Después de perder al amor de su vida, él juró que su corazón quedaría enterrado junto a su esposa. Convertido en padre soltero, su único motivo para seguir adelante es su pequeño hijo… hasta que un nuevo comienzo los lleva a un lugar inesperado.
Ella es una dulce y dedicada profesora de preescolar, amante de los niños y de las pequeñas historias felices que se construyen día a día en su aula. Su vida es tranquila, organizada… hasta que él aparece.
Desde la primera mirada, algo cambia. Lo que comienza como simples encuentros en la hora de salida, se convierte en una conexión imposible de ignorar. Pero no todo es tan sencillo: el pasado aún duele, las heridas no han sanado del todo y el mundo no siempre acepta lo que no entiende.
Entre risas infantiles, dibujos de colores y miradas que dicen más que mil palabras… nace un amor que ninguno de los dos estaba buscando.
¿Podrá un corazón roto volver a amar?
¿Y hasta dónde estarán dispuestos a luchar por un sentimiento que no debía existir?
Un
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Capítulo 23: Lo que Nunca Habíamos Contado
Llegué a mi edificio, dejé la moto y salí. Ahí estaba Alejandro, apoyado junto a la puerta del copiloto, esperándome. Apenas me vio, sonrió.
—No sé si mañana me arrepienta de esto, pero no vamos a pensar en lo que nos separa.
Le devolví la sonrisa.
—Entonces no pensemos en nada más… solo en ti y en mí.
Abrí la puerta y entré al carro. Él la cerró suavemente, dio la vuelta y se acomodó en el asiento del conductor.
—¿A dónde vamos? —pregunté con un poco de duda.
—A un lugar bonito. Vamos a tomar algo y a conocernos. Quiero saber todo de ti… y que tú me preguntes todo lo que quieras saber de mí.
Y así fue como la llevé a un bar elegante y privado, donde sabía que nadie nos tomaría fotos para luego publicarlas. Yo era una figura pública y ella también era conocida por su trabajo en redes sociales; tal vez no tanto como yo, pero sí lo suficiente para llamar la atención.
Llegamos y nos dieron una mesa en el segundo piso. Le corrí la silla para que se sentara. Ella pidió un cóctel y yo un whisky.
El lugar era demasiado bonito e íntimo. Había música suave de fondo y una pequeña pista de baile iluminada tenuemente.
—No me mires así —dijo de repente.
Le sonreí divertido.
—¿Así cómo?
—No sé… como inspeccionándome.
Solté una carcajada.
—Es que quisiera saber más de ti, María José. Saber quién es realmente la profesora.
Ella sonrió.
—¿Y exactamente qué desea saber, señor Alejandro?
—Todo. Cuéntame de tu niñez, tu adolescencia, tu juventud… Quiero saberlo todo, a ver si termino enredándome más de ti.
Ella soltó una pequeña risa.
—A ver… ¿qué te cuento?
Tomó un sorbo de su bebida antes de continuar.
—Tengo un hermano menor que no vive en la ciudad, pero tenemos una relación muy bonita. Nos queremos mucho y siempre estamos pendientes el uno del otro. Crecí con mis papás y todavía siguen juntos. Tuve una niñez muy feliz, llena del cariño de ambos y sin que me faltara nada importante.
»Mis padres son de clase media y tienen un supermercado en el barrio donde vivimos. Gracias a Dios les ha ido bien. Terminé el bachillerato a los diecisiete años y empecé a trabajar en almacenes de ropa en el centro de Medellín. A los veinte decidí estudiar Licenciatura en Pedagogía Infantil y, mientras estudiaba, me fui interesando por las redes sociales.
»Tanto así, que a los veintitrés ya tenía miles de seguidores y varias marcas empezaron a buscarme para hacer campañas publicitarias. Ahí prácticamente me convertí en influencer.
—O sea que desde los veintitrés trabajas en redes —comenté sorprendido.
—Sí. Y eso me ayudó muchísimo con mis estudios. Me gradué a los veinticinco y enseguida conseguí trabajo en el colegio donde estoy actualmente. Después seguí creciendo en redes porque también me encanta ese mundo. Ahora tengo muchos seguidores, hago campañas y me va muy bien como influencer… pero la docencia sigue siendo mi pasión. Amo enseñarles a los niños. Además, también manejo las redes del colegio y eso me genera un ingreso extra.
