Para sellar un acuerdo diplomático, un imponente emperador galáctico acepta comprometerse con un omega del salvaje planeta de las bestias. Sin embargo, un inesperado error en los registros altera los planes: en su lugar, recibe a un dulce e inocente gamma. A pesar de la confusión y el choque cultural, este tierno e inesperado compañero empezará a derretir el frío corazón del soberano.
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Cap 4
La gran sala de juntas del consejo imperial de Astris parecía un mercado de alta alcurnia, una escena que rozaba lo ridículo y que tenía al emperador al borde de perder la paciencia. Sobre la colosal mesa circular flotaban decenas de pantallas holográficas que desplegaban los perfiles detallados de las candidatas enviadas por los planetas aliados. Había datos biográficos, árboles genealógicos, registros de salud y retratos tridimensionales de omegas de todas las especies y culturas de la periferia galáctica.
A diferencia de otras ocasiones, esta vez Zarek participaba físicamente en la reunión. Se encontraba sentado en el trono de la cabecera, con una postura rígida, el mentón apoyado sobre el puño cerrado y una expresión de profundo fastidio grabada en sus facciones perfectas. Su sola presencia solía congelar la habitación, pero la ambición política de los consejeros parecía haber superado temporalmente el miedo que le profesaban al soberano.
Cada canciller y ministro presente se había encaprichado con una candidata diferente, movidos por oscuros intereses económicos o alianzas estratégicas personales. La sala era un caos de voces superpuestas y discusiones acaloradas.
—¡Es evidente que la princesa del sector Orión es la opción ideal! —exclamó el ministro de finanzas, golpeando suavemente la mesa—. Su planeta controla las mayores rutas de comercio de la zona este. ¡Una alianza con ella triplicaría nuestros ingresos aduaneros!
—¡Tonterías! Su atmósfera es inestable y su linaje es débil —interrumpió el viejo consejero de defensa, expandiendo el holograma de otra joven—. Mire la complexión de la heredera del sistema solar de Kaelum. Es una omega de casta guerrera, fuerte, capaz de resistir el protocolo imperial y darnos un heredero digno de la flota de Astris. El emperador necesita fuerza, no comerciantes.
Zarek cerró los ojos un segundo, sintiendo una punzada de dolor en las sienes. El debate continuó por casi una hora, transformándose en una pelea de egos donde cada miembro del consejo intentaba arrastrar la decisión hacia su propia conveniencia, ignorando olímpicamente que el hombre que iba a casarse estaba sentado justo frente a ellos. Para el emperador, todas las pantallas flotantes se veían exactamente iguales: rostros desconocidos, vidas ajenas y ambiciones políticas disfrazadas de romance diplomático.
Fastidiado al extremo, y sintiendo que en cualquier momento ordenaría a la guardia imperial desalojar la sala a punta de cañón, Zarek clavó sus gélidos ojos grises en Alistair, quien se encontraba sentado a su derecha observando el espectáculo con una ceja levantada. La mirada del soberano fue una orden silenciosa y directa: Haz algo antes de que empiece a colgar ministros.
Alistair captó el mensaje de inmediato. Se aclaró la garganta, se puso de pie con elegancia y dio un golpe seco sobre la mesa, desactivando temporalmente los hologramas más ruidosos.
—¡Suficiente, caballeros! —la voz de Alistair resonó con una autoridad firme y cortante que cortó el aire de inmediato—. Les recuerdo que están en la sala del consejo del Imperio de Astris, no en una subasta de puerto espacial. Compórtense a la altura de la seriedad de sus cargos. Estamos discutiendo el futuro linaje de la corona y la estabilidad de la galaxia, no un intercambio de mercancías. Mantengan el orden o daré por terminada la sesión con las consecuencias que eso implique.
El recordatorio del canciller principal surtió efecto. Los ministros, dándose cuenta de que habían tensado demasiado la cuerda y viendo la monstruosa sombra de desagrado en el rostro de Zarek, se acomodaron las túnicas y guardaron silencio, aclarándose la garganta con incomodidad. El orden regresó a la sala, aunque la tensión seguía siendo densa.
Tras varias horas más de una revisión exhaustiva, fría y meticulosa, el cansancio y el fastidio del emperador llegaron a su límite. Zarek enderezó la espalda en su trono, haciendo que todos los presentes contuvieran el aliento.
—No voy a pasar un minuto más escuchando sus disputas banales —sentenció Zarek, su voz profunda arrastrando una peligrosa calma—. Alistair, filtra los perfiles. Busca el planeta que menos problemas políticos nos cause a largo plazo y que posea una candidata con la resiliencia física necesaria. Elige tú. Tienes mi autorización para sellar el decreto ahora mismo.
Alistair asintió con solemnidad y comenzó a descartar carpetas digitales con movimientos rápidos de sus dedos sobre la pantalla principal. Buscaba un punto medio: un planeta lo suficientemente necesitado como para agradecer el acuerdo, pero lo bastante apartado como para no generar disputas de poder en la corte de Astris. Finalmente, sus ojos se detuvieron en el expediente enviado por el planeta de las bestias.
—Aquí está —anunció Alistair, proyectando la imagen de una joven de mirada decidida y porte orgulloso—. Su nombre es Kala, es la segunda hija del líder del clan del planeta de las bestias. Su mundo es salvaje, pero sus guerreros son leales y su estructura biológica es sumamente resistente. El informe médico y social indica que es una omega fuerte, de carácter firme y educada en las tradiciones de liderazgo de su pueblo. Cumple con todos los requisitos de resiliencia y el tratado con su planeta asegurará un sector fronterizo clave.
Zarek no miró el holograma de Kala. No le importaba quién fuera, solo que cumpliera su propósito contractual.
—Que así sea —dictó el emperador, levantándose de su trono y dando la espalda a la asamblea—. Preparen los documentos de compromiso y envíen la nave de transporte diplomático al planeta de las bestias. La asamblea ha terminado.
Con un movimiento de su capa, Zarek abandonó la sala, dejando a los ministros aliviados por haber concluido la tarea. Ninguno de los presentes, ni siquiera el astuto Alistair, imaginaba que en los registros digitales del planeta de las bestias, debido a la premura y a un sutil error de transcripción en los códigos de embarque familiares, el nombre de la fuerte y decidida Kala sería trágicamente intercambiado por el de su pequeño, dulce e indefenso hermano menor, Nesta.