solo calor, ni solo fuerza; era una energía viva, palpitante, que corría por todo mi cuerpo desde el punto en que sus brazos me sostenían. Me mantenía pegada a su pecho; podía sentir el ritmo lento y poderoso de su corazón, un latido que no se parecía al de ningún ser vivo que hubiera conocido antes: era profundo, antiguo, como el sonido de rocas chocando en las profundidades de la tierra.

Caminaba con paso firme, sin esfuerzo, como si yo no pesara más que una pluma, mientras sus subordinados marchaban detrás, manteniendo la distancia que él había ordenado. El aire a nuestro alrededor se movía, cargado de ese olor característico suyo: humo, roca caliente, algo salvaje y masculino que, en lugar de rechazarme, me hacía querer acercarme más, inhalarlo hasta llenar mis pulmones.

Yo intentaba mantener la compostura, mirar hacia los lados, observar aquel mundo de sombras y fuego para distraerme, para no pensar en lo cerca que estaba de él, en cómo sus músculos se movían bajo esa piel dura y marcada, en cómo su cabeza, llena de cuernos imponentes, se alzaba con orgullo. Pero cada vez que mis ojos se posaban en su rostro, lo encontraba mirándome a mí. No hacia el camino, no hacia sus tierras. A mí.

—No dejas de moverte —murmuró de repente, sin dejar de caminar, con esa voz grave que hacía vibrar todo lo que tocaba.

—Es que… no estoy acostumbrada —respondí, tratando de no sonar tan alterada como me sentía—. Nadie me había cargado así antes. Y menos alguien… como tú.

Él soltó una risa baja, profunda, que me estremeció entera.

—¿Alguien como yo? —repitió, y bajó un poco la cabeza para que sus ojos, esas llamas oscuras, quedaran justo frente a los míos—. ¿Y cómo soy yo, Isabela? ¿Un monstruo? ¿Un demonio? ¿Algo que no debería existir?

Tragué saliva. Podía haberle dicho que sí, que para cualquier persona de mi mundo él sería la pesadilla más terrible, la criatura que aparece en los cuentos para asustar a los niños. Pero la verdad era que, en ese momento, abrazada a su cuerpo, sintiendo cómo me protegía de todo lo que nos rodeaba, esas palabras se me atascaban en la garganta.

—Eres diferente —dije al fin, con sinceridad—. Eres fuerte, imponente… y da miedo, sí. Pero también… —Me callé, porque no sabía cómo explicar lo que sentía, porque ni yo misma lo entendía.

—Pero también… —insistió él, deteniéndose en seco.

Estábamos justo frente a las puertas del castillo: dos estructuras inmensas, de metal oscuro y piedra, talladas con figuras de criaturas que parecían moverse en la penumbra. Sus subordinados se detuvieron atrás, manteniendo la cabeza baja, dándonos espacio. Lucien no las miraba. Solo me miraba a mí, esperando que terminara la frase.

—Pero también me atraes —confesé de golpe, sin poder contenerme, sintiendo cómo el calor me subía al rostro, quemándome las mejillas—. Y no sé por qué. Debería odiarte, debería tener pánico, debería querer huir lejos de ti y de este lugar. Pero cada vez que me miras… cada vez que me tocas… siento algo que me quema por dentro. Algo que me hace querer quedarme aquí, justo donde estoy.

El silencio que siguió fue pesado, cargado de una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Sus ojos se oscurecieron más, si es que era posible, y vi cómo sus pupilas se dilataban, llenándose de un deseo intenso, desbocado, que reflejaba exactamente lo que yo acababa de decir.

—¿Te quemo, pequeña humana? —susurró, y con una lentitud tortuosa, bajó una mano hasta mi cintura, apretando con firmeza, marcando su posesión—. Eso es porque tú también me quemas a mí. Desde el primer segundo en que caíste aquí, desde que vi tu cuerpo frágil tendido en mi suelo, sentí fuego corriendo por mis venas. Un fuego que no conocía, que no entiendo, pero que me consume entero.

Se inclinó más, acercando su rostro al mío hasta que nuestras respiraciones se mezclaron, hasta que sentí el calor de su aliento sobre mis labios.

—He vivido tres mil años, Isabela. He gobernado, he luchado, he tomado lo que he querido cuando he querido. Nunca he necesitado nada. Nunca he deseado nada que no fuera poder o dominio. Pero tú… tú caíste del cielo, pequeña, y de repente, todo lo demás dejó de importar. Solo existes tú. Solo me importas tú.

Su mano subió desde mi cintura, recorriendo mi costado, rozando mi piel con una mezcla de fuerza y suavidad que me hizo arquear la espalda, acercándome más a él sin querer. No había miedo en mí ahora, solo esa atracción extraña, poderosa, que tiraba de mí como un imán, que me hacía olvidar que estábamos en un reino de sombras, que él era un príncipe demonio y yo solo una humana renacida.

—Me miras como si quisieras devorarme —susurré, con la voz entrecortada, mientras mis manos se aferraban con más fuerza a sus hombros.

—Y lo haría —respondió él, sin dudar, con una sinceridad absoluta y aterradora—. Te devoraría entera, cuerpo y alma, para que no quede nada de ti que no sea mío. Para fundirme contigo hasta que no sepamos dónde termina uno y empieza el otro. Porque esta atracción que sientes… no es solo curiosidad. Es hambre. Es obsesión. Es el lazo que nos une, mucho antes de que tú cayeras aquí.

Sus labios rozaron los míos, apenas un roce, una caricia ligera que envió escalofríos por todo mi cuerpo, haciéndome temblar de pies a cabeza. No me besó, no todavía, pero sentí la promesa en ese contacto, la intensidad de lo que estaba por venir.

—Entraremos —dijo, levantando la cabeza de golpe, rompiendo el momento, pero sin soltarme ni un milímetro—. Te llevaré a tus aposentos, te mostraré que aquí, bajo mi mando, no te faltará nada. Pero escúchame bien, Isabela… —Sus ojos brillaron con una intensidad que me hizo sentir pequeña y deseada a la vez—. Esta atracción que nos quema… solo acaba de empezar. Y cuando se desate por completo… ninguno de los dos podrá detenerla. Y entonces, serás mía de todas las formas posibles.

Se giró hacia las puertas inmensas, y con un solo movimiento de su mano libre, estas se abrieron con un estruendo profundo, revelando el interior del castillo: pasillos altos, de piedra negra, iluminados por llamas que flotaban en el aire, objetos de metales oscuros y piedras preciosas incrustadas en las paredes, una belleza extraña, lujosa y aterradora a la vez.

Lucien entró, caminando con la cabeza alta, llevándome entre sus brazos, mientras sus subordinados se quedaban fuera, cerrando las puertas tras nosotros, dejándonos solos en la inmensidad de aquel lugar. Y mientras avanzábamos por aquellos pasillos infinitos, yo solo podía pensar en una cosa: tenía razón. Esa atracción no era algo normal, no era algo que pudiera controlar. Me quemaba, sí. Pero lo que más me asustaba… era que yo también quería quemarme con él.

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