En medio de una guerra que destruyó mundos, un niño será preparado para proteger un Imperio y una heredera será enviada a la Tierra para sobrevivir.
Mientras que él creció para aceptar su destino, ella creció sin saber quién era realmente ni por qué el universo parecía perseguirla en silencio.
Pero la mayor batalla que librarían ambos no sería por un trono, sería por el amor.
A lo largo de sus vidas, amarán con una intensidad que los llevará a tocar el cielo y a enfrentarse a pérdidas que marcarán su historia para siempre.
Descubrirán que no todo amor basta, que no siempre es suficiente querer quedarse, y que hay destinos que se interponen incluso cuando nadie está dispuesto a rendirse.
Mientras fuerzas antiguas despiertan y el poder que duerme en ellos reclaman su lugar, tendrán que decidir qué significa realmente ser fuerte, porque gobernar un imperio es sencillo comparado con proteger aquello que amas, aun cuando amar también tenga un precio.
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3. Alnair de KaoB
Las luces de entrenamiento atravesaban el enorme domo militar mientras decenas de jóvenes guardianes combatían dentro de plataformas suspendidas a distintos niveles de gravedad.
Se escuchaban los golpes, las descargas energéticas, las órdenes estratégicas, el metal chocando contra metal. Todo ocurría demasiado rápido para ojos no entrenados.
Pero Alnair de KaoB se movía como si pudiera prever cada ataque antes de que sucediera. Apenas tenía dieciséis años y aun así ya era considerado uno de los estudiantes más prometedores que había pasado por la Academia Militar de Guardianes de Andovia en décadas.
- “¡Más rápido!”, gritó uno de los instructores desde las plataformas superiores.
Alnair esquivó una descarga azul apenas girando el cuerpo. Después bloqueó el siguiente ataque con precisión impecable y derribó a su oponente sin necesidad de utilizar energía guardiana.
El joven cayó al suelo frustrado.
- “Eso no fue justo”, dijo el joven. Alnair le ofreció la mano para ayudarlo a levantarse.
- “Te distrajiste”, afirmó Alnair.
- “Porque peleas como si llevaras veinte años aquí”, replicó el joven.
Una pequeña sonrisa apareció apenas en el rostro de Alnair, no respondió, porque en parte tenía razón. Desde niño había sido entrenado por Nahor, y entrenar con el comandante general de las fuerzas militares de Andovia significaba crecer aprendiendo a sobrevivir antes que a pelear.
Las alarmas de finalización resonaron dentro del domo. Los estudiantes comenzaron a dispersarse lentamente mientras las plataformas descendían.
- “Tu padre te está buscando”, informó uno de los asistentes militares acercándose a Alnair.
El joven frunció levemente el ceño, porque eso era extraño. Nahor rara vez interrumpía sus entrenamientos.
Las terrazas superiores del complejo militar ofrecían una vista completa de la capital de Andovia. Naves atravesaban constantemente los cielos. Torres energéticas iluminaban la ciudad. Y enormes pantallas suspendidas proyectaban noticias relacionadas con las crecientes tensiones diplomáticas entre planetas aliados. La guerra todavía no había comenzado oficialmente, pero todos sabían que estaba cerca.
Nahor permanecía de pie junto al borde de la plataforma observando el horizonte cuando Alnair llegó. Incluso inmóvil imponía respeto. Su uniforme oscuro llevaba los emblemas militares más altos de Andovia y múltiples marcas de combate atravesaban parcialmente la armadura ceremonial sobre sus hombros, pero al escuchar los pasos de su hijo, la dureza de su expresión disminuyó apenas.
- “Llegaste rápido”, expresó Nahor.
- “Me dijeron que era importante”, manifestó Alnair.
Nahor lo observó unos segundos en silencio. A veces olvidaba lo joven que seguía siendo, porque Alnair había crecido demasiado rápido. La academia, la presión política, el entrenamiento, las expectativas. Todo el planeta esperaba algo de él. Y aun así, seguía siendo su hijo.