Mientras hablaba, yo estaba completamente embobado mirándola. La forma en que se expresaba, los gestos tan lindos que hacía, las medias sonrisas que se le escapaban y esos hoyuelos en sus mejillas me tenían atrapado.
—Bueno, ya te resumí bastante —dijo riendo—. ¿Qué más quieres saber?
Sonreí.
—Me parece admirable que hayas sido tan trabajadora desde tan joven. Se nota que eres una mujer echada para adelante.
—La verdad sí me ha tocado esforzarme bastante.
—Pero quiero saber de la parte sentimental. ¿Has sido muy enamoradiza o por qué no te has casado? Porque eres muy linda e inteligente.
Ella soltó una risa divertida.
—Ahí lo has dicho: soy inteligente, por eso no me he casado.
Los dos nos reímos.
—Buen punto —dije entre risas—, pero me esquivaste la pregunta.
Ella volvió a reír.
—No, mentiras… A ver qué te digo.
La verdad, yo moría por saber de su vida sentimental, especialmente por qué se había separado después de tantos años.
—No he tenido muchos novios —comenzó—. Mi primer novio fue a los diecisiete años. Duramos dos años. Fue mi traga de infancia y quien me enseñó a ser migajera.
—¿Cómo así?
—Porque fue una relación muy inmadura. Cuando él decidió terminar, yo quedé súper enganchada y me conformaba con cualquier migaja de atención. Pero ya eso pasó. Después conocí a otra persona, con quien duré muchísimo más… y fue mi última relación.
—¿Y cuánto tiempo estuvieron juntos? Claro, si se puede saber.
—Sí, no hay problema. Empezamos cuando yo tenía veintiún años. Por locuras de juventud nos fuimos a vivir juntos al año de ser novios y duramos diez años. El año pasado, a comienzos de año, nos separamos definitivamente.
Levanté las cejas, sorprendido.
—Demasiado tiempo… ¿Y por qué no funcionó?
Ella suspiró.
—Muchas peleas. Teníamos sueños y formas de pensar muy diferentes. Nunca lográbamos ponernos de acuerdo y eso nos llevaba a discutir constantemente, hasta que nos cansamos demasiado y decidimos separarnos.
—Tuvo que ser muy duro para ti.
—¿Sabes qué pasa? —respondió—. Durante esos diez años él fue apagando poco a poco lo que yo sentía. Al final, lo único que me mantenía a su lado era la costumbre. Yo me fui alejando emocionalmente mucho antes de terminar.
Asentí lentamente.
—Ya veo… ¿Y te puedo hacer una pregunta más íntima?
—Sí, no hay problema.
—¿Por qué no tuvieron hijos? Si a ti se nota que te encantan los niños.
Ella soltó una pequeña risa triste.
—Eso fue lo más difícil… No pudimos. Él tenía complicaciones y yo también.
Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas.
—Perdón —dije enseguida—. No quería hacerte sentir mal.
—Tranquilo, no pasa nada.
Respiró profundo antes de continuar.
—Hace dos años quedé embarazada, pero perdí al bebé cuando tenía dos meses. ¿Y sabes qué es lo más sorprendente? Que si hubiera sido niño, pensaba llamarlo Samuel.
Sonrió con tristeza.
—Y este año, cuando la coordinadora me habló del caso de Samuel, sentí algo muy fuerte en el pecho. Mi hijo iba a llamarse Samuel… y ese niño necesitaba el cariño de una mamá. Perdón por decirte esto, pero en ese momento yo ni siquiera te conocía. Cuando lo vi, solo quise darle mucho amor, porque él necesitaba una mamá… y yo sentía que me hacía falta mi Samuel.
Sentí un nudo en el pecho al verla hablar así, con esa tristeza tan marcada en los ojos y una lágrima deslizándose lentamente por su mejilla.
Sin pensarlo demasiado, me acerqué y la abracé.
—Perdón por hacerte recordar algo tan doloroso.
—No te preocupes —susurró—. Ya aprendí a vivir con eso.
Nos quedamos abrazados unos segundos, en silencio.
Luego la miré nuevamente.
—¿Y por qué vives sola y no con tus papás?
Ella sonrió suavemente.
—Porque desde que me fui de la casa me acostumbré a ser independiente. Volver no estaba en mis planes. No estoy acostumbrada a que me cuestionen si salgo o no, o a qué hora llego. Preferí arrendar un apartamento y vivir sola, aunque cerca de ellos para verlos todos los días, así sea un ratito.