- “Voy a salir de Andovia durante unas semanas”, dijo Nahor. Alnair lo miró sorprendido.
- “¿Una misión militar?”, preguntó Alnair.
- “No exactamente”, respondió Nahor.
Eso llamó inmediatamente su atención. Nahor rara vez hablaba con ambigüedad. El comandante activó entonces una proyección holográfica frente a ambos..Un planeta azul apareció suspendido entre ellos. Era la Tierra. Alnair observó las lecturas básicas en silencio.
- “Es un planeta primitivo”, dijo Alnair.
- “Es un planeta discreto”, corrigió Nahor.
La imagen cambió mostrando ciudades humanas, vehículos terrestres, personas caminando entre enormes edificios iluminados. Alnair frunció levemente el ceño.
- “¿Por qué ir allí?”, preguntó Alnair. Nahor tardó unos segundos en responder.
- “Porque algunas cosas deben protegerse lejos de Andovia”, respondió Nahor.
El joven sintió inmediatamente que aquello era más importante de lo que parecía.
Desde pequeño había aprendido a reconocer el tono que utilizaba su padre cuando hablaba como comandante y cuando hablaba como alguien que cargaba secretos. Y esa vez era ambas cosas. Nahor desactivó parcialmente la proyección.
- “Necesito que vengas conmigo”, manifestó Nahor. Alnair levantó la mirada.
- “¿Yo?”, preguntó Alnalr.
- “Aprenderás algo importante”, respondió Nahor.
El muchacho permaneció en silencio unos segundos antes de asentir. Jamás cuestionaba a su padre frente a decisiones militares, pero Nahor pudo notar igualmente la curiosidad en sus ojos. Por eso caminó lentamente hacia el borde de la terraza.
- “En la Tierra nadie puede saber quiénes somos realmente. Los humanos desconocen la existencia del resto del universo y debe continuar así”, explicó Nahor.
- “¿Debemos ocultar nuestra energía?”, preguntó Alnair.
- “Sí”, respondió Nahor.
- “¿Y nuestros nombres?”, consultó Alnair. Nahor soltó una leve exhalación divertida.
- “No completamente. Allí utilizo otra identidad”, manifestó Nahor.
Alnair arqueó apenas una ceja. Eso sí logró sorprenderlo. El comandante general de Andovia fingiendo ser alguien más parecía absurdo.
- “¿Qué identidad?”, preguntó Alnair. Nahor guardó silencio unos segundos antes de responder:
- “Nestor D’Marco”, respondió Nahor. El joven terminó sonriendo apenas.
- “Eso explica muchas cosas”, dijo Alnair.
- “¿Como qué?”, cuestionó Nahor.
- “Ahora entiendo por qué insistías tanto en enseñarme idiomas humanos”, respondió Alnair. Nahor permitió una pequeña sonrisa. Después su expresión volvió a endurecerse ligeramente.
- “Escúchame bien, Alnair. La Tierra parece un lugar insignificante para muchos mundos del universo y precisamente por eso es peligrosa. Quienes viven allí no están preparados para nuestra realidad. Un error podría alterar sus vidas para siempre”, manifestó Nahor.
Alnair asintió lentamente. Entendía perfectamente el peso de esas palabras, había sido criado para proteger, no para imponerse.
El viento atravesó las terrazas elevando parcialmente las capas oscuras del uniforme militar de Nahor. Durante un instante, Alnair observó la ciudad de Andovia extendiéndose bajo ellos. Tan majestuosa, imponente y poderosa. Y aun así, sintió que existían secretos mucho más grandes que la guerra que lentamente comenzaba a rodearlos.
- “¿Cuándo partimos?”, preguntó Alnair. Nahor volvió a mirar el planeta azul suspendido en la proyección holográfica.
- “En un mes, y necesito que te prepares sobre la vida en tierra, es el único tiempo que tienes”, respondió Nahor.
Y aunque Alnair todavía no podía imaginarlo, aquel viaje cambiaría el curso completo de su vida